La Cabeza del Conde de Urgel

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La Ilustración Española y Americana, 1870
La Cabeza del Conde de Urgel
 de Víctor Balaguer

Nota: se ha conservado la ortografía original.


LA CABEZA DEL CONDE DE URGEL.
LEYENDA

TRADUCIDA DE LA QUE EN VERSO CATALAN COMPUSO EL AUTOR, Y FUÉ PREMIADA EN LOS JUEGOS FLORALES CELEBRADOS EN BARCELONA EL AÑO 1861.


INVOCACION.

Oid ahora los acentos del bardo errante. Yo soy el trovador de las montañas.

¡Armengoles los de Urgel, guerrera prole de príncipes batalladores, abandonad las tumbas á las cuales os bajaron amortajados en vuestras armaduras desde el campo de batalla! ¡Raza de ilustres muertos, la patria te llama para que vengas á oir al trovador que te canta! ¿Qué ha sido de tí, raza de héroes montañeses, casa condal en cuyos lares anidaba la gloria? ¿Dó están tus Unguelas [1], las que en medio de las mortíferas luchas fueron siempre señales de victoria? ¿Dónde tus armas, las que paseaste un dia triunfantes de campo en campo y de reino en reino? ¿Dónde hallar al ménos las sepulturas de los que llenaron con la fama de su nombre los ámbitos de su patria? ¿A dónde fueron á parar esos condales señores, de cotas enmalladas, que al ver que su patria tenia ya suficientes laureles, partieron á enriquecer generosamente con su gloria la tierra de Castilla? [2] ¡Salud, héroes! Naciones hay que no tienen historia más grande ni más espléndida que la vuestra. Dejad que con patrióticos y guerreros cantos vaya á despertar los ecos que há mueve siglos guarda dormidos la sierra pirenáica [3]. Dejadme á mí cantar vuestros gloriosos hechos, que no soy ya el cantor de la hermosura; soy el trovador de las montañas.

Yo soy el bardo errante que, desnuda la cabeza, corriendo á la ventura por selvas y por bosques, entrego mi ardorosa frente á los vientos del monte, que arrancan plañideros gemidos á mi arpa, al propio tiempo que juegan con mi negra cabellera. Mis cantos recuerdan hechos olvidados, mis lays evocan glorias perdidas: ¡me siento cabe la huesa de los cadáveres, respiro el polvo de las ruinas, vivo entre los que fueron, hablo á los muertos! Cuando con más furia por entre pinos salvajes muge el viento como si fuese una mamada de fieras hambrientas vagando por el bosque; cuando más espantosos se precipitan y despeñan los rugidores torrentes de la montaña con sus hirvientes y encrespadas olas; cuando con más rapidez cruza la serpenteadora luz del rayo que azota las nubes, y cuando con más estrépito va rodando de abismo en abismo el trueno que hace estremecer las sierras, mejor y con más placer al son de sus ásperas armonías canto mis himnos y pulso el arpa, y mejor y con más placer doy á besar mi frente á los vientos de la montaña;—que cuando hierve en el corazon el fuego del alma, le es dulce á la frente el hálito de la tormenta.

Dejadme vagar errante por entre selvas, mientras sean selvas de mi patria; dejadme reclinar la frente bajo el árbol mismo que ofreciera un dia sombra á mis mayores; dejadme que me acerque con pasos trémulos al santuario perdido entre las breñas, y dejadme saludar aquella hermosa puerta bizantina, sombreada aún por encinas centenarias. Tambien un dia la saludaron mis mayores cuando , lleno de fé cristiana el corazon, iban á pedir á la Vírgen del Yermo la salud y la libertad de su patria, de hinojos sobre las losas del templo, clavada en tierra la punta del acero, y cruzadas las manos sobre el pomo de la espada. ¡Oh! ¡Es que yo amo á la patria! La amo con esa fé que abrigan los corazones que esperan y los corazones que creen. La amo de amor. ¡La venero! Lleno está de ella mi corazon, que vive de ella como vive el árbol de la tierra que le nutre, como vive un alma de vírgen enamorada del amor ardiente que en ella se anida. ¡Salud á los que nos legaron esta patria regada con su sangre! ¡A los valientes que fueron de picacho en picacho trasmitiendo su gloria, llevando siempre altas sus cristianas señeras! ¡Salud á los primeros hombres de la tierra! [4] ¡Dejad para mí vuestras tumbas, héroes! ¡Que crucen por delante de mis ojos vuestras sombras gloriosas, oh nobles ascendientes mios ! ¡Alzaos ante mí, cubiertos con la flotante mortaja que teñísteis de sangre viva cuando pasásteis desde el campo de batalla al sepulcro! ¡Venid á mí, sombras! ¡Alzaos, héroes! Vuestros hechos cantaré y vuestras glorias, que ya no soy el cantor de las hermosas; soy el trovador de las montañas.


I.

Ya el alerta vigía ha señalado con el toque de su bocina la hora del alba.[5] Despunta la dulce luz virginal de la mañana, y no tarda el primer rayo de sol en vestir de púrpura los campos, saludado por la golondrina que alegre cruza por los aires.

Sobre la cima de una roca, parado como un águila en descanso y teniendo abismos por fosos, se levanta el castillo de Piltzan, morada señorial de los condes de Urgel.

El sol que nace resplandeciente, al trasmontar las sierras, lo abraza todo á la vez de un solo beso, dorando al propio tiempo sus muros y paredes, y al penetrar sus juguetones rayos en el interior del alcázar, encuentran á la condesa llorando silenciosamente en su cámara.

¿Por qué llora Adaleta? [6] ¿Por qué gime y suspira? ¿Por qué esas mudas lágrimas que como hileras de perlas se deslizan por sus mejillas? ¿Qué le sucede á la condesa? ¿Por qué solloza? ¿Por qué tanto dolor y amargura en el momento de la mañana en que todo es alegría y júbilo?

Cuando canta la golondrina al cruzar rápida por bajo la azulada bóveda; cuando canta la hebra de yerba al ser azotada por el aire; cuando cantan los árboles al balancear sus ramas, y los pájaros en sus nidos y las flores en sus praderas, y cuando hasta la santa campana, desde lo alto de su campanario, como un tierno corazon que late de amor palpitando de júbilo, canta al dia que comienza y saluda al sol que nace, ¿cómo es posible que Adaleta, el ángel del castillo condal, tenga lágrimas en sus ojos y penas en su corazon?

Es que la condesa llora, sin que le sea posible contenerse, porque hace ya muchos dias que partió su esposo, y ninguna nueva tiene del buen conde, que se fué á guerrear con los árabes; es que la condesa llora porque un funesto presentimiento oprime su corazon, y dicen que presentimientos del corazon son voces que bajan de lo Alto.

De pronto enjuga sus ojos, sus ojos cansados ya de tanto llorar, pues no quiere que su hijo, que acaba de penetrar en la cámara, encuentre nunca amargo en su frente el beso maternal.

Ya el jóven Armengol de Urgel se halla delante de su madre.

–¡Madre mia, madre mia! hoy hay fiesta en el valle.

–Tambien hoy, hijo mio, la lechuza ha estado cantando toda la noche.

–Madre mia, hoy es la fiesta de San Juan. ¿No habeis visto lucir esta noche las fogatas en lo alto de la sierra?

–Los fuegos que he visto brillar, me parecian antorchas funerarias.

–Madre mia, hoy hay fiesta en el valle, y me voy alegremente á tomar parte en los juegos.

—Tu padre, mientras tanto, se halla en la guerra contra los árabes.

–De ella volverá triunfante, madre mia.

—¡Que Dios lo quiera, hijo mio!

—Nunca han triunfado los árabes cuando ante ellos han visto el pendon de los condes de Urgel. Tambien irém yo á la guerra cuando mi padre el conde regrese.

—Eres áun muy niño para ello, hijo mio, pues apemas tienes trece años.

–Madre, no es por los años por lo que crecen los condes de Urgel. Yo sé blandir una lanza y gobernar un caballo; sé empuñar una espada y tengo odio al árabe. Madre, los que como yo llevan un nombre, que es costoso de llevar, tienen en sobra de corazon lo que puede faltarles en años.

—No hablemos de cosas de guerra, que tengo destrozada el alma. Vé á la fiesta, hijo mio, baja en buen hora al valle.

Apartado se há de su madre el jóven Armengol de Urgel, y así que se halla en el patio pide su caballo blanco. Un paje le sujeta la brida; otro le sostiene el estribo.

—Así Dios te guarde de mal, buen paje, como me digas qué significa el toque de esa campana que allá abajo en el valle echan á vuelo, y qué indica esa bocina que se oye sonar allá arriba en el monte.

Así contesta el paje. Ya le oireis hablar.

—Es la campana de la parroquia, que convida á la fiesta é invita á la danza. Es la bocina de los montañeses, que llama y convoca á los compañeros de la sierra.


II.

¡Qué rápidamente has pasado, hermosa noche de San Juan ! Tú eres la noche de los amores y de las consejas, la noche de la verbena y de las danzas y fuegos. Durante la noche buscan ventura las doncellas, y mientras unas deshojan una violeta salvaje para saber si han de casar con el doncel á quien aman, otras bañan su cabellera en el agua corriente del rio á la hora de media noche, que es la hora de los fantasmas. Durante la noche brillan hogueras en las sierras, espléndidas iluminaciones que se extienden por sus picos, como si fuesen estrellitas de fuego que tachona.sen los montes. Durante tu noche, las hadas van divagando por entre las nieblas, abandonando las cámaras de perlas que tienen en sus palacios de plata, para ir á redimir los cautivos del moro y libertará las doncelas encantadas. ¡Qué prestamente pasaste, noche hermosa de San Juan!

Mañanica es de San Juan, y todo es bulla y algazara. Los mancebos del pueblo se arremolinan en la plaza para contemplar á las doncellas, que están sentadas bajo un dosel de ramaje entretenidas en ir casando flores para tejerguirnaldas. Errantes discurren por los aires tiernos suspiros que se escapan del corazon, incienso de almas enamoradas; mozos y mozas se arrojan tiernas y amorosas miradas, que van diciendo ¡te amo! y en tanto que mozas y mozos se hablan con los ojos y con el alma, murmuran himnos de amor los árboles balanceando sus ramajes, entonan cantos de amores los pajaritos que cortan el aire, y el sol abrasa á la tierra con besos de fuego de amor.

—Doncellitas de Piltzan, las de las tiernas miradas, las del pañuelo de seda, las del faldellin de grana, ménos grana por cierto que las rosas hechizadoras de vuestras mejillas, ¿á dónde íbais tan de mañana por las praderas,ántes de salir el sol y sin miedo á la humedad del rocío?

—Ibamos á coger flores para tejer guirnaldas.

—¿Y para quién esas flores, para quién esas guirnaldas, doncellitas de Piltzan, las del faldellin de grana?¿Son quizá para esos vuestros galanes que invaden la plaza?

—No son, no, para los galanes cautivos de nuestros ojos, que son para el San Juanito de las pieles blancas, aquel que tenemos en la enrejada capilla de la iglesia con un cíngulo de oro en la frente, una cruz de plata en la mano y un blanco corderito acurrucado á sus piés. Para él sólo son las guirnaldas, mañanica de San Juan; sólo para él las flores, y sólo para él las enramadas.

—Mañanica es de San Juan, y todo es bulla y regocijo. ¡Que Dios os dé un hermoso dia, doncellitas las del faldellin de grana, ménos grana que las rosas que asoman en vuestras mejillas!

Un trovador, á quien parece que Dios envía para dar animacion á la fiesta, un trovador fatigado entra repentinamente en la plaza. Nadie observa que su frente está bañada de sudor, y que pasea por todas partes su triste mirada, como si en vez de heraldo de amores fuese mensajero de desdichas. Nadie repara en ello, pues fijándose sólo en el arpa que cuelga de su hombro, le rodean doncellas y galanes regocijándose de su arribo.

—Todo es algazara y bulla, mañanica de San Juan. Trovador, buen trovador, el del arpa plateada, así Dios le dé ventura á la dama de tus pensamientos y un lecho de flores para sus siestas con apacible sombra para su frente, como nos cantes una dulce balada de amores.

Y al comenzar el trovador á puntear el arpa, hé aquí que entra en la plaza, jinete en su caballo blanco, el jóven Armengol de Urjel.

III.
EL TROVADOR RECITANDO.

Si tristes son mis acentos y áun más triste mi cántiga, es porque mi corazon está hoy llorando. Perdonad al trovador; perdonadle, bellas jóvenes las de mirada de fuego; perdonadle si llega sólo para convertir en galas de luto las de vuestra fiesta, que amargas lágrimas de sangre fluyen hoy de mi corazon, y triste, muy triste va á ser la cancion del trovador.

CANTANDO.

¡Oh! ¡mal haya el rey moro, el rey moro de Aragon! Hánle llevado fatales muevas sus corredores algazaws [7], y son las de que ante los muros de Barbastro tremola el pendon de los cristianos, quienes amenazan entrar en la ciudad á sangre y fuego. Al saberlo el rey moro, manda reunir sus escuadrones, y ántes de ponerse en marcha con ellos al reir del alba, así le dice á su wasir [8], que respetuosamente le escucha:

—Wasir mio, dad órden de que me labren una caja que sea de oro puro, paraguardar en ella la cabeza de un noble señor.

RECITANDO.

Todavía se sostiene Barbastro, esperando el auxilio del rey moro; pero ya en el castillo tremola la bandera cristiana. Todos han hecho prodigios de valor en aquellos combates; pero han superado á todos las mesnadas cuyo jefe es el conde de Urgel.

Componen estas mesnadas los compañeros de la sierra, valerosos montañeses con su trompa de guerra, vestidos con pieles de animales feroces. Sus manos empuñan el hacha que corta los robles más corpulentos, y no llevan más armadura que la de sus pechos desnudos.

Son los montañeses de Urgel. Su tienda de campaña es el cielo, su aliento de vida el polvo de los combates, su mejor dia de fiesta un dia de batalla, y su grito de guerra ¡A carne! ¡á carne![9]

CANTANDO.

¡Oh! ¡mal haya el rey moro, el rey moro de Aragon! Llegado há ya á la vista de Barbastro con toda su hueste para socorrer á los muslimes que se han hecho fuertes en la ciudad. Envía á llamar al alkaid [10] de Gerp, que es jefe de un escuadron de vanguardia, y así le dice:

—Quiero la cabeza de un jefe de esa turba de cristianos, la del más noble, del más valeroso, del más fuerte.

El alkaid se retira murmurando:

—La del conde de Urgel entónces.

El rey moro ha mandado labrar una caja de oro puro para guardar en ella la cabeza de un noble señor.

¡Oh! ¡mal haya el rey moro, el rey moro de Aragon! La fiera muerte se pasea por las filas de los combatientes. La ciudad no puede resistir por más tiempo.

—« ¡Adentro, que todo es nuestro!» grita el conde Armengol á tiempo que iba á clavarse en su corazon una aguda saeta. Lo ve el alkaid de Gerp, que huia con su hueste, y se detiene á cortarle la cabeza, abandonando su cuerpo sangriento y mutilado.

En la caja que ha mandado labrar el rey moro, que es una caja de oro puro, se guarda la cabeza del conde, del conde Armengol.

RECITANDO.

Fieles, nuestra es ya Barbastro. ¡Tremolen los estandartes! ¡Sonad, trompetas guerreras! ¡Alzad los pendones, alzadlos! ¡Buena gloria para el que lucha! ¡Buena muerte para el que combate y que, al caer, tiene por mortaja el polvo de la batalla!

Pero ¡ay! ¿por qué no se alzan con alegría las banderas? ¿Por qué las trompetas guerreras dejan oir tan sólo fúnebres toques? Ganada ha sido la batalla y brillante es la gloria de los vencedores; pero al pié de los muros yace el descabezado cuerpo del conde Armengol.

Ya los montañeses se agitan como fieras y blanden su ensangrentada cortante hacha.—¡Venganza por el conde! ¡Venganza! gritan, y ¡á carne, á carne, á carne los moros!

IV.

Estremeciéndose de horror ha oido el pueblo al trovador, y al terminar la voz de éste, ántes de espirar en el aire, va á despertar como un eco otra voz perdida, que así le responde:

—¡Trovador, el trovador, condenada nueva has traido! Yo soy el hijo de Almengol. ¡A carne, á carne los árabes!

Y clavando el doncel sus espuelas en el caballo, sale disparado de la plaza, cruza como un rayo el valle, como un rayo tambien sube la cuesta á todo escape. Centellean sus miradas arrojando fuego del corazon, y centellean las piedras bajo los cascos de su caballo. Así llega al castillo y penetra en él, gritando:

—«¡Al arma, al arma, vasallos mios! ¡A carne, á carne los árabes!»

Al oir estas voces, la condesa se presenta ante su hijo perdida la mirada, trémulo el paso.

—«¡Qué quiere decir esto, hijo mio! Hijo, ¿por qué tan airado te muestras?»

—«¡La lechuza há estado cantando hoy toda la noche, madre mia!»

Al oir esto la condesa, arramca un grito del corazon.

—«¡El conde ha muerto!... ¡Dios me valga!»

Y hundiendo su frente entre las manos, inmóvil queda y muda como una estátua sepulcral.

No lloreis, nó, madre mia, que el niño es ya hombre. Quedaos en paz, madre, mientras yo voy á la guerra. Para salud de mi padre en el cielo, vos podeis rogar, madre; para su venganza en la tierra, yo haré guerra á los árabes, y les haré una guerra terrible, sin sosiego, á todo trance, guerra de muerte y de exterminio, de fuego y de sangre. De mi venganza hablarán las historias algun dia; y si á mi padre llaman el de Barbastro, el de Gerp me llamarán á mí.» [11]

Y volviéndose á los hombres de armas que rodeaban su caballo, así les hablaba con voz oscura, rugiendo mejor que hablando:

–Saldremos de Piltzan á la hora del toque del ladron.[12] Cuando vuelva á macer el sol, sus rayos han de hallarnos ya ante los muros de Gerp, alzadas en sendas astas mis banderas señoriales. ¡Via sus, mis hombres de armas! ¡A muerte, á muerte los árabes! ¡Via sus, compañeros de la sierra! ¡Via sus, la cortante hacha! El rey moro de Aragon tiene la cabeza de mi padre. Yo empedraré con cabezas de moros el establo de mis caballos.[13]

Y es fama que el grito de guerra: « ¡Via sus! ¡A muerte los árabes!» fué llevado por ecos, saltando de sierra en sierra, hasta el valle donde estaban acampados los sarracenos.

Aquella misma tarde el trovador, que por la mañana habia hecho oir su canto en la plaza, preguntaba á una doncella:

—«Decidme, niña de ojos de cielo, ¿qué significa esa campana que siento tocar aquí abajo, y qué señala esa bocina que siento sonar allá arriba?»

Así contestó la doncella: ya la oireis hablar.

—«Es la campana de la parroquia, que con toques de guerra hace estremecer el valle; es la trompa de los montañeses, que llama á la guerra y á la matanza.

INVOCACION.

Armengol el de Gerp, llenas de tus hazañas corrieron un dia las leyendas. De las orillas del Sió y del Segre arrojaste las muslimicas lunas, y en Linyola, en Guisona, en Sanahuja, en las almenas de Gerp y en las murallas de Balaguer la mora, clavaste tu pendon y dejaste inscrito tu nombre para memoria eterna.

Armengol el de Gerp, glorioso linaje de águilas montañesas dejaste tú. Siempre siguieron tu ejemplo los tuyos. Siempre á punto, en cualquiera ocasion, á todas lhoras, el grito de guerra hallaba á los Armengoles con el pié en el estribo, la mano en la espada, y los ojos fijos en la frontera de los sarracenos. Por tiposeyeron los tuyos á Balaguer, que ufana tremoló en sus torres, señora del valle y de las sierras, la bandera condal, bandera santa, que fué mecida por brisas de victoria hasta el dia¡dia de muerte y de carnicería!—en que los celos de un rey la destrozaron porque daba sombra á su hurtado trono. [14].

Armengol el de Gerp, si las plañideras brisas de la noche llevan un eco que llega incierto á tu ignorada tumba, descansa en paz. Es que sobre las ruinas de tu castillo, al rumor de la tempestad, desnuda mi frente, yo canto tus hechos y los de tus compañeros de la sierra, entregando sus himnos á los ecos; que yo soy el trovador de las montañas.

VÍCTOR BALAGUER.

  1. Pendón o señera.
  2. Alusion á los tres condes Armengol de Urgel, llamados el de Moyeruca o de Valladolid, el de Castilla y el de Valencia, que abandonaron Cataluña para ir a servir al rey de Castilla.
  3. Antes de conquistar la llanura tuvieron los condes de Urgel por morada el castillo de Piltzan en los Pirineos.
  4. Tierra se toma por patria en lengua catalana.
  5. En los antiguos castillos habia un vigilante apostado en lo alto de la torre del homenaje, el cual con los toques de su bocina señalaba las horas del dia, del mediodía y del crepúsculo.
  6. Adaleta fué la tercera esposa del conde Armengol el de Barbastro, quien tuvo de ella al que despues fue conde de Urgel con el nombre de Armengol eI de Gerp.
  7. Eran los algazaws los batidores ó espías de los árabes.
  8. Wasir: el primer ministro del rey moro y gobernador de la ciudad.
  9. El grito de guerra de los montañeses era en catalán: ¡á carn ¡á carn! (¡á carne! ¡á carne!), es decir: vamos á hacer carne, á destrozar cuerpos humanos.
  10. Alkaid: gobernador de ciudad ó fortaleza de la frontera.
  11. Estos renombres les ha conservado en efecto la historia.
  12. Era la hora de las diez de la noche, cuando la campana hacia señal á las casas aisladas de estar en vigilancia, por ser el momento que los malhechores y ladrones escogian para comenzar sus robos.
  13. En el castillo de Piltzan hubo, segun tradicion, una parte del establo empedrado con huesos y calaveras de moros.
  14. Fernando de Antequera. Balaguer fué el postrer baluarte del último conde de Urgel, Jaime el desdichado, en su lucha con Fernando el de Antequera.