La Alpujarra:19

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La Alpujarra
Tercera parte: Capítulo 4



- IV - Subida a la Contraviesa.- Historia de una uva[editar]

Estábamos al pie de la Contraviesa... es decir: había llegado el momento solemne de trepar a la gran montaña interior del amurallado recinto alpujarreño, -de la cual el cerrajoncillo que salvamos aquella mañana, nieto suyo e hijo de Sierra de Lújar, no había sido más que un prólogo, o, por mejor decir, un destacamento de caballería ligera, comandado por el impetuoso Jubiley.

Desde lo alto del Puerto de este nombre habíamos contemplado la línea del Norte de la Alpujarra... esto es, una octava parte de los misterios que anhelábamos descifrar...- ¡Desde lo alto de la Contraviesa, o sea desde el eminente Cerro Chaparro, contemplaríamos, como a vista de pájaro, toda la Alpujarra, absolutamente toda, de la frontera del Norte a la del Sur, de la del Este a la del Oeste!

Así nos lo prometía, por lo menos, en elocuentísimas arengas el joven Cura de Albondón complacido hasta lo sumo al ver el entusiasmo que nos inspiraba aquella poderosa naturaleza de él tan querida.- Hubiérase dicho que era Pedro el Ermitaño, describiendo a los cruzados la hermosura de Jerusalén, a fin de animarlos a sufrir con paciencia las penalidades del camino.

Emprendimos, pues, la subida.


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-Ésta fue asunto de dos horas de reloj, repartidas en mil cuatrocientos metros de desnivel (un verdadero asalto); pero, así y todo, no nos pareció tan ruda como la ascensión al Puerto de Jubiley. -O ya nos íbamos haciendo, como suele decirse en aquella provincia, o la expectativa de las grandes revelaciones topográficas que nos aguardaban en la cumbre aumentó nuestras fuerzas en aquel otro sendero de palomas.

Confieso, sin embargo, que más de una vez nos causó horror considerar el aspecto que ofrecía nuestra larga caravana, trepando, arañando, gateando ladera arriba, en redoblado zigzag o receñidas eses, como una culebra de desmesuradas proporciones.

Imaginaos, si no, la cosa en su prosaica realidad.

Si (pongo por caso) ibais de los últimos, sólo veíais sobre vuestra cabeza, a muchos metros de elevación, lucientes herraduras y cinchadas barrigas de mulos o caballos; suelas de colgadas botas, apoyadas en estirados estribos, y tal vez las ventanas de las narices de algún amigo del alma, o la parte inferior de las alas de su sombrero...

-¡Espeluznante escorzo, vive Dios! -os decíais llenos de espanto-. ¿En dónde se apoyan las bestias para ir subiendo de ese modo por una pared casi vertical? ¿Qué nos pasaría a todos los que marchamos aquí abajo, en esta retorcida deshilada, si por evento cayera uno de los que cabalgan allá arriba?

-¡Todos, -os respondíais-, todos iríamos rodando a los profundos infiernos, empujado cada cual por su vecino!

Y, en prueba de ello, de vez en cuando, sentíais caer sobre vosotros menudas chinas (afortunadamente eran menudas), desprendidas por los apurados cuadrúpedos que hacían equilibrios en lo alto.

Ahora: si, en virtud de haber tomado individualmente por algún breve atajo, creyéndolo menos peligroso, caminabais por ventura entre los más delanteros, y os ocurría mirar por encima del hombro hacia aquella reata de jinetes escalonados a vuestros pies, -todos de perfil, el uno vuelto a la izquierda, el otro a la derecha, y así alternadamente hasta el remate de la procesión, -no podíais menos de reíros en medio de vuestro saludable miedo; pues os parecía que cada uno de los de atrás iba colgado de la cola o de las patas del caballo del de adelante, formando en suma una de aquellas escalas vivas por medio de las cuales bajan los monos a beber agua a los pozos de los desiertos de África.

Y en los dos casos, fueseis a la zaga o la cabeza, no comprendíais cómo habíais subido por donde la retaguardia estaba subiendo, o cómo habríais de subir adonde ya se encontraba la vanguardia.

Todo lo cual declaro asimismo (y también lo hubierais declarado vosotros) era todavía preferible al llanísimo arenal de Torbiscon...

¡Siquiera allí, en la Cuesta de Barriales, en los escalones de la Contraviesa, hacía algún fresco a ratos, corrían ráfagas de aire al embocar con éste o aquel gollizo remoto, y encontraba uno tal o cual árbol o desgajada peña a cuya sombra encender un cigarrillo!


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«Tal o cual árbol» he dicho; y no era así seguramente como me cumplía expresarme con relación a la Contraviesa, sino de modo y forma que se entendiese que aquella cordillera está casi toda cubierta de árboles... y de árboles muy productivos por cierto.

Rectifico, pues, y digo (aunque limitándose todavía a la falda que íbamos subiendo, -la cual es la menos rica, por ser la que mira al Septentrión) que sus lomas y barrancos ostentaban por doquier, entre otros vegetales menos preciados, dilatadas viñas, extensos bosques de almendros e infinidad de blanquecinas marañas de seculares higueras.

Uvas, almendras, higos... He aquí las principales cosechas de aquella zona, al parecer salvaje.- Pero ¡qué higos, qué almendras y qué uvas! -«¡De la Alpujarra!» -se dice en toda Andalucía, como suprema recomendación, al ofreceros esos tres frutos.- Y, para los inteligentes, no hay más que decir.

Cuando vayamos a Turón, discurriremos especialmente acerca de los higos.- En Murtas tendremos ocasión de juzgar las almendras.- Aquí me toca hablar de las uvas.


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La uva peculiar de la Alpujarra, cuyo prototipo lleva el nombre de la villa de Ohanes, es grande, oblonga, dura..., y pálida y transparente como la cera.

Esta uva no es nunca hollada por el pie brutal del hombre, ni se ve compelida, por consiguiente, a reventar para dar de sí la gran maravilla del mosto...- Tampoco va desde la cepa a los mercados de la provincia, en fresco y apretado grumo que penda luego de la mano de un cualquiera, para que este cualquiera lo desgrane poco a poco, por vía de postre, hasta dejarlo reducido a un esqueleto o escobajo...- Menos aún se transforma en arrugada pasa... como acontece con las uvas de la vecina costa...- Ni tan siquiera es su destino figurar en eso que se llama un kilo (como si se dijese un kilo de perlas), para pudrirse de impaciencia, colgada meses y meses del techo del harem de un metódico sibarita, empapelada o sin empapelar, y dando origen a este decir de mi pueblo: «¡Anda... que eres más tonto que un hilo de uvas!»

No, señor, no; la legítima uva alpujarreña no llega nunca a ser madre... (del vino); -ni viene a parar en fácil bacante que sólo dure lo que los festines de otoño; -ni acaba en solterona que se pase y acartone, como la Eugenia Grandet de Balzac, y sólo sirva a la vejez para sazonar, vestida de oscuro, tal o cual especie de pouding; -ni es, en fin, jamás emparedada odalisca que espere vez entre otras frutas en la despensa de un goloso, del modo y manera que refiere Lord Byron en el Canto VI de su Don Juan...

La uva de la Alpujarra cumple una misión más noble.- La uva de la Alpujarra se mete monja, vive cenobíticamente, y muere virgen.

¿Cómo así?

Vais a saberlo.

El vendimiador de la Alpujarra principia por construir muchas cajas de madera.- Sube luego a lo alto de su montaña, donde se crían unos magníficos alcornoques, y les arranca la piel... quiero decir, el corcho.- Muele este corcho hasta pulverizarlo, y con aquella materia, que es el mejor preservativo que se conoce contra la corrupción... de las uvas, llena las cajas susodichas. En seguida coge unas tijeras, y va cortando de cada racimo, una por una, las bayas más perfectas, limpias y sanas, separándolas para siempre de las otras. Consumado esto, procede a esconder entre el corcho pulverizado, también una por una, y en rigoroso orden, las uvas elegidas, procurando que estén incomunicadas entre sí y con el aire atmosférico. Y, por último, cierra y clava las cajas con el mayor esmero posible, y échase a dormir completamente descuidado, como quien sabe que aquellas reclusas pueden pasar allí años y años sin ninguna clase de detrimento.

Lo que sucede después no es culpa mía, ni tampoco de las uvas alpujarreñas.

Es culpa del vendimiador y del grado de locura a que ha llegado nuestra pobre Europa.

Yo, como liberal y como católico, estoy por que haya conventos. Para mí, la mayor de las tiranías es privar a los mortales del derecho de escoger sus compañeros de peregrinación por este valle de lágrimas y de encerrarse con ellos, lejos del vano tumulto de una sociedad atea, a conferenciar con Dios sobre el quia de la vida y sobre el quare de la muerte, sobre el quid de todo lo criado y sobre el esse, fuisse, fore, que dice uno de los Santos Libros.

Pero, amigo: el vendimiador, después de haberse esmerado tanto en la construcción y disposición de sus conventos de uvas, los saca luego a pública subasta...; y como aquellos ingleses, rusos y alemanes de que hablamos en Béznar son todos herejes; como además de herejes, son muy ricos, y como, a pesar de ser tan ricos, no se crían uvas en su país... ¡ni respetan clausura, ni respetan votos, ni respetan nada!

Vese, pues, a estas vestales españolas (pálidas y transparentes como la cera, que dije más atrás) morir mártires en las más abominables metrópolis del Norte, devoradas por una especie de osos protestantes, o cuando menos cismáticos, cuyos dientes, ennegrecidos y desportillados por el escorbuto... ¡Ah! ¡Qué horror! -No puedo continuar...

Resumiendo: las uvas de la Contraviesa se exportan por Almería, Adra o Motril con destino a las naciones septentrionales de Europa..., y yo he aprovechado gustosísimo esta nueva ocasión de hacer la causa de la raza latina contra sus rivales del Continente, a fin de que mi libro tenga su lado transcendental.- No quiero que se me tache de autor frívolo y sin sustancia en unos tiempos en que tanto abundan los filósofos.


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Por lo que respecta a nuestro viaje o escalamiento, dicho se está que proseguía sin interrupción... posible, -mientras que yo me esforzaba de aquel modo por encerrar el universo en una uva.

Tocábamos ya, pues, casi a la cima de la Contraviesa, y veíamos debajo de nosotros muchas de sus fértiles cañadas, llenas de cortijos y casas de labor; bien que no extensos y remotos horizontes...- En cuestas como aquélla, no se va descubriendo terreno a medida que se asciende; sino que hay que llegar a lo alto para descubrirlo todo de un golpe.

Nuestra ansiedad era, por consiguiente, extraordinaria cuando, a eso de las dos de la tarde, comprendimos que nos faltaba muy poco para salir a la plataforma de Cerro Chaparro.

-¡Prepárense ustedes a la gran emoción! -nos decía desde lejos el buen cura con su voz de misionero y su gran instinto dramático-. ¡Desenvainen lápices y carteras! ¡Estamos llegando a la cumbre!

Y nosotros sacábamos fuerzas de flaqueza, y se las hacíamos sacar a los caballos, para ganar los últimos escalones de la montaña...


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¡Llegamos al fin!...

El cielo avanzó por encima de nuestras cabezas, como un mar que rompiera sus diques, e invadió un inmenso espacio circular, anegando y sepultando bajo sus olas todos los montes que hasta allí nos habían parecido insuperables...

Sólo nosotros quedamos flotando en el general diluvio... Sólo nosotros dominamos entonces, en muchas leguas a la redonda, la vacía soledad del aire.

La Alpujarra entera estaba a nuestros pies.