La Madrugada

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El Tesoro de la Juventud (1911)
El libro de la Poesía, Tomo 2
La Madrugada
 de Hilario Ascasubi

Nota: se ha conservado la ortografía original.


Un hermoso alborear en la pampa argentina, con claror de cielo despejado y suave viento de norte, entre gorjear de calandrias y algarabía de cotorras y loros, cuando los gauchos empiezan la recogida de vacadas, yeguadas y rebaños, levantando rumorosa confusión de voces, gritos de las reses y ladridos de los perros; tal es el asunto que ha servido a Hilario Ascasubi, poeta argentino (1807-1875), para trazar el típico y animado cuadro que nuestros lectores podrán contemplar leyendo la siguiente composición, intencionalmente veteada de términos gauchescos, que contribuyen notablemente a intensificar su colorido.


LA MADRUGADA

C

OMO no era dormilona,

Antes del alba siguiente.
Bien peinada y diligente
Se hallaba Juana Petrona,
Cuando ya lucidamente
Venía dañando el cielo
La luz de la madrugada,
Y las gallinas al vuelo
Se dejaban cair al suelo
De encima de la ramada
Al tiempo que la naciente
Rosada aurora del día,
Ansí que su luz subía,
La noche obscura al poniente
Tenebrosa descendía.

Y como antorcha lejana
De brillante reverbero,
Alumbrando el campo entero.
Nacía con la mañana
Brillantísimo el lucero.

Viento blandito del norte
Por San Borombón cruzaba
Sahumado, porque llegaba
De Buenos Aires, la corte
Que entredormida dejaba.

Ya también las golondrinas
Los cardenales y horneros,
Calandrias y carpinteros,
Cotorras y becasinas
Y mil loros barranqueros;
Los más alborotadores
De aquella inmensa bandada,
En la espadaña rociada
Festejaban los albores
De la nueva madrugada;
Y cantando sin cesar
Todo el pago alborotaban
Mientras los gansos nadaban
Con su grupo singular
De gansitos que cargaban.

Flores de suave fragancia
Toda la pampa brotaba
Al tiempo que coronaba
Los montes a la distancia
Un resplandor que encantaba:
Luz brillante que allí asoma
El sol antes de nacer;
Y entonces da gozo el ver
Los gauchos sobre la loma
Al campiar y recoger.

Y se vían alegrones
Por varios rumbos cantando,
Y sus caballos saltando
Fogosos los albardones,
Al galope y escardando:
Y entre los recogedores
También sus perros se vían,
Que retozando corrían
Festivos y ladradores,
Que a las vacas aturdían.

Y embelesaba el ganao
Lerdiando para el rodeo,
Como era un lindo recreo
Ver sobre un toro plantao
Dir, cantando, un venteveo.

En cuyo canto la fiera
Parece que se gozara
Porque las orejas para
Mansita, cual si quisiera
Que el ave no se asustara.

Ansí, a la orilla del fango
Del bañado, la más blanca
Y cosquillosa potranca
Ni mosquea, si un chimango
Se le deja cair en la anca.

Solos, pues, sin albidrío,
Estaban los ovejeros
Cuidando de los chiqueros,
Mientras se alzaba el rocío
Para largar los corderos.

Después en San Borombón
Todo a esa hora embelesaba.
Hasta el aire que zumbaba,
Al salir del cañadón
La bandada que volaba;
Y la sombra que de aquélla
Sobre el pastizal refleja
Tan rápida que asemeja
Un relámpago o centella,
Y velozmente se aleja.

Y los potros relinchaban
Entre las yeguas mezclaos;
Y allá lejos encelaos,
Los baguales contestaban,
Todos desasosegaos.

Ansí los ñacurutuces
Con cara fiera miraban
Que esponjados gambetiaban
Juyendo los avestruces
Que los perros acosaban.

Al concluir la recogida,
Cuando entran a corretiarlos;
Y que al tiempo de alcanzarlos
Aquéllos de una tendida
Se divierten en cociarlos.

Y de ahí, los perros trotiando
Con tanta lengua estirada
Se vienen a la carniada
Y allí se tienden jadiando
Con la cabeza ladiada:
Para que las criaturas
Que andan por allí al redor,
O algún mozo carniador,
Les larguen unas achuras
Que es bocado de mi flor.

Tal fué por San Borombón
La madrugada del día
En que el payador debía
Hacer la continuación
Del cuento aquel que sabía.