La ciudad de Dios/VI

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Agustín de Hipona, La ciudad de Dios
Traducción de José Cayetano Díaz de Beyral
Proemio - Libros I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII


Libro Sexto.
Teología Mítica y Civil de Varrón

PROEMIO
CAPITULO PRIMERO. De los que dicen que adoran a los dioses, no por esta vida presente, sino por la eterna
CAPITULO Il. Qué es lo que se debe creer que sintió Varrón de los dioses de los gentiles, cuyos linajes y sacrificios, de que él dio noticia fueron tales, que hubiera usado con ellos de más reverencia si del todo los hubiera pasado en silencio
CAPITULO III. La división que hace Varrón de los libros que compuso acerca de las antigüedades de las cosas humanas y divinas
CAPITULO IV. Que, conforme a la disputa de Varrón, entre los que adoran a los dioses, las cosas humanas son más antiguas que las divinas
CAPITULO V. De los tres géneros de Teología, según Varrón fabulosa, natural y civil
CAPITULO VI. De la Teología mítica, esto es, fabulosa, y de la civil, contra Varrón
CAPITULO VII. De la semejanza y conveniencia que hay entre la Teología civil y fabulosa
CAPITULO VIII. De las interpretaciones de las razones naturales que procuran aducir los doctores paganos en favor de sus dioses
CAPITULO IX. De los oficios que cada uno de los dioses tiene
CAPITULO X. De la libertad con que Séneca reprendió la teología civil, con más vigor que Varrón la fabulosa
CAPITULO XI. Lo que sintió Séneca de los judíos
CAPITULO XII. Que descubierta la vanidad de los dioses de los gentiles, es, sin duda, que no pueden ellos dar a ninguno la vida eterna, pues que no ayudan tampoco para esta vida temporal


PROEMIO

Me parece que he disputado bastante en estos cinco libros pasados contra los, que temerariamente sostienen que, por la importancia y comodidad de la vida mortal, y por el goce de los bienes terrenos, deben adorarse con el rito y adoración que los griegos llaman latría, y se debe únicamente al solo Dios verdadero, a muchos y falsos dioses, de los cuales la verdad católica evidencia que son simulacros inútiles, o espíritus inmundos y perniciosos demonios, o por lo menos criaturas, y no el mismo Criador.
Y ¿quién no advierte que para una necedad y pertinacia tan grandes no bastan estos cinco libros ni otros infinitos por más que sean muchos en el numero? En atención a que se reputa por gloria y honra de la humana lisonja rendirse a todos los contrastes de una verdad acrisolada, cuando resulta en perjuicio sin duda de aquél en quien reina tan monstruoso vicio. Porque también una enfermedad peligrosa contra toda la industria del que la cura es invencible, no precisamente porque cause daño alguno al médico, sino por el que resulta al enfermo considerado como incurable. Pero las personas que lo que leen lo examinan con madurez y circunspección habiéndolo entendido y considerado sin ninguna, o a lo menos no con demasiada obstinación en el error en que se veían sumergidos, echarán de ver fácilmente que con estos cinco libros que hemos concluido hemos satisfecho bastantemente a más de lo que exigía la necesidad de la cuestión, antes que haber quedado cortos, y no podrán poder en duda que toda esa odiosidad que los necios se esfuerzan en arrojar contra la religión cristiana, tomando pie de las calamidades de este mundo y de la fragilidad y vicisitudes de las cosas terrenas, con disimulo, más aún, con la aprobación de los doctos que obrando contra su conciencia se hacen necios por su loca impiedad, no dudarán, digo, que es un juicio vacío completamente de todo sentido y razón y lleno de vana temeridad y odio malvado.

CAPITULO PRIMERO

De los que dicen que adoran a los dioses, no por esta vida presente, sino por la eterna

Ahora, pues, porque según lo pide nuestra promesa habremos también de refutar y desengañar a los que intentan defender que debe tributarse adoración a los dioses de los gentiles, que destruyen la religión cristiana, no por los intereses y felicidades de esta vida, sino por la que después de la muerte se espera, quiero dar principio a mi discurso por el verdadero oráculo del salmista rey, donde se lee: «Bienaventurado el hombre que pone toda su confianza en Dios, y el que no se aparta de El, ni fingió las vanidades y los falsos desvaríos.» Con todo, entre todas las ilusorias doctrinas y falsos despropósitos, los que más tolerablemente se pueden oír son los de los filósofos a quienes no satisfizo la opinión y error universal de las gentes; que dedicaron simulacros a los dioses, suponiendo muchas falsedades de los que llaman dioses inmortales, las cuales, siendo, falsas e impías, las fingieron o, una vez fingidas, las creyeron, y, creídas, las introdujeron en el culto y ceremonias de su religión. Con estos tales, que aunque no diciéndolo libremente, pero sí al menos en sus obras, como entre dientes aseguraban que no aprovechan semejantes desatinos, no del todo fuera de propósito se tratará esta cuestión: si conviene adorar por la vida que se espera después de la muerte, no a un solo Dios, que hizo todo lo criado espiritual y corporal, sino a muchos dioses, de quienes algunos: de los mismos filósofos, entre ellos los más acreditados y sabios, sintieron que fueron criados por aquél solo y, colocados en un lugar sublime.
Porque ¿quién sufrirá se diga y defienda que los dioses de que hicimos mención en el libro IV, a quienes se atribuye a cada uno, respectivamente, su oficio y cargo de negocios de poco momento, conceden a los mortales la vida eterna? ¿Por ventura aquellos sabios y científicos, varones que se glorían por un beneficio digno del mayor aprecio el haber escrito y enseñado, para que se supiese, el método y motivo con que se había de suplicar a cada uno de los dioses, y qué era lo que se les debía pedir, a fin de que, inconsiderada y neciamente, como suele nacerse por risa y mofa en el teatro, no pidiesen agua a Baco y vino a las ninfas, aconsejaran a ninguno rogase a los dioses inmortales que cuando hubiese pedido a las ninfas vino y le respondiesen: «Nosotras sólo tenemos agua, eso pedidlo a Baco», dijese entonces prudentemente: «Si no tenéis vino, a lo menos dadme la vida eterna»? ¿Qué idea puede haber más monstruosa que este disparate? ¿Acaso excitadas a risa, porque suelen ser fáciles en reír, a no ser que afecten engañar, como que, son demonios, no responderán al que así les rogare: «Hombre de bien, ¿pensáis que tenemos en nuestra mano la vida, siendo así que habéis oído repetidas veces que ni aun disponemos de vida?»
Así que es una necedad, y desvarío insufrible pedir o esperar la vida eterna de semejantes dioses, de quienes se dice que cada partecilla de esta trabajosa y breve vida, y si hay alguna que pertenezca a su fomento, incremento y sustento, la tiene debajo de su amparo; pero es con tal restricción, que lo que está bajo la tutela y disposición de uno lo deben pedir a otro, de que resulta se tenga por tan absurda imposible y temeraria tal potestad, como lo son los donaires y disparates del bobo de la farsa, y cuando esto lo hacen actores ingeniosos, ante el público, con razón se ríen de ellos en él teatro, y cuando lo hacen los necios ignorándolo, con más justa, causa se burlan y mofan de ellos en el mundo.
Con mucho ingenio descubrieron los doctos y dejaron escrito en sus obras a qué dios o diosa de los que fundaron las ciudades se debería acudir en busca de diversos remedios; esa saber, qué es lo que se debía pedir a Baco, a las ninfas, a Vulcano, y así a los demás; de lo que parte referí en el libro IV y parte me pareció conveniente pasarlo en silencio, y si es un error notable pedir vino a Ceres, pan a Baca, agua a Vulcano y fuego a las ninfas, ¿cuánto mayor disparate será pedir a alguno de éstos la vida eterna? Por lo mismo, si cuando preguntábamos acerca del reino de la tierra qué dioses o diosas debía creerse que le podían dar, habiendo examinado este punto, averiguamos era muy ajeno de la verdad el pensar que los reinos, a lo menos de la tierra, los daba ninguno de los que componen tanta multitud de falsos dioses. Por ventura, ¿no será una disparatada impiedad el creer que la vida eterna, que sin duda alguna y sin comparación se debe preferir a todos los reinos de la tierra, la pueda dar a nadie ninguno de ellos?
Porque está, fuera de toda controversia que semejantes dioses no podían dar ni aun el reino de la tierra, por sólo el especioso título de ser ellos dioses grandes y soberanos; siendo estos dones tan viles y despreciables, que no se dignarían cuidar de ellos, viéndose en tan encumbrada fortuna, a no ser que digamos que por más que uno, con justa razón, vilipendie, considerando la fragilidad humana, los caducos títulos del reino de la tierra, estos dioses fueron de tal calidad, que parecieron indignos de que se les confiase la distribución y conservación de ellas, no obstante de ser correspondiente a su alta dignidad encomendárselas y ponerlas bajo su custodia.
Y, por consiguiente, si conforme a lo que manifestamos en los dos libros
anteriores, ninguno de los que componen la turba de los dioses, ya sea de los plebeyos o de los patricios, es idóneo para dar los reinos mortales a los
mortales, ¿cuánto menos podrá de mortales hacer inmortales?
Y más que si lo tratamos con los que defienden deben ser adorados los dioses, no por las facilidades de la vida presente, sino por la futura, acaso nos dirán que de ninguna manera se les debe tributar veneración, a lo menos por aquellas cosas que se les atribuyen como repartidas entre ellos y propias de la potestad peculiar de cada uno, porque así lo persuada la luz de la verdad, sino porque así lo introdujo la opinión común, fundada en la vanidad humana y en el fanatismo, como se persuaden los que sostienen que su culto es necesario para sufragar a las necesidades de la vida mortal, contra quienes en los cinco libros precedentes he disputado lo preciso cuanto me ha sido posible. Pero siendo, como es, innegable nuestra doctrina; si la edad de los que adoran a la diosa Juventas fuera más feliz y florida, y ola de los que la desprecian se acabara en el verdor de su juventud, o en ella, como en un cuerpo cargado de años, quedaran yertos y fríos; si la fortuna Barbada con más gracia y donaire vistiera las quijadas de sus devotos, y a los que no lo fuesen los viéramos lampiños y su barbados, dijéramos muy bien que hasta aquí cada una de estas diosas podía en alguna manera limitarse a sus peculiares oficios, y, por consiguiente, que no se debía pedir ni a la Juventas la vida eterna, pues no podía dar ni aun la barba; ni de la fortuna Barbada se debía esperar cosa buena después de esta vida, porque durante ella, no tenía autoridad alguna para conceder siquiera aquella misma edad en que suele nacer la barba.
Mas ahora, no siendo necesario su culto ni aun para las cosas que ellos
sien den que les están sujetas, ya que muchos que fueron devotos de la diosa Juventas no florecieron en aquella edad, y muchos que no lo fueron gozaron del vigor de la juventud; y asimismo algunos que se encomendaron a la fortuna Barbada, o no tuvieron barbas o las tuvieron muy escasas; y si hay algunos que por conseguir de ella las barbas la reverencian, los barbados que la desprecian se mofan y burlan de ellos.
¿Es posible que esté tan obcecado el corazón humano que viendo está lleno de embelecos y es inútil el culto de los dioses para obtener estos bienes temporales y momentáneos, sobre los que dicen que cada uno preside particularmente a su objeto, crea que sea importante para conseguir vida eterna? Esta, ni aun aquellos, han osado afirmar que la pueden dar; ni aun aquellos, digo, que para que el vulgo necio los adorase, porque pensaban que eran muchos en demasía, y que ninguno de estar ocioso, les repartieron con tanta prolijidad y menudencia todos estos oficios temporales.

CAPITULO II

Qué es lo que se debe creer que sintió Varrón de los dioses de los gentiles, cuyos linajes y sacrificios, de que él dio noticia fueron tales, que hubiera usado con ellos de más reverencia si del todo los hubiera pasado en silencio

¿Quién anduvo buscando todas estas particularidades con más curiosidad que Marco Varrón? ¿Quién las descubrió más doctamente? ¿Quién las consideró con más atención? ¿Quién las distinguió con más exactitud y las escribió con más profusión y diligencia? Este escritor, aunque no es en el estilo y lenguaje muy suave, con todo, inserta tanta doctrina y tan buenas sentencias, que en todo género de erudición y letras que nosotros llamamos humanas y ellos liberales, enseña tanto al que busca la ciencia cuanto Cicerón deleita al que se complace en la hermosura de la frase. Finalmente, el mismo Tulio habla de éste con tanta aprobación, que dice en los libros académicos que la disputa la tuvo con Marco Varrón, sujeto, dice, entre todos sin controversia agudísimo y sin ninguna duda doctísimo; no le llama elocuentísimo o fecundísimo, porque en realidad de verdad en la retórica y elocuencia con mucho no llega a igualarse con los muy elocuentes y fecundos, sino entre todos, sin disputa, agudísimo.
En aquellos libros, digo, en los académicos, donde pretende probar que todas las cosas son dudosas, le distinguió con el apreciable título de doctísimo. Verdaderamente que de esta prenda estaba tan cierto, que quitó la duda que suele poner en todo, como si habiendo de tratar de este célebre escritor, conforme a la costumbre que tienen los académicos de dudar de todo, se hubiera olvidado de que era académico. Y en el libro I, celebrando las obras que escribió el mismo Varrón: «Andando, dice, nosotros peregrinando y errantes por nuestra ciudad como si fuéramos forasteros, tus libros puedo asegurar nos encaminaron y tornaron a casa, para que, al fin, pudiéramos advertir quiénes éramos y adónde estábamos; tú nos declaraste la edad de nuestra patria, tú las descripciones de los tiempos, tú la razón de la religión, el oficio de los sacerdotes, la disciplina doméstica y pública de los sitios, regiones, pueblos y de todas las cosas divinas y humanas nos declaraste los nombres, géneros, oficios y causas».
Este Varrón, pues, es de tan excelente e insigne doctrina, que brevemente recopila su elogio Terenciano, en este elegante y conciso verso «Varrón por todas partes doctísimo.» Leyó tanto, que causa admiración tuviese tiempo para escribir sobre ninguna materia; y, sin embargo, escribió tantos volúmenes cuantos apenas es fácil persuadirse que ninguno pudo jamás leer. Este Varrón, digo, tan perspicaz e instruido, si escribiera contra las cosas divinas, de que escribió también y dijera que no eran cosas religiosas, sino supersticiosas, no sé si escribiera en ellas cosas tan dignas de risa, tan impertinentes y tan abominables. Con todo, adoró a estos mismos dioses y fue de dictamen que se debían reverenciar, tanto, que en los mismos libros dice teme no se pierdan, no por violencia causada por los enemigos, sino por negligencia de los ciudadanos. De esta inminente ruina dice que los libra depositándolos y guardándolos en la memoria de los buenos, por medio de aquellos sus libros, con una diligencia harto más provechosa que la que es fama usó Metelo cuando libró su estatua de Vesta, y Eneas sus Penates del voraz incendio de Troya. Y con todo, deja allí escritas a la posteridad sentencias dignas que los sabios y los ignorantes las desechen y algunas sumamente contrarias a las verdades de la religión. En virtud de este proceder, ¿qué debemos pensar sino que este hombre, siendo muy ingenioso y docto, aunque no libre por la gracia del Espíritu Santo, se halló oprimido de la detestable costumbre y leyes de su patria, y, con todo, no quiso pasar en silencio las causas que le movían, so color de encomendar la religión?

CAPITULO III

La división que hace Varrón de los libros que compuso acerca de las antigüedades de las cosas humanas y divinas

Habiendo escrito cuarenta y un libros sobre las antigüedades, los dividió según materias divinas y humanas. En estas últimas consume veinticinco, en las divinas dieciséis, siguiendo en la división de materias esta distribución; de forma que reparte en cuatro partes veinticuatro libros concernientes a las cosas humanas, designando seis a cada parte. Allí trata por extenso quiénes, dónde, cuándo y qué llevan a cabo. Así que en los seis primeros habla de los hombres, en los seis segundos de los lugares, en los seis terceros de los tiempos, y en los seis últimos de las cosas; y así cuatro veces seis hacen veinticuatro. Pero, además, colocó uno por sí solo, al principio, que en común habla de todos los asuntos propuestos. El que trata asimismo de las cosas divinas guardó el mismo método en la división, por lo respectivo a los ritos y víctimas que se deben ofrecer a los dioses, ya que los hombres, en determinados lugares y tiempos les ofrecen el culto divino. Las cuatro materias que, he dicho las comprendió en cada tres libros: en los tres primeros trata de los hombres; en los tres siguientes, de los lugares; en el tercer grupo, de los tiempos; en los tres últimos, del culto divino; designando en ese lugar, por medio de una sencilla distinción, quiénes, dónde, cuándo y qué ofrecen. Mas porque convenía decir -que era lo que principalmente se esperaba de él- quiénes eran aquellos a quienes se ofrece, trató también de los mismos dioses en los tres postreros, para que cinco veces tres fuesen quince, y son entre todos, como he dicho, dieciséis; porque al principio puso uno de por sí, que primero habla en común de todos. Y acabado éste, luego, conforme a la división hecha en las cinco partes, los primeros que pertenecen a los hombres los reparte de este modo: en el primero trata de los pontífices; en el segundo, de los augures o adivinos; en el tercero, de los quince varones que atendían a las funciones sagradas. Los tres segundos, que miran a los lugares, de esta manera: en el primero trata de los oratorios; en el segundo, de los templos sagrados; en el tercero, de los lugares religiosos; y los tres que siguen luego, que conciernen a los tiempos, esto es, a los días festivos, que en el primero habla de las ferias, en el segundo de los juegos circenses, en el tercero de los escénicos. Los del cuarto ternario, que pertenecen a las cosas sagradas; los divide así: en el primero diserta sobre las consagraciones; en el segundo, de la reverencia y culto particular, y en el tercero, del público. A éste, como aparato de los asuntos que ha de exponer en los tres que restan, siguen, en último lugar, los mismos dioses, en cuyo honor ha empleado todas sus tareas literarias, por este orden: en el primero trata de los dioses ciertos; en el segundo, de los inciertos; en el tercero y último, de los dioses escogidos.

CAPITULO IV

Que, conforme a la disputa de Varrón, entre los que adoran a los dioses, las cosas humanas son más antiguas que las divinas

De lo que hemos ya insinuado y dios adelante puede fácilmente advertir el que obstinadamente no fuere enemigo de sí propio, que en toda esta traza, en esta hermosa y sutil distribución y distinción, en vano se busca y espera la vida eterna, que imprudentemente la quieren y desean. Porque toda esta doctrina, o es invención de los hombres o de los demonios, y no de los demonios que ellos llaman buenos, sino, por hablar más claro, de los espíritus inmundos o, más ciertamente, malignos, los cuales con admirable odio y envidia ocultamente plantan en los juicios de los impíos unas opiniones erróneas y perniciosas con que el alma más y más se vaya desvaneciendo y no pueda acomodarse ni adaptarse con la inmutable y eterna verdad; y en ocasiones, evidentemente, las infunden en los sentidos y las confirman con los embelecos y engaños que les es posible imaginar.
Este mismo Varrón confiesa que por eso no escribió en primer lugar de las cosas humanas y después de las divinas, porque antes hubo ciudades, y después éstas ordenaron e instituyeron las ceremonias de la religión. Pero, al mismo tiempo, es indudable que a la verdadera religión no la fundó ninguna ciudad de la tierra, antes sí, ella es la que establece una ciudad verdaderamente celestial. Y ésta nos la inspira y enseña el verdadero Dios, que da la vida eterna a los que de corazón le sirven. La razón en que se funda Varrón cuando confiesa que por eso escribió primeramente de las cosas humanas y después de las divinas, porque éstas, fueron instituidas y ordenadas por los hombres, es ésta: «Así como es primero el pintor que la tabla pintada, primero el arquitecto que el edificio, así son primero las ciudades que las instituciones que ordenaron estas mismas.» Aunque dice que escribiera antes de los dioses y después de los hombres, si escribiera sobre toda la naturaleza de los dioses, como si escribiera aquí de alguna y no de toda, o como si alguna naturaleza de los dioses, aunque no sea toda, no debe ser primero que la de los hombres. Cuanto más que en los tres últimos libros, tratando cuidadosamente de los dioses ciertos, de los inciertos y de los escogidos, parece que no omite ninguna naturaleza de los dioses. ¿Qué significa, pues, lo que dice? «¿Si escribiéramos de toda la naturaleza de los dioses y de los hombres, primero concluyéramos con la divina que tocáramos a la humana?» Porque, o escribe de toda la naturaleza de los dioses, o de alguna o de ninguna; si de toda, debe ser preferida, sin duda, a las cosas humanas; si de alguna, ¿por qué también ésta no ha de preceder a las cosas humanas? ¿Acaso no merece alguna parte de los dioses ser antepuesta aun a toda la naturaleza de los hombres? Y si es demasiado que alguna parte divina logre preferencia generalmente sobre todas las cosas humanas, por lo menos será razón que se anteponga siquiera a las romanas, puesto que escribió los libros relativos a las cosas humanas, no precisamente por lo que respecta a todo el orbe de la tierra, sino en cuanto conciernen a sola Roma. A los cuales, sin embargo, en los libros de las cosas divinas, dijo que, según el orden analítico que habla observado en escribir, con razón los, había antepuesto, así como debe ser preferido el pintor a la tabla pintada, el arquitecto al edificio, confesando con toda claridad que estas cosas divinas, igualmente que la pintura y el edificio, son instituciones que deben su erección a los hombres.
Resta, por último, sepamos que no escribió sobre naturaleza alguna de los dioses, lo cual no lo quiso hacer claramente y al descubierto; antes lo dejó a la consideración de los que lo entienden, Pues cuando se dice «no toda», comúnmente se entiende «alguna»; pero puede entenderse asimismo «ninguna», porque la que es ninguna, ni es todo ni es alguna; en atención a que, como él dice: «Sí escribiera de toda la naturaleza de los dioses, en el orden de la escritura debiera preferiría a las cosas humanas»; y conforme lo dice a voces, la verdad, aunque él lo calla, debiera anteponerla por lo menos, a las glorias romanas, cuando no fuera toda, a lo menos alguna; es así que con razón se pospone, luego no quiere hacer alusión a los dioses, donde se infiere que no quiso preferir las cosas humanas a las divinas; antes, por el contrario, a las verdaderas no quiso anteponer las falsas; pues en cuanto escribió acerca de las cosas humanas siguió la historia según el orden de los sucesos y acaecimientos; mas en lo que llama cosas divinas, ¿qué autoridad siguió sino meras conjeturas y sueños fantásticos?
Esto es, en efecto, lo que quiso con tanta sutileza dar a entender, no sólo escribiendo últimamente de éstas y no de aquéllas sino también dando la razón por qué lo hizo así. La cual, si omitiera, acaso esto mismo que hizo lo defendieran otros de diversa manera; pero en la misma causa que dio no dejó lugar a los otros para sospechar lo que quisiesen a su albedrío. Con pruebas bien concluyentes y con razones harto claras dio a entender que prefirió los hombres a las instituciones humanas, y no la naturaleza humana a la naturaleza de los dioses. Y por esto confieso ingenuamente que Varrón escribió los libros pertenecientes a las cosas divinas, no según el idioma de la verdad que concierne a la naturaleza, sino según la falsedad que toca al error. Lo cual reprodujo más extensamente en otro lugar, como lo insinúe en el Libro IV, diciendo que él seguirá gustosamente el estilo y traza de la naturaleza si él fundara una nueva ciudad; pero, como había hallado una ya fundada, no pudo sino acomodarse y seguir las prácticas de ella.

CAPITULO V

De los tres géneros de Teología, según Varrón fabulosa, natural y civil

¿Y de qué aprecio es la proposición por la que sostiene que hay tres géneros de Teología, esto es, ciencia de los dioses, de los cuales el uno se llama mítico, el otro físico y el tercero civil? Al primer género le denominaremos con propiedad fabuloso, que es lo mismo que m¡thicon, pues mithos, en griego, quiere decir fábula: que al segundo llamemos natural, ya la costumbre de hablar así lo exige; al tercero, que se llama civil, él mismo le nombró en lengua latina. Después dice llaman mítico aquel del que usan los poetas, físico del que los filósofos, civil del que usa el pueblo. «En el primero, dice, se hallan infinitas ficciones indignas de la naturaleza de los inmortales; por cuanto en él se advierte cómo un dios nació de la cabeza, otro procedió de un muslo, otro de unas gotas de sangre. En él se lee cómo los dioses fueron ladrones, adúlteros y cómo sirvieron a los hombres; finalmente, en él atribuyen a los dioses todas las criminalidades que no sólo puede cometer un hombre, sino también aquellas que apenas se pueden acumular al más vil y despreciable. Aquí, a lo menos, donde pudo, donde se atrevió y donde le pareció que pudo hacerlo sin costarle molestia alguna, declaró con razones patéticas y demostrativas y sin obscuridad o ambigüedad, cuán grande agravio e injuria se hacía a la naturaleza de los dioses fingiendo de ellos mentirosas fábulas; explicóse en términos tan insinuantes y propios, porque hablaba no de la Teología natural, no de la civil, sino de la fabulosa, a la cual le pareció debía culpar y reprender libremente.
Veamos lo que dice de lo segundo: «El segundo género es, dice, el que he enseñado, del cual nos dejaron escritos los filósofos muchos libros, donde se expone qué sean los dioses, de qué género y calidad, desde qué tiempo proceden, si son ab aeterno, si constan de fuego, como creyó Heráclito, si de números; como Pitágoras; si de átomos, como Epicuro, y otros desvaríos semejantes más acomodados para oídos entre paredes, en las escuelas, que afuera en el trato humano y conversación social.»
No culpó o reprendió proposición alguna relativa al género que llama físico y pertenece a los filósofos; sólo refirió las controversias que existen entre ellos, de las que han nacido tanta multitud de sectas, como se advierte, todas tan discordantes entre sí. Con todo, separó de este género, sacándole del trato común, esto es, de las investigaciones del vulgo y encerrándole dentro de las escuelas y sus paredes. Mas al otro, esto es, al primero, mentiroso y obsceno, no le apartó ni exterminó de las ciudades. ¡Oh, verdaderamente religiosos oídos los del vulgo, y sobre todo los de un romano! Lo que los filósofos disputan acerca de los dioses inmortales no lo pueden oír y lo que cantan los poetas y representan los farsantes, porque todo es indigno de la naturaleza de los inmortales, y porque son crímenes que pueden recaer no sólo en cualquier hombre, sino en el más bajo, humilde y despreciable; no sólo lo toleran, sino que oyen con gusto; y no contentos con esto, resuelven autorizadamente que esto es lo que agrada a los mismos dioses, y que por medio de semejantes representaciones teatrales debe aplacarse su ira.
Diré alguno: estos dos géneros, mítico y físico, esto es, el fabuloso y el natural, debemos distinguirlos del civil, de que ahora tratamos, así como él los distinguió, y veamos ya cómo declara el civil. Bien considero las razones que militan para que se deba distinguir del fabuloso, supuesto que es falso, torpe e indigno; mas el querer distinguir el natural del civil, ¿qué otra cosa es, sino confesar que el mismo civil es asimismo mentiroso? Porque si aquél es natural, ¿qué tiene de reprensible para que se deba excluir? Y si éste que se llama civil no es natural, ¿qué mérito tiene para que se deba admitir? Esta es, en efecto, la causa porque primero escribió de las cosas humanas y últimamente de las divinas; pues en éstas no siguió la naturaleza de los dioses, sino las intrucciones de los hombres. Examinemos, pues, al mismo tiempo la Teología civil: «El tercer género es, dice, el que en las ciudades los ciudadanos, con especialidad los sacerdotes, deben saber y administrar, en el cual se incluye qué dioses deben adorarse y reverenciar públicamente, qué ritos y sacrificios es razón que cada uno les ofrezca.» Veamos ahora también lo que se sigue: «La primera Teología, dice, principalmente es acomodada para el teatro; la segunda, para el mundo; la tercera, para la ciudad.» ¿Quién no echa de ver a cuál dio la primacía? Sin duda que a la segunda, de la que dijo arriba cómo era peculiar a los filósofos, porque ésta, añade, que pertenece al mundo, es la que éstos reputan por la más excelente de todas. Pero las otras dos Teologías, la primera y la tercera, es a saber, la del teatro y la de la ciudad, ¿las distinguió o las separó? Porque advertimos que no porque una cosa sea propia de la ciudad puede consiguientemente pertenecer al mundo, aunque vemos que las ciudades están en el mundo; pues es posible acontezca que la ciudad instruida y fundada en opiniones falsas adore y crea tales cosas, cuya naturaleza no se halla en parte alguna del mundo o fuera de su ámbito. Y el teatro, ¿dónde está sino en la ciudad? ¿Y quién instituyó el teatro sino la ciudad? ¿Y por qué le instituyó sino por afición a los juegos escénicos? ¿Y dónde se hallan colocados los juegos escénicos sino entre las cosas divinas, de las cuales se escriben estos libros con tanto ingenio y agudeza?

CAPITULO VI

De la Teología mítica, esto es, fabulosa, y de la civil, contra Varrón

¡Oh Marco Varrón! Eres ciertamente el más ingenioso entre todos los hombres, y, sin duda, el más sabio; pero hombre, en fin, y no Dios; y, por lo mismo, aunque no ha sido elevado a la cumbre de la verdad y de la libertad por el espíritu de Dios para ver y publicar las maravillas divinas, bien echas de ver cuánta diferencia se debe hacer entre las cosas divinas y entre las fruslerías y mentiras humanas; pero temes ofender las erróneas opiniones y las pervertidas costumbres del pueblo, que las ha recibido entre las supersticiones públicas; asimismo, notas que estas ficciones repugnan a la naturaleza de los dioses, aun de aquellos que la flaqueza del espíritu humano imagina destruidos en los elementos de este mundo; tú lo echas de ver cuando por todas partes las consideras, y todo cuanto tenéis escrito en vuestros libros lo dice a voces: ¿qué hace aquí, aunque sea excelentísimo, el humano ingenio? ¿De qué te sirve en tal conflicto la sabiduría humana, aunque tan vasta y tan inmensa? ¿Deseas adorar los dioses naturales y eres forzado a venerar los civiles? Hallaste que los unos eran fabulosos, contra quienes pudiste libremente decir tu sentir, y, sin embargo, aun contra tu misma voluntad, viniste a salpicar en los civiles. ¿Por qué confiesas que los fabulosos son acomodados para el teatro, los naturales para el mundo, los civiles para la ciudad, siendo, como es, el mundo obra de todo un Dios, y las ciudades y los teatros invenciones humanas, y no siendo los dioses, de quienes se burlan y ríen en los teatros, otros que los que se adoran en los templos, y no dedicando los juegos a otros que a los que ofrecéis las víctimas y sacrificios? Con cuánta más libertad y con cuánta más sutileza hicieras esta división, diciendo que unos eran dioses naturales y otros instituidos por los hombres. Pero que de los establecidos por los hombres, una cosa enseña la doctrina de los poetas, otra la de los sacerdotes, aunque una y otra profesan entre sí una amistad mutua, por lo que ambas tienen de falsas; y de una y otra gustan los demonios, a quienes ofende la doctrina de la verdad.
Dejando a un lado por un breve rato la Teología que llaman natural, de la cual hablaremos después, ¿os parece, acaso, que debemos perder o esperar la vida eterna de los dioses poéticos, teátricos, juglares y escénicos? Ni por pensamiento; antes nos libre Dios de cometer tan execrable y sacrílego desatino. ¿Acaso interpondremos nuestros ruegos para suplicar nos concedan la vida eterna unos dioses que gustan oír unos desvaríos, y se aplacan cuando se refieren y frecuentan en semejantes lugares sus culpas? Ninguno, a lo que pienso, ha llegado con su desvarío a un tan grande despeñadero de tan loca impiedad. De donde se infiere que nadie alcanza la vida eterna con la Teología fabulosa, ni con la civil; porque una va, sembrando doctrinas detestables, fingiendo de los dioses acciones torpes, y la otra, con el aplauso que las presta, las va segando y cogiendo; la una esparce mentiras, la otra las coge; la una recrimina a las deidades con supuestas culpas, la otra recibe y abraza entre las cosas divinas los juegos donde se celebran tales crímenes; la una, adornada con la poesía humana, pregona abominables ficciones de los dioses; la otra consagra esta misma poesía a las solemnidades de los mismos dioses; la una canta las impurezas y bellaquerías de los dioses, la otra las estima sobremanera; la una las publica y finge, y la otra o las confirma por verdaderas o se deleita aun con las falsas; ambas son seguramente torpes, ambas odiosas; pero la una -que es la teátrica-, profesa públicamente la torpeza, y la otra -que es la civil-, se adorna con la obscenidad de aquella. ¿Es posible que hemos, de esperar alcanzar la vida eterna con lo que ésta, caduca y temporal, se profana?
Y si adultera la vida el comercio y trato con los hombres facinerosos cuando se entrometen a hacer consentir nuestros afectos y voluntades en sus maldades, ¿cómo no ha de profanarla y pervertir la sociedad con los demonios, que se adoran y veneran con sus culpas? Si éstas son verdaderas, ¿qué malos los que son adorados?; si falsas, ¿cuán mal son adorados? Cuando esto decimos, quizá parecerá al que fuere demasiado ignorante en esta materia que sólo las impurezas que se celebran de semejantes dioses son indignas de la, Majestad Divina; ridículas y abominables las que cantan los poetas y se representan en los juegos escénicos; pero los sacramentos que celebran, no los histriones, sino los sacerdotes, son limpios, puros y ajenos de toda esta impiedad e indecencia. Si esto fuese así, jamás nadie fuera de parecer que se celebrasen en honra y reverencia de los dioses las torpezas que pasan en el teatro, nunca ordenaran los mismos dioses que públicamente se representaran; mas no se ruborizan de hacer semejantes abominaciones en obsequio de los dioses, en los teatros, porque lo mismo se practica en los templos; finalmente, el mismo autor referido, procurando distinguir la Teología civil de la fabulosa, y formar una tercera Teología en su género, más quiso que la entendiésemos compuesta de la una y de la otra que distinta y separada de ambas. Y así dice que lo que escriben los poetas es menos de lo que debe seguir el pueblo, y lo que los filósofos es más de lo que conviene escudriñar al vulgo. Asegurando asimismo que, «no obstante de estar tan encontradas entre sí una y otra doctrinas, sin embargo, están recibidas no pocas opiniones de tantos géneros en el gobierno de los pueblos; con lo cual, lo que fuere común con los poetas, lo escribiremos juntamente con lo civil, aunque entre éstos debemos más arrimarnos y comunicar con los filósofos que con los poetas» Luego no del todo habla con los poetas, aunque en otro lugar dice que, por, lo respectivo a las generaciones de los dioses, el pueblo se inclinó más a la autoridad de los poetas que a la de los físicos, por cuanto aquí designa lo que debía hacer, y allí lo que se hacía. Los físicos, añade, escribieron para la utilidad común, y los poetas para deleitar. Y así, según este sentir, lo que han escrito estos poetas y lo que no debe seguir el pueblo son las culpas de los dioses, los cuales con todo deleitan, igualmente así al pueblo como a los dioses. Porque a fin de deleitar, escriben, como dicen los poetas, y no para aprovechar; y con todo, escriben lo que los dioses pueden apetecer y el pueblo se lo pueda representar.

CAPITULO VII

De la semejanza y conveniencia que hay entre la Teología civil y fabulosa

Así que la Teología civil se reduce a la Teología fabulosa, teatral, escénica, llena de preceptos indignos y torpes, y toda esta que justamente parece se debe reprender o condenar es parte de la otra, que, según su dictamen, se, debe reverenciar y adorar, y parte no por cierto despreciable (como lo pienso demostrar); la cual no sólo no es distinta ni ajena en todas sus partes de todo lo que es cuerpo, sino que del todo es muy conforme con ella, y convenientemente, como miembro de un mismo cuerpo, se la han acomodado. y juntado con ella.
Y si no, digan, ¿qué nos manifiestan aquellas estatuas, las formas, las edades, los sexos y hábitos de los dioses? ¿Por ventura consideran los poetas a Júpiter barbado y a Mercurio desbarbado, y los pontífices no? Pregunto: ¿fueron los cómicos solos los que atribuyeron enormes crímenes a Priapo, y no los sacerdotes? ¿O le presentan en los lugares sagrados a la pública adoración bajo otro aspecto, o con distintos adornos cuando le sacan para que se rían de él en los teatros? ¿Acaso los comediantes representan a Saturno viejo y a Apolo joven, o de una manera diferente como están sus estatuas en los templos? ¿Por qué, preguntó, Fórculo, que preside las puertas y Lementino el umbral, son dioses varones, y Cardea, que custodia los quicios, es hembra? ¿Acaso no se hallan estas simplezas en los libros relativos, a las cosas divinas, las cuales, poetas graves las tuvieron por indignas de incluirlas en sus obras? ¿Por qué causa Diana, la del teatro, trae armas, y la de la ciudad no es más que una simple doncella? ¿Por qué motivo Apolo, el de la escena es citarista, y el de Delfos no ejercita tal arte? Pero todos estos despropósitos son tolerables respecto de otros más torpes. ¿Qué sintieron del mismo Júpiter los que colocaron al ama que le crió en el Capitolio? ¿Por ventura por este hecho no confirmaron la opinión del Evemero, quien, no con fabulosa locuacidad, sino con exactitud histórica, escribió que todos estos dioses fueron hombres, y hombres mortales? Igualmente, los que fingieron a los dioses Epulones parásitos convidados a la mesa de Júpiter, ¿qué otra cosa quisieron que fuesen sino unas ceremonias de pura farsa? Porque si en el teatro dijera el bobo o el gracioso que en el convite de Júpiter hubo también sus parásitos, sin duda que parecería que había intentado con este donaire hacer reír a la gente; pero lo dijo Varrón, y no en ocasión que escarnecía a los dioses, sino cuando los recomendaba y celebraba. Testigos fidedignos de que lo escribió así con los libros, no los pertenecientes a las cosas humanas, sino los que tratan de las divinas, y no en parte donde explicaba los juegos escénicos, sino donde enseñaba al mundo los ritos del Capitolio; finalmente, de estas ficciones se deja vilmente vencer, confesando que así como supieron de los dioses que tuvieron formahumana, así también creyeron que gustaban de los humanos deleites.

CAPITULO VIII

De las interpretaciones de las razones naturales que procuran aducir los doctores paganos en favor de sus dioses

Sin embargo, dicen que todo esto tiene ciertas interpretaciones fisiológicas, esto es, razones naturales, como si nosotros en la presente controversia buscásemos la Fisiología y no la Teología; es decir, no la razón de la naturaleza, sino la de Dios, porque, aunque el verdadero Dios es Dios, no por opinión, sino por naturaleza, con todo, no toda naturaleza es Dios, pues, en efecto, la del hombre, la de la bestia, la del árbol, la de la piedra, es naturaleza, y nada de esto es Dios; y si, cuando tratamos de los misterios de la madre de los dioses, lo principal de esta interpretación consiste en que la madre de los dioses es la tierra, ¿para qué pasamos adelante en la imaginación? ¿Para qué escudriñamos lo demás? ¿Qué argumento hay que concluya con más evidencia en favor de los que sostienen que todos estos dioses fueron ‘hombres? Y en esta conformidad son terrígenas e hijos de la tierra, así como la tierra es su madre; pero en la verdadera Teología, la tierra es obra de Dios y no madre; con todo, como quiera que interpreten sus misterios y los refieran a la naturaleza de las cosas, el ser hombres afeminados no es según el orden de lo natural, sino contra toda la naturaleza.
Esta dolencia, este crimen, esta ignominia es la que se practica entre aquellas ceremonias, lo que en las corrompidas costumbres de los hombres apenas se confiesa en los tormentos; y si estas ceremonias, que, según se demuestra, son más abominables que las torpezas escénicas, se excusan y purgan porque tienen sus interpretaciones, con las que se manifiesta que significan la naturaleza de las cosas, ¿por qué no se excusará y purificará asimismo lo que dicen los poetas? Pues que ellos han interpretado muchas cosas de la misma manera, y esto de forma que lo más horrible y abominable que cuentan como de que Saturno se comió a sus hijos, lo exponen así algunos; que todo cuanto el dilatado transcurso del tiempo, significado por el nombre de Saturno, engendra, él mismo lo consume. O, como piensa el mismo Varrón, porque Saturno pertenece a las semillas, las cuales vuelven a caer en la misma tierra de donde traen su origen, y otros de otra manera, y así lo demás concerniente al asunto.
Y con todo ello, se llama Teología fabulosa, la cual, con todas estas sus interpretaciones, reprenden, desechan y condenan; y porque ha fingido acciones impropias del carácter de los dioses, no sólo con razón la diferencia de la natural, que es propia de las filósofos, sino también de la civil, de que, tratamos, de la que dicen que pertenece a las ciudades y al pueblo, lo cual ha sido con este fin, porque como los hombres ingeniosos y doctos que escriben de estas materias observaron que ambas Teologías eran dignas de condenación, así la fabulosa como la civil, y se atrevieron a condenar aquélla y no ésta, propusieron aquélla para condenarla, y a ésta, que era su semejante, la pusieron en público para que se comparase con la otra no para que la escogiesen, sino para que se entendiese que era digna de desechar juntamente con la otra, y de esta manera, sin riesgo alguno de los que temían reprender la Teología civil, dando de mano a la una y a la otra, que llaman natural, hállase lugar en los corazones de los que mejor sienten. Porque la civil y la fabulosa, ambas son fabulosas y ambas civiles, ambas las hallará fabulosas el que prudentemente considerare las vanidades y las torpezas de ambas, y ambas civiles, el que advierte incluidos los juegos escénicos, que pertenecen a la fabulosa, entre las fiestas de los dioses civiles y entre las cosas divinas de las ciudades.
Esto supuesto, ¿cómo se puede atribuir el poder de dar la vida eterna a ninguno de estos dioses, a quienes sus propias estatuas, sus ritos y religión convencen que son semejantes a los dioses fabulosos que claramente reprueban, y muy parecidos a ellos en las formas, edades, sexo, hábito, matrimonios, generaciones, ritos? En todo lo cual se conoce que, o fueron hombres, y que conforme a la vida y muerte de cada uno les ordenaron sus peculiares ritos y solemnidades, insinuándoles y aun asegurándoles este error y ceguera los demonios, o que realmente fueron unos espíritus inmundos, que se entrometieron en su voluntad, favorecidos de cualquier ocasión ventajosa para engañar los juicios humanos.

CAPITULO IX

De los oficios que cada uno de los dioses tiene

¿Y qué diremos de los oficios peculiares de los dioses, repartidos tan vilmente y tan por menudo, por los cuales, dicen, es menester suplicarles conforme al destino y oficio que cada uno tiene? Sobre cuyo punto hemos ya dicho bastante, aunque no todo lo que había que decir; pues, ¿por ventura no se conforma más esta doctrina con los chistes y donaires de la farsa que con la autoridad y dignidad de los dioses? Si proveyese uno de dos amas a un hijo suyo para que la una no le diese más que la comida, y la otra la bebida, así como los romanos designaron para este encargo dos diosas: Educa y Potina, sin duda parecería que perdía el juicio, y que hacía en su casa una acción semejante a las que practica el cómico en el teatro con una desvergüenza extraordinaria. El mismo Varrón confiesa que semejantes obscenidades era imposible las hiciesen aquellas mujeres ministras de Baco, sino enajenadas de juicio, aunque después estas abominables fiestas llegaron a ofender tanto los ojos del Senado, más cuerdo y modesto, que las extinguió y abolió por un solemne decreto; y a lo menos, al fin quizá, echaron de ver lo que influyen los espíritus inmundos sobre los corazones humanos cuando los tienen por dioses. Estas impurezas, a buen seguro que no se ejecutaran en los teatros, porque allí se burlan, juegan y no andan furiosos; no obstante, el adorar dioses que gusten también de semejantes fiestas es una especie de furor.
¿Y de qué valor es aquella proposición, donde haciendo distinción del religioso y supersticioso, dice que el supersticioso teme a los dioses, y que el religioso sólo los respeta como a padres, y no los teme como a enemigos; añadiendo que todos son tan buenos, que les es más fácil el perdonar; a los culpados que el ofender al inocente? Con todo, refiere que a la mujer, después del parto, la ponen tres dioses de centinela, para que de noche no entre el dios Silvano y la cause alguna molestia; que para significar estos guardas, tres hombres, por la noche, visitan y rondan los umbrales de la casa, y que primeramente hieren el umbral con un hacha, después le golpean con mazo y mano de mortero, y, por último, le barren con unas escobas, a fin de que con estos símbolos de la labranza y cultivo se prohiba la entrada al dios Silvano, ya que no se cortan ni se podan los árboles sin hierro, ni el farro se hace sin el mazo con que le deshacen, ni el grano de las mieses se junta sin las escobas, y que de estas tres cosas tomaron sus nombres tres dioses: Intercidona, de la intercisión o del partir de la hacha; Pilumno, del pilón o mazo; Daverra, de las escobas, para que con el amparo de estos dioses la mujer estuviese segura e indemne contra las furiosas invasiones del dios Silvano; y así contra la fuerza y rigor de un dios injurioso y malo, no aprovechara la guarda de los buenos, si no fueran muchos contra uno, y contrastaran al áspero, horrendo, inculto y en realidad silvestre, como con sus contrarios, con los símbolos de la labranza y cultivo. ¿Es ésta, pregunto, la inocencia de los dioses, ésta la concordia? ¿Son éstos los dioses saludables de las ciudades, más dignos ciertamente de befa y risa que los escarnios de poetas y teatros?
Váyanse, pues, y procuren distinguir con la sutileza que pudieren la teología civil de la fabulosa, las ciudades de los teatros, los templos de las escenas, los ritos de los pontífices, de los versos de los poetas, como las cosas honestas, de las torpes; las verdaderas, de las falsas; las graves, de las livianas; las veras, de las burlas, y las que se deben desear de las que se deben huir.
Bien entendemos lo que pretende; conocen que la teología teatral y fabulosa depende de la civil, y que de los versos de los poetas, como de un espejo cristalino, resulta su retrato; y por eso, cuando hablan de ésta que no se atreven a condenar, con más libertad arguyen y reprenden aquélla, que es su imagen, para que los que advierten sus deseos abominen también el mismo original de ésta, cuyo dechado e imagen es aquélla, la cual, con todo, los mismos dioses, viéndose en ella como en un espejo, la aman; de modo que se descubre y echa de ver mejor en ambos lo que ellos son, y que tales son; y así también, con terribles amenazas, forzaron a los que los adoraban a que les dedicasen las impurezas. de la teología fabulosa, la pusiesen en sus solemnidades y la tuviesen entre sus cosas sagradas, en lo que, por una parte, nos enseñaron con la mayor evidencia que ellos eran unos espíritus torpes, y por otra, a la teología teatral, tan abatida y reprobada, la hicieron miembro y parte de la civil, que es en cierto modo escogida y aprobada, para siendo toda ella generalmente obscena y engañosa, Y estando llena en sí misma de dioses fingidos, una parte estuviese en la liturgia de los sacerdotes y otra en los versos de los poetas. Y si contiene igualmente otras partes, más, es otra cuestión; por ahora, por lo que se refiere a la división de Varrón, me parece que bastantemente he demostrado cómo la teología urbana y teatral pertenece a una misma civil; y así, participando ambas de unas mismas torpezas absurdas, impropiedades y falsedades, no hay motivo para que personas religiosas y piadosas imaginen esperar de la una y de la otra la vida eterna.
Finalmente, hasta el mismo Varrón refiere y enumera los dioses, comenzando desde la concepción del hombre. Empieza por Jano y va siguiendo la serie de los dioses hasta la muerte del hombre decrépito, y concluye con los dioses, que pertenecen al mismo hombre, hasta llegar a la diosa Nenia, que es la que se invoca en los entierros de los ancianos; después sigue declarando otros dioses, que pertenecen, no al mismo hombre, sino a las cosas que son propias del hombre, como es el sustento, el vestido y todo lo demás que es necesario para la vida, manifestando en todos estos ramos cuál es el oficio de cada uno, y por qué se debe acudir y suplicar a cada uno de ellos; pero con toda esta su exactitud y curiosidad, no se hallará que demostró o nombró un solo Dios a quien se daba pedir la vida eterna, y solamente por ella sola somos en realidad cristianos.
En vista de esto, ¿quién será tan estúpido que no advierta que este hombre, declarando con tanta prolijidad la teología civil, manifestando que es tan semejante a la fabulosa, impía, detestable e ignominiosa, e indicando con sobrada evidencia que la fabulosa es parte de ésta, no hace sino preparar el camino en los corazones de los hombres a la natural, la cual, dice, pertenece a los filósofos, lo que desempeña con tanta sutileza, que reprende abiertamente la fabulosa, y aunque no se atreve a motejar la civil, no obstante, al tiempo de declararla y examinarla, muestra cómo es reprensible; y así, reprobadas la una y la otra, a juicio de los que lo entienden bien, quede sola la natural, para que usen de ella; de lo cual, con el auxilio del verdadero Dios. trataremos con más extensión en su lugar.

CAPITULO X

De la libertad con que Séneca reprendió la teología civil, con más vigor que Varrón la fabulosa

Pero la libertad que faltó, a Varrón para reprender a cara descubierta y con desahogo, como la otra, esta teología urbana tan parecida la teatral, no faltó, aunque no del todo, pero sí en alguna parte, a Anneo Séneca, que por varios indicios sabemos floreció en tiempo de nuestros santos apóstoles, porque la tuvo en la pluma, aunque le faltó en la vida. Y así, en el libro que escribió contra las supersticiones, más abundantemente y con mayor vehemencia reprende esta teología civil y urbana que Varrón la teatral y fabulosa; pues tratando de las estatuas: «dedican -dice- a los dioses sagrados, inmortales e inviolables en materia vilísima e inmóvil, vistiéndolos de formas propias de hombres, fieras y peces, y a algunos los hacen de ambos sexos y de diferentes cuerpos, llamándolos dioses, los cuales, si tomaran espíritu y vida y de improviso los encontraran, los tuvieran por monstruos». Después, un poco más abajo, habiendo referido los dictámenes de algunos filósofos, y celebrando la teología natural se opuso a sí mismo una duda, y dice: «Aquí dirá alguno: ¿He de sufrir yo a Platón y al peripatético Estratón, que el uno hizo a Dios sin cuerpo y el otro sin alma?» Y respondiendo a este argumento, dice: «¿Te parecen más verdaderos los sueños de Tito Tacio, o los de Rómulo, o los de Tulio Hostilio? Tito Tacio dedicó a la diosa Cloacina, Rómulo a Pico Tiberino, Hostilio al Pavor y a la Palidez, afectos pestilenciales del hombre, de los cuales el uno es un movimiento o alteración del ánimo espantado y despavorido, y el otro del cuerpo, y no es enfermedad, sino color; ¿y has de creer que éstos son dioses, canonizándolos y colocándolos en el cielo?» De los mismos ritos, atroces y torpes, ¿acaso no escribió también con la mayor libertad? «El uno -dice- se corta las partes que tiene de hombre, y el otro los músculos de los brazos: ¿cómo o cuándo temen a los dioses airados los que, así granjean y lisonjean los propicios? Parece que por ningún motivo se deben reverenciar los dioses, si es que igualmente quieren se les tribute este honor. Tan grande es el furor y desvarío de un juicio perturbado y sacado de sus quicios, que piensan aplacar a los dioses con sacrificios tales que ni aun los hombres más bárbaros, traídos por argumento de fábulas y tragedias crueles, se muestran más inhumanos y atroces que ellos. Los tiranos, aunque hicieron pedazos los miembros de algunos, sin embargo, a nadie mandaron que se los despedazase a sí propio. A algunos han castrado por contemplar o contemporizarse con el apetito sensual de algunos príncipes; mas ninguno puso en sí mismo las manos por mandato de algún señor para dejar de ser hombres. A sí propios se despedazaron en los templos, y bañados en su propia sangre y mortales heridas, imploraron el favor de sus mentidas deidades; si alguno tiene lugar de ver lo que hacen y lo que padecen, advertirá acciones tan indecentes e impropias de los honestos, tan indignas de los libertinos, tan desemejantes y contrarias a las de los cuerdos y sensatos, que no dudaría decir que están dementes y furiosos si fueran menos en número; pero ahora la numerosa multitud de fanáticos sirve para que los tengan por juiciosos.»
Pues lo que insinúa que pasa en el mismo Capitolio, y lo que, sin miedo alguno, reprende severamente, ¿quién creerá que lo ejecutan, sino personas que escarnecen de ello o que están furiosas? Y así, habiéndose reído porque en las funciones sagradas de los egipcios lloraban el haber perdido a Osiris, y luego inmediatamente manifestaban particular alegría de haberle hallado, viendo que el perderle y el hallarle era fingido; aunque el dolor y alegría de los que nada perdieron y nada hallaron, realmente le representaban: «con todo dice- ésta locura y furor tiene su tiempo limitado; es tolerable volverse locos una vez en el año. Vine al Capitolio; vergüenza causará el descubrir la demencia que un furor ridículo ha tomado por oficio: uno hace como que presenta los nombres al dios, otro se ocupa en avisar a Júpiter las horas, otro se muestra que es lector, otro untador, que con un irrisible menear de brazos contrahace al que unta. Hay algunas mujeres que fingen están aderezando los cabellos a Juno y a Minerva, y estando no sólo lejos de la estatua, sino del templo, mueven sus dedos como quien está componiendo y tocando a otra. Hay otras que tienen el espejo, otras que llaman a los dioses para que les favorezcan en sus pleitos. Hay quien les ofrece memoriales y les informa de su causa: un excelente archimimo, o director de escena, anciano ya decrépito, cada día iba a recitar en el Capitolio, como si los dioses oyeran de buena gana al que los hombres habían ya dejado. Allí veréis ociosos todo género de oficiales, asistiendo al servicio de los dioses inmortales.» Y poco después dice: «éstos, aunque ofrecen al dios un ministerio superfluo y excusado, sin embargo, no es torpe ni infame: hay algunas mujeres que están sentadas en el Capitolio, persuadidas de que Júpiter está enamorado de ellas, sin tener respeto ni miedo a Juno, no obstante de ser (si quisierais creer a los poetas) una diosa colérica e iracunda».
Esta libertad no la tuvo Varrón; solo se atrevió a reprender la teología poética, sin meterse con la civil, a la que éste fustigó. Con todo, si atendiéramos a la verdad. peores son los templos donde se ejecutan estas abominaciones que los teatros en donde se fingen. Y así, en orden a los ritos de la teología civil, aconseja Séneca al sabio «que no los conserve religiosamente en el corazón, sino que los finja en las obras, porque dice: todo lo cual guardará el sabio como las sanciones establecidas por la ley, pero no como agradables a los dioses. Y poco después añade: «Pues que hacemos también casamientos con los dioses, y aun esto no es piadosa y legítimamente, por cuanto casamos a hermanos con hermanas. A Belona casamos con Marte, a Venus con Vulcano, a Salacia con Neptuno; aunque a algunos los dejamos solteros, como si les hubiera faltado con quién, principalmente habiendo algunas viudas como Populonia o Fulgora, y la diosa Rumina, a quienes no me espanto no hubiese quien las pidiese. Toda esta turba plebeya de dioses, la cual por largo tiempo la amontonó una dilatada y sucesiva superstición, la adoramos – dice- en tales términos, que parece que su culto y veneración pertenece más al uso ya adaptado.» Por lo tanto, ni aquellas sus leyes civiles, ni el uso y la costumbre instituyeron en la teología civil cosa que fuese agradable a los dioses, o fuese de importancia; pero éste, a quien los filósofos, sus maestros, hicieron así libre, como que era ilustre senador del pueblo romano, reverenciaba lo que reprendía, practicaba lo que condenaba, lo que culpaba adoraba; y, en efecto, la Filosofía le había enseñado adecuadas máximas para que no fuese supersticioso en el mundo; mas él, por amor y respeto a las leyes civiles y a las costumbres establecidas, aunque no ejecutase lo que el escénico finge en el teatro, sin embargo, le imitaba en el templo, que es tanto peor y más reprensible; pues lo que hacía por ficción lo hacía de modo que el pueblo pensaba lo hacía de veras, y el actor de burlas; y fingiendo, antes deleitaba que engañaba.

CAPITULO XI

Lo que sintió Séneca de los judíos

Séneca, entre otras supersticiones relativas a la teología civil, reprende igualmente los ritos de los judíos, con especialidad la solemnidad del sábado, diciendo que la celebran inútilmente; porque en los días que interponen cada siete días, estando ociosos, pierden casi la séptima parte de su vida, y se, malbaratan muchas cosas dejándolas de hacer al tiempo que debieran; pero no se atrevió a hacer mención de los cristianos, que ya entonces eran aborrecidos de los judíos, ni en bien ni en mal, o por no alabarlos quebrantando la antigua costumbre de su patria, o por no reprenderlos quizá contra su voluntad; pero hablando de los judíos, dice: «Y con todo eso, han cundido y prevalecido tanto las costumbres y método de vivir de esta malvada nación, que están ya recibidas por todas las provincias de la tierra, y los vencidos han dado leyes a los vencedores.» Admirábase diciendo esto, y no sabía lo que Dios obraba; al fin puso su parecer, significando lo que sentía acerca de aquellos ritos, y dice así: «Con todo, ellos saben y entienden las causas en que se fundan sus ritos y ceremonias, y la mayor parte del pueblo hace lo que ignora por qué lo hace»; pero sobre los ritos de los judíos, las causas porque fueron instituidos por la autoridad divina, la manera que se observó en su establecimiento, y cómo después por la misma autoridad en el tiempo en que convino se los quitaron al pueblo de Dios, a quien fue servido revelar el misterio de la vida eterna, ya en otra parte lo hemos expuesto, principalmente cuando disputamos contra los maniqueos, y en estos libros lo manifestaremos también en lugar más oportuno.

CAPITULO XII

Que descubierta la vanidad de los dioses de los gentiles, es, sin duda, que no pueden ellos dar a ninguno la vida eterna, pues que no ayudan tampoco para esta vida temporal

Mas ahora acerca de estas tres teologías que los griegos llaman mítica, física y política, y en idioma latino pueden llamarse fabulosa, natural y civil, de ésta hemos demostrado que no se debe esperar la vida eterna; tampoco de la fabulosa, a la cual, aún los mismos que adoran muchos y falsos dioses, con bastante libertad reprenden; y menos de la civil, cuya parte principal se convence ser la fabulosa, descubriéndose que es muy semejante a ella y aun peor; pero si no pareciese suficiente a los incrédulos lo que hemos referido en este libro, añada también lo que hemos dicho copiosamente en los precedentes, y especialmente en el IV, hablando de Dios, dador y dispensador de la felicidad. Porque ¿a quién debieran consagrarse los hombres por amor de la vida eterna, sino sólo a la felicidad, si ésta fuera diosa? Y, supuesto que no lo es, sino un don de Dios, ¿a qué dios sino al dador de la felicidad nos hemos de consagrar los que con piadosa caridad amamos y deseamos la vida eterna, donde se halla la verdadera y completa felicidad? Que ninguno de los dioses que con tanta torpeza se reverencian, y que si no los adoran más torpemente se enojan, aunque se confiesan ellos mismos por espíritus inmundos; que ninguno de éstos, digo, sea dador de la felicidad, creo que por lo que llevamos referido ninguno tiene que dudar; y el que no da la felicidad, ¿cómo podrá dar la vida eterna? ¿Cuál es la causa porque llamamos vida eterna aquella donde hay felicidad sin fin? Pues si el alma vive en las penas eternas, donde también los espíritus malignos han de ser atormentados, mejor debe ser llamada aquélla muerte eterna que, vida; porque no hay muerte mayor ni más temible que aquella donde no muere la muerte; pero como la naturaleza del alma, que fue criada inmortal, no puede existir sin alguna vida, cualquiera que sea, su muerte más infausta es hallarse ajena y privada de la vida de Dios en la eternidad del tormento. De donde se infiere que la vida eterna, esto es, la feliz y bienaventurada sin fin, sólo la da el que da la verdadera felicidad; la cual, por cuanto está demostrado que no la pueden dar los dioses que reverencian esta teología civil, por lo mismo, no sólo no se les debe venerar por interés de las cosas temporales y terrenas, según lo manifestamos en los cinco libros anteriores, pero mucho menos por la vida eterna que esperamos después de la muerte; lo cual hemos probado en este solo libro, aprovechándonos también de las máximas establecidas en los precedentes, y por cuanto suele estar demasiado arraigada la malicia de una envejecida costumbre, si a alguno le pareciere que hemos dicho poco en razón de condenar y desterrar, esta teología civil, atienda con diligencia a lo que con el favor de Dios estudiaremos en el libro siguiente.