La altísima: 18

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Capítulo V
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La altísima- Tercera parte Felipe Trigo


Habría querido una hamaca para escuchar el concierto. La tarde, fría, horrible fuera -hecha tibia noche en el teatro... en el mismo donde Adria hubiera debido consumar su redención. La orquesta sonaba los rodares desdeñosos de histérica testarudez volteante de un minueto de Bach. El pensamiento, el corazón del desolado rodaban asimismo testarudos los temas de cruel monotonía de su arrancamiento de Adria, al ritmo del minueto.

Sentía que la había perdido, con esa vaga y profusa evidencia orgánica que no engaña, que se encuentra por encima de toda optimista reflexión y por encima de los hechos. ¿Qué importaba que aún la viese alguna vez, furtiva allí y llorosa, como extraña, en el que había sido y no volvería á ser hogar dichoso de los dos?... ¡Tan otra! ¡Tan otra!... El viejo amo egoísta, por cálculo ó por bajo instinto de ex tendero, queríala en la modestia de artesanita provinciana, con un abrigo de seis duros, con toca ó mantilla á la cabeza, con guantes negros -sin las sedas y las galas con que la contratada amante gustaba de adornarse lejos de él. Al reunírsele, había tenido que dejar en casa de Víctor sus lujos, llevándose solamente una especie de baulillo de estudiante.

«¡Han venido sus padres!» -Les explicó Víctor á Carmen y á Marciana aquella imprevista partida lúgubre en un amanecer y en un coche de estación, por si la dueña de la casa adonde Adria iba no fuese discreta... Y en verdad que «la patrona», al recibirla, no podría dudar de su cara de viajera, cien veces por el dolor más derrotada que por una noche de tren.

Cada vuelta de Adria al entresuelo, llena de miedos, de prisas, de un respeto ingrato, pero exactamente lo mismo de puntual para el viejo en Madrid que para Sagrario en Versala, había ido siendo una confidencia, que en vano juzgaba consoladora la triste: -«Le dije que recibí con retraso su carta, y que por eso tardé un día». -«Ha mirado los pendientes, la sortija, y le he dicho que son falsos». -«Me ha pedido los papeles, y arreglará lo de las niñas». -Y ninguna le hizo tanto daño á Víctor como ésta: -«Oh, no creas... por Dios!... No me toca, y no hubiera yo de ocultártelo si fuese de otro modo. ¡Está tan viejo!...» -Sonrió dolidamente queriendo ser afable, y terminó Adria: -«¡Le queda la afición!... Cuatro besos... Me trata como un abuelito que quiere pasear: le busco en un café todas las tardes, tomamos un coche cerrado y... por ahí, hasta las siete, hora en que sube á mi casa (no consentiría que me viesen en la suya), charlamos un rato al brasero, y á su fonda, hasta otro día».

El minueto Suite IV del viejo Bach, seguía sonando en las semitinieblas del teatro la testarudez de sus motivos como las cuatro tercas y trémulas caricias de un vicio. No conocía Víctor al que á esta hora se encontraría dentro de un coche con Adria. No quería conocerle, ni ella que le conociese. Se lo imaginaba gris, tiesecete y rojo, con la viva mirada ratonil de todos los viejos lúbricos... Y aquellos babosos besos de impotencia á que tenía que prestarse Adria, ella supiera con qué ascos, le indignaban más que le hubiera indignado el saberla por capricho en aventura completa con un joven, con Durbán, ó con el príncipe...

¡Pagada!... ¡Rendida todavía á la necesidad de esclavitud!... ¿No era este dolor el que lloraba ella cuando iba á verle en sus visitas rápidas, fúnebres, antes para exacerbar la pena que para olvidarla? ¿No era ésta la protesta que no osaba brotar de sus labios de dignísima, de Altísima, contra el excelsador tan torpe que había vuelto á dejarla hundirse en lo grosero?... Nunca sintió Víctor más la mezquindad de este mundo del cheque que no le consentía á su gaveta de mínimo rentista y de gran trabajador substituir para dos niñas la paternal limosna de un don X..., de un en verdad innominado y bestia banquero lugareño, á quien pudiese inmediatamente despreciar.

Adria, heroica ó menos prudente al horror de las humillaciones, que ya podría comparar con las peleas á coces y arañazos por una peseta en la casa aquélla, había hablado de renuncias, de sacrificios, de no importaba qué trabajos para redimir á los suyos... Pero había ido Víctor á la vez calculando las lentitudes fáciles de encontrar hacia su éxito, por la no probada artista, aún al lado de él; las funestas influencias sobre ella, á través del tiempo, de la impaciente y ambiciosa Sagrario, si las dejaba reunirse; las contingencias de orden económico, en uno y otro caso, que podrían llegar insuperables antes que el triunfo... Y había sido este el diálogo final: -«¿Crees tú que si le dejas, él hará, por cariño á sus hijas, lo mismo?» -«Creo que no las quiere, que lo hace por mí, que no haría nada». -«Entonces ¡vive con él!... La suerte de esas niñas, la presente, la cierta por lo pronto, la ganada para ellas por ti sin saberlo en larguísimo martirio, ni tú ni yo tenemos el derecho de romperla, en la justa época que el martirio está para acabar, lanzándola á mil

azares». -Adria dobló la frente á la fatalidad de su estrella. Iba á sufrir al viejo amo hasta lograr el saldo de intereses. Y ambos sintieron un poco su vileza: ella de perfidia hacia aquel á quien tendría que engañar; él de asentimiento á la perfidia. Era la ignominiosa vida de donde no pudieron volar con su poema, refluyendo sobre los dos y salpicándolos.

¡Ah, cómo la transacción comercial había desanudado en las almas los ideales lazos... cuyo destino ya no podría ser otro que el de seguir deshaciéndose!... Mas, ¿á cuál de los dos le había faltado el valor, al menos, para cumplir la antigua promesa de no verse, de respetarse, de evitarse en una digna dolorosa ausencia, y casi bella por mártir, el espectáculo de mutuas miserias en tanto estuviera «este señor» en Madrid? ¿A cuál de los dos?... ¿á los dos?

Había callado la música de Bach, y empezaba la de Schumann, Escenas en el bosque. Víctor salió del concierto. Ambuló por las calles -alto el cuello del abrigo, abierto el paraguas; seguía nevando. Sintió al cuarto de hora los pies fríos. Una delicada señorita que enseñaba la media, le recordó á otra señorita angelical con quien allá en su juventud de Andalucía estuvo á punto de casarse. Le agotaron el matrimoniesco antojo, y poco menos que la vida, en la reja de la novia, las manos de ella delicadísimas, tan diestras que se dijesen de examinada profesora, tan pródigas que en tres años dejaron semiparapléjicos también á otros siete novios de la buena sociedad, intrigando á los médicos locales con endemia inexplicable hasta que se casó ella con un sobrino carnal del arzobispo. Fríos, fríos los pies. Entró en un cinematógrafo. Luego entró en un bazar, dispuesto á verlo todo; y empezó por la sección de cafeteras, al paso de una danza que tocaba un aristón.

A las siete llegó á casa, le esperaba... ¡Oh! aquella á quien él venía á acabar de esperar mortalmente. «Estaba desde las cinco... ¡en cama don... con resfriado!» Por distraerse, había conversado con Marciana y Carmen, y luego en el despacho le escribió á Sagrario.

Ofrecía, en fin... cenar aquí, quedarse hasta la mañana. -Respiró el amante, como siempre que le llegaba en Adria la explicación de su vida; mas no sintió la alegría que estos muebles y este fuego en el mármol recordarían de otras noches: una sombra, Adria; un espectro de dolor, una querida necesidad de consuelos como los de una muerta que volviese... Querría verla con las galas que él guardaba, y prefería seguir viéndola tan otra, ¡tan otra! con el trajecillo de lana negro, con el abrigo café. -Hablaron en el sofá: el padre de sus hijas les iba á poner en el Banco ocho mil duros. Ella podría disponer de la renta, en compensación á los trimestres, que cesarían... Porque ¡mala noticia y buena á un tiempo!, «él» hallándose tan viejo, pensaba alargar todo el invierno su estancia en Madrid..., ya que sería LA ÚLTIMA.» Cenando después, tocaron apenas el vino. Adria seguía hablando de sus hijas, de Sagrario... en la obsesión de las vidas que cruelmente desviaban el curso un momento luminoso de la suya. Las odiaba y las amaba; Víctor, por probarla, habíala propuesto tiempo atrás «huir los dos solos á lejanas tierras», -y entonces ella había enmudecido llorando contra Víctor, creyéndole malo... hasta que juntaron sus lágrimas en el mismo sentimiento de abnegación y de nobleza. -Sí, sí, Altísima, por nobleza, por abnegación -había acabado diciéndola él también en la ocasión aquélla -es preciso que tú sigas algún tiempo siendo lo que fuiste, y yo lo que soy, tu amante de traición!»

¿Dignidad, pues, ó al contrario... cobardía y vulgar orgullo lo que ahora le estorbaba acoger sin algo de vergüenza y muerte entre los dos á la que venía de ser acariciada por el viejo?... ¡Ah, qué drama de las almas! ¡qué de encontradas emociones turbándolos!

A las once se acostaron porque tenían frío, olvidados de cuidar la chimenea. Se acostaron como dos hermanos, sin cesar de hablar, ni aun mientras se desnudaban cada uno á un lado de la cama, de las «cosas de los demás» que así les anublaron su dicha -dándoles en cambio una íntima sensación de bondad inefable al verse unidos por el mismo anhelo de cuidar de otros. Adria, lo que nunca solía hacer, nombraba con frecuencia á su padre... á su madre... y Víctor la veía tan sumida en sus lejanísimos recuerdos, que, naturalísimamente, por ocasión ampliamente invitadora, principió ella á contarle, ya acostados, la historia suya prometida por escrito.

-Pensaba habértela ido escribiendo en estos días, mientras no nos vemos, y he tenido que romper el cuaderno en que la empecé... que todo me lo registra ese hombre celoso.

Recogida á Víctor, con la cabeza en su hombro, tomó el comienzo por el orden que ya tuvo en el cuaderno. Calcaba la primera parte en referencias de la tita, que la recogió al morir sus padres y la llevó al extranjero con el tito Marcos, con el revolucionario ex capitán acabado de evadirse de un castillo. Vueltos á España cuando Adria tenía diez años, logró el repatriado colocarse en una fábrica de Olot; pero sería tan modesto el destino, que sin duda la estrechez le impulsó á un desfalco, con cuyo dinero tuvo el mal acuerdo de montar en Baleales, sin más que mudarse el nombre, una agencia exportadora: alguien debió delatarle, en medio de una espléndida vida, y pasó á Cartagena, al presidio. -A Cartagena le siguieron ellas, como á todas partes, enamoradísima Sagrario de él, no obstante su afición á otras mujeres.

Careciendo de recursos, con poca costumbre de trabajar la tita, é ignorante de todo Adria, pues nadie se había preocupado de hacerla ir á una escuela, con tanto viaje, Sagrario se mató cosiendo y planchando por sufragarle al marido sus menudos gastos de la prisión: y con tales generosidades... que enfermaban ellas de miseria. Adria tuvo tifoideas, la tita anemia... hambre, más hambre que Adria por darle su pan. No consentía que le ayudase en nada. Mandaba á la convaleciente al sol, á la puerta, á jugar... Y Adria, flaca y triste repudiada en los juegos de otras niñas por sus ropas harapientas, se iba de los paseos á ver las flores... Así formaba en la soledad y en el dolor su alma de reflexiva hermética. Había en esta parte de la vulgar historia detalles de tierno interés que aún la narradora aumentaba con su acento simple. Un día le oyó á otra chiquilla, parada á su lado con un bolso de libros á mirar una magnolia, que la escuela era de balde: le dio envidia verla leer libros de estampas, y le pidió á Sagrario aquella tarde que la pusiese á la escuela. La tita se incomodó: «¿De qué salud disponía para ir, ni de qué traje?» -Entonces ella volvió á esperar á la chiquilla una mañana, la siguió, y se presentó sola á las maestras diciendo que no tenía padre ni madre y quería aprender á leer. -Al año era la primera de la clase. Su pobreza, entre las pobres, continuó rechazándola de los juegos de las otras: fué, pues, su placer, su vicio, devorar cuantos libros le daban como premios, cuantos trozos de periódico se encontraba por las calles... Crecía entre tanto, aunque siempre endeble. Aprendido cuanto en la escuela la pudiesen enseñar, dejó de ir por auxiliar siquiera á la tita en los recados y barrer y asear el cuartucho donde ésta continuaba matándose... matándose por las dos y por el tabaco del marido, con la aguja, con las planchas... sin consentir en que la sobrina la ayudase en nada serio... Pero la tía llegó á rendirse: volvió otra temporada á escasear el pan, á faltar absolutamente muchos días junto á la inevitable cajetilla del tito, y se le hicieron amargas á Adria sus holgazanas lecturas de cuentos de princesa por los bancos del paseo. Una gitana que le preguntó si era ella gitana, le aconsejó que se metiese á servir. Por no disgustar á Sagrario, se propuso hacerlo sin que lo supiera; pidió, pues, cuidar de los niños durante algunos ratos, á cuantas señoras los llevaban al paseo; no les convenía, á ninguna, niñera en tales condiciones y con tan mal traje...; y otra vez, en un anochecer, acercóse á otras... ¡oh, qué hambre aquel día! á pedir una limosna...

-Mira, Víctor -decíale aquí la dulce voz lanzada en alientos tibios á su hombro, quietos los dos en el fraterno abrazo, desde que empezó la historia -: me acuerdo de que yo me había parado muchas veces á oír pedir á una ciega de mi esquina., y que dije remedándola: -«Señoras, tengan la caridad de socorrerme con algo, por Dios; mi tita está ciega, y no hemos comido hoy!» -Me miraron: yo me había puesto delante, andando hacia atrás... Una le dijo á la otra: «¡Qué puerca y qué linda!»... y me dieron dos reales en plata. Corrí loca... y mi tita me riñó, se desesperó, quiso pegarme y tirar la moneda... Últimamente me mandó comprar pan y sardinas, pero no consintió tocarlas. Se llevó llorando la noche. -«¡Tú!, ¡tú!... ¡la hija de un abogado!» -repetía. Le imploré cien veces perdón de rodillas, en los días siguientes. Ella lloraba, renegándose más. ¡El disgusto, en fin, me puso enferma!... ¡Ah, Víctor, fué esta nueva enfermedad!...

No pudo seguir. Había estado sintiendo caer por su cara, que le ardía, unas gotas de llanto del atento inmóvil, y sentíale ahora el pecho agitado en sollozos que intentaba reprimir. ¿Y á qué más fingirse insensibles á la ahogadora emoción?... Le atrajo á ella y lloraron largo rato, largo tiempo... lágrimas abundantísimas, incoercibles, de piedad por todas las niñas que piden por las calles...

-¡Ah, mi mendiga! -clamaba Víctor -¡Ah mi Altísima! ¡Y cuán humilde rindo mi orgullo ante tu orgullo!

Tuvo que ser Adria, la no más débil, la más templada por las durezas del vivir, la que le agotó el llanto en los ojos á besos y á pequeñas carcajadas de alegría, de gratitud.

Hacíala falta imperturbabilidad para proseguir la historia del suplicio ignorado entre las imperturbables gentes, y continuó sencilla y serena cual si no tratase de ella misma. La nueva enfermedad había sido de delirios... y nunca después pudo Adria aclarar si vio durante ellos la vez primera á don Baldomero Xifrá. Al recobrar el conocimiento, no se encontró en la guardilla, sino en una cama nueva de un cómodo cuarto de otra calle. Un médico veíala diariamente, y algunas noches iba el banquero á visitar á Sagrario. Esta explicó que era un señor de Castellón, que venía cada semana á Cartagena por negocios, y que se había interesado por ellas. Época de abundancia. En tres, en cuatro, en cinco años más, siguió viendo periódicamente al señor que las daba para estar bien y para buenas comidas en el presidio al tito Marcos... ¿Amante de su tía don Baldomero? ¿Tenaz é inverosímil esperador en la chicuela de trece años, de la futura Adria mujer?... No sabía decirlo. Veía... que no veía nada claramente revelador con Sagrario, quien la hablaba de él como de un abuelito respetable, bondadoso; que la dejaban ir y venir á la casa de las maestras -entonces, que modestos, pero bien presentables sus trajes, se decidió á visitarlas; que no coartaban su libertad para asistir con ellas á un convento, donde se fué haciendo muy amiga de las monjas, y que no la estorbaban, por último, hablar desde el balcón con un joven teniente de fragata, hijo de aristocrática familia, y al cual dejó á las pocas noches con el secreto designio de meterse á hermana de la Caridad... Fué cuando Sagrario (porque al protector se le ocurriese pasar de amante de la tita á amante de la sobrina, ó porque en realidad creyese llegada la sazón de su espera extraña) empezó á hacerla entender que don Baldomero «la quería», á ella, á Adria, á la niña que ya había dejado demás de serlo, y que había sido la única razón de los pacientísimos favores. Adria le debía todo, por lo tanto, al bien anticipado pagador de su deshonra: salud, belleza, bienestar de la tita por ella esclavizada en días terribles... La lucha se entabló larga en el corazón y en el pensamiento de la solicitada, ante aquel hombre, venerable como un abuelo, que empezó por conformarse con retenerla un rato en sus visitas, sin decirla jamás nada incorrecto, mirándola á lo sumo fijamente. La solemnidad de tal licitación, en plena presencia respetuosa de la tita, de la madre idolatrada, podría decir, aparecíasele á la inexperta con igual traza de sacrificio de abnegación, de renunciaciones á la vida, que aquella otra santa invitación de las monjas del convento. Pensando en éste mientras besaba por las noches sus medallas, llegaba á estremecerse de horror de ingratitud al advertir que sólo podría preferirlo abandonando á su tita otra vez en su antigua vida miserable. -«Él dejará de protegernos si no cedes» -oíale argumentar á Sagrario toda grave y sencilla, como poniéndole la suerte de las dos en un monosílabo, cuya espontaneidad, por lo demás, respetase -. Y Adria, ¿podría negarse?... Cedió.

Era previo convenio del banquero con la tita -con el tito Marcos quizá, en su mediación indirecta de consejos... ¡no sabía! ¡no sabía ella de estas cosas! -entregarlas, como en arras, seis mil duros. Los llevó; y la virgen en tal forma desposada, partió sola en un coche á la mañana siguiente para unírsele en un olivar de la campiña... en una casa pintoresca, donde la revelación del «amor» le fué hecha tan estrambótica, tan ridículamente suave como lo era todo en el viejo cachazudo; sorpresa, primero -de nieta recibida cortésmente: una alcoba contigua á otra alcoba y la mesa juntos, nada más. Ni un beso. A la tercera noche, ya entraba él en calzoncillos á la alcoba de ella, pretextando buscar fósforos; á la sexta permaneció mientras la huésped se despojó para acostarse; y á la octava hizo trasladar su cama á la habitación, estrechando confianzas... Hasta que, allá, á la noche quince (harto habituada la intacta á la grotesca visión del pacífico vecino catarroso, con medias de estambre y ligas rojas de trenzón), simulando frío se metió en la de ella. -Él á su ciudad, Adria de regreso á Cartagena, cada uno por su lado, así que amaneció. Adria llevaba la conciencia de un breve é ingrato deber cumplido: su tía la recibió sin preguntarle nada, cariñosa.

Volvió á verle á la semana; y luego de tarde en tarde, siempre en el olivar. Nació una niña, y en brazos de la niñera iba con Adria y Sagrario á ver al tito Marcos; agradecido el preso, besaba á la sobrina, y aun á la hija de la sobrina, á quienes iría á deberles la libertad..., porque le estaban gestionando el perdón del estafado mediante la restitución de mil duros -gracias á los seis mil. Y he aquí que cuando estuvo fuera del presidio, el tito, en un terrible acceso de honradez que por poco echa al Hospicio á la pequeña, proclamó la «necesidad de vivir honestamente, de romper con el viejo seductor, de emigrar á Barcelona.. y de ser él quien sostuviese á su familia, como debía... sin más que emplear en una buena lonja de café los cuatro mil duros restantes».

No habiendo otro remedio que ceder, fué despedido el banquero; y Adria, en Barcelona, donde quedaron ellas al frente de la lonja mientras el tito triunfaba y traía de no se sabía dónde los bolsillos llenos de billetes, empezó á ver indudable que era un malvado. Destino de ella sin duda el sentir en su torno la lujuria con astucias de serpiente, notó una tarde que los abrazos y besos paternales del tito Marcos, ya desde sus últimos tiempos de prisión extraños por el exasperado mimo, se le desvelaban en cruda liviandad. Estaba sola en la casa, y gritó y corrió...; él, furioso por la rebeldía, la llegó á amenazar con un cuchillo, jurando que la adoraba, que la tendría que matar!» La tita ignoró esta escena; pero pronto hubieron de enterarla otras peores. Un infierno. Loco, aquel hombre, quieto ahora en el comercio para malbaratar las cosas, pues no cesaba de afirmar que arruinaría á todos, las insultaba del modo más soez, llamándolas «las queridas de todo Cartagena», y pretendiendo que su propia mujer convenciese á la sobrina de que debía entregarse... La situación llegó á ser tal, en medio de la ruina casi consumada al poco tiempo, que hizo pensar á Adria en la extrema solución de partir... de librar de su presencia al insensato.

Le escribió al banquero, su único refugio, y... ¡colmo de mal, todavía!... el tito Marcos cogió la afectuosa respuesta de aquél y se la remitió á su señora, con detalles del enredo... Una noche, finalmente, llegó á disparar el revólver contra Adria fugitiva, contra Adria que corrió por la tienda á la calle y se amparó en la policía...; detenido el agresor, tía y sobrina aprovecharon los momentos para concertar la fuga de ésta á cualquier parte: dos ó tres mil reales que juntaron y Adria á un hotel... á Valencia luego, concertada entre ambas la manera de escribirse. «Se ha marchado tras de ti» -fué la primera carta -y puesto que al mes no había vuelto ni sabía Sagrario dónde andaba, ansiosa de no verle más, realizó la estantería y un nada de existencias del comercio, resto de los seis mil duros y fué á reunirse á Adria con la niña. Entonces empezó para las tres una peregrinación sin más plan que el de ocultarse. No sabiendo cómo avisar al padre de Juanita después de la delación aquélla, que habría puesto á su mujer sobre aviso para las cartas, tampoco osaban buscarle en Cartagena, en Castellón, al lógico temor de ser allí encontradas por el ogro. De Valencia pasaron á pueblos y ciudades de la Mancha, á Madrid... Cerca de un año que las agotó el dinero poniendo á Adria primeramente en el trance de darse á un médico por pagarle, y después á aquel marqués por once mil pesetas... Y se resolvieron á volver á Cartagena, donde no tardaron en hallar al siempre bien dispuesto padre de la niña; sin embargo, temeroso también del tito Marcos imprudente, por si no se había marchado á América ó tirado al mar, las obligó pronto á alejarse, prefiriendo verla en excursiones y en estas citas de Madrid, y..., y ya sabes, Víctor, mi historia!

Daban las cuatro en el salón cuando Adria llegó agotada en este final de su relato, lleno de detalles, interrumpido y cruzado mil veces por preguntas del amante: que todo quiso hacérselo evocar, en la integridad de sus más nimias emociones, para compartirlas él como con derecho á aquella vida terrible que era la plena explicación de la Altísima.

Suya ahora hasta en lo que fué, hasta en su pasado, la envolvía en su cuerpo, en sus brazos, quieta ella y silenciosa y extinguida en la total entrega que acababa de hacerle de su alma; quieto él y feliz con el tesoro, complacido en meditar de qué manera tremenda era suya.

De rato en rato concretaba sus ideas en una frase, y las decía:

-Sagrario ha sido un instrumento de mal y de bien, supremos para ti: es una idiota que te adora, como te adora el pobre viejo hasta después de pasados sus instintos de animal, y como te adoró el canalla á quien sólo eso le redime. Tú has nacido, Adria, sin duda, para que la adoración te abrase.

Se estremecía ella. Callaba él. Volvía á decir:

-Sólo tú que has cruzado los dolores de la vida, puedes amarme, por mí y por cuanto no pudiste amor en los demás la brutalidad y la grosería. Por eso, Adria, hace falta, para amar así, haber sido «perdida», como tú.

Estremecíase ella, más oprimida á su cuerpo. Callaba él. Volvía á decir:

-Sólo tú eres mi igual en pureza, al lado acá de la tristeza y la vileza. Sólo tú tienes tu absoluta voluntad en tu libertad, sobre la ruina espantosamente hermosa de tu honor y tu virtud. Sólo tú sabes bien que en este lecho de amante, de pecado para otras, te me puedes dar, por tu confesión purificada, como esposa, como Altísima.

Eléctrica, á la invitación, Adria se le brindó en una voluptuosidad muy alta que le llegaba del alma.

Y fueron después en seguida los terribles ojos muy fijos á la luz roja de fragua, y fué el amor, únicamente el amor, siempre el amor, quien los alzó á su cielo inmenso de olvidos desde las duras pesadumbres de la tierra.

Pocas veces se embriagaron tanto uno de otro como en esta noche larga, feliz, poblada nuevamente de esperanzas.

Adria fumó sus cigarrillos turcos, olvidados, y volvió á su cara la alegría.

Antes de partir al día siguiente, luego de almorzar, tuvo que quitarse el más claro y bello traje de seda que al levantarse quiso vestir para el almuerzo... La transformada en modesta, salió. ¿Podría volver aquella noche?