Lágrimas: 10

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Capítulo IX
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Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1845.

Aunque respectivamente ricos, el tío Juan López, su mujer y sus hijos trabajaban a la par de sus criados: y así en un patio vasto que toldaba una parra cuyas hojas empezaban a amarillear, cual si el adiós de las golondrinas o los barruntos del invierno las hiciesen palidecer de temor o de pena, estaban varias muchachas sentadas delante de mesitas bajas que llaman escogedores, escogiendo trigo para enviarlo a la tahona.

Quela, la hija de la casa, estaba en este momento ausente, por haberla llamado su madre, y vacío el puesto que ocupaba en una de las mesas frente de su amiga Paula.

-Oye, Paula, -dijo una de las muchachas-, ¿es verdad que el médico es novio de Quela?

-Pues ¿cuántos ha de tener si ya tiene uno? -contestó la interrogada-; ¿se tienen acaso los novios a pares como las calcetas?

-¿Qué, tiene novio? ¿Pues quién es?

-Berlinga, el hijo del tío Urdax.

Al Alcalde le había quedado este nombre desde que intentó ponérselo al camino de la Vía crucis, y al hijo le habían puesto el primero.

-¡Pues qué! ¿Eso no se había acabado? ¡Pues si no le habla ya, ni ella sale a la reja!

-¡Y qué! Parece que a los que la echan de usías no les place tomar sereno. Su padre, de ella, el tío López, y la madre de él, la tía Urdaxa, los quieren casar, por aquello de que el dinero llama el dinero.

-Y Quela, -dijo otra-, ¿se había de casar con ese Berlinga, que lo echa de más y mejor, más feo que una noche de truenos, y tan agrio que parece que suda vinagre? Quita allá; a mi abuela la tuerta con eso.

-Es que dicen que va a ser diputao.

-Oye, ¿y qué es diputao?

-Un gobierno.

-¿Y será más bonito por eso?

-Creo que no, pero ella será gobierna.

-¿Qué se le da a Quela ser gobierna? Mis narices pongo a que lo mismo se casa con él que yo con el Comandante, que también es gobierno y melitar que puede gastar casaca. ¡Vea Vd.!... ¿Quela más bonita que el sol, querer a esa cara de pito tan enteco, que parece el espíritu de la guita, que no mira siquiera a las muchachas del lugar porque no son principesas?

-Y ese usía que se ha fraguado en el banco de herrador, oye, ¿dónde tendrá los pergaminos?

-Dice Ramón Pérez que en el pellejo de su burra.

-¿Y las armas?

-En las uñas como los gatos.

-Burlense cuanto quieran, -dijo Paula-, pero yo que lo sé, os hago saber, que no le parece el espantapájaros a Quela, costal de paja.

-¡El pecado sea sordo!

-¿Qué queréis? Cada uno tiene su gusto, bueno o malo, según Dios se lo ha dado.

-¡Por vía de Chápiro! -exclamó una alegre morena-, que si ese gusto tuviese pescuezo, se lo torcía. Casar a Quela con ese mostrenco leío y escribío, es como si me casaran a mí con el maestro de escuela que está el pobre torcío, exprimío y lleno de flato.

-Ea, callarse, -dijo Paula-, que ahí viene Quela; no darle calma, que si lo llega a entender su madre la tía Belén, que está con ese casamiento más ancha que una alcachofa y cree con eso tener al Rey cogido por un bigote, nos echa de su casa a cajas destempladas.

Cuando las demás muchachas se hubieron ido, y quedaron solas las dos amigas, le dijo Paula a Quela:

-Pues ¿no te has encalabrinado de ese Tiburcio, mal encarado, que parece un alma en pena?

-No me he encalabriado, Paula, -respondió Quela-, pero le quiero.

-Buen provecho te haga: le quieres, ¿por qué le quieres, mujer, sino tiene el diablo por donde desecharlo?

-¿Sabes acaso tú, Paula, el por qué del querer? Los padres nos dijeron desde muchachos que nos casaríamos, y le tomé voluntad.

-Pues si se la tomaste devuélvesela.

-No haré tal. ¿Y por qué había de hacerlo?

-¿Pues no estás viendo, mujer, que él no te quiere a ti, y que estás echando margaritas a puercos?

-No me digas que no me quiere, dijo la suave joven bajando por sus mejillas lágrimas que no pudieron retener sus pardos ojos, ¿por qué no me querría?

-Te digo como antes me dijiste, ¿se sabe el por qué del no querer?

-Si eso fuese, Paula, me moriría de pena y de vergüenza.

-A fe que buena tonta serías; yo que tú, le daría las gracias encima. Te digo que desde que ha estudiado está ese fantasmón con más vientos que un fuelle; nos mira por encima del hombro a todas, y lo ha echado el ojo a alguna usía. Más le valiera a ese compadre fachenda estar herrando como su padre, que no haberse quedado como el murciélago que ni es pájaro ni es ratón.

Acercose en este instante la madre de Quela, y poniendo la mano sobre el hombro de su hija, dijo con satisfacción:

-Pues señor, ¿quién sabe si ese trigo que escogéis es para el pan de la boda de Quela?

La cara se le encendió a esta con la prontitud y ardor de un fósforo, y echó a su amiga una mirada dulce y radiante como lo es una esperanza realizada.

-¿Tan pronto? -preguntó Paula.

-Andandito, -respondió la tía Belén con satisfacción y alisando los cabellos de su hija que levantaba su cara rosada hacia su madre-; para hablar de eso vino señá Tiburcia mi comadre, ha poco.

-Ahora me decía Paula que no lo quisiera, dijo Quela en su gozo.

-Pues está bueno el consejo, -exclamó la madre-; ¡volverse atrás de una boda tratada! ¡Pues qué! ¿Una palabra dada es cosa de juego? Y qué, ¿querías que anduviésemos en boca como gente de poca vergüenza? Basta eso para que tuviese nota mi hija. ¡Vaya con el consejo! A fe, Paula, que si tales consejos das a mi hija, que te envíe yo a tu madre y con un recadito, pidiéndole que en lugar de acá, te mande por otro poco tiempo en casa de señá Rosita, para que te inculque que las muchachas honestas y recogidas, juiciosas y sumisas, no se vuelven atrás de una palabra dada, ni andan probando novios como salsas de guisos.

Paula calló, pero echó una mirada de reconvención a Quela, y se fue encapotada.

La tía Belén salió, y Quela se fue al corral a echar de comer a las gallinas. Habíase colocado entre la oreja y su ancho rodete una rosa y un ramo de nardos: las flores y las gracias de Dios son para el pobre como para el rico. Así con su cara animada por la inocente alegría de su corazón amante, y su corazón recogido, estaba preciosa; no a manera de figurín de moda, ese ideal de los pseudos de que hicimos mención; pero a la manera que una mujer es bella, cuando se unen para ello la perfección de formas, la juventud, la lozanía y la inocencia que deja reflejarse en el rostro como en un cristal un alma hermosa.

De repente se abrió la puerta y entró Tiburcio. Quedose parada Quela al verlo después de lo que acababa su madre de decirle; pero al notarse sola con él en un jugar apartado, brilló en sus ojos una mirada con una expresión de gozo y de cortedad a un tiempo tan encantadora como lo serían unidos en una ficción uno de los ángeles del Cielo y una de las gracias del Olimpo.

-Quela, -dijo ex abrupto Tiburcio-, parece que nuestros padres todo lo quieren disponer para nuestras próximas bodas.

Quela no respondió, pero apartó su dulce mirada de bienvenida de la fría y repulsiva mirada de Tiburcio, y la llevó al suelo, mientras un rojo vivo causado por la extrañeza que le produjo el tono desabrido de su novio, se extendió sobre su semblante cual un barniz, como para darle más brillo.

-¿Sois en ello gustosa? -prosiguió con sequedad el recién llegado.

-¿Me llamas de usted? -preguntó Quela que se había criado con él, en tono de dulce reconvención.

-Abomino el tutear, -respondió Tiburcio-. El tú socaba la dignidad en el trato, es costumbre lugareña; no somos parientes para usar de esa exagerada franqueza. Así, respondedme con confianza, que el usted no disminuye ni a esta ni al aprecio.

-¡Aprecio! -murmuró Quela entre dientes.

-Cariño, si queréis, -repuso con impaciencia Tiburcio-; pero responded, ¿sois gustosa?

La joven levantó con despacio sus grandes ojos, cual se levanta el sol en el horizonte, y dio con una mirada tan modesta como amante una elocuente respuesta.

-¿No respondéis? -dijo el lechuguino de arrabal rechazando con aspereza todo el amor y apego que le brindaba aquella mirada.

-Sí que soy gustosa, -respondió Quela-, ¿por qué no había de serlo ahora como antes?

-Porque, -respondió Tiburcio con la crueldad que imprime el orgullo-, podíais haber mudado como yo.

Quela, al oír estas acerbas palabras, palideció, pero no respondió nada.

-Así, pues, -prosiguió Tiburcio-, como no podéis amar a un hombre por el que no es posible tengáis ni simpatías ni afinidades, como no tenemos puntos de contacto y somos incompatibles, lo mejor será que digáis francamente, y antes y con tiempo, que os negáis a este enlace.

-¡Yo! -exclamó asombrada la pobre Quela, que había comprendido la última frase y adivinado las demás que había usado el ilustrado patán-; yo, ¡volverme atrás de una palabra que he dado! Eso no puede ser, Tiburcio, perdería mi estimación, mi padre me mataría.

-Pues entonces, -dijo este-, seré yo el que lo diga.

-¡Tú! -exclamó Quela-, preñándose sus ojos de lágrimas, ¡Virgen Santísima! ¿Y por qué?

-Porque ya os dije éramos incompatibles, y no podríamos ser felices.

-Pues ¿qué es lo que quieres para ser feliz? -preguntó Quela con ahogada voz.

-Amar a la que fuese mi compañera.

-Me volverás a querer, Tiburcio, -dijo Quela sonriendo al través de sus lágrimas su mirada, como brilla una luz más suave bajo su globo de cristal-. Me querrás cuando sea tu mujer y el sacerdote haya echado la bendición de la Iglesia sobre nosotros. Seremos felices bajo su santa influencia.

-No, -respondió Tiburcio, en cuyo corazón seco y henchido de vanidad no hacían mella tanto amor, tanta candidez y tanta dulzura-: no, yo nunca podré serlo con una mujer que no está a mi altura.

Las lágrimas se secaron en los ojos de Quela. Como de una diadema que se hubiese en un momento de abandono dejado arrancar por el amor, y de la que hubiese echado mano y vuelto a colocar en su puesto, levantó Quela su frente ceñida de la dignidad mujeril tan instintiva en la mujer española.

-Bien está, -dijo-, nada digas tú, ni nada hagas, que de mi cuenta queda cortar esto. No porque sintiese que se sonase que me habías plantado: que el bochorno es para aquel que falta, y no para aquel a quien faltan; pero mi padre y mi hermano no habían de dejar la cosa así, y quiero evitar un lance.

-Es que yo nada temo, -exclamó Tiburcio con altanería.

-Pero yo sí, -repuso Quela, cuyos labios blancos temblaban-. Adiós, Tiburcio, no quiera Dios que pagues una partida tan mala y de la que no es capaz el último de los lugareños que tú tanto desprecias.

Tiburcio, sin cuidarse siquiera de endulzar su cruel comportamiento, se alejó diciendo con ironía:

-Ya que creéis que la bendición de la Iglesia es un filtro amoroso, lo mismo da que os la echéis con otro, puesto que lo querréis después; sobre mí no hacen mella semejantes fanatismos. ¡Oh! No, no, no soy árbol yo para echar raíces en este suelo.

-Estoy impuesta, y no hablemos más, -le dijo Quela, señalándole la puerta con un ademán lleno de grave decoro.

Apenas se hubo ido Tiburcio, corrió Quela a encerrarse en su cuarto. Allí se dejó ir a una aflicción que no por ser callada y tranquila fue menos destrozadora. Veía perdido y pagado con la más negra ingratitud el amor que desde la infancia era anexo a su corazón; ese corazón que había guardado para el hombre que amaba, como una perfumada rosa matizada de amor y de inocencia. Veíase objeto de escarpio o de censura para el lugar, porque en los lugares, donde no hay ni puede haber corrupción de costumbres, pues que no hay ni ocio ni dinero, el amor no tiene alas, y sin ser menos bello es más grave. Pero lo que más le apuraba, era la vehemente indignación que este suceso había de causar a su padre y hermano, tan rígidos en punto a honra, tan severos en el cumplimiento de la palabra dada, rasgos anticuados y castizos que se hallan aun en los pueblos de campo, así como se oyen en boca de sus moradores palabras castizas y fuera de uso, rasgos y palabras que sólo en sus corazones, en sus labios y en las crónicas antiguas se encuentran metidos entre sus pergaminos, como nobles hidalgos que huyen de una república. Postrose la pobre abandonada, y suplicó a Dios con mil lágrimas le abriese camino para salir de aquella situación angustiosa, en la que no podía ni callar, ni hablar, ni obrar, ni quedar pasiva. Al cabo de una hora de angustias y agitación, Quela se había decidido sobre el partido que debía tomar, cuando su madre llamó a la puerta. Quela se enjugó sus lágrimas, serenó su rostro y abrió.

Entró la tía Belén cargada de piezas de lienzo que había ido a buscar, tal era la prisa que las dos madres tenían de apresurar las cosas de la boda. Venía tan llena del asunto que la preocupaba, que no fijó su atención en el abatido rostro de su hija.

-Vaya, dijo ¿a qué santo echas el cerrojo al aposento? ¿Tienes miedo de ladrones o del cancón? Aquí tienes, añadió, poniendo sobre la mesa lo que traía, dos piezas de crea para sábanas y una de Bretaña para las almohadas; bien puedes irla cortando que ya hablé a doña Rosita para que haga las randas.

-¿Qué prisa corre, madre? -dijo Quela.

La madre soltó la pieza que examinaba, levantó a la cabeza, y miró a su hija con sorpresa.

-Digo, -exclamó-, cuando se ha estado tantos años aguardando a ese Tiburcio, que nunca acababa de estudiar, y que no había santos que lo sacasen de Sevilla, que tiene veinte y cuatro años cumplidos, y tú veinte y uno, ahora te descuelgas diciendo, que ¿qué prisa hay? No he oído otra. Vaya que son ustedes los primeros novios que me haya echado a la cara a los que sea preciso arrear.

-Madre, -dijo Quela apoyándose en el hombro de su madre y bajando la cabeza-, yo no quisiera casarme.

-¡Jesús me valga! -exclamó la tía Belén, ¿ahora salimos con esa? ¿Qué mosca te pica, muchacha? ¿Qué ventolina es esa? ¿Desde cuando has mudado de parecer?

-No lo he dicho antes, madre... porque... porque tampoco corría prisa decirlo.

-Pero, chiquilla, -repuso su madre-, ¿no hay más entre gentes de vergüenza que volverse atrás de su palabra? Y siempre será por un quítame allá esas pajas, porque estarás regañada con Tiburcio, por eso con la frescura del mundo quieres abochornar a tu familia. No, no, de eso no ha de haber nada. ¿Por qué no quieres casarte? Cabeza de chorlito, veleta, con más pareceres que un escribano, ¿por qué no quieres casarte? ¿Di? ¿Por qué?

Quela levantó su frente pura y tranquila que coronaba la abnegación con una de sus coronas de espinas y dijo con voz suave y firme:

-Quiero ser monja.

La madre se quedó atónita.

-Muchacha, -exclamó al fin-, ¿ahora que te vas a tomar los dichos, te entra la vocación de monja, de sopetón y como un trabucazo? Vamos, que esa vocación será como las olas del mar, que se vienen y se van... No salgas ahora con esa sopa de ensalada que sabes que tu padre no lo ha de consentir...

-Mi padre no puede oponerse, -dijo Quela.

-¡O sí, que está más abajo! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué trueno! ¿Qué dirá tu padre?... ¿Qué dirá mi comadre? ¿Qué dirán las gentes? -repetía la tía Belén poniéndoselas manos en la cabeza.

Hay demasiada solemnidad en una resolución que lleva a elegir lo poco, lo pobre, lo oscuro y lo santo, sobre todo en un pueblo católico, ferviente como lo era a Dios gracias, aquel, para que la que había tomado Quela sufriese otros obstáculos por parte de sus padres, que los de la oposición moderada y de los ruegos. Pero todo fue en vano y Quela se sostuvo en su propósito con tanta firmeza como dulzura; hizo más, y cual el cielo de sus estrellas, no se cubría su rostro de lágrimas, sino de noche y en silencio, de día estaba tranquila y serena; nadie adivinó lo que había pasado.

La abnegación que es el heroísmo femenino, lleva su corona como aquel, pero no de laurel sino de espinas... quita a la fama su clarín y le pone en los labios un candado... y cubre su apoteosis de un denso velo.

Algunos días después de lo que hemos referido, viendo que Quela permanecía firme y constante en su determinación, el tío Juan López, se encaminó entre afligido y abochornado en casa del alcalde.

-¿Qué tiene Vd., compadre? -le dijo al verlo llegar Don Perfecto-; ¿qué le trae tan mohíno? ¿Se le murió a Vd. el rucho?... ¡Me lo temí!...

-¿Qué es esu, cumpadre? ¿Tiene saudades? -dijo Tiburcia.

Pero apenas hubo el tío Juan López, entre suspiros y recriminaciones contra el mudar de pareceres de las que visten por la cabeza, hecho saber a los futuros consuegros el objeto de su visita, cuando la señá Tiburcia prorrumpió en desaforadas exclamaciones, poniendo sus manos en la cabeza y sus gritos en el cielo. Tiburcio con su bunete y sus juantes había hecho una brecha demasiado grande en su modesta fortuna, para que no viese su madre con desconsuelo desaparecer la esperanza de verlo bien establecido, fijada su suerte de manera que no les fuese gravoso en adelante.

-Peru cumpadre, -exclamaba la desolada madre-, si non puede entrar munja ni prufesare que lu pruhíbe el prugreso, ¿es verdad?

-Cierto, comadre, -contestó el tío López-, pero quiere entrar aunque sea sin profesar; para eso tengo yo que estarla manteniendo, y tengo con qué, a Dios gracias. ¿Cómo me niego si ya la muchacha tiene veinte y un años, y sabe lo que se hace? ¿Qué le hago?

-Mucho será, -dijo la señá Tiburcia cuando se hubo ido su compadre-, que aquí non haya jato encerradu e que esa sardina sin sal, de mio fillo non haya hechu alguna trastada, es verdad.

Trató la alcaldesa de averiguar lo que sospechaba: con este motivo y las exigencias con que perseguía a su hijo para que tratase de disuadir a Quela de su propósito, hubo entre madre e hijo tan vivos altercados; estos desesperaron tanto al empingorotado botarate, que exigió de su padre lo enviase a Madrid a pretender, porque en este país, que es el país del mundo donde más se clama contra las contribuciones, es el país del mundo en que hay más sujetos que quieren vivir de ellas; y esto que se quejan amargamente de no estar pagados, y en cambio siempre expuestos a quedar cesantes. ¡Qué sería, pues, si estuviesen pagados y el destino perdurable! Y lo que más escandaliza, es que hombres acomodados abandonen sus haciendas y negocios por esa ansia de figurar y de meter sus uñas en esa bolsa del público, llena de gotas de sangre y de lágrimas.

El alcalde, convencido por los argumentos que le hizo su hijo en favor de su viaje, deslumbrado por sus esperanzas, aturdido por su soberbia y arrogancia, vendió para sufragar las costas del viaje sin que lo supiese su mujer, un olivarito de su propiedad, y un día cuando se levantó la señá Tiburcia halló que su hijo, cual el águila, había tomado su vuelo a altas regiones, perdiéndose a la vista de los humildes moradores de Villamar.


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