La altísima: 16

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Capítulo III
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La altísima- Tercera parte Felipe Trigo


Zumbaba por la prensa un escándalo que sacudía la general atención fuertemente... que había logrado atraer la de Adria y Víctor un poco afuera de su hermetismo feliz. LA ESTAFA DE LOS DOS MILLONES, flotante medusa que, alzada por un juez, iba sacando del cieno, prendidas á sus radículas y algas, las más bizarras figuras. Cucos, fulleros, falsificadores, policías, ex presidarios, damas y señoritos del ambiguo halo entre burgués y aristocrático, y aun de alcurnia... todo en un garito-lupanar de la ilustre Aurora España, y entre cuyos concurrentes se encontraban como cómplices las marquesas de Viriato y de Valmata y el barón Georgesco. El nombre de la baronesa, lanzado por un reporter, lo salvó ella misma con una archivigorosa protesta -y pasada la extrañeza que causó, quedó su autora convertida en honorable heroína, cuyo retrato prodigaron los periódicos...: «Conocida de Aurora España, la visité pocas veces. No pude sospechar que, en aquella casa de recato, aquellas damas, por su prosapia aparentemente dignas de la estimación de las mujeres honradas, celebrasen tan inicuas bacanales; y menos con la participación de mi marido, hoy encarcelado con ellas y á quien soy la primera en despreciar. La que públicamente declara esto, atenta al INMARCESIBLE BRILLO DE SU HONOR, es una madre que reclama para sus hijos el que quiso perderles un hombre más desdichado que infame; un hombre al cual su propia esposa le arroja desde ahora, y para siempre, el anatema de la compasión en el olvido...» -¡Ella! ¡Bien ella... Bibly!... ¡Cuántas otras semejantes, de las cien esclarecidas familias madrileñas cuya conciencia al escándalo temblaba por el hijo, por el padre, por el deudo más ó menos salpicado, no habrían sentido y ahogado el mismo rigor de excomunión! Honores protocolarios que podían en grandes letras tremolarse, no menoscabados por los amantes que les hubiesen prendido estas elegantes mujeres, como adornos de elegancia, á sus elegantes matrimonios con diadema!

Víctor le había dicho á Adria:

-Tú, Altísima, náufraga de la vida en fondos de vulgar opacidad, no conocías por encima y por debajo la extensión maldita del pantano que te estaba ahogando. Has podido vislumbrar su infecto claror de las alturas á través de esta baronesa Georgesco. Quiero que también bajes conmigo á los antros.

Y una tarde la había llevado por los suburbios á las cuevas por donde los golfos, las golfas, los bellos y harapientos hijos tal vez de aquellas saturnales, se atestaban en repugnantísima promiscuidad de vicio y hambre; y habíala llevado á los sótanos del Gobierno civil, en una noche de requisa, para que viese la confusión de matones, borrachos, mecheras, vagabundos, uranistas, timadores de rapaz aspecto, asesinos de mirar cuajado, atracadores de hombros de mesa y gordas cabezas chatas de sandía... ¡fauna viscosa y subterránea que allí revolvíase por la humedad!

Esta noche le tocaba ver la degradación de la mujer. Eran las dos y media, y marchaba, refugiada en Víctor, por las calles innobles, arrebujada en un mantón y en una toca -la que tenía su valor y su atención despierta de eterna sorprendida para toda suerte de espectáculos. Al entrarla por el portal de una casa cuyos balcones exultaban gritos de borrachos, la advirtió el «maestro» nuevamente:

-No te importe lo que veas ni lo que oigas, ¿eh? ni lo que tenga yo que decir.

Luz eléctrica y un descanso de principal, como el de no importa qué familia acomodada. El ama abrió, y los pasó á un cuchitril de baúles.

-«Perdonen... ¡está todo de gente! Ahora queda libre un gabinete, y podrán pasar sin que la vean...» á esta joven... ¿Dormida? -«No. Ni importa que la vean... Esta está en otra casa, pero está mal -replicó Víctor -. No queremos más que dejar establecida con usted nuestra amistad bebiendo una botella...» Y reforzado el deseo con diez pesetas en dos piezas, los pasó el ama, por entre cuartos donde sonaban besos y camas, al comedor, confortable; les hizo servir manzanilla, y aceptó una copa hablándole maternalmente á aquella joya humildísimamente enmantonada que iría á ser toda una adquisición, por lo visto, para su casa de á duro. «Aquí estará usted bien, hija mía.... mejor vestida, mejor tratada. En las casas de los barrios creen que una mujer es de goma... ¡Oh, las conozco!... ¡Sé de una infeliz que aguantó á setenta y tres en un día de San Isidro! Excuso decir cómo la dejaron, que intervino el juez. Aquí, apenas la animación dura estas horas... ¡¡Voy!! -se interrumpió, pues la llamaban. Y acabó de pie: -Eso sí, hay que trabajar... ¡Una casa acreditada y decente por todos los conceptos!» -Salió y se oyó fuera dinero. Volvió, y antes de sentarse sonó el timbre y la llamaban de tres sitios diferentes.

-¡Uno que quiere dar cuatro pesetas! -le advirtió con tedio al pasar una rubia que traía las piernas enredadas en la bata y se metía las mangas, luciendo de alto abajo la camisa color fuego.

Y otra que apareció por otra puerta, en camisa blanca y medias negras, en busca de agua, con una jofaina en la mano, retrocedió sin gran prisa... No feas, jóvenes... La rubia, sin saludar, girada mientras se abrochaba el delantero, agradeció con sonrisa de cansancio la silla y la copa brindadas por un hombre que «ya traía mujer á quien dar la lata». Así lo expresó, casi riendo agotada, porque era ella, según confesó también, «fresca y de buen humor, pero no á estas alturas de la noche». Bebió, y remiró un cigarrillo turco antes de encenderlo.-«¡Vengo! -dijo á la segunda copa, levantándose y remetiéndose entre los muslos la falda -. Voy á lavarme, que me ha puesto ese... que ni un burro!» En seguida llegó otra, morenota y grande, y bebió también. Esta entraba recogiéndose el peinado, muy encendida, mojada la cara de saliva y jadeando. Había hecho crujir la butaca con la mole de sus caderas, deseando sin duda no moverlas más en una eternidad; y reapareció el ama gritando: -«¡Laura!» -«¡Leonor!»

-«¡Margarita!»... «¡Pura y Esperanza!... ¡Hala, tú, vamos, viva!»... La empujó, la impulsó... Sacó de la cocina á la rubia, que se detuvo un segundo á estirarse ambas medias, también color de amapola, y á arrancarse del encaje de la bata una manchita roja, vista de improviso... -«¡Vamos, vamos! ¡qué va á fijarse nadie á estas horas!...» Mas como el timbre, y sobre todo las llamadas de los cuartos seguían desesperadamente pidiendo agua, toallas, cold-cream..., todavía, echadas las otras por delante, se oyó al ama avisar en una puerta del pasillo: «¡Anda aprisa, Fe... va media hora... dile á ese que acabe, que esperan muchos, ó tendrá que dar doble!» -En el silencio en que permanecieron Adria y Víctor un instante, siempre callada y seria ella, siempre observándola él cuando no les ofrecía vino y bromas á estas infelices que cruzaban, saltó de pronto un ahogado estrépito de chillidos, de carreras, y una mujer entró con la mano en la nariz, llena de sangre... Adria se sobresaltó.

-¡No! ¡Nada, hija mía! Un puñetazo de ese animal que no quiere dar la peseta -explicó el ama, seguida por las cuatro de la juerga del salón.

Continuaban fuera los gritos y acudieron ellas otra vez, quedándose dos compañeras para atajarle á la apuñada la hemorragia. Al poco, volvieron todas, y el negador de la peseta, una especie de torero lleno de herpetismo, entre guardias de orden público. Hubo careos, confusión, insultos mutuos... «¡Esperpentos!»... «¡Asquerosas!»... y se hizo salir á la rubia de camisa fuego, sin bata alguna esta vez, de una cama donde un hombre quedó á voces renegando. «¡Mentira! ¿Cómo ajustar ella menos de un duro? ¡So... golfo!» Bofetada y salivazo, en plena cara de la rubia. Peseta inmediatamente, forzada por los guardias, y rebelde á la prevención. Todo en orden en seguida y cada cual á su tarea...

-¡Faltaba más, y que creyesen esto un chamizo! -triunfó el ama, partiendo.

Se sentaron las cuatro de la juerga, al regosto de los dorados cigarrillos y el jerez, sin ganas de salir; y los juerguistas, estudiantes que aguantábanse por allí dentro azorados, aparecieron después tímidos, borrachos, no obstante. Ellas querían llevárselos del comedor, sitio de descanso y de servicio; sólo que las copas de Víctor instalaron breves la plena intimidad, y sobre el tácito respeto á la «divina golfa» (que dijo uno) aislada con este señor como intangible, siguió la juerga entre más botellas hechas destapar para obsequiar al obsequioso.

Cañas y brindis, besos y gritos... palabrotas que rodaban reventando con pesante grosería de cajones de herramientas... toda la escena, en fin, de la más baja impudicia puesta en rabia de locura entre la bestialidad y el alcohol. Una de las muchachas, fina ciertamente en su tipo hasta poder él no desmentir su afirmación de ser hija de un notario provinciano, contó que el novio, cuando la des... honró, decíale la señorita mecánica, «porque no sabía más que un compás...» Imitaba el compás, de pie, en medio del corro, rufianescamente, y estalló la concurrencia en risotadas. A petición general se la hizo lucir é ir comentando los demás compases aprendidos en la práctica, y luego el más joven de los estudiantes acometió á la señorita mecánica queriendo darle cuerda allí mismo...» Se armó tumulto, entre las cuatro parejas agolpadas al rincón... A un muerdo respondía un guantazo, á un pellizco una coz, con un muslo blanco por el aire... quedaba una bajo los demás sobre el diván, y ellos se empeñaron en regarle manzanilla entre las piernas... Un estudiante sacó tres arañazos en la barba, otro tres pelos de sobaco arrancados con sus dedos... y puesto que las compañeras de la otra la defendían denodadamente, otro de los luchadores, del esfuerzo ó de alguna patada en el vientre, vomitó sobre la tendida y manifiesta... Se indignaron ellas; iban á obligarle á que se lo volviese á tragar, lamiéndolo, ¡el retepuerco!...

Fué un rechazo también de náusea y desazón, ya insufribles, lo que en Adria hizo arrastrar á Víctor por en medio del burdel, inadvertidos... volviendo á escuchar tras las puertas, en las encrucijadas del corredor (como un frío escarnio de sucia espuma de lascivia para todos los amores) el ruido de besos y de camas. -En la calle se dobló al hombro del amante y lloró... con un copioso llanto de horror y caridad á sí misma que él no la había visto hasta entonces.

¿Brutalidad? ¿Grosería?... No tenía la culpa el poeta que odiaba lo grosero, si siendo así la vida, como tal se la iba mostrando (en mancebías cuyo regular funcionamiento vigilaban los guardias y en centros oficiales de la higiene) al alma altísima que debía saberlo todo, á la pobre inocente «perdida» que ignoraba casi tantas cosas como una colegiala sacada al sol los domingos. Complemento del burdel el hospital, lo visitaron al día siguiente. San Juan de Dios. Adria, con un traje sastre y un pequeño sombrero de castor, como estudiante de medicina, recorrió las salas de las prostitutas. Hora de curas, allí fué contemplando las miserables repugnancias de la lascivia hecha podre... Los gritos que oyó en la noche anterior á otras infelices, de tediosos odios ó alegrías, eran aquí alaridos de dolor entre humos de la carne chamuscada en los cauterios; la ajada belleza deformidad. Costras y pus y siniestras hinchazones. Piernas y brazos punteados como de carbonosas pústulas; labios gangrenosos, fagedénicos, de una peste mortal; dientes y lenguas escorbúticas, narices roídas por los chancros... Cruzó, cruzó ella sin ánimo para detenerse... y salió este día con un horror á la vida, á la carne..., de San Juan de Dios. Los esperaba el tílburi, y habría querido Adria entrar en no sabía qué iglesia de espirituales llamas capaces de volatilizarla... El simple contacto con Víctor en la estrechez del cochecillo la molestaba; pero el simple contacto de sus propias rodillas al huirle y recogerse, la molestaba más...

-¡Oh, por qué seremos de tanta suciedad!

-¡No! -corrigió el maestro -¡por qué querremos ser de tanta suciedad!

Deseó no ir al teatro, por la noche, como las anteriores. Víctor la abandonaba á su saludabilísima reacción, leyendo periódicos, mientras ella leía la Biblia... teniendo que cerrarla al sabor pagano y sensual de ciertos pasajes... Entonces hablaban de lo eterno, de la muerte... hallando Adria sorpresas y consuelos en la firmeza con que Víctor confiábase al no ser... al ser nuevamente el Universo, Dios en parte de Dios... Y sabía Víctor que le habría sido á ella insoportable por estas noches todo acto limitadamente pasional, y no la besaba siquiera... ¡envuelta toda entera como nunca en el beso de su alma!

Pero el guiador perfecto debía dignificar al fin los bajos horrores con otro solemne. La sala de disección de San Carlos cerraríale á Adria el tormento de atracción de abismo de estas visitas. Última página de la macabra, de la imborrable lección. Fué á la otra tarde. El tílburi la conducía, temblorosa, calle Atocha abajo, entre los árboles y el sol. Jamás había visto muertos, y le parecía imposible que los guardase un palacio de ladrillo que no desconcertaba en la ancha vía la animación de coches, de tranvías, de gentes... la animación espléndida y como inmortal. Víctor conocía, en cambio, todos estos escondidos sitios de la pena, en la gran ciudad del regocijo, y nada le inquietó no hallar porteros ni alma viviente por los claustros, cuando entraron. El sol seguía riendo, en los jardines con altos girasoles amarillos que descubrían las vidrieras. Se internó, se internó, galerías adelante, con Adria muy cerca, al brazo. Vaciló un momento en un crucero, pero descubrió al fin la galería y la puerta con el rótulo: Sala de Disección.

Sin duda no serían horas de clases, y todo estaba abandonado, en la vasta soledad donde resonaban los pasos y que parecía poblar el mundano perfume de Adria hasta las bóvedas. Nadie tampoco, en la nave colosal que cogía toda la fachada posterior del edificio. Con sus mesas de mármol, limpias, enfiladas, parecía un gran salón de fiestas esperando. Pudiera bailarse, efectivamente, entre las mesas; y unos extraños artefactos, hacia el centro, fingían el estradillo de una orquesta. Marcharon despacio, fijos al fin los dos en un cuerpo envuelto, sobre un lejano mármol del fondo, en sangrienta sábana.

-¡Mira, una mano!

-¡Oh! -hizo Adria estremecida, pues casi la pisó.

Pero otros espantos la salvaron de éste, haciéndola derramar la vista por el suelo. Un artesón de madera, en lo que parecía la orquesta, estaba lleno de brazos, de manos, de troncos, de sangre y carne picada, igual que el de un matarife. Debajo de unas costillas asomaba una redonda rodilla de mujer, y la cima de pedazos cruzábase en bies por un tórax fortísimo, de algún marinero, cubierto de tatuajes... Se le veía el diafragma, nacáreo y róseo, y le había seccionado el cuello y los brazos un cuchillo bien cortante. -La impresión augusta, que esperaba Adria, como de cara á cara con Dios, fué extensa é intensísima, pero diabólica, en aquel aire claro que olía también á cosas acres de botica del infierno. Junto á otra cuba llena de miembros despedazados, había en el suelo una careta humana: la piel de un rostro con labios, con nariz, con párpados... de una mujer á juzgar por la blancura y por la grasa que así estirada moldeaba las facciones... No lejos, una pelvis pelada... dedos sueltos... cosas que se habrían caído en el transporte de las cubas... Y así estaban Víctor y ella mirando, cuando una voz robusta y melodiosa, de bajo, empezó una canción...

La serenata del Fausto.

Víctor sufrió la emoción inquieta del invisible y satánico artista que cantaba, que hacía resonar su voz por las bóvedas desiertas, sobre la muerte. Una crispación de delicioso espanto le hacía escuchar, en tanto Adria giraba la cabeza buscando al extraño cantor...


Tu che fai l'addormentata,
perché chiudi íl cor?
Caterina idolatrata,
perché chiudi il cor
á cotanto amar?
¡ja, ja, ja...!


La carcajada llenaba todos los ámbitos, como salida en verdad de la garganta de un Mefistófeles del Real... Fueron entonces los dos, Víctor y Adria, hacia un ventanal que daba á un patio, donde vieron un hombre... Fueron de la mano, de puntillas, él delante, con el miedo extraño de la emoción extraña y con el ansia tal vez de no acallar al cantante. Sobre una hoguera acaballaba un soporte, del cual pendía una caldera, donde hervían cabezas...; las cabezas, subiendo y bajando, asomaban en su danza del hervor el pelo, la nariz, la frente..., y el hombre, en blusa hasta los pies, las removía con una pala -. No era el que cantaba, puesto que seguía lejana la canción. Víctor explicó que se trataría de un mozo del Museo preparando calaveras. Vio á su amiga tan pálida, tan pálida, mirando alternativa al caldero de cabezas y al sitio incierto de la voz, que hubo de añadir:

-¡Oh... algún doctor que allí trabaja!

La llevó por convencerla, á otra vidriera. Miraron y descubrieron al fin al cantante, de espaldas, con blusa gris, cerrada con distinción al brillantísimo y alto cuello de la camisa, con barba rizosa y negra, solo ante un rígido y blanco cadáver femenino, del cual estaba sacando el corazón... Girado en el mármol el rostro de la muerta, sus ojos abiertos, como de cuajado estaño, clavaban en fría y terrible fijeza al joven médico que hubiese como acabado de matarla con los pulidos cuchilletes de níquel que aún tenía ella sobre el vientre y que eran lindos como objetos de un tocador de amorosa...


...al suo fedel un solo bacio,
un solo al suo fedel...
¡ja, ja... ja!
se non t'ha pria messo al dito
mia cara l'anello nuzial...
¡ja, ja... ja!


El cuadro no era de espanto, salvado en no se sabía qué angustioso y místico poema. Notó Víctor, sin embargo, que Adria se le desfallecía, y la sacó casi en brazos. -Pronto la reanimó físicamente el aire de los claustros, el sol libre de la calle...; pero pálida, pálida cual la muerta sin corazón, Adria, desde una alta tristeza en que sentía por vez primera la majestad de lo infinito, creía ver, en cada fastuosa dama que cruzaba en coche con el tílburi, lo que no verían, lo que no sabrían las damas: que ellas y ella no eran macizas muñecas lindas, sino un compuesto extravagante de hígados, de riñones, de intestinos, de huesos blancos y de grasas amarillas como la de la carne de vaca...

¡Una indestructible superioridad en la humildad más grande á que había bajado nunca la humilde! Aquella noche tuvo fiebre, delirio. Le siguió dos días. El viejo doctor llamado é informado por Víctor, dispuso calma, únicamente, y un poco de bromuro.

Víctor, en una butaca junto al lecho, veló, á la que ya era una hermana en el dolor, leyendo los libros predilectos y recogiéndole á la enferma, de su frases incoherentes, su nombre y la visión de aquella muerta con el corazón arrancado.

Los libros predilectos acordados con su espíritu. Uno decía: «La courtisane Aspasie etait pour Périclés plus qu'une amie qui n'est qu'amie, elle etait une amante; elle etait plus qu'une amante que n'est qu'amante, elle etait une amie. Ausssi, ne pouvant pas se passer d'elle, il en fit sa femme».

Muchos ratos posaba la mano en la frente de Adria y graduaba la intensidad del incendio de fiebre que abrasaba quizás todo un pasado.

¡Pobre niña de vuelta de lo horrendo!

Cuando despertó de la crisis en que á ratos lúcidos había podido darse cuenta de la devoción de Víctor, una agradecida y mimosa convalecencia sentimental llenábala vagamente, en su adoración á la pobre vida no infinita, del paradójico afán de no vivir. Tal afán llegó á obsesionarla, renacida ahora y como mujer nueva en su ambiente de lirismos -aquí, por la casa honesta y noble del amado, entre los sirvientes respetuosos y afables. Carmen, con quien hablaba muchos ratos como amiga; Marciana, que tratábala con las bondades de la madre que ella no pudo encontrar en Sagrario... Por vergüenza, por respeto á esta vieja Marciana cariñosa que llamábale también á Víctor «mi Víctor», Adria, en su primera confidencia, le había mentido que ella fué nada más la novia de Víctor, al fin escapada con él... Sostuvo la mentira Víctor de buen grado, aun á trueque de sufrir las piadosas insinuaciones de Marciana sobre que debería casarse con la «pobre niña».

Férvido como un esposo, embelesado como un novio, ciertamente, la estaba Víctor adorando. Con ella sacaba infantilmente su placer hasta de lo más pequeño, y se lo transmitía. Niños de pureza en el olvido pasional de esta convalecencia mimosa y triste, dormíanse abrazados por las noches con la perfecta inocencia de dos gatos chicos.

Al levantarse, hallaban inefables goces comprobando que sobre el jaspe del tocador se mezclaban los botones de él y las horquillas de ella, los cepillos y los peines de uno, con las borlas de cisne y la colonia y las esencias de otra. Iban al perchero y les placía mirar que desde los sendos armarios habían ido allí eventualmente á confundirse ropas de los dos... un largo boa cayendo como una suave y cariciosa serpiente á lo largo de un gabán; un chaleco en la misma voluta de boj que los tules de una bata. Y, sobre todo, en los secretos del bargueño del despacho, les era grato ver sus secretos é intimidades revueltos: retratos de ambos, cartas, otras del viejo amante conservadas porque contenían cualquier promesa para sus hijas; dinero sin contar, fes de bautismo y documentos judiciales por Adria apercibidos para arreglar «la herencia» de las niñas en cualquier momento...

Una felicidad ahora inocentísima... y, sin embargo, siempre para Víctor sensual, femenina, dulce, suave como las borlas de plumón de cisne, perfumada como el conjunto de todos los perfumes en la chiquilla de amor habituada á perfumarse. La felicidad de una vida recogida en la corola de un nardo... intensa, y que no era, á pesar de todo, en el alma enorme del poeta, más que el sentimental aspecto de la ancha felicidad humana á que tendrían derecho los hombres cuando estas Adrias de corazón lo fuesen también de pensamiento.

Lo substituía en Adria, lo posible -al pensamiento -el corazón. Su sensibilidad llegaba física y moralmente á lo exquisito, desarrollándola más, bajo este influjo de la nunca dormida consideración cortés del amante, una especie de tacto hiperestésico que igual la hacía detener en el justo momento una mano para no caer una copa de flores tropezada por azar, que contener una palabra, una mirada, un gesto capaces de acentuar una emoción hasta lo no absolutamente plácido. Era así, por condición propia, la esclava de la subadvertencia, de la complacencia, de la condescendencia... y, sabía adivinar, y conservaba con prodigiosa precisión la conciencia de las impresiones que causaba.

Una sola tarde tuvo Víctor que salir para un asunto inaplazable, separándose de ella dos horas, y le admiró, irritándole casi con una súbita sensación del perdido dominio de sí mismo -¡aquel que era su orgullo! -el ansia vehementísima de retornar junto á Adria cual si ya faltase de su lado un año. Madrid le pareció absurdo, con su Congreso, con sus cafés, con los círculos de amigos adonde él podría concurrir... y cuando volvió á llamar al timbre del entresuelo é impaciente ella en persona abrió la puerta, la abrazó ambicioso exclamando y aun dando por bien perdido su albedrío si hubiéralo perdido en tan dulce cárcel:

-¡Oh, no, no Adria... no saldré más sino contigo!

Poco hubiera de suponerles esta limitación. La convaleciente podía afirmarse que se obstinaba en serlo por mimo. Estaba fuerte y ágil y doloridamente contenta, y comía con su juvenil voracidad frente al amante, para quien constituía el comer en tan bella compañía otro de sus sanos placeres. Nada la impediría salir, y alargaba perezosa esta reclusión de su juego á la inocente... Hablaban, hablaban sólo besándose la cara alguna vez, y se admiraban los dos, diciéndoselo -pues habían llegado á la necesidad de comunicarse sus pensamientos más nimios -, del bienestar insuperable que hallaban en un limbo fraternal, prolongando sus charlas sin saberse cómo después del almuerzo, después de la una, una hora y otra mirándose de lejos, insaciables, y hasta suprimidas las lecturas para mayor plenitud de la ideal donación.

Adria, tras un largo silencio de entrega en el hipnotismo de los ojos, expresó una tarde:

-Víctor, comprendo el éxtasis. Comprendo al fin lo que no habían podido hacerme comprender mis libros de oraciones: que para los elegidos consista el cielo en estar sentado SIEMPRE, á la diestra de Dios.

Rió, añadiendo:

-Yo hubiera querido que me pusieran en la gloria cerca de mi tía y de mis niñas, para reír y dar vueltas de carnero algunos ratos.

Y la dejó anublada el recuerdo, después que ambos rieron la ingenuidad.

El amante observaba, una vez más, que en el orden de sus afectos ella nombraba siempre antes á su tía que á sus hijas. Además debía de tener pesares por las tres tan olvidadas que recordando él á las dos chiquillas lo que no su madre, era él quien complacíase trayéndolas á la conversación á menudo y quien les compró y envió un día juguetes de un bazar donde elegía Adria horquillas y jabones. Por eso indudablemente sorprendíanla y la hacían palidecer las no muy frecuentes cartas de Sagrario llenas de quejas; y sobre todo, esta lamentación contenida en la de hoy: «tu- ahí triunfando y tan á gusto, sin acordarte de volver; nosotras pasando la pena negra y sin un cuarto. ¡Nada, nada, anden los versos, hija mía!»

¿Sería la soez ambición de Sagrario, á quien Adria ya podría encontrarle semejanzas con el ama del tugurio, lo que la iba haciendo detestarla? ¿Sería que él pudiese quizás amar todo lo de ella más que ella conocedora del odio y la aversión en que habría engendrado aquellas vidas de sus hijas?

Llamó Adria al criado al terminar á los postres la lectura, y pidiéndole á Víctor las llaves se aferró absolutamente en que habrían de ser de su cartera, de sus cien duros, los cincuenta que enviaría á Versala.

Alfonso partió á poner la letra.

-¡Oh, sí! -concedió en seguida ella mirando la carta con dolor -. ¡Mi tía, queriéndome tanto, hace bien en odiarte!... Yo haré disparates por ti. Tú te has ido apoderando de mi ser, de mi voluntad, de mi corazón... como el médico del de la muerta. ¿Creerás que á veces sufro porque no me acuerdo de mis hijas? ¡Oh, Víctor!

La aplanó á la confesión la pena de tal modo, que en el terror de parecerle al amado, que la adivinaba, una amorosa sin entrañas, le anticipó su deseo de justificarse:

-Quiero contarte mi historia un día... pero lenta, muy lentamente, ¡toda! Y pensaría que te estaba fatigando con detalles tontos si te obligase á escucharla de mis labios, y por eso he pensado.. escribírtela. Escrita, saltarás ó leerás lo que quieras. ¡Sí, sí; no la pidas de otro modo! -apresuróse cortando el anhelo de él por la historia triste -. No sabría referírtela tampoco. Cuando ordenemos nuestras vidas, mientras tú en tu despacho empieces mi novela, yo aquí te iré escribiendo la pobre y vulgar historia mía que tendrá que completarla.

Decisivo el acento, él conformóse. Confió en la promesa de esta última entrega de misterio de la que después ya nada tendría suyo propio.

Pero el vago afán de la ardiente adoradora de la vida, de la dichosa inmensa en esta felicidad acerca de cuya finitud habíala hablado con su yerta verdad la muerte...; el ansia paradójica en fin de no vivir, seguía creciendo en ella y llegaba á tomar fuerza en su cerebro y en sus labios. Jugando, de nuevo esta noche con el puñal de Bibly que había cogido en la mesita desde el lecho, lo acariciaba contra su garganta, sobre su corazón.

-Sí, Víctor, sí -llegó á decir sonriente -, si tú quisieras, á mí no me importaría que nos muriésemos juntos.

-¿Sin haber vuelto á abrazarte? -bromeó él. ¡Bah! ¡piensa, Adria, que sufren mis nervios la sed de ti de muchos días!

-Me abrazas la noche entera... agotas mis rabias y tus rabias de abrazarnos, y... me matas. ¡Con esto!

Mostraba el puñalillo cincelado como un juguete duro y frío, igual que uno de aquellos cuchilletes que le habían servido al médico para arrancar el corazón.

Víctor lo cogió, poniéndolo en la mesita de su lado.

-Si te mato -dijo -habrá de ser de tal manera que te pueda poner como epitafio: «Murió de un beso».

Le dio un beso tan fuerte, como para matarla.

De que se vio libre la boca agradecida, insistió, deslizando siempre entre sonrisas sus tétricas jovialidades:

-¡Cobarde! ¡No eres capaz!... ¡Por no matarte tú! ¿Y por qué no?

-¿Y para qué sí?

-Para saber que me dabas todo, hasta la vida, tomándote la mía.

-¿Lo sabrías... después de muerta?

-¡En el instante de morir, y ese instante fuese para mí la eternidad!

Ella le besó ahora impetuosa en los dientes, al ansia de la eternidad que no tenía la bella vida adorable y pasajera. Víctor se estremeció de amor y de triunfo: no hablaba ya Adria de eternidades cristianas, capaz al fin de resumir la eternidad en un instante. ¡Oh, escaladora de todas las alturas con su sencillez! ¡Oh, Altísima!

-¡Qué más da! -le repuso libre á su vez del beso de la incendiada. -Un instante de años es la vida, Adria, y en él sentirás, con mil noches como ésta, más larga la eternidad de nuestro amor. ¿Ves?... Ya siempre te digo amor... ¡ya no lo dudo!

El beso fué ahora buscado por las dos bocas á un tiempo... más hondo, más largo... y los brazos se buscaron también..., y los ojos de Víctor llegaban muy poco después, en el fulgor rojo del fanal, suspendido cerca del lecho como un ascua á la visión de la divina pasión en la fiera de belleza...

Era, en verdad, una quietud de fiera, de fiera hecha de un ángel-mujer y de un diablo, la que ponía el amor en los ojos y en la faz de la terrible amorosa poseída. Era, en verdad, un ascua, del infierno, de la gloria, de la fragua del amor, la en que había Víctor transformado con rojos y densos papeles de seda el eléctrico fanal que había alumbrado el cuerpo de Bibly con las crudas insulseces de lo eléctrico. -Sí, fulgor de ascua, tonos de púrpura sombría, de fuego sin llama, irradiando á las tinieblas misterios fantásticos en que se perdían las líneas y los límites, en que parecía que las almas pudieran desde sus fondos infinitos asomarse á las pupilas, hallando también por el mundo de las cosas la ilusión de sus inmensos espacios... Agónico resplandor de concentración intensa que se fundía por las paredes y los muebles y daba al lecho de amores vaporosidades de granate nube de crepúsculo.

Entre la nube, Adria... él... un hombre ó un águila, que hubiera arrebatado de la tierra y conservase entre sus garras á una mujer toda desnuda en victoria de belleza... ¡Qué sabía! Lo mismo que el sangriento claror incierto y poderoso de linterna astral lo esfumaba todo en torno, los ojos de Adria, negros, fijos, asombrada y divinamente inmóviles como toda ella en el éxtasis de su espanto siempre nuevo de pasión, absorbían fundido y perdido entero en inmóvil y extática atención el ser del amante, como abismos... como abismos de delicia sobrehumana alrededor de los cuales cantaban, la frente pureza, fiereza la deshecha orla negra de cabello, gracias de finura y de bravura la nariz de anchas ventanas epilépticas; y la boca, menuda, roja, muerte y vida. -Extáticos, inmóviles... la posesión que era tan grande, lo era para gloria de los ojos.

-¡Te veo el alma! ¡Qué honda! ¡Qué honda! -sollozó Víctor por fin desde la suya.

Pero le dieron miedo en aquella faz crispadamente inmóvil llena de lunares, aquella crispada boca fina que no era ahora de bacante, que no reía esta noche mostrándole los dientes blancos y las carúnculas carnosas de sus sonrisas, como de alano, como de tigre, en el interior de sus carrillos; le dieron miedo en aquella faz de amorosa santa en deliquio adorador aquellos ojos hechizados en quietud terrible y cruelísima de ansiosa, ¡y cerró los ojos!

Luego los pudo abrir para empezar á decirle así abrazados, sin miradas, con la voz en el oído, que ella y él tenían su pensamiento y su corazón, cuanto eran de más noble, en este abrazo de gloria de la vida sobre la carne triunfal que habría engendrado con otra hora de pasión semejante á la ascética Santa Teresa... á todos los santos varones y á los sabios rigoristas que luego ingratos y tremenda ó neciamente equivocados motejan de perrunamente bestial la voluptuosidad amorosa, dándose un origen de perros...

-¡Qué infelices, Adria, quienes nacidos para la humanidad de sangre y nervios, la cruzan sin haber visto, como yo en ti, al dios de amor en la mujer por el amor transfigurada!

Ella le escuchaba... ó no escuchaba. Le sentía, por todos los poros y los átomos de su vida abierta y empapada en alma...

¡La Altísima!

Su trono era este lecho de celaje, su imperio su limpia y morena belleza ardiendo derretida en el fulgor rojo de fragua, de gloria, de infierno. Lo mismo le daba al ensoñador de realidades creerla un ángel de aurora que un diablo escarlata... A él, que quería juntar incluso á Dios con el diablo en el mismo amor del Universo.

Esta noche la Altísima, la extensa, volvió á saber reír y fumar sus dorados cigarrillos del kedive...