La Guerra: 02

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La Guerra
de Fernando Cos-Gayón

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España: Tomo XV.


I.[editar]

Dios entregó el mundo á las disputas de los hombres. Pretender que los hombres gocen del mundo sin disputárselo, es una ilusión irrealizable. El hombre ha nacido para la lucha; está formado para la lucha; la lucha le engrandece, aumenta su robustez, sus fuerzas, su vida; la falta de la lucha le enerva, le debilita, le conduce á la postración, á las enfermedades, á la muerte. El hombre y los pueblos, luchando, cumplen con su destino. El hombre y los pueblos que no luchan, no tienen ya nada que hacer en este mundo, y desaparecen necesaria y prontamente de él, para dejar su sitio á otros que lo sepan ocupar mejor. Pierden su puesto y sus derechos, como Aníbal y sus Cartagineses perdieron la conquista de Roma el dia en que se olvidaron de luchar, entre las delicias de Cápua; como los Romanos perdieron el imperio del mundo el dia en que, debilitados por la molicie del lujo y de los placeres, formaron sus legiones con soldados mercenarios y con tropas bárbaras, entregándoles las armas con que los Romanos de otro tiempo, familiarizados con el combate, habían sometido la tierra; como la España del siglo XVI bajó rápidamente de su grandeza y poderío cuando las riquezas del Nuevo-Mundo, fácilmente adquiridas, hicieron olvidar á sus hijos las luchas fecundas de la industria y del comercio.

Sin luchar en los campos de batalla, como Roma, ó en las artes y las letras, como Atenas, ó en las operaciones mercantiles é industriales, como Cartago ó Venecia, no ha habido jamas nación de que haya podido formarse historia. Sin luchar tenazmente contra el rigor de los elementos, contra las incomodidades del frío y del calor, contra el hambre, contra las enfermedades, y los mil contratiempos de su existencia terrena, el hombre no habria podido subsistir un momento.

El trabajo y el dolor han sido y serán siempre una parte principal de la vida del hombre. La agitación y la lucha han ocupado siempre y seguirán ocupando el sitio más importante en la historia de los pueblos. Sólo cuando muere, deja el hombre de sentir dolores y de trabajar. Sólo cuando perecen, dejan los pueblos de agitarse y de lidiar.

Pero ¿será, á lo menos, posible que las luchas de los pueblos pierdan el carácter sangriento que han solido tener hasta ahora, y que sólo rivalidades y competencias pacíficas den en lo porvenir ocupación á la actividad humana, viniendo á ser cada vez más difícil, y hasta imposible la guerra? ¿O deberemos considerar como utópico el pensamiento de la paz universal y perpétua?


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