La Alpujarra:22

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La Alpujarra
Cuarta parte: Capítulo 1


Cuarta parte

El gran cehel


- I - De cabeza al mar.- Las eternas moriscas.- Alfornon.- Recuerdos de África.- Dos tradiciones.- Albuñol a lo lejos.- Llegada a Albuñol[editar]

A las cuatro de la tarde montamos a caballo y emprendimos la bajada a la costa.

¡Veleidad humana! -Veinticuatro horas antes, no deseábamos más que escalar montañas, medir derrumbaderos, atravesar soledades agrestes, perdernos en inexploradas regiones, y hacer, en fin, todo lo posible por incomunicarnos con la llamada sociedad...

Ya, nuestro anhelo y nuestra impaciencia eran por bajar a terreno llano y expedito, a comarcas fértiles y cultivadas, a la orilla del mar (camino de todas partes)... y por ponernos en íntima comunicación con el mundo de los hombres, de las mujeres y de los niños.

Albuñol, el rico pueblo costeño, en que habíamos de hacer noche, empezaba a sonreirnos como expectativa... Palmeras, flores, frutos, templadas brisas, cómodas viviendas, trato social, Alcaldes, camas, periódicos, comida caliente... y, a lo lejos, velas en el Mediterráneo, hablándonos de la universalidad de la vida humana y del movimiento del siglo...: -tales habían llegado a ser nuestros dorados sueños, -que, por cierto, se convirtieron pronto en realidades.

¡Muy pronto, sí!... La bajada era allí tan pendiente como áspera había sido la subida por el otro lado.- Aquello era ir ya de cabeza a la playa.- Así es que, a los pocos minutos, en la cuesta llamada de Alfornon, empezamos a ver otra vez hojas en los árboles, otra vez olivares y vinas, y otra vez blancos cerezos y colorados guindos...

(Esto de blancos y colorados lo digo por las flores de que estaban cubiertos.)


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Pero hubo más. En los abrigados barrancos de aquellas vertientes, adonde no pueden llegar nunca los aires fríos de Sierra Nevada, pero en donde tienen libre acceso los cálidos vientos africanos, nos salieron al encuentro las primeras golondrinas de 1872.

Quince días llevaban ya de estar allí, procedentes de la Costa del Moro, sin que todavía se hubiesen atrevido a salvar la Contraviesa, y mucho menos el Mulhacén, para invadir el resto de España...

Así nos lo dijo el señor Cura, -el cual añadió luego:

-Todos los años hacen lo mismo, y, algunos, hasta se vuelven a África, si la primavera alpujarrena se presenta demasiado inclemente. Ya hace dos semanas que las estoy viendo revolotear por aquí, entregadas a sus observaciones meteorológicas o a sus reconocimientos militares.

-Eso demuestra -observó uno galantemente toda la benignidad del clima de esta costa. A Guadix nunca llegan las golondrinas antes del día de San Felipe y Santiago...

-Es cuando generalmente pasan la Sierra por aquella parte, -replicó el Sacerdote.- A Granada, que es tierra más baja y menos fría que Guadix, llegan mucho más temprano, en busca de sus antiguos nidos.

-¡Nobles viajeras, padre Cura! -exclamó el otro.- Son las eternas moriscas... ¿no es verdad?

-¿Cómo he de quitarle yo la razón a un poeta? ¡Pero no olvide usted que también son las que arrancaron las espinas de las sienes del Redentor!

-¡Justamente! Y por eso no las matan nunca los cazadores. ¡Ah! Yo adoro las golondrinas.

-Y yo también, -dijo un tercero, gran labrador por mas señas, interviniendo en aquel diálogo.

-A mí me recuerdan siempre -continuó el poeta- aquel Último Abencerraje de Chateaubriand que vino a visitar religiosamente el que había sido Reino mahometano.

-Pues a mí -repuso el labrador -me limpian la siembra de muchos bichos dañinos.

-Es un tercer mérito de estas preciosas aves, se apresuró a exclamar discretísimamente el señor Cura.


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Hablando así, llegamos a un Barrio, denominado Alfornon, anejo de un lugar, distante de allí tres kilómetros, que se llama Sorvilan.

En las 122 casas de aquel barrio no había casi nadie cuando nosotros pasamos. Sólo algún niño que todavía no sabía andar sino a gatas, o algún viejo que ya se encontraría otra vez en el mismo caso, vimos sentados al sol, en el tramo de tal o cual puerta, como encargados de custodiar la aldea durante la ausencia de sus moradores...

Esto trajo a nuestra imaginación aquellos aduares que encontró el ejército del difunto General O'Donnell en las estribaciones de Cabo-Negro, el día de su paso al llano de Tetúan.- ¡La misma soledad, más triste aún que la de los despoblados! ¡El mismo silencio melancólico! ¡El mismo aparente aislamiento y olvido del resto del mundo!

La única diferencia que existía entre los aduares africanos y el barrio alpujarreño, era que los habitantes de aquéllos los habían abandonado para guerrear, y los de éste para cultivar las laderas de los montes circunvecinos.

-Pero ¿y las mujeres? -me diréis.

¡Pobres mujeres! -Las de los aduares estarían escondidas durante aquel sangriento combate en las fragosidades de Sierra Bermeja.- Las de Alfornon habrían ido a Sorvilan por avío, a algún arroyo a lavar, o a los cerros de las cercanías a llevarles la comida a sus maridos, padres y hermanos.


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Todavía tuvimos que volver a subir a las regiones del perpetuo invierno antes de bajar definitivamente a las del perpetuo verano; pero, una vez salvada aquella última defensa de los agonizantes montes, tornamos a complacernos en la creciente hermosura y progresiva templanza del terreno a que descendíamos.

Las doradas flores de la áspera y punzante abulaga, que sólo abren en mayo en la que desde allí podíamos llamar Andalucía del Norte, cubrían ya los cerros y las lomas con su brillante y escandalosa vestimenta. La pita, gradación anterior a la higuera chumba en el termómetro vegetal, brotaba otra vez enérgicamente en las laderas de los precipicios, mientras que el olivo y la vid volvían a proclamar en todas partes el absoluto imperio del sol.

Sin embargo, lo que más nos distrajo y entretuvo en aquel rápido descenso (por la gráfica y material idea que nos dio de la variedad de climas y temperaturas que íbamos atravesando), fue la gradación de higueras que recorrimos con la vista en el espacio de dos o tres kilómetros. Primero las encontramos sin asomo alguno de vida, deshojadas y secas, como blancos esqueletos, o más bien como fósiles de una antigua vegetación. Más abajo, las higueras tenían ya yemas; más abajo, las encontramos cubiertas de breves y rizadas hojillas; más abajo, vestidas de amplias y lujosísimas hojas, y, por último, cerca ya de la Rambla de Albuñol, estaban cuajadas de adolescentes higos, cuando no de maduras y ya comestibles brevas.

Mas no hablemos todavía de aquella apetecida rambla; que, antes de llegar a ella, aún hemos de bajar muchos escalones, y la menor distracción pudiera costarnos una celebridad... a que no aspiramos de manera alguna.


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Dígolo, porque a nuestra izquierda se halla el célebre Tajo del Veredon, desafiado, si es permitido hablar así, por una de las sendas más atrevidas que hayan abierto las abarcas de los pastores...

Encima de aquella estrechísima vereda se levanta un desmesurado monte vertical, llamado el Cerro de Álvarez. -Debajo, se descubren las tinieblas de un espantoso abismo, que muchos suponen llega a los antípodas.

Pues bien (y ya... no de cuento, sino de sucedido): en lo más escarpado e inaccesible de la ladera de aquel cerro, se ven todavía las estacas que clavó ÁLVAREZ para subir a robarles su miel a unas abejas. La subida le fue posible; pero, al bajar, colgado de una soga que sujetó en lo alto, rompiose ésta... y el infeliz desapareció en la sima, -¡camino de la Nueva Zelanda!

Un trozo de la soga rota, pendiente de una de las estacas a modo de resto del dogal de un ahorcado, fue el único indicio que quedó de aquella desventurada empresa...

Pero esto sólo bastó para que el nombre de Álvarez se hiciese tan inmortal como el de Chéops, yendo como va ya unido a la existencia de aquel cerro, -monumento de su gloria, no menos alto y sólido sin duda alguna que la gran pirámide de Djizeh.

¡Y todo por haber muerto cometiendo un robo!

¡Cuán fácil es pasar a la posteridad!


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Ni paran aquí las historias del Tajo del Veredon.

Más allá del Cerro de Álvarez, se ve el de las Covezuelas, que sirve de asiento al Cortijo del Padre Francisco.

Dirigíase a este cortijo una viejecita con un saco de lentejas, y, habiéndose despeñado, nacieron y fructificaron las lentejas antes de que el cuerpo de la viejecita llegase al fondo del Tajo.

Señores: ¿estará profundo?


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Comentando íbamos éstas y otras consejas populares, cuando a todo lo largo de nuestra cabalgata resonó el suspirado grito: «¡Albuñol!» en el mismo tono con que los cruzados debieron gritar: «¡Jerusalén!» desde lo alto de los montículos que la dominan, o como los compañeros de Colon gritarían: «¡Tierra!» la madrugada del 12 de Octubre de 1492 o como los soldados de O'Donnell gritaron: «¡Tetuán!» desde las susodichas alturas de Cabo-Negro.

Reconozco que estas tres comparaciones son demasiado superiores a la cosa comparada; pero la verdad es que Albuñol, visto, como nosotros lo veíamos, muy a lo lejos aún y todavía desde una grande altura, no era, materialmente considerado, menos bello, seductor y atractivo que con cuyo general aspecto tenía un extraordinario parecido.

La blanca villa alpujarreña, iluminada por el sol Poniente, parecía un puñado de mármoles rotos, restos de una titánica edificación, arrojados en la combada pendiente de una loma.- Esta loma relacionábase luego en apariencia, por ingentes peldaños sucesivos, con el Cerrajón de Murtas, detrás del cual asomaba todavía Sierra de Gádor su encanecida cabeza.

El mar dista de Albuñol cerca de una legua; pero desde Albuñol hasta él se puede ir de paseo por una especie de calle natural, muy llana y anchurosa, que termina en el puerto, castillo y lugar de La Rábita.

La Rábita es, por consiguiente, el Grao de Albuñol.

En cuanto a la que hemos llamado calle natural, no es otra cosa que la rambla a que da nombre aquella villa; arenosa faja de llanura que penetra desde la playa hasta el corazón de la Contraviesa, ondulando entre las montañas de uno y otro lado.

Nosotros bautizamos, pues, desde luego a la Rambla de Albuñol con el dictado de Boulevard de la Alpujarra; dictado muy merecido, si se atiende a que en ella desembocan otras calles (vulgo ramblas) de segundo orden; a que es lo más desahogado y transitable del país (exceptuado el terreno de Ugíjar); a que está formada por amenísimas huertas y valiosos cortijos; y a que ha sido (dicen) recorrida (no se sabe fijamente cuándo) por cierto aparato con ruedas (¡ruedas en territorio alpujarreño!), que conducía bañistas a la Rábita...-«Carruaje» quiere decir este circunloquio.

Pero mañana hablaremos de tales cosas. Contentémonos a la presente con haber acabado ya de bajar y no tener por hoy que volver a subir: contentémonos con encontrarnos en la Rambla de Albuñol, que es como aquí se llama todavía la que más abajo es Rambla de Albuñol: contentémonos, finalmente con estar ya casi al nivel del mar, en plena primavera, casi en plena África, y en la hora más dulce y apacible de una hermosa tarde.


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Serían las cinco y media.

El sol había desaparecido para aquel valle, aunque todavía doraba las alturas.

La tierra, libre ya de la abrumadora presencia del astro rey (que allí es un rey tan absoluto como inexorable), principiaba a respirar y desentumecerse, inundando el aire de balsámicas esencias y placidísimos rumores.

Por la rambla corría, dividido en dos o tres brazos, un arroyo de agua cristalina, que difundía por todas partes amenidad y frescura...

¡Delicioso término de jornada!

Los caballos sacudían las crines alegremente, saludando el fresco de la brisa, la reaparición de la llanura y la proximidad del pienso...

Y nosotros abusábamos de su entusiasmo, poniéndolos a galope, a fin de llegar a Albuñol antes de que acabase de oscurecer.

Llegamos al fin...-pero ya era noche completa; por lo cual sólo os puedo decir que fuimos recibidos con los brazos abiertos por nuevos e inolvidables amigos, y que en aquel punto y hora tuvimos la dicha de conocer al buen caballero cuyo nombre figura el segundo en la dedicatoria de este libro, y con quien muy luego había de ligarnos un cariño del alma que durará tanto como nuestra vida.- ¡Tal y tan grande hubimos de encontrar bien pronto, en gravísimos sucesos ajenos al argumento de la presente obra, aquel corazón de león, que me honro y honraré siempre de haber estrechado contra el mío!

Con que buenas noches, lectores.- Vamos a acostarnos; que tiempo tendremos mañana de estudiar la villa de Albuñol.