Lágrimas: 06

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo V
Pág. 06 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


Ya que hemos ido a buscar la filiación de parte de los personajes que van a figurar en los eventos, (por cierto sencillos y cuotidianos), que vamos a referir, preciso nos será hacer lo mismo con los demás que vamos a poner en escena. Hacemos esto con tanta más razón, cuanto que más que eventos, pintamos sucesos; más que héroes de novela, trazamos retratos verídicos de la vida real.

Hay seres eminentemente felices y envidiablemente dichosos. Son estos los que con una excelente salud, una situación mediana, en la que nada ahorran, pero en la que tienen su pan asegurado, alejando así esperanzas doradas y temores negros, en un círculo limitado de objetos y de ideas, sin conocer un libro ni de vista, sino el catecismo, tienen la existencia exterior arreglada como un reloj, y la interior tranquila como una balsa de aceite.

El siglo de las luces no es de este parecer; ¡peor para él! No quiere existencias modestas y tranquilas; esto es contra la dignidad de las luces y el decorum de la ilustración.

Así inocula a toda prisa este siglo la noble ambición en todos, no como la vacuna para preservar de un mal al inoculado, sino para ponerle apto a padecer una feroz epidemia. La aplicación de esta verdad podrá hacerse en el relato que ahora empezamos. Llevando a nuestros lectores a Villamar, puertecito de mar el más desconocido de España, en el que Don Perfecto Cívico, herrador y albéitar, tenía dignamente y con satisfacción de todos, la vara de alcalde en sus robustas manos.

Siendo este buen señor veterinario de un Regimiento, conoció en Galicia una gallega que valía y tenía su peso en plata, que no era poco.

Cívico, que era buen mozote, fue bien acogido cuando se presentó de pretendiente; con condición de retirarse del servicio, y de sentar sus reales y su banco de herrador en su pueblo. Apenas casado, murió su suegro; Cívico realizó la herencia, se trajo esta en buenas letras de cambio, y a su mujer en un charanguero a Cádiz, desde donde pasaron en amor y compaña a Villamar. El origen de este caudal heredado era el siguiente.

El abuelo de la novia tuvo dos hijos, Tiburcio y Bartolo; al primero, que era fuerte y robusto, le puso su padre a arar. Al segundo, que era flaco y endeble, le envió a América como género de pacotilla. Después de muchos años, recibieron carta de Bartolo, en que le decía a su familia que no le había ido mal, y que había hecho dinero.

En esta carta se firmaba el que la escribía, Bartolomé. Su hermano Tiburcio, que atribuyó el me añadido al Bartolo, al orgullo que le daban sus riquezas y sus viajes, se picó, y le contestó con arrogancia:

Si pur que fuiste a las Indias,
te firmas Bartulumé,
yu sin salir de Jalicia
fírmume Tiburciomé.


Murió Bartolomé y heredó Tiburciomé el caudalito que su hija Tiburciamé llevó en dote al enamorado albéitar.

Este enlace fue feliz, porque ambos, él, a pesar de su necia fachenda echándola de ilustrado, y ella, a pesar de su genio tosco y mandón, eran dos buenas y honradas criaturas.

D. Perfecto, sobre todo desde que había cogido en sus menos la vara que nadie en el pueblo quería tener en las suyas, ostentaba un tono sentencioso y doctoral, y enmendaba la plana al Gobierno con un conocimiento de causa, una ciencia infusa pasmosa. Tiburcia, aunque franca y jovial, no se dejaba intimidar con tonos ni aires; no entendía de chicas y llevaba en su casa la voz, por la sencilla razón de que de ella eran lus cuartus. Sólo un choque habían tenido los consortes. Tiburcia no quería, y en honor de la verdad no podía nombrar a su marido veterinario, y no había santo que la sacase de la voz albéitar. Y desesperaba a D. Perfecto Cívico ver atajarse el progreso en la boca de su propia mitad.

-Tiburcia, -le decía a su mujer-, el que ejerce el arte de la veterinaria se llama veterinario.

-Vaite a o demo, -respondía Tiburcia con su acento gallego-, en mi tierra el que cura las bestias se llama albéitar, y a mucha hunra: es verdad.

Pero llegó el día en que esta paz doméstica vino a perturbarse de una manera más seria.

Tenía D. Perfecto fundadas todas sus esperanzas para el futuro engrandecimiento de su estirpe, puestas todas las miras de su noble ambición, las ilusiones de sus dorados sueños, en su primogénito, que llevaba el nombre de familia Tiburcio, y éste había llegado a la edad prefijada por su padre para llevarle a estudiar a Sevilla.

No daremos cuenta de los altercados que tuvieron en esta ocasión la mitad ilustrada y la mitad no ilustrada de este matrimonio, porque sería un nunca acabar.

-¡A estudiare! -exclamaba con su buen sentido gallego Tiburcia-, estu es, a jastare buenus cuartus y que se haga un hulgazán. Que aprenda a herrare e a curar mulas como su padre, e ganará bien su vida; es verdad. ¡Estudiare! ¿Te tienta o demo? ¡A estudiare! ¡Te figuras tú, humbre, que Tiburciño es fillo de algún Marqués! ¡Nun lu he de consentir: es verdad!

Don Perfecto por primera vez en su vida se las calzó. Era el que su hijo subiese a altas regiones y figurase el sueño dorado de toda su vida: y antes lo hubiesen arrancado la vara de alcalde y el corazón, que estas dulces ilusiones y estas brillantes fantasmagorías.

Así fue todo su conato hacerlas reverberar en la imaginación algo obtusa de su hijo, y despertar en él la noble ambición de que él mismo estaba poseído. Era esto difícil, porque Tiburciño, como le llamaba su madre, malditas las ganas que tenía de estudiar, ni menos de salir de Villamar, donde a pesar de no tener más que diez y siete años, tenía ya su novia. Era esta Micaela, o Quela, como la llamaban siempre, hija del tío Juan López, el rico compadre del alcalde. Los padres habían visto con gusto este principio de noviaje, por convenirse mutuamente las circunstancias de los muchachos. Así el tío Juan López hizo algunas prudentes reflexiones al alcalde, pero no hubo tu tía. Tiburcia gruñó, rabió, lloró, gritó; no hubo emboque: partió el inflexible alcalde llevándose a su hijo que era un varal desgavilado, que llevaba muy mal gesto e iba montado en una mula tan flaca como él.

El niño, que era de Villamar, que tiene tanta fama por ser la tierra clásica de las calabazas vegetales, las llevó muy sendas metafóricas en los diferentes exámenes que sufrió en su carrera de estudiante barragán: lo que prolongó mucho el tiempo de universidad. Cuáles no serían las lamentaciones, imprecaciones y reconvenciones que salían como de un fecundo manantial, de la boca de la seña Tiburcia, cada vez que un trimestre vencido forzaba a la económica gallega a aflojar los apretados cordones de su bolsillo, eso queda en lo incalculable, como las estrellas, los granos de arena del desierto, y las gotas de agua de la mar.

Pero todo lo sufría estoicamente el señor Perfecto Cívico con tal que su hijo entrase en la senda que conduce al ministerio. Estaba tan entusiasmado, que todo lo sacrificaba a fomentar la ardua empresa. Cada torozón que curaba, se convertía en el Derecho real, y las herraduras puestas, en un Destut Tracy, desesperando con esto a Tiburcia, que exclamaba desconsolada:

-Este humbre es un mal padre; un ladre de sus utros fillos, que non van a vere un cuartu de la herencia de mi tiu Bartulumé. Ven acá, humbre de Dios, ¿si tudus los albéitares mandan a fillos suyos a estudiare, quién curará las bestias?

-Los hijos de Marqueses, -contestaba pomposamente el alcalde-, como lo dice el periódico titulado La Víspera del día del juicio.

Diciendo esto se envolvía el alcalde en su capa burda como en una toga, y abandonaba el mezquino y oscuro hogar doméstico.

En las primeras vacaciones que el estudiante vino a pasar a su casa, se le notó muy cuellisacado, muy perezoso, muy desastrado, con un falsete recio y destemplado, y unas ganas de comer que horrorizaron a su madre.

En estas primeras visitas, no tuvo Quela motivos para quejarse de la inconstancia ni frialdad de su novio; pero en cambio no le gustó oírle celebrar con entusiasmo a las muchachas de la fábrica de tabacos y ponerlas por modelo de gracia campechana. Tampoco le gustó el tufo a vino, inseparable compañero del estudiante lugareño. No obstante, siempre apegada y fiel, vio con gusto a los padres concertar sus bodas.

Más adelante Tiburcio fue escaseando sus visitas, y multiplicando sus pedidos de dinero. Más adelante aun, vino el estudiante por pocos días, con aire jaque y ostentando una superioridad y un predominio que le hicieron insoportable e todos, menos a su padre, que en esto vio vislumbrarse al hombre superior.

Llévanos esto sencillamente a hacer una reflexión general en punto a educación, y es que existe una cosa funesta en nuestros días en que tanto se charla sobre educación como sobre todo. ¡Época de charla si la hubo! La charla priva, la charla reina, la charla aturde, y la charla va haciendo de las ideas un nudo gordiano. Pedimos a Dios que envíe una mudez general a guisa de espada de Alejandro. Esta cosa funesta es el exagerado cuidado que se pone en la parte intelectual de la educación, es decir, en el saber, y el poco que se da a la parte moral, es decir, al sentimiento. Ver como se rellena la cabeza, y se deja vacío el corazón. ¡Esto aturde!... ¡Así sale ello!

Son los sentimientos la parte suave y femenina de nuestra naturaleza; el entendimiento es la parte dura, áspera y masculina: ahora bien, tened presente para vuestro gobierno, que en aquellas partes donde la primera está avasallada y desatendida y prepondera la segunda, son pueblos bárbaros, duros, toscos y crueles. Irrita el ver como los chicuelos del día, especies de vocingleros papagayos, que tanto saben de memoria, ostentan su superioridad en todas materias sobre sus mayores, que aprendieron en el gran libro de la experiencia; y cómo gentes de valer, y aun sus propios padres, les aguantan por faltarles a su recto juicio y sanas razones, acaso la insufrible fraseología, la maceadora locuacidad, y la sofística argumentación moderna; argumentación inatacable, porque ni tiene bases ni reconoce aquellas en que se fundan los argumentos de sus contrarios. Si ponemos algún día un colegio, cata aquí nuestro programa, lector, por si quieres confiarnos algún hijo.


CÁTEDRA PRIMERA; en que se inculcará:

Que el hombre sin religión es una fiera rebelde, ingrata y estúpida, que emplea sus facultades en perjuicio propio y ajeno. Que la religión no es una fabulita ni un sistemita que cada cual se fabrica en el pequeñísimo taller de sus ideas; sino una revelación divina: no puede ser ni comprenderse de otra suerte. Que nuestra flaqueza puede apartarnos de sus mandamientos, pero que no puede sin apostasía el entendimiento apartarnos de sus principios, y que una apostasía, por pequeña que sea, es un mal mucho mayor que una flaqueza aunque grande.


SEGUNDA CÁTEDRA; en que se inculcará:

Que la bondad es el suave óleo que debe ungir todos los ejes sobre los que giran nuestras acciones y relaciones con todo el mundo, y hasta con los animales, pobres seres desvalidos que tiraniza el hombre.


TERCERA CÁTEDRA; en que se probará:

Que el respeto a nuestros superiores, a nuestros semejantes, a nuestros inferiores, al poder y a la desgracia, no es, según se ve hoy día, un mytho, un sentimiento apócrifo, o una fósil y antediluviana curiosidad, sino que existe, y es una flor aristocrática del corazón y el sello de una educación fina y distinguida.


CUARTA CÁTEDRA; se enseñará:

Que la modestia, esa gemela señora de su hermana santa, la humildad, es el sello del verdadero mérito; el estigma que le imprime la superioridad.


QUINTA CÁTEDRA; se enseña la caridad:

Débese ejercer, no por mayor y en teorías; pero al pormenor y en práctica. Débese emplear, no como arma contra los ricos, sino como auxilio para los pobres. Debese ensalzar en los otros más que todas las demás virtudes; más que el saber, el talento y que cuanto hay, pues es la que más nos asemeja a Dios. Después que salga de nuestra escuela, querido lector, podrás enseñar a tu hijo la gimnástica, el avant deux, el francés, el latín, el griego, y aunque sea el sanscrito. Con ninguna de estas cosas es incompatible nuestro COLEGIO DE PRIMEROS SENTIMIENTOS.

Con el mencionado detestable y chabacano aire de superioridad, miraba Tiburcio, ese lechuguino do arrabal, a su novia la linda Quela, y no obstante, Quela era una de esas criaturas privilegiadas que nacen en todas las esferas, no para salir de ellas, sino para embellecerlas, porque Dios dispensa sus gracias con igualdad en todas. San Isidro fue labrador y Nerón emperador, sin que esto haya contravenido a las leyes morales y físicas que rigen el mundo.

Criada Quela en la Amiga de señá Rosita, de quien fue la preferida, desde niña su bonita figura, su docilidad, su aplicación e índole dulce, la hicieron apta a que germinase cuanta buena semilla se sembró en su corazón. Si por un lado el carácter un poco áspero de su padre la hacía encogida, por otro los mimos de su madre la hacían confiada. Era suave como un día de calma; caritativa como una santa; alegre ajuiciada, y se apegaba a las personas a quienes quería, como un suave jazmín que perfumaba con sus flores lo que estrecha con sus ramas.


Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX