La ciudad de Dios/Proemio

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Agustín de Hipona, La ciudad de Dios
Traducción de José Cayetano Díaz de Beyral
Proemio - Libros I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII


PROEMIO

En esta obra, que va dirigida a ti, y te es debida mediante mi palabra, Marcelino, hijo carísimo, pretendo defender la gloriosa Ciudad de Dios, así la que vive y se sustenta con la fe en el discurso y mundanza de los tiempos, mientras es peregrina entre los pecadores, como la que reside en la estabilidad del eterno descanso, el cual espera con tolerancia hasta que la Divina Justicia tenga a juicio, y ha de conseguirle después completamente en la victoria final y perpetua paz que ha de sobrevenir; pretendo, digo, defenderla contra los que prefieren y dan antelación a sus falsos dioses, respecto del verdadero Dios, Señor y Autor de ella. Encargo es verdaderamente grande, arduo y dificultoso; pero el Omnipotente nos auxiliará. Por cuanto estoy suficientemente persuadido del gran esfuerzo que es necesario para dar a entender a los soberbios cuán estimable y magnífica es la virtud de la humildad, con la cual todas las cosas terrenas, no precisamente las que usurpamos con la arrogancia y presunción humana, sino las que nos dispensa la divina gracia, trascienden y sobrepujan las más altas cumbres y eminencias de la tierra, que con el transcurso y vicisitud de los tiempos están ya como presagiando su ruina y total destrucción. El Rey, Fundador y Legislador de la Ciudad de que pretendemos hablar es, pues, Aquel mismo que en la Escritura indicó con las señales más evidentes a, su amado pueblo el genuino sentido de aquel celebrado y divino oráculo, cuyas enérgicas expresiones claramente expresan «que Dios se opone a los soberbios, pero que al mismo tiempo concede su gracia a los humildes». Pero este particular don, que es propio y peculiar de Dios, también le pretende el inflado espíritu del hombre soberbio y envanecido, queriendo que entre sus alabanzas y encomios se celebre como un hecho digno del recuerdo de toda la posteridad «que perdona a los humildes y rendidos y sujeta a los soberbios». Y así, tampoco pasaremos en silencio acerca de la Ciudad terrena (que mientras más ambiciosamente pretende reinar con despotismo, por más que las naciones oprimidas con su insoportable yugo la rindan obediencia y vasallaje, el mismo apetito de dominar viene a reinar sobre ella) nada, de cuanto pide la naturaleza de esta obra, y lo que yo penetro con mis luces intelectuales.