La Vuelta de Martín Fierro: 16

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- 778 -
Cuando el viejo cayó enfermo
viendo yo que se empioraba, 
y que esperanza no daba
de mejorarse siquiera,
le truje una culandrera
a ver si lo mejoraba. 

- 779 -
En cuanto lo vio me dijo: 
«este no aguanta el sogazo,
muy poco le doy de plazo,
nos va a dar un espetáculo,
porque debajo del brazo  
le ha salido un tabernáculo.»

- 780 -
Dice el refrán que en la tropa
nunca falta un güey corneta.
Uno que estaba en la puerta
le pegó el grito ay nomás:  
«Tabernáculo... qué bruto, 
un tubérculo dirás.»  

- 781 -
Al verse ansí interrumpido,
al punto dijo el cantor:
«No me parece ocasión  
de meterse los de ajuera.
Tabernáculo, señor,
le decía la culandrera.»  

- 782 -
El de ajuera repitió
dándole otro chaguarazo:  
«Allá va un nuevo bolazo 
copo y se la gano en puerta:
a las mugeres que curan
se les llama curanderas.»  

- 783 -
No es bueno, dijo el cantor,  
muchas manos en un plato,
y diré al que ese barato
ha tomao de entremetido,
que no creía haber venido
a hablar entre liberatos.

- 784 -
Y para seguir contando 
la historia de mi tutor,
le pediré a ese dotor
que en mi inorancia me deje,
pues siempre encuentra
el que teje otro mejor tejedor. 

- 785 -
Seguía enfermo como digo
cada vez más emperrao.
Yo estaba ya acobardao
y lo espiaba dende lejos:  
era la boca del viejo, 
la boca de un condenao.  

- 786 -
Allá pasamos los dos
noches terribles de invierno.
Él maldecía al Padre Eterno,  
como a los santos benditos, 
pidiéndole al diablo a gritos
que lo llevara al infierno.  

- 787 -
Debe ser grande la culpa
que a tal punto mortifica.  
Cuando vía una reliquia 
se ponía como azogado,
como si a un endemoniado
le echaran agua bendita.  

- 788 -
Nunca me le puse a tiro,  
pues era de mala entraña; 
y viendo heregía tamaña
si alguna cosa le daba,
de lejos se la alcanzaba
en la punta de una caña.  

- 789 -
Será mejor, decía ya, 
que abandonado lo deje
que blasfeme y que se queje;
y que siga de esta suerte,
hasta que venga la muerte  
y cargue con este hereje. 

- 790 -
Cuando ya no pudo hablar
le até en la mano un cencerro,
y al ver cercano su entierro,
arañando las paredes  
espiró allí entre los perros 
y este servidor de ustedes.  



La Vuelta de Martín Fierro de José Hernández

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