La Guerra: 07

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La Guerra
de Fernando Cos-Gayón

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España: Tomo XV.


VI.[editar]

Las tendencias á la guerra, que tan arraigadas ha tenido la humanidad, han cambiado sucesivamente de carácter, y cada vez es menor su fuerza; resultado al que han contribuido diferentes causas morales y materiales.

El progreso de la filosofía en los pueblos cristianos ha suavizado las costumbres, humanizado las ideas, abolido la esclavitud, disminuido el horror de las prácticas antiguas de las guerras. El mundo no verá ya invasiones como las del siglo V, en que los vencedores exterminaban nacionalidades, legislaciones, costumbres, ciudades y razas enteras.

El considerable desarrollo adquirido por los intereses materiales del comercio y de la industria, ha contribuido por su parte eficacísimamente á la disminución del número de las guerras. Estas no se emprenden ahora con tanta facilidad y entusiasmo como antes, porque han dejado de ser un negocio lucrativo. En otras épocas, cuando las costumbres eran feroces, cuando la esclavitud era un elemento esencial de las sociedades, la guerra era una necesidad. ¿Qué otra cosa que no fuese la guerra habria dado satisfacción á los odios internacionales engendrados por las falsas religiones, y habria provisto á los pueblos del número suficiente de esclavos? Vencedoras las doctrinas cristianas, y aminorada la esclavitud, la guerra no fué ya una necesidad social, pero fué un vicio de las vigorosas razas germanas y escitas que remplazaron al Imperio romano. Más adelante, las conquistas fueron, ó por lo menos parecieron, por mucho tiempo, especulaciones lucrativas.

Pero hoy son tan generales y tan grandes los desastres de las guerras, que no hay quien crea fomentar con ellas sus intereses materiales. La solidaridad de las naciones civilizadas es un hecho cada vez más verdadero y más grande. Hoy no se saquean las provincias como antes, ni se priva de sus propiedades y hasta de su libertad personal á los vencidos para hacer de ambas cosas un reparto entre los soldados vencedores. La industria, el comercio, el trabajo y la vida de todos los pueblos padecen trastorno y disminución con las luchas armadas entre dos de ellos. Por eso, en donde los intereses materiales no oponen su poderoso veto á la guerra; en donde ésta puede aún considerarse como un buen negocio, es decir, en donde la solidaridad del mundo civilizado no se quebranta, porque la contienda sea fuera de Europa y de América, allí la guerra puede seguirse haciendo sin que nadie se alarme, sin que una reclamación universal exija su abreviación. De esa manera ha guerreado Francia en la Argelia, la Gran Bretaña en la India, España en Marruecos, las dos primeras de esas naciones en la China, la primera unida con España en Cochinchina.

Algunos errores, que servían de fomento para las guerras, han sido destruidos por el progreso de la Economía Política. Nádie sostendría ya, como lo sostuvieron muchos escritores en el siglo XVII, la conveniencia de sostener guerras en provincias lejanas, para desahogar en ellas el excedente pernicioso de la población vagabunda y aventurera.

Otra de las grandes remoras de la guerra debería ser la ley escrita; pero en este punto poco es lo que se ha adelantado. La diplomacia no es de los agentes que más han hecho por la civilización. Los tratados internacionales, llevados á cabo por Europa, ni han evitado ocasiones de guerras, reduciendo cada país á sus limites y condiciones naturales, ni, tales cuales han sido, fueron bastante respetados por los mismos que los hicieron.

La influencia de las ideas cristianas, la de la filosofía, la de los intereses materiales, la de la Economía Política, detienen y dificultan el paso al genio de la guerra; pero la ley internacional, que debiera ser su mayor adversario, no ha sabido ajustarse á la justicia lo bastante para merecer el amor de los débiles, ni para inspirar respeto á los poderosos. El derecho de la fuerza continúa siendo el decisivo, lo mismo que en épocas más atrasadas. Ahora, como en tiempo de Alejandro, los nudos que la diplomacia enreda, sólo los desata la espada; ahora, como en tiempo de Breno, el Væ victis! es la ley de las naciones, y la balanza en que se pesan los destinos de los pueblos, no es la balanza de la justicia, sino aquella otra que el Galo llevó á Roma, y que recibe en uno de sus platillos los tesoros de los vencidos, y en el otro la espada de los vencedores.



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