La campana de Huesca: 25

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo XXIV
Pág. 25 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se preparan y entrevén los sucesos que, andando capítulos, han de poner fin a esta historia


F’orte d’armi apparechio s’a duna di Tolosa pei campi é pel vallo, che far tristo un ribelle vassallo il signor di Provenza giuró!...


Tommaso Grossi: Canto di un Trovatore


Pocos momentos después de llegar al patio del alcázar, se encontró Pedro de Favillé con su buen compañero Aznar.

El rey de armas y sus dos extraños escuderos estaban rodeados de soldados con antorchas encendidas.

-¿Qué sucede? -preguntó Aznar.

-Que los ricoshombres de Aragón, reunidos por su propia autoridad y convocatoria en este alcázar, se niegan a reconocer por reina a doña Petronila, y han dado a entender muy claramente que no dejarán entrar en Huesca ni al rey de Aragón ni al conde de Barcelona -contestó Fivallé.

-Pues si eso pasa -repuso Aznar-, no hay más sino que me salí con la mía, porque nunca pensé que el mandato y perdón del rey lo aceptasen los ricoshombres.

-Vamos a nuestro alojamiento, y allí hablaremos despacio -repuso Fivallé.

-Sea como decís -añadió Aznar.

Y entrambos echaron a andar para la calle nombrada del Salvador, adonde, en casa grande para los tiempos, estaban aposentados.

No bien llegaron allá y se despidieron los de la comitiva, dijo Aznar a Pedro de Fivallé:

-¿Nada se os ocurre que hacer ahora?

-A mí nada -respondió el otro-, si no es que nos vayamos cuanto antes, porque el viejo Lizana, sin oírme apenas, juró por San Jorge, el que está en la ermita del Alcoraz, que si nos halla aquí el día de mañana han de servir de espantapájaros nuestras cabezas en lo alto del muro. Ni me atreví a hablarle de su perdón, no fuera que por menosprecio adelantase ese mal propósito que tiene.

-De eso será lo que Dios quiera, Fivallé -replicó Aznar-; pero oíd: don Ramiro y don Berenguer nos enviaron acá para que allanásemos la entrada, de suerte que no tuvieran que poner cerco a la ciudad. Con tal objeto concedieron el perdón que con vos traéis. Y porque los ricoshombres, empedernidos en su traición, no la acepten, ¿no hemos de allanarles nosotros la entrada de la ciudad evitando un largo cerco?

-No se me ocurre cómo lo habríamos de conseguir -respondió Fivallé-, según que yo los he visto de soberbios; ni me parece que podamos hacer más que salir ahora de aquí cuanto antes, y dar parte de todo a nuestros príncipes, para que los traten con todo el rigor de la guerra.

-Ni por pienso, Fivallé; no es eso lo que conviene -repuso Aznar-. Al abrigo de tales muros y tan recios, y de las noventa torres que circuyen la ciudad, los ricoshombres podrán mantenerse en su rebelión por mucho tiempo, y aun no les sería imposible levantar el reino y desbaratar los intentos del buen rey don Ramiro, y de su aliado.

-Así es la verdad, Aznar -dijo el rey de armas-; pero, ¿cómo hemos de remediarlo?

-El cómo ya lo buscaremos -continuó Aznar-. Lo que importa es que convengamos en buscarlo. Ni don Ramiro ni don Berenguer nos mandaron que saliéramos de aquí: «Id, dijeron, y anticipadles nuestro perdón mientras llegamos a la ciudad. Si al entrar en ella oímos que repica sola la campana de San Pedro el Viejo, entenderemos que sois vosotros quien la tocáis, y que no debemos hacer daño a los ricoshombres, porque ellos han reconocido ya su culpa, sometiéndose a nuestros mandatos; mas si la campana no suena, o suenan otras a modo de rebato, entenderemos lo contrario, y haremos por sorprender el lugar y entrarlo a escalas vista, o de no, pondrémosle cerco, y lo combatiremos a hierro y fuego». Bien se ve, Fivallé, que no previeron el caso de que saliésemos de aquí, puesto que no nos lo dijeron.

-Eso fue que no previeron tampoco el caso de que los ricoshombres estuvieran tan determinados y fuesen capaces de plantarnos de espantapájaros en el muro.

-O acaso -contestó Aznar- que fiaban en que nosotros no dejaríamos que cuajase el propósito de la resistencia, y descargaríamos en otros el mal oficio de espantar los pájaros con las cabezas.

-¡Imposible! -replicó Fivallé asombrado-. ¿Quién había de imaginar semejante cosa? ¿Qué fuerzas son las nuestras para resistir? ¿Cómo hemos de excusar el peligro si no es fuera de los muros, corriendo, a más correr, según es de prudentes, en tales ocasiones como esta? Aznar, contad además con lo que habláis; no dejemos por acá las cabezas aun antes que recelamos.

-¿Eso os espanta? -dijo Aznar.

-No me espanta, sino porque ha de ser inútilmente -contestó Fivallé.

-Inútilmente no -continuó Aznar-; y una vez que eso sólo os empece y mortifica, aguardadme aquí, que yo vendré dentro de poco y os daré traza con que logremos nuestro intento. ¿Aguardaréis?

-Sí aguardaré, aunque no espere fruto alguno.

-Pues hasta luego, y confiad en que mayor servicio que este que hemos de hacer ahora, nunca lo han hecho vasallos a reyes.

Salió Aznar diciendo esto, y, por entre las revueltas callejuelas del contorno, llegó al Coso, ancha calle, que a la sazón comenzaban a formar los vecinos, construyendo casas por enfrente de los grandes muros de piedra, en aquel arrabal que, desde el tiempo de los moros, estaba allí fuera encerrado en un robusto paredón de tierra. Caminaba precipitadamente y con un si es no es de regocijo en el rostro; traslucíasele una satisfacción grande, aunque siniestra, y de cuando en cuando hablaba solo, en tono tan alto, que era imposible que no lo oyesen los curiosos transeúntes.

-¿No es este el caso? -decía-. ¿No basta ya para cumplir mi promesa? Bien sabía yo que él haría de modo que mereciese de nuevo la muerte... Morirá por lo mío y por lo del rey.

En una de las primeras calles del arrabal se paró delante de cierta casa, más destruida y de más vil aspecto que las otras, y dio diversos golpes.

Abrieron con una larga tomiza desde arriba, subió, y en una sala estrechísima y mal amueblada se encontró manos a boca con Fortuñón, aquel viejo y primer compañero suyo, que conocen ya nuestros lectores.

-Fortuñón -dijo Aznar-, loado sea Dios que aquí te encuentro, y ahora feliz vejez la tuya, que así te inclina al regalo de las ciudades, para que puedas continuar hasta en ellas tus esforzados hechos. Dime, Fortuñón, ¿tienes en tus venas todo el valor antiguo? ¿Amas al rey como le amaron siempre nuestros antepasados? ¿Te fías tú de mí, como te fiabas de mi padre García de Aznar?

-Sí tengo, sí amo, sí fío -respondió compendiosamente Fortuñón por la primera vez de su vida, al notar lo arrebatado de las preguntas.

-Loado sea Dios, que te hallo tal como creía. ¿Y no temerás menear de nuevo las armas en servicio del rey? ¿Herirás a quien él te mande, sin preguntar su nombre? Recuerda que así obraron siempre los de nuestra raza.

-Dígote que por el rey y por ti, hará cuanto sea justo.

-¿Qué número de almogávares habrá a estas horas dentro de Huesca?

-No pasarán de cincuenta, Aznar.

-¿Conóceslos tú a todos?

-A todos.

-¿Qué tal gente son?

-Pero Díaz es el uno, aquel hijo del campanero de Oviedo que se vino años atrás con nosotros, y Juan de Sobrarbe otro y está además ese perro de Ramiro Benedrís, que dice que viene de reyes moros, y él es moro en las obras, aunque sea en los pensamientos cristiano, y Men Loharre, y...

-No quería saber los nombres de todos, mas sólo si era gente con la cual se pudiera contar en cualquiera honrado trance.

-No la hay mejor entre los almogávares.

-Basta, Fortuñón: esa gente necesito. Sólo falta que todos te reconozcan por caudillo. ¿Hay entre ellos, por ventura, alguno que sea más viejo que tú?

-¡Más viejo que yo! -contestó al punto Fortuñón, como picado de que tal osara suponer el mancebo-. Somos ya pocos los que quedamos de aquellos tiempos en que se daban batallas como la del Alcoraz, y se tomaban ciudades como esta de Huesca. ¡Más viejo que yo! A fe, a fe que mis años no los he llevado en cuenta, ni de mis padres pude averiguar los que tenía, porque muy temprano se olvidaron de ellos; mas yo te contaré cosas que presencié y otras en que puse mano, que no haya en todo el reino tres personas que las recuerden. ¿Ni cómo ha de haberlos más viejos que yo entre los almogávares? La vida se acaba pronto en la montaña, y la lid, antes peleando que comiendo, y antes corriendo tierras que descansando en mullidos lechos; milagro es que el cielo haya conservado tanto la mía.

Aznar escuchó toda esta retahíla con su acostumbrada impaciencia; luego, reprimiéndose lo que pudo, habló al viejo almogávar de esta manera:

-Ea, pues, Fortuñón, sirva tu larga edad y el crédito y mando que ella te asegura entre los almogávares para una grande empresa, la cual ha de ser no menos acepta a Dios que provechosa al rey.

-Continúa, Aznar -repuso Fortuñón.

-Ya sabrás cómo los ricoshombres del reino, aquí reunidos, se han rebelado contra don Ramiro, hermano del batallador don Alonso y del glorioso don Pedro, e hijo del valiente Sancho Ramírez, con quien hiciste las primeras armas.

-¡Y cuán diferente que es este don Ramiro de su padre y hermanos! ¡Oh si a aquellos hubiese conocido! -dijo interrumpiéndole Fortuñón.

-Eso no es del caso -replicó con calor Aznar, viendo el contrario efecto que sus citas habían producido-. ¿Negarás tú ahora, con todo, eso, que sean rebeldes y dignos de castigo los ricoshombres que se han alzado contra el rey don Ramiro?

-Cierto es que obraron mal; pero, hijo mío, no te descompongas tanto contra los ricoshombres; mira que ellos son imagen del rey, como el rey es imagen de Dios.

-¡Que no me descomponga con ellos! -exclamó Aznar-. Son traidores, Fortuñón, son traidores, y nosotros los leales no debemos respetarlos ni tenerlos en nada, sino por el contrario, lavar en su sangre las afrentas que hacen al rey.

-Muy adelante te lleva la cólera; ¿es quizá para algo de eso para lo que requieres mi brazo?

-Precisamente para eso; para que entre tú y yo y esos almogávares, rematemos de una vez a los más soberbios de los ricoshombres, y demos libre entrada al rey dentro de estos muros.

-Pues vuélvome de lo dicho, Aznar, y aconséjote que no te metas en tales honduras, que luego los grandes de la tierra entre sí se acomodan, y solemos nosotros los pequeños pagarlo todo.

-¿Y así cumples la palabra que me diste de servir al rey, y de herir a quien él te mandase, sin preguntar su nombre? ¿Y así muestras el amor que dices que me tienes? ¿Y así imitas los hechos de tus mayores? Nunca mi padre García de Aznar hubiera temido, como tú temes, ni hubiera faltado, como tú faltas, a tus promesas.

Al decir esto Aznar, sus ojos lanzaban rayos de ira, su voz temblaba, su brazo levantado desafiaba todos los obstáculos.

-¿Mas qué te va o te viene, locuelo de Aznar, para que tanto fijes tu atención en ello? -respondió Fortuñón sin curarse del gesto indignado de su compañero-. ¿Qué tienes tú que ver con las discordias del rey y de los ricoshombres? Dígote que al cabo el rey perdonará a sus rebeldes cortesanos y capitanes, y que estos no perdonarán jamás por su parte a los que en nombre del rey los ofendan o lastimen ahora.

-Por eso mismo, no trato yo sino de hacer que su perdón sea imposible; por eso mismo no trato yo sino de penarlos de suerte que más no puedan vengar ofensas, ni reparar sus daños -repuso con ronca voz Aznar-. Y tú que sabes la suerte de mi hermano, ¿todavía osas preguntarme qué es lo que tengo con los ricoshombres? ¿Sabes que he averiguado ya que fue el viejo de Lizana quien entregó a sus perros de caza el cuerpo de mi Lupo, aquel pobre hermano que mi padre dejó al morir a cargo tuyo y mío?

-¡Fue Lizana! -repuso Fortuñón asombrado.

-Lizana fue... Pero no hablemos de eso, no, no. Has de saber que si quiero matarle, es porque importa al servicio del rey, es porque con hacerlo, se evitará mucha sangre y se adelantará muchos días el que reinen en Aragón y Cataluña el buen príncipe don Berenguer y la princesa doña Petronila.

-No entiendo lo que me dices, Aznar. ¿De qué don Berenguer hablas? No le hubo en mis días de ese nombre entre los príncipes de Aragón. Habla, dime, ¿cómo puede ser novedad tan extraña, y de mí tan poco oída hasta ahora?

-Fortuñón, dejémonos de ociosas palabras. O me sigues o no. Si tú no me acudes, yo solo intentaré la empresa; yo solo iré a las casas de los principales ricoshombres, tan temibles capitanes y cortesanos como son, y de algunos de ellos libraré a Aragón a costa de mi sola vida.

-¡Oh!, no hagas tal, Aznar -exclamó Fortuñón interrumpiéndole-. No hagas tal, que te perderás sin remedio ni provecho alguno.

-Sí haré -replicó el joven almogávar, más exaltado que nunca-; y lo haré porque no se diga que ha dejado de haber almogávares en Aragón; por no faltar a la memoria de mi padre, que siempre fue leal, y quiso que lo fuese su hijo. ¡Es tan bueno el rey! ¡Es tan valeroso don Berenguer! ¡Son tan soberbios los ricoshombres! No me contradigas, porque estoy resuelto: o he de morir o he de salir victorioso de estos rebeldes. Discurre ahora, Fortuñón, si te conviene ayudarme en mi empresa a dejarme solo a que perezca de cierto en la demanda.

Fortuñón se puso a meditar, apoyando su blanca cabeza entre las manos. Luego, después de un breve rato de meditación, dio dos o tres vueltas por la estrecha sala, y parándose delante de Aznar, exclamó, no sin exhalar antes un profundo suspiro:

-¡No puede ser! Y Dios sabe cuánto me pesa no complacerte. Pídeme otra cosa, pero eso de ir contra los ricoshombres como por acá dicen de motu proprio, sin mandamiento ni disposición de nadie, no esperes que lo haga jamás. El deseo de venganza ciega tus ojos, hijo mío; ábrelos a la razón de mis palabras, y verás cómo no es justo ni conveniente, sobre ser peligrosísimo y de éxito casi imposible.

-¡Oh! Si nace tu resistencia de que a tu parecer no tenemos mandamiento ni disposición de nadie, cuenta con que estás en grande error. Orden tengo del rey, orden terminante... de don Ramiro, por supuesto, porque de ese don Berenguer, que no conozco, ni las entiendo, ni las quiero entender, por vida mía. No he oído hablar siquiera de las otras cosas extrañas que me dijiste; y como tú tampoco te has explicado mayormente...

-¡Fortuñón! La orden es de don Ramiro. ¿A qué meterse hoy en otras honduras?

-Pues ¡acabaras! -repuso a esto Fortuñón-. ¿Por qué no mostrarme, desde luego, el pergamino, y no hubiera disputa? Bien sabes que soy entendido en letras, porque en mi niñez, como te he contado algunas veces, me dedicaron mis padres a monaguillo, en Jaca. Ea, pues, muéstrame ese pergamino, y vea yo mandado del propio rey lo que tú me dices, y harelo, aunque me cueste la vida.

-¿Pergaminos dices?... A fe que pergaminos no faltan, y...

En lugar de estos puntos suspensivos, puso el almogávar, en voz baja, sendas maldiciones contra los oficiosos padres de Jaca, que habían enseñado a leer al monaguillo.

-¿Lo traes ahí? -continuó, en el ínterin, Fortuñón-. ¡Cómo cambian los tiempos! Por cierto que en los días de tu abuelo y de tu padre, aquellos famosos guerreros, de quien tanto te he hablado, nadie habría confiado tan importante mensaje a un hombre que contase diez años más que tú. Y los pergaminos y leyendas que hubo en la conquista de esta fortísima ciudad de Huesca, así los de los moros como los nuestros, fueron llevados o traídos por hombres de canas y de experiencia, que bien supiesen sortear los tiempos y las ocasiones. Y aun recuerdo que tu abuelo, tu abuelo, Aznar, que era el hombre más forzudo y ágil que haya yo conocido en este mundo, decía muchas veces que no quería trono verde para astil de dardo, ni pan todavía caliente para la boca, ni hombre mozo para estos mensajes. Pero tú lo suples todo, con la discreción maravillosa que tienes para tu edad, y aunque siempre habría sido más acertado que el rey hubiese acudido a mí o a otro de más años, como más prudente, no niego que tú puedas sacar fuerzas de flaqueza, y obrar también como hombre de seso. Si tienes el pergamino, dígote que el traerlo tú, más me servirá de satisfacción que de envidia, y no tienes más que desdoblarlo al punto. Pero acuérdate, Aznar, de tu abuelo...

Al llegar a este punto le interrumpió Aznar, que, si no, el viejo era hombre de no acabar en diez años. Hacía ya rato que no apartaba los ojos de un sitio, como quien está sumido en grandes meditaciones; pero a la sazón brillaba en ellos la alegría. Parecía satisfecho, como hombre que acabase de salir de un grande apuro.

-Ya te conozco, mi viejo Fortuñón -dijo, poniendo la mano en el hombro de su camarada-. Acuéstate ahora, pues, y el pergamino donde la orden está escrita yo te lo mostraré a la noche, que, puesto que yo no entienda en leer como tú, para eso viene en mi compañía el honrado Pedro de Fivallé, rey de armas del buen conde de Barcelona, el cual trae consigo el tal documento, y sabe muy bien que en él se contiene y reza lo que digo. Mas te oí decir que no debíamos los villanos entremeternos en estas reyertas del rey y de los ricoshombres; ¿has variado de opinión ya, de todo punto?

-Sin mandato del rey, debí añadir, que no era otro mi intento, porque lo que él manda, ningún vasallo, pésele o no, puede excusarse de cumplirlo.

-¿Y temerás todavía las venganzas de los ricoshombres?

-Ya sabré resignarme a ellas por obedecer al rey -contestó Fortuñón suspirando.

-¿Es decir, que con esa orden, todo está compuesto, y hallaré en ti ayuda para todo?

-Cabalmente: todo con esa orden; nada sin ella; has comprendido perfectamente mi pensamiento.

-Pues la tendrás. Esta noche te aguardo a las doce en punto en mitad de la plaza de la Misleida. Ten apostados a nuestros camaradas por las cercanías de manera que no infundan recelo, ni pongan en alarma a los atalayas del muro.

-Allí estaré, y todo lo tendré dispuesto como tú quieres, que en las ocasiones es donde han de verse los que son para poco, o los que tienen grande espíritu en su cuerpo. Y a fe que mi padre, aunque algunos deslenguados murmuran que fue hijo de moros, como los del Benedrís, no fue sino valentísimo cristiano, que mató más moros que árboles hay en las orillas estas de la Isuela y del Flumen. Y aquí, donde me ves a mí, testigo tu padre García de Aznar, a quien Dios tenga en su gloria, porque era también valiente, como ninguno, y...

-¿No acabarás, buen Fortuñón? -le dijo Aznar, impaciente-. Otro día oiré el fin de esa historia, que por hoy no puedo más detenerme.

Y echó a correr desalado.

-¡Siempre el mismo! -murmuró tristemente Fortuñón-. Nadie me quita de la cabeza que estos rapaces del día nos tienen envidia, por lo que hemos vivido más que ellos, y porque hemos visto y oído cosas que ellos jamás verán ni oirán de seguro. ¿Cómo han de hallarse ellos ya en cosa tan insigne como fue este cerco de Huesca o aquella batalla de Alcoraz?

Y poco más que el tiempo que tardó Fortuñón en pensar esto a solas, invirtió el otro almogávar en volver a su casa.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>