La Casa de los Sueños: Capítulo 4

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<< Autor: Rubén Hernández Herrera
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Llega de nuevo el jueves, no pasa nada, otro jueves, tampoco, empieza a estudiar, un baño de agua salada dicen que ayuda, dormir solo también ayuda. Después de dos jueves, da resultado, se despega nuevamente, busca el camino que ya sabe que lo llevará a la casa de Avenida Américas, lo encuentra y se relaja, se deja llevar― llega, sin pensarlo mucho toca la puerta, sale Chema, y se le queda viendo con amabilidad, pero en silencio, ―Está bien, estoy ya listo para venir todos los jueves―, ―no, Manuel, no te noto seguro, piénsalo otra vez, la próxima vez ya hablaremos…―

Llega el jueves nuevamente, se va una comida con sus amigos al restaurante argentino, se queda dormido en la silla afuera de los baños, llega de vuelta a la casa, de nuevo Chema lo rechaza.

En toda la semana no piensa en otra cosa que en ir a la “casa de los sueños” por fin, el jueves toma un baño de agua salada antes de dormir, sólo llegar a la cama, empieza el viaje, toma la ruta y llega fácilmente, Chema le pregunta ¿quieres entrar?, afirma con la cabeza, Chema se hace a un lado para dejarlo pasar, lo acompaña hasta el comedor/sala, ahí lo reciben aparte de Chema, Don Lupe, Luis y Gago.

La cámara enfoca a cada uno de los asistentes en amena y serena plática, don Lupe, setenta años, de buena salud, alto, escaso de pelo, tez blanca, vistiendo un traje color gris oscuro con rayas blancas apenas perceptibles a la vista, chaleco de cashmeere gris, mangas de camisa de un color blanquísimo, gemelos de oro con una insignia familiar.

Gago, anciano de carácter retraído y desconfiado, traje verde oscuro, señalando dos o tres puestas sin llevar a la tintorería, de estatura mediana, que con la edad se ha hecho mas bien baja, bigote bien recortado y lentes redondos de corte antiguo.

Luís, cincuenta y pocos años, también escaso de pelo, uno ochenta y cinco de estatura, traje gris y corbata roja de rombos, zapatos de buena calidad aunque visiblemente usados, lentes de alta graduación.

La cámara enfoca a don Lupe, que le da la bienvenida a Manuel y le empieza a decir en forma amable, leyendo una tarjeta de color amarillo, después de asuntos muy generales, ―estimado Manuel: …A nosotros no nos vas a encontrar nunca en tu vida, del mismo modo que no vas a encontrar la casa estando despierto, la cámara toma un acercamiento de Manuel donde se le ve moviendo la cabeza afirmando lo dicho―.

―No importa a que hora se duerman todos, llegan a la misma hora, a las 20:30. No es necesario un sueño prolongado, una mínima pérdida de conciencia bastará para llevarlos a la casa de los sueños―.

―El sobre que tienes ante ti, contiene un papel con el mes y el año en que te vas a morir, en que cambias de centro de dependencia, para ser más claros, lo puedes abrir o no, esa es decisión tuya―.

Manuel se queda viendo al sobre, ―adentro está escrita la fecha en que me voy a morir, piensa, ¿cuánto puedo durar vivo?, a lo mejor me muero mañana, a lo mejor en diez o veinte o treinta años, pero ¡me voy a morir!, ¡está en el sobre la fecha en que me voy a morir! ―.

Las voces de los demás parecen se oyen solo como fondo ininteligible, hasta que un ―¡Manuel…!―, lo vuelve a la conversación.

―… tienes que tomar en cuenta que tu eres quien decide si lo abres o no…―, los demás observaban en silencio.

― Una cosa mas, el tiempo que pasamos aquí no transcurre para ustedes, ustedes se desdoblan a las nueve y llegan a las mismas nueve, por decir algo. ―

En ese momento a todo le pareció a Manuel  totalmente intrascendental. Después de lo del sobre, las cosas, las personas tenían muy poco sentido. Eran innumerables las cosas que pasaban por su cabeza en ese momento.