La ciudad de Dios/XIII

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Agustín de Hipona, La ciudad de Dios
Traducción de José Cayetano Díaz de Beyral
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Libro Décimotercero
La Muerte, Pena del Pecado de Adán

CAPITULO PRIMERO. De la caída del primer hombre, por quien heredamos el ser mortales
CAPITULO II. De la muerte que puede sufrir el alma, libre del cuerpo, y de aquella a que está sujeta el alma unida al cuerpo
CAPITULO III. Si la muerte, que por el pecado de los primeros hombres se comunicó a todos los hombres, es también en los santos pena del pecado
CAPITULO IV. Por qué a los que están absueltos del pecado por la gracia de la regeneración no los absuelven de la muerte; esto es, de la pena del pecado
CAPITULO V. Que así como los pecadores usan mal de la ley, que es buena, así los justos usan bien de la muerte, que es mala
CAPITULO VI. Del mal general de la muerte, con que se divide la sociedad del alma y del cuerpo
CAPITULO VII. De la muerte que padecen por la confesión de Jesucristo los que no están bautizados
CAPITULO VIII. Que en los santos, la primera muerte que padecieron por la verdad fue absolución de la segunda muerte
CAPITULO IX. Si el tiempo de la muerte en que pierden los que mueren el sentido de la vida, se ha de decir que está en los muertos
CAPITULO X. Si la vida de los mortales debe llamarse mejor muerte que vida
CAPITULO XI. Si puede uno juntamente estar vivo y muerto
CAPITULO XII. Con qué género de muerte amenazó Dios a los primeros hombres si quebrantasen su mandamiento
CAPITULO XIII. Cuál fue el primer castigo de la culpa de los primeros hombres
CAPITULO XIV. De las cualidades con que crió Dios al hombre, y en la desventura que cayó por el albedrío de su voluntad
CAPITULO XV. Que pecando Adán; primero dejó él a Dios que Dios le dejase a él, y que la primera muerte del alma fue el haberse apartado de Dios
CAPITULO XVI. De los filósofos que opinan que la separación del alma y del cuerpo no es por pena o castigo del pecado de desobediencia
CAPITULO XVII. Contra los que dicen que, los cuerpos terrenos no pueden hacerse incorruptibles y eternos
CAPITULO XVIII. De los cuerpos terrenos que dicen los filósofos que no pueden estar en los cielos, porque a lo que es terreno, su peso natural lo llama y atrae la tierra
CAPITULO XIX. Contra la doctrina de los que no creen que fueran inmortales los primeros hombres si no pecaron
CAPITULO XX. Que los cuerpos de los santos que descansan ahora con esperanza se han de venir a reparar con mejor calidad que la que tuvieron los de los primeros hombres antes del pecado
CAPITULO XXI. De cómo el Paraíso, donde estuvieron los primeros hombres, se puede bien entender que nos figura y significa alguna cosa espiritual, salva la verdad de lo que la Historia refiere del lugar corporal
CAPITULO XXII. Que los cuerpos de los santos, después de la resurrección, serán espirituales, de manera que no se convierta la carne en espíritu
CAPITULO XXIII. Qué es lo que debemos entender por el cuerpo animal y por el cuerpo espiritual; quiénes son los que mueren en Adán y quiénes los que se vivifican en Cristo
CAPITULO XXIV. Cómo debe entenderse aquel soplo de Dios con que se hizo al primer hombre alma viviente, o aquel de Cristo Nuestro Señor, cuando dijo: Tomad el Espíritu Santo


CAPITULO PRIMERO. De la caída del primer hombre, por quien heredamos el ser mortales

Ya que hemos ventilado las escabrosas y difíciles cuestiones sobre el origen de nuestro siglo y del principio del humano linaje, parece exige el orden metódico que continuemos la disputa acerca de la caída del primer hombre, o, por mejor decir, de los primeros hombres; y del origen y propagación de la muerte del hombre. Porque no crió Dios a los hombres de la misma condición que a los ángeles, que, aunque pecasen, no pudiesen morir; sino de tal condición que, cumpliendo con la obligación de la obediencia, pudiesen alcanzar sin intervención de la muerte, la inmortalidad angélica y la eternidad bienaventurada; y siendo desobedientes incurriesen en pena de muerte, por medio de una justísima, condenación, como lo insinuamos ya en el libro anterior.

CAPITULO II. De la muerte que puede sufrir el alma, libre del cuerpo, y de aquella a que está sujeta el alma unida al cuerpo

Paréceme llegado el momento de tratar con más exactitud y escrupulosidad de los dos géneros de muerte; pues aunque con verdad se dice que el alma del hombre es inmortal, sin embargo, padece también su peculiar muerte. Se dice inmortal porque en cierto modo nunca deja de vivir y sentir, y el cuerpo por eso es mortal, porque puede faltarle totalmente la vida, y por sí mismo no puede vivir de modo alguno. Así que la muerte del alma sucede cuando la desampara el Señor, así como la del cuerpo cuando la deja el alma; por lo cual, la muerte del uno y del otro esto es, de todo el hombre, sucede cuando el alma, desamparada de Dios, desampara al cuerpo; porque así ni ella vive con Dios, ni el cuerpo con ella.
A esta muerte de todo el hombre se sigue aquella a quien la autoridad de la Sagrada Escritura llama muerte segunda, la cual nos significó el Salvador cuando dice: «Temed a aquel que tiene potestad para arrojar para siempre al cuerpo y al alma en el infiemo»; lo cual, como no acontece antes que el alma se haya juntado con el cuerpo, sino después, de modo que no haya fuerza que pueda ya dividirlos y apartarlos, puede causar admiración que digamos que el cuerpo muere sin que le desampare el alma; antes si, estando animado y sintiendo, muere atormentado. Porque en aquella pena última y eterna (de la cual trataremos cuando sea conducente en su respectivo lugar), muy bien puede decirse que muere el alma porque no vive con Dios; pero que muera el cuerpo, ¿cómo puede suceder, si vive con el alma? No podría de otra conformidad sentir los tormentos corporales que ha de sufrir después de la resurrección. ¿Diremos, acaso, que por cuanto la vida, cualquiera que sea, es un singular bien, y el dolor un mal, por eso tampoco debe decirse que vive el cuerpo donde el alma no es causa del vivir, sino de padecer con dolor? Así que vive el alma con Dios cuando vive bien, porque no puede vivir bien si no es obrando Dios en ella lo que es bueno; pero el cuerpo vive con el alma cuando el alma vive en el cuerpo, ya viva ella, ya no viva con Dios. Porque la vida de los impíos en los cuerpos no es vida de las almas, sino de los cuerpos, la cual les pueden dar las almas aunque estén difuntas, esto es, desamparadas de Dios, sin que las deje la propia vida, cualquiera que sea, por la cual son también inmortales. Mas en la última y final condenación, aunque el hombre no dejará de sentir, con todo, porque el mismo sentido ni será suave por el deleite, ni saludable por la quietud, sino penoso por el dolor, no sin razón la llaman mejor muerte que vida, y por lo mismo segunda, porque es después de la primera, con que se hace la división de las naturalezas que estaban juntas, ya sea de Dios y del alma, ya sea del alma y del cuerpo; así que de la primera muerte del cuerpo puede decirse que es buena para los buenos y mala para los malos; pero la segunda, sin dada, que, como no es de ningún bien, así para ninguno es buena.

CAPITULO III. Si la muerte, que por el pecado de los primeros hombres se comunicó a todos los hombres, es también en los santos pena del pecado

Pero se ofrece una duda que no es razón omitir: si realmente la muerte, con que se dividen el alma y el cuerpo, es buena para los buenos. Porque si es así, ¿cómo podrá defenderse que ella sea también pena del pecado? Pues no incurrieran en ella seguramente los primeros hombres si no pecaran; ¿y de qué manera podrá ser buena para los buenos la que no pudo suceder sino a los malos? Y, por otra parte, si no podía suceder sino a los malos, ya no podía ser buena para los buenos, antes no la debieran sufrir; ¿pues para qué había de haber pena donde no había qué castigar? Por lo cual hemos de confesar que, aunque Dios crió a los primeros hombres de suerte que si no pecaran no incurrieran en ningún género de muerte, sin embargo, a éstos que primeramente pecaron, los condenó a muerte de modo que todo lo que naciese de su descendencia estuviese también sujeto al mismo castigo, puesto que no había de nacer de ellos otra cosa de lo que ellos habían sido. Pues la pena, según la gravedad de aquella culpa, empeoró la naturaleza de tal conformidad, que lo que precedió penalmente en los primeros hombres que pecaron, eso mismo siguiese como naturalmente en los demás que fuesen naciendo. Porque no se formó el hombre de otro hombre, así como se formó el hombre del polvo; pues el polvo para hacer el hombre sirvió de materia, pero el hombre para engendrar al hombre sirvió de padre. Por lo tanto, no es la carne lo que es la tierra, aunque de la tierra se hizo la carne; mientras que lo que es el hombre padre es también el hombre hijo. Todo el linaje humano que se había de propagar por medio de la mujer en sus hijos y generación existió en el primer hombre cuando los dos primeros casados recibieron la divina sentencia de su condenación; y lo que fue hecho el hombre, no cuando le crió Dios, sino cuando pecó y fue castigado, eso fue lo que engendró respecto al origen del pecado y de la muerte.
No quedó el hombre reducido con el pecado o con la pena a la ignorancia y debilidad del alma y cuerpo que observamos en los niños (que en esta ignorancia e imbecilidad quiso Dios que entrasen en la vida, como los hijos de las bestias, los tiernos hijos de los padres que había condenado a una vida y muerte propia de bestias, como lo dice la Sagrada Escritura: «El hombre, cuando vivía honrado en la justicia original, no entendió, no uso de la razón, y pecando, vino a ser semejante a las bestias, que no tienen discurso ni razón, siendo mortal como ellas»; y aún observamos en los niños que en el uso y movimiento de sus miembros, y en el sentido de apetecer o evitar, son aún más débiles e indolentes que los más tiernos hijos de los demas animales, como si la virtud humana con tanta mayor excelencia se aventajase sobre todos los demás animales, cuanto más se detiene en dilatar su imperio, retirándole atrás como saeta cuando se estiva el arco); así que no sólo cayó el primer hombre con aquella su ilícita y vana presunción, o le arrojaron y condenaron con justísimo decreto a la rudeza y flaqueza de niños, sino que la naturaleza humana quedó en él corrompida y mudada, de manera que padeciese en sus miembros la desobediencia y repugnancia de la concupiscencia, y quedase sujeta a la necesidad de morir, y así engendrase lo que vino a ser por su culpa y por la pena y castigo que en él hicieron, esto es, hijos sujetos al pecado y a la muerte. Y cuando los niños se libran de esta sujeción del pecado por la gracia, de Jesucristo, nuestro mediador y redentor; sólo pueden padecer la muerte que aparta y divide al alma del cuerpo, pero no pasan a aquella segunda de las penas eternas, porque están ya libres de la obligación del pecado.

CAPITULO IV. Por qué a los que están absueltos del pecado por la gracia de la regeneración no los absuelven de la muerte; esto es, de la pena del pecado

Pero si alguno dudase creer que sufren también esta muerte, si ésta es asimismo pena del pecado, aquellos cuya culpa se perdonó por la gracia, ya está tratada y averiguada esta cuestión en otro libro que intitulé del Bautismo de los niños, donde dije que la causa porque quedaba al alma el haber de pasar por la experiencia de la separación del cuerpo, aunque estuviese absuelta del vínculo del pecado, era porque si consiguientemente al sacramento de la regeneración se siguiera luego la inmortalidad del cuerpo, la misma fe perdiera su fuerza y vigor; la cual entonces es fe, cuando se aguarda con la esperanza lo que aún no se ve en la realidad. Y con la virtud y contraste de la fe en la edad madura habían de llegar a vencer los hombres el temor de la muerte, lo cual principalmente resplandeció en los santos mártires; pues de este contraste. y lucha no hubiera, sin duda, ni victoria ni gloria, porque tampoco pudiera haber este mismo contraste y batalla si después de la regeneración y bautismo no pudieran los santos padecer muerte corporal. ¿Y quién habría que, con los pequeñuelos que se han de bautizar, no acudiese a la gracia de Jesucristo, principalmente por no apartarse y dividirse del cuerpo? No se estimaría, pues, la fe por el premio invisible, ni sería ya fe hallando y recibiendo de contado el premio de sus fatigas.
Pero de esta otra conformidad con mucha mayor y más admirable ventaja de la gracia del Salvador, vemos la pena del pecado convertida en utilidad y aprovechamiento de la justicia; porque entonces dijo Dios al hombre: «morirás si pecares», y ahora dice al mártir: «muere por que no peques»; entonces le dijo: «si quebrantaseis el mandamiento, moriréis de muerte»; ahora les dice: «si rehusareis la muerte, quebrantareis el precepto». Lo que entonces debió ponerles freno y temor para no pecar, ahora lo deben admitir y abrazar para que no pequen; y de esta manera, por la inefable misericordia de Dios, la misma pena de los vicios se convierte y trueca en armas para la virtud, y viene a ser mérito del justo aun el castigo del pecador, porque entonces se ganó la muerte pecando, y ahora se cumple la justicia muriendo. Pero esto se entiende en los santos mártires, a quienes el tirano les propone una de dos, o que abjuren la fe o padezcan la muerte, porque los justos más quieren, creyendo, padecer lo que al principio, no creyendo, padecieron los pecadores; pues si éstos no pecaran, no murieran; pero aquéllos pecarán si no mueren Así que murieron aquéllos porque pecaron; éstos no pecan porque mueren; sucedió por culpa de aquéllos que incurriesen en el castigo; sucede por la pena de éstos que no caigan en la culpa; no porque la muerte se haya convertido en cosa buena, siendo antes mala, sino porque Dios dio tanta gracia a la fe, que la muerte, que, según es notorio, es contraria a la vida, se viniese a hacer instrumento por el cual se pudiese pasar a la vida.

CAPITULO V. Que así como los pecadores usan mal de la ley, que es buena, así los justos usan bien de la muerte, que es mala

Porque el Apóstol, queriendo demostrar cuán poderoso era el pecado para causar males, cuando falta la ayuda de la gracia, no dudó llamar a la misma ley, que prohíbe el pecado, virtud del pecado: «El aguijón, dice, o el arma con que mata la muerte, es el pecado, y la ley es la virtud o potencia del pecado.» Y con mucha verdad, ciertamente, porque la prohibición acrecienta el deseo de la acción ilícita cuando no amamos la justicia, de modo que con el gusto y deleite de ella venzamos el apetito de pecar. Y para que amemos y nos deleite la verdadera justicia no nos ayuda y alienta sino la divina gracia. Pero porque no tuviésemos por mala a la ley, porque la llama virtud del pecado, por eso él mismo, tratando en otro lugar de esta cuestión, dice de esta manera: «La ley, sin duda, es santa, y los mandamientos, santos, justos y buenos; luego ¿lo que es bueno me ha causado por sí la muerte? En manera alguna, sino el pecado, por manifestarse pecado, esto es, porque campease la grandeza de su impulso por medio del mismo bien, tomando ocasión de la ley, me obró y causó la muerte para mostrarse el pecado sobremanera pecador, esto es, para manifestar todo su veneno y la inmensidad de su malicia.» Sobremanera, dijo, porque también se añade pecado cuando, habiendo aumentado en sí el apetito de pecar, se desprecia también la misma ley. Pero ¿a qué fin hemos dicho esto? Para que veamos que así como la ley no es mala cuando acrecienta el apetito de los que pecan, así tampoco la muerte es buena cuando aumenta la gloria de los que padecen; cuando la ley se deja por el pecado y forma prevaricadores y transgresores, o cuando la muerte se recibe por la verdad, y hace mártires; y por eso la ley, aunque es buena porque prohíbe el pecado, y la muerte es mala porque es la paga, recompensa y premio del pecado, sin embargo, así como los malos y pecadores usan mal, no sólo de las cosas malas, sino también de las buenas, así los buenos y justos usan bien, no solamente de las buenas, sino también de las malas; de donde dimana que los malos usan mal de la ley aunque la ley sea buena, y que los buenos mueren bien aunque la muerte sea mala.

CAPITULO VI. Del mal general de la muerte, con que se divide la sociedad del alma y del cuerpo

Por lo cual, en cuanto toca a la muerte del cuerpo, esto es, a la separación del alma del cuerpo, cuando la padecen los que decimos que mueren, para ninguno es buena, porque el mismo impulso con que se separa lo uno y lo otro, que estaba en él viviente unido y trabado, tiene un sentimiento áspero y contrario a la naturaleza en tanto que dura hasta que se extinga y pierda todo el sentido que resultaba de la misma unión del alma y del cuerpo. Toda esta molestia a veces la ataja un golpe en el cuerpo o un trastorno del alma, y no permite que se sienta, con la presteza; pero todo aquello que, en los que mueren con grave sentimiento quita el sentido, sufriéndolo piadosa y fielmente, acrecienta el mérito de la paciencia, mas no la quita el nombre de pena. Y así, siendo la muerte, sin duda, por la descendencia continuada desde el primer hombre, una pena del que nace, con todo, si se emplea por la piedad y justicia, viene a ser gloria del que renace; y siendo la muerte retribución y recompensa del pecado, a veces impetra y alcanza que no se de castigo al pecado.

CAPITULO VII. De la muerte que padecen por la confesión de Jesucristo los que no están bautizados

Todos aquellos que, sin haber recibido el agua de la regeneración mueren por la confesión de Jesucristo, les vale ésta tanto para obtener la remisión de sus pecados, como si se lavasen en la fuente santa del bautismo; pues si dijo Jesucristo: «que el que no renaciere con el agua y con el Espíritu Santo, no entrará en el reino de los cielos», en otro lugar le eximió, cuando con expresiones no menos generales dijo: «al que me confesare delante de los hombres le confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos; y en otra parte: «el que perdiere por mí su vida, ése la hallará». Por eso dice el real profeta: «que es preciosa en los ojos del Señor la muerte de los santos». ¿Pues qué objeto más precioso y estimable que la muerte, por la que consigue el hombre que se le perdonen todos sus pecados y se le acrecienten más colmadamente los merecimientos? Porque no participan de un mérito tan relevante los que, no pudiendo diferir la muerte, se bautizaron, y pasaron de esta vida remitidos todos sus pecados, como le gozan los que pudieron dilatar la muerte no la difirieron, porque más quisieron confesando a Jesucristo acabar esta vida mortal, que negándole conseguir su bautismo. El cual seguramente si lo recibieran también se les perdonara en aquel admirable lavatorio el pecado con que, por temor de la muerte, negaron a Jesucristo; pues en el mismo lavatorio se les perdone igualmente aquel tan enorme crimen a los que crucificaron a Jesucristo. ¿Pero cómo, sino con la abundancia de la gracia de aquel soberano espíritu, que donde quiere inspira, pudieran amar tanto al Salvador, que en peligro tan inminente de la vida, pudiendo, con negarle, alcanzar el perdón, no quisieran hacerlo? Así que la preciosa muerte de los santos (a quienes adelantadamente con tanta gracia se les comunicó la muerte de Jesucristo, que para alcanzarle y gozar de él no dudaron emplear y dar voluntariamente su vida) demostró bien llanamente que lo que antes estaba puesto para castigo del que pecase, se había ya convertido en instrumento de donde naciese al hombre más copioso y abundante el fruto de la justicia. Así pues, la muerte no debe parecer buena porque la veamos transformada en una utilidad tan considerable, no por virtud suya, sino por la divina gracia, la cual determina que la que entonces se propuso por terror y freno para que no pecaran, ahora se proponga que la padezcan para que no se cometa pecado; y para que el cometido se perdone y se conceda a tan plausible victoria la debida palma de la justicia.

CAPITULO VIII. Que en los santos, la primera muerte que padecieron por la verdad fue absolución de la segunda muerte

Si reflexionamos con más atención, cuando uno muere fiel y loablemente por la verdad, también huye de la muerte, pues padece algún tanto de ella, porque no se le apodere toda y llegue juntamente la segunda, que jamás se acaba. Sufre que le separen el alma del cuerpo, para que no se aparte ésta del cuerpo cuando Dios se encuentre apartado del alma; y cumplida la primera muerte de todo hombre, venga a caer en la segunda y eterna. Por lo cual la muerte, como insinué, cuando la padecen los que mueren y hace en ellos que mueran, para ninguno es buena; pero se sufre loablemente por conservar o alcanzar el sumo bien. Mas cuando están en ella los que se llaman ya muertos, no sin motivo se dice que para los malos es mala, y para los buenos, buena; porque las almas de los justos, separadas de sus cuerpos, están ya en descanso, y las de los impíos están satisfaciendo sus debidas penas, hasta que los cuerpos de las unas resuciten para la vida eterna, y los de las otras para la muerte eterna, que se llama segunda.

CAPITULO IX. Si el tiempo de la muerte en que pierden los que mueren el sentido de la vida, se ha de decir que está en los muertos

Pero ¿cómo hemos de llamar aquel tiempo en que las almas, separadas de sus cuerpos; están, o participando del sumo bien, o padeciendo el mayor mal? ¿Diremos que es el momento mismo de la muerte, o el tiempo que sigue despues de la muerte? Porque si es después de la muerte, ya no es la misma muerte, que ya ha pasado, sino la vida presente del alma que sigue inmediatamente, o buena o mala. Pues la muerte entonces les era mala, cuando ella existía, esto es, cuando la padecían los que morían, por serles grave y molesto lo que sentían; y de este, mal y penalidad usan bien y se aprovechan los buenos. Pero la muerte que ya ha pasado, ¿cómo puede ser o buena o mala, supuesto que ya no es? Y si todavía quisieremos considerarlo con más escrupulosidad advertiremos que no será muerte la que dijimos que sentían grave y molesta los que morían; porque entre tanto que sienten, aún viven, y si todavía viven, mejor diremos que están o existen antes de la muerte, que no en la muerte; porque cuando ésta llega quita todo el sentido, el cual, aproximándose la muerte, es penoso y molesto al cuerpo. Por lo mismo es difícil declarar cómo decimos que mueren o están en la muerte los que aún no están muertos, sino que acercándose ya la muerte, están padeciendo una extrema y mortal aflicción; aunque de éstos digamos con propiedad que se están muriendo; mas cuando llega la muerte que los amenaza, ya no decimos que se mueren, sino que están muertos Todos los que están muriendo están vivos, porque el que se halla en el último período de la vida, como están, según decimos, los que se encuentran ya dando el alma, mientras no carecen de alma todavía viven. Luego juntamente uno mismo es el que está muriendo y el que vive, aunque se va acercando a la muerte y apartándose de la vida, pero todavía con la vida, porque reside el alma en el cuerpo; y aún no está en la muerte, porque aún no se ha despedido del cuerpo. Y si cuando se ha despedido ya tampoco está entonces en la muerte, sino después de la muerte, ¿quién podrá decir cuándo está en la muerte? Porque tampoco habrá alguno que esté muriendo si nadie puede juntamente estar muriendo y viviendo, pues entre tanto que está el alma en el cuerpo no podemos negar que vive. Y si es mejor decir que está muriendo aquel en cuyo cuerpo ya empieza a mostrarse la muerte, y nadie puede juntamente estar viviendo y muriendo, no sé cuándo diremos que está viviendo.

CAPITULO X. Si la vida de los mortales debe llamarse mejor muerte que vida

Porque desde el momento que el hombre comienza a existir y residir en este cuerpo mortal que ha de morir, no puede evitar que venga sobre él la muerte, pues lo que hace su mutabilidad en todo el tiempo de la vida mortal (si es que debe llamarse vida) es que se acabe por llegar a la muerte. No hay alguno que no esté más próximo a ella al fin del año que lo estaba antes del principio del año, y más cercano mañana que hoy, y más hoy que ayer, y más poco después que ahora, y más ahora que poco antes; porque todo el tiempo que vamos viviendo lo desfalcamos del espacio de la vida, cada día se va disminuyendo más y más lo que resta; de manera que no viene a ser otra cosa el tiempo de esta vida que una precipitada carrera a la muerte, donde a ninguno se permite ni parar un solo instante ni caminar con paso alguno más tardo, sino que a todos los lleva un igual movimiento: ni les obliga a que caminen con diferente paso, porque el que tuvo vida más breve no paso más apriesa sus días que el que la disfrutó más larga, sino que, como al uno y al otro les fueron arrebatando igualmente unos mismos momentos, el uno tuvo más cerca y el otro más distante el término adonde ambos corrían con una misma velocidad; y una cosa es el haber andado más camino y otra el haber caminado con paso más lento.
Así que el que consume más dilatados espacios de tiempo hasta Ilegar a la muerte no camina más lentamente, sino que anda más camino. Y si desde aquella hora principia cada uno a morir, esto es, a estar en la muerte, desde que comenzó en él a hacerse la misma muerte, es decir, desde que empezó a desfalcársele la vida (porque en concluyendo de desfalcarla estará ya después de la muerte, y no en la muerte), sin duda que desde la hora que comienza a estar en este cuerpo está en la muerte; porque ¿qué otra cosa se hace todos los días, horas y momentos, hasta que, consumida aquella muerte que se iba fabricando, se cumpla y acabe, y principie ya a ser después de la muerte el tiempo, que cuando ya se iba desfalcando la vida estaba en la muerte? Luego nunca se halla el hombre en la vida desde la hora que está en el cuerpo, y aún le podemos decir más muerto que vivo, puesto que juntamente no puede estar en la vida y en la muerte. ¿O acaso diremos que está juntamente en la vida y en la muerte: en la vida, porque vive hasta que se le desfalque toda, y en la muerte, porque ya muere cuando se le defrauda la vida? Porque si no está en la vida, ¿qué es lo que se le desfalca hasta que se consuma del todo? Y si no está en la muerte, ¿qué es aquello que se le desfalca y quita de la vida? No en vano, en habiendo faltado toda vida al cuerpo, decimos que ya es después de la muerte, sino porque estaba en la muerte cuando se le desfalcaba. Porque si acabado de desfalcar el hombre no está en la muerte, sino después de la muerte, ¿cuándo, sino cuando se desfalca, estará en la muerte?

CAPITULO XI. Si puede uno juntamente estar vivo y muerto

Y si es un absurdo el decir que el hombre antes que llegue a la muerte está ya en la muerte (porque ¿a que muerte diremos que se va acercando cuando va cumpliendo los días de su vida, si ya está en ella?), especialmente que es cosa muy dura y extraordinaria el que se diga que a un mismo tiempo está viviendo y muriendo, puesto que no puede estar en un solo instante velando y durmiendo; resta saber cuándo estará muriendo. Porque antes que venga la muerte no está muriendo, sino viviendo, y cuando hubiere ya venido estará muerto, y no muriendo. Así que aquello es todavía antes de la muerte, y esto ya después de la muerte ¿Cuándo, pues, está en la muerte? Porque entonces está muriendo; pues así como son tres cosas cuando decimos: antes de la muerte, en la muerte y después de la muerte, asi a cada una de éstas acomodamos otras tres, a cada una la suya cuando está viviendo, muriendo y muerto. ¿Cuándo diremos que estará muriendo, esto es, en la muerte, adonde ni esté viviendo, que es antes de la muerte; ni muerto, que es después de la muerte, sino muriendo, que es en la muerte? Con gran dificultad puede determinarse, porque entre tanto que reside el alma en el cuerpo, principalmente si está con sus sentidos, sin duda que vive el hombre, que consta de alma y cuerpo, y, por consiguiente, hemos de decir que todavía es antes de la muerte, y no en la muerte; y cuando se hubiere partido el alma y quitado todo el sentido del cuerpo, ya decimos que es después de la muerte, y que está muerto. Desaparece, pues, entre lo uno y lo otro; cuando está muriendo o en la muerte; porque si todavía vive es antes de la muerte, y si dejó de vivir ya es después de la muerte. Así que nunca puede entenderse y comprenderse cuándo esté muriendo o en la muerte.
Así también en el discurso del tiempo buscamos el presente y no le hallamos, porque no tiene espacio alguno aquello por donde se pasa del futuro nl pretérito. Pero conviene fijar la atención bastante para que no vengamos de esta manera a decir que no hay muerte alguna en el cuerpo. Porque si la hay, ¿cuándo es, pues ella no puede estar en nadie, ni alguno en ella? Cuando se vive, aun todavía no está, porque esto es antes de la muerte, y no en la muerte; y si se dejó de vivir, ya no está, porque también esto es ya después de la muerte, y no en la muerte. Y, por otra parte, si no hay muerte alguna antes o después, ¿qué es lo que llamamos antes de la muerte o después de la muerte? Porque también lo diremos vanamente si no hay muerte alguna. Y pluguiera, a Dios que, viviendo bien en el Paraíso, hubiéramos hecho que en realidad de verdad no la hubiera; pero ahora no sólo la hay, sino que también la que hay es tan molesta, que en ninguna manera tenemos palabra para explicarla ni traza alguna para excusarla. Hablemos, pues, conforme al uso y a la costumbre, porque no es razón que hablemos de otro modo, y digamos antes de la muerte primero que suceda la muerte, como lo dice la Sagrada Escritura: «Antes de la muerte no alabes a ningún hombre.» Digamos también cuando sucediere: después de la muerte de fulano o de zutano sucedió esto o aquello; digamos también del tiempo presente como pudiéramos, así como cuando decimos: muriendo fulano hizo testamento, y muriendo dejó esto y aquello a fulano y a zutano, aunque esto en ninguna manera lo pudo hacer nadie sino viviendo, y lo hizo antes de la muerte, y no en la muerte. Raciocinemos también, como lo hace la Escritura, que sin escrúpulo, alguno llama también muertos, no a los que se hallan después de la muerte, sino en la muerte; y así dice el real Profeta: «Porque en la muerte no hay quien se acuerde de ti.» Pues hasta que vivan y resuciten se dice muy bien que están en la muerte, como decimos que está uno metido en el sueño hasta que despierta; aunque a los que están en el sueño decimos que están durmiendo; con todo, no podemos decir del mismo modo a los que ya han muerto que están muriendo. Porque no mueren todavía los que, respecto a la muerte del cuerpo, de que tratamos ahora, están ya separados de los cuerpos. Esto es lo que dije que no se podía explicar con palabras; ¿cómo a los que mueren decimos que viven, o cómo a los que ya han muerto, aun después de la muerte, todavía decimos que están en la muerte? Porque ¿cómo se hallan después de la muerte, si aún están en la muerte, principalmente no pudiendo decir que están muriendo? Como a los que están en el sueño decimos que están durmiendo; y a los que en el trabajo, trabajando; y a los que en la pena, penando; y a los que en la vida, viviendo. Pero a los muertos, antes que resuciten, decimos que están en la muerte; y, sin embargo, no podemos decir que están muriendo.
Por lo cual muy a propósito, y no sin que le cuadre, me parece que sucedió (cuando no fuese por industria humana, quizá por juicio divino) que este verbo moritur, que es morirse, en el idioma latino no le pudieron declinar los gramáticos por la regla que suelen declinarse sus semejantes. Porque del verbo oritur se deriva el pretérito ortus est y otros semejantes que se declinan por los participios del tiempo pretérito; pero del verbo moritur, si preguntásemos el tiempo pretérito, responderán mortuus est, duplicando la letra u. Porque así decimos mortuus, como fatuus, arduus, conspicuus y otros tales que no son del tiempo pretérito, sino que, como sus nombres, se declinan sin tiempo. Mas como para que se decline lo que no puede declinarse, pónese y constitúyese un nombre por participio del tiempo pretérito. Sucedió, pues, muy bien, que así como aquello que significa no se puede evitar en la realidad, así el mismo verbo no puede declinarse hablando. Podemos, sin embargo, con el auxilio y gracia de nuestro Redentor, a lo menos, declinar la muerte segunda. Porque ésta es la más grave y el colmo de todos los males, la cual sucede, no por la división del alma y del cuerpo, sino con la unión de ambos para la pena eterna. En ésta, por el contrario, no estarán los hombres, antes de la muerte, ni después de la muerte, sino que siempre se hallarán en la muerte; y, por consiguiente, nunca viviendo, ni jamás muertos, sino muriendo sin fin. Pues nunca le sucederá al hombre peor en la muerte que en donde habrá la misma muerte sin muerte.

CAPITULO XII. Con qué género de muerte amenazó Dios a los primeros hombres si quebrantasen su mandamiento

Cuando se pregunta ¿con qué especie de muerte amenazó Dios a los primeros hombres si quebrantaban el mandamiento que les puso, y si no le guardaban obediencia, si con la del alma o la del cuerpo, o con la de todo el hombre, o con la que se dice segunda? Responderemos que con todas. Porque la primera consta de las dos, y la segunda totalmente de todas. Pues así como toda la tierra consta de muchas tierras, y toda la Iglesia de muchas iglesias, así toda la muerte de todas. Porque la primera consta de las dos: de la del alma y de la del cuerpo; de manera que la primera sea muerte de todo el hombre, cuando el alma sin Dios y sin el cuerpo paga por cierto tiempo sus penas; en la segunda queda el alma sin Dios y con el cuerpo, y satisface las penas eternas. Así que cuando Dios dijo al primer hombre, a quien colocó en el Paraíso, acerca del manjar que le mandaba no comiese: «El día que comiereis de él moriréis de muerte», no sólo comprendióaquella amenaza la primera parte de la primera muerte, donde el alma queda privada de Dios; ni sola la última, donde el cuerpo queda privado del alma; ni tampoco solamente toda la primera, donde el alma padece sus penas separada de Dios y del cuerpo, sino que comprendió todo lo que hay de muerte hasta la última, que se llama la segunda, después de la cual no hay otra que la suceda.

CAPITULO XIII. Cuál fue el primer castigo de la culpa de los primeros hombres

Apenas quebrantaron nuestros primeros padres el precepto, cuando los desamparó luego la divina gracia y quedaron confusos y avergonzados de ver la desnudez de sus cuerpos. Y así, con las hojas de higuera, que fueron acaso las primeras que, estando turbados, hallaron a mano, cubrieron sus partes vergonzosas, que antes, aunque eran los mismos miembros, no les causaban vergüenza. Sintieron, pues, un nuevo movimiento de su carne desobediente como una pena recíproca de su desobediencia. Porque ya el alma, que se había deleitado y usado mal de su propia libertad y se había desdeñado de obedecer a Dios, la iba dejando la obediencia que le solía guardar el cuerpo, y porque con su propia voluntad y albedrío desamparó al Señor, que era superior; al criado, que era su inferior, no le tenía a su albedrío, ni del todo tenía ya sujeta la carne como siempre la pudo tener si perseverara ella guardando la obediencia y subordinación a su Dios. Entonces, pues, la carne comenzó a desear contra el espíritu, y con esta batalla y lucha nacimos, trayendo con nosotros el origen de la muerte, y trayendo en nuestros miembros y en la naturaleza viciada y corrompida la guerra continuada con ella o la victoria contra el primer pecado.

CAPITULO XIV. De las cualidades con que crió Dios al hombre, y en la desventura que cayó por el albedrío de su voluntad

Dios crió al hombre recto, como verdadero autor de las naturalezas, y no de los vicios; pero como éste se depravó en su propia voluntad, y por ello fue justamente condenado, engendró asimismo hijos malvados y condenados. Puesto que todos nos representamos en aquel uno, cuando todos fuimos aquel uno que por la mujer cayó en el pecado, la cual fue formada de él antes del pecado. Aún no había criado y distribuido Dios particularmente la forma en que cada uno habíamos de vivir; pero existía ya la naturaleza seminal y fecunda de donde habíamos de nacer; de modo que estando ésta corrupta y viciada por causa del pecado, obligada al vínculo de la muerte y justamente condenada, no podía nacer del hombre otro hombre que fuese de distinta condición. Y así del mal uso del libre albedrío nació el progreso y fomento de esta calamidad, la cual, desde su origen y principio depravado, como de una raíz corrompida, trae al linaje humano con la trabazón de las miserias hasta el abismo de la muerte segunda, que no tiene fin, a excepción de los que se escapan y libertan por beneficio de la divina gracia.

CAPITULO XV. Que pecando Adán; primero dejó él a Dios que Dios le dejase a él, y que la primera muerte del alma fue el haberse apartado de Dios

Por lo cual, cuando les dijo Dios morte moriemini, moriréis de muerte, ya que no dijo de muertes, si quisiéremos entender sólo aquella que sucede cuando el alma queda desamparada de su vida, que para ella es Dios (que no la desamparó para que ella desamparase, sino que fue desamparada por haberse desamparado; pues para el daño suyo primero es su voluntad, mientras para su bien, primero es la voluntad de su Criador; así para criarla cuando no era, como para restaurarla y redimirla cuando, pecando, se perdió) por ello decimos que Dios les amenazó y denunció esta muerte al decir: »El día que comiereis de él moriréis de muerte»; como si dijera: <El día que me dejareis por la desobediencia os desampararé por la justicia»; y, sin duda, que en aquella muerte les amenazó y notificó también las demás que infaliblemente se habían de seguir de ella. Porque cuando nació en la carne del alma desobediente el movimiento rebelde y desobediente, por el cual cubrieron sus partes vergonzosas, entonces sintieron la primera muerte con que desamparó Dios al alma. Esta la significaron aquellas palabras cuando, escondiéndose el hombre, despavorido de miedo, le dijo Dios: «Adán, ¿dónde estás?» No como quien le busca por ignorar donde estaba, sino por advertirle con la reprensión que considerase donde estaba al no estar Dios con él. Pero cuando la misma alma viene ya a desamparar el cuerpo, menoscabado por la edad y deshecho por la senectud, sucede la otra muerte de la cual dijo Dios al hombre, procediendo todavía contra el pecado: «Tierra eres y a la tierra volverás», para que con estas dos se acabase de cumplir aquella primera muerte, que es la de todo hombre, tras la cual se sigue al último la segunda, si no se escapa y libra el hombre por el beneficio de la divina gracia. Porque el cuerpo, que es de tierra, no volviera a la tierra si no fuera por su muerte, la cual le sucede cuando le desampara su vida, esto es, su alma. Y así consta entre los cristianos que tienen la verdadera fe católica, que tampoco la muerte del cuerpo nos vino por ley de la naturaleza, porque en ella no dio Dios muerte alguna al hombre, sino que nos la dio en pena y castigo del pecado; pues castigando Dios al pecado dijo al hombre, en quien entonces estábamos comprendidos todos: «Tierra eres, y a la tierra volverás.»

CAPITULO XVI. De los filósofos que opinan que la separación del alma y del cuerpo no es por pena o castigo del pecado de desobediencia

Pero los filósofos, de cuyas calumnias procuramos defender la Ciudad de Dios, esto es, su Iglesia, se ríen y mofan de lo que decimos, que la división y separación que hace el alma del cuerpo se debe enumerar entre sus penas; porque, efectivamente, ellos sostienen que viene a ser perfectamente bienaventurada, quedando despojada íntegramente de todo lo que es cuerpo, simple sola, y en cierto modo desnuda vuelve a Dios. En lo cual, si no hallara en la doctrina de los mismos filósofos fundamentos con que refutar esta opinión, más prolijidad hubiera de costarme el demostrarles que el cuerpo no es trabajoso y pesado al alma, sino solamente el cuerpo corruptible. Esto mismo quiso decir el sabio (cuyo testimonio citamos en el libro precedente) cuando dijo «que el cuerpo corruptible es el que agrava al alma»; pues añadiendo esta voz, corruptible, dice que agrava al alma, no cualquier cuerpo, sino el que hizo el pecado, con las ualidades que le siguieron con el castigo; y aun cuando esto no lo añadiera, no deberíamos entender otra cosa.
Pero confesando con toda claridad Platón que los dioses hechos y formados por mano del sumo Dios tienen cuerpos inmortales, y añadiendo que el mismo Dios que los crió les prometió por singular beneficio el que hará que vivan eternamente con sus cuerpos, y que con ninguna especie de muerte se separen de ellos, ¿por qué nuestros adversarios, por sólo el hecho de perseguir la fe cristiana, fingen ignorar lo que saben, contradiciéndose a sí mismos, por no dejar de contradecirnos? Estas son las palabras de Platón, como las refiere Cicerón en latín; introduciendo al sumo Dios, hablando y diciendo a los dioses que crió: «Vosotros, que nacisteis por generación de los dioses, atended que las obras que yo he hecho son indisolubles a mi albedrío, aunque todo lo que está ligado se puede disolver; pero no es bueno disolver lo que está atado con discreción. Porque habéis nacido, no podéis ser inmortales e indisolubles; no obstante, jamás os disolveréis, ni hado alguno de muerte os quitará la vida, ni será más poderoso que mi idea y voluntad, que es vínculo mayor y más fuerte para vuestra perpetuidad, que el hado a que quedasteis obligados cuando principió vuestra generación.» Y ved aquí cómo Platón dice que los dioses, por la mezcla del cuerpo y del alma, son mortales, y que, sin embargo, son inmortales por la voluntad del Dios que los hizo. Luego, si es pena del alma el residir en cualquier cuerpo, ¿por qué hablándoles Dios como temerosos de que se les entrase casualmente la muerte por sus puertas, esto es, de que se separasen del cuerpo, les asegura de su inmortalidad, no por su naturaleza, que es compuesta, y no simple, sino por su invicta voluntad, con que puede hacer que ni lo engendrado se corrompa ni lo compuesto se resuelva, sino que perseveren incorruptibles? Y si es verdad o no lo que en este particular dice Platón de las estrellas, es otra cuestión; porque no hemos de concederle incontinente que estos globos resplandecientes o estas estrellas que con su luz corpórea alumbran o de día o de noche la tierra, viven con sus almas propias, y éstas intelectuales y bienaventuradas; lo cual asimismo constantemente afirma del mismo mundo, como de un animal donde se contienen todos los demás animales. Pero ésta (como llevo insinuado) es otra cuestión, la cual no tratamos por ahora de averiguar; sólo quise insinuarla para refutar a los que se glorían de ser llamados platónicos, o quieren seguir su doctrina, y por la vanidad y soberbia de este nombre se ruborizan de ser cristianos, porque tomando el apellido común como el vulgo, no se les disminuya y apoque el de los del palio filosófico, que viene a ser tanto más vano cuanto es menor el número que se halla de ellos; y buscando qué tachar y reprender en la cristiana doctrina, dan contra la eternidad de los cuerpos, como si fuera entre sí contradictorio el que indaguemos la bienaventuranza del alma y queramos que ésta esté siempre en el cuerpo, como encerrada en una molesta y miserable prisión; confesando su jefe y maestro Platón que es merced y beneficio que el sumo Dios hizo a los dioses formados de su mano que nunca mueren, esto es, que nunca se separen y dividan de los cuerpos con que una vez los juntó.

CAPITULO XVII. Contra los que dicen que, los cuerpos terrenos no pueden hacerse incorruptibles y eternos

Pretenden también estos filósofos que los cuerpos terrestres no pueden ser eternos, sosteniendo, por otra parte, que toda la tierra es miembro de su Dios, aunque no del sumo, sino del grande, esto es, de todo este mundo visible y sempiterno. Habiéndoles, pues, criado aquel Dios sumo, a otro que ellos imaginan que es Dios, esto es, a este mundo, digno de preferirse a todos los demás dioses que están debajo de él; y defendiendo que este mismo es animal, es, a saber, adornado del alma, según dicen racional o intelectual, encerrada en la inmensa máquina de su cuerpo; y habiendo obstinación; de modo que se contradicen claramente a sí mismos con grandes y prolijas disputas, afirmando, por una parte, que el alma, para que sea bienaventurada, no sólo debe huir del cuerpo terreno, sino de todo género de cuerpo, y asegurando, por otra, que los dioses disfrutan de almas beatisimas, y que, sin embargo, las tienen en cuerpos eternos, aunque los celestiales en cuerpos ígneos; y que el alma del mismo Júpiter, que quieren que sea este mundo, está contenida o encerrada por todos los elementos corpóreos de que consta toda esta máquina, principiando desde la tierra hasta el cielo. Por cuanto esta alma imagina Platón que se difunde y extiende por números músicos, desde el íntimo medio de la tierra, que los geómetras llaman centro, hasta las últimas y extremas partes del cielo; de suerte que este mundo sea un animal inmenso, beatísimo y eterno, cuya alma, por una parte, tenga perfecta felicidad de sabiduría, no desamparando su propio cuerpo, y por otra, que este su cuerpo viva por ella eternamente, y que, sin embargo, de no ser simple, sino compuesto de tantos y tan grandes cuerpos, no por eso la puede embotar y entorpecer. Permitiendo toda esta licencia a sus imaginaciones y sospechas, ¿por qué no quieren creer que, por la divina voluntad y poder, pueden los cuerpos terrenos venir a ser inmortales, donde las almas, sin separarse de ellos con ninguna especie de muerte, sin gravamen ni apego a ellos, vivan eterna y felizmente; así como aseguran que pueden vivir sus dioses en los cuerpos ígneos, y el mismo Júpiter, rey monarca de todos los números, en todos los elementos corpóreos? Porque si el alma, para ser bienaventurada, debe huir y, escaparse de todo lo que es cuerpo, huyan sus dioses de los globos de las estrellas, huya Júpiter del cielo y de la tierra; o, si no pueden, repútenlos por miserables. Pero ni lo uno ni lo otro quieren, pues ni se atreven a dar a sus dioses la separación de los cuerpos, porque no parezca que los adoran siendo mortales, ni la privación de la bienaventuranza, por no confesar que son infelices. Así que para conseguir la eterna felicidad no es necesario huir de cualesquiera cuerpos, sino de los corruptibles, molestos, graves y mortales, no cuales los crió la bondad de Dios o los primeros hombres, sino cuales les obligó a ser la pena del pecado.

CAPITULO XVIII. De los cuerpos terrenos que dicen los filósofos que no pueden estar en los cielos, porque a lo que es terreno, su peso natural lo llama y atrae la tierra

Con toda seriedad dicen que el peso natural en la tierra detiene los cuerpos terrenos o los conduce impelidos por fuerza a la tierra, por lo que no pueden estar en el cielo. De los primeros hombres sabemos que estuvieron en una tierra poblada de bosques y fructífera, que se llamó Paraíso; mas porque a esta objeción hemos de responder igualmente, así por el cuerpo de Jesucristo, con que subió glorioso a los cielos, como por los demás santos, quienes los tendrán en la resurrección, es bien que consideremos con alguna más singular atención los dichos pesos terrenos. Porque si el ingenio humano puede hacer con ciertos artificios que algunos vasos fabricados de metal, cuya materia, Colocada sobre el agua, luego se hunde, anden todavía nadando sobre ella, ¿cuánto más creíble y eficazmente puede Dios, con un oculto y secreto modo de su divina acción (con cuya omnipotente voluntad, dice Platón, que ni las cosas que no tienen ser por generación se corrompen, ni las compuestas se disuelven, siendo más digno de admiración que estén unidas las incorpóreas con las corpóreas, que cualquiera cuerpo con cualesquiera cuerpos), puede, digo, dar a los cuerpos y máquinas terrenas impulso para que no los deprima y tire hacia la tierra ningún peso; y a las almas, que son ya perfectamente bienaventuradas, que pongan donde quieran sus cuerpos, aunque terrenos, pero ya incorruptibles, y que los muevan donde quieran con una disposición y movimiento facilísimo? Y si pueden los ángeles arrebatar cualesquiera animales terrenos de cualquier parte y ponerlos donde quieran, ¿hemos acaso de creer que no lo pueden hacer sin molestia o que sienten el peso y la carga? ¿Y por qué no creemos que las almas de los santos, que por especial gracia y beneficio de Dios son perfectos y bienaventurados, pueden llevar sin dificultad sus cuerpos donde quisieren y ponerlos donde fuese su voluntad?
Pues siendo cierto que acostumbramos imaginar llevando a cuestas el peso de los cuerpos terrenos, que cuanto mayor es la cantidad tanto mayor es la gravedad, de suerte que oprime y fatiga más lo que más, pesa; sin embargo, el alma más fácil y ligeramente lleva los miembros de su cuerpo cuando están sanos y robustos, que cuando están enfermos y flacos. Y siendo más pesado cuando le llevan otros, el sano y robusto que el flaco y enfermo, con todo, él mismo, para mover y traer su cuerpo, es más ágil cuando, estando bueno y sano, tiene más peso que cuando en la pestilencia o hambre tiene menos fuerza. Tanto puede para sustentar aun los cuerpos terrenos, aunque todavía corruptibles y mortales, no el peso de la cantidad, sino el modo del temperamento.
¿Y quién podía explicar con palabras la diferencia tan grande que hay entre la sanidad presente que decimos y la futura inmortalidad? No arguyan y reprendan, pues nuestra fe los filósofos por los pesos y los cuerpos. Porque no quiero preguntarles por qué causa no creen que puede estar en el cielo el cuerpo terreno, viendo que toda la tierra se sustenta en nada. Porque quizá parezca verosímil la razón y el argumento que se toma del mismo lugar medio del mundo, puesto que acude a él todo lo que es grave.
Sólo quiero decir: si los dioses menores, a quienes Platón dio facultad para hacer, entre los demás animales terrestres, al hombre, pudieron, como dice, separar del fuego la calidad que tiene de quemar y dejarle la de resplandecer, como es la que sale y resplandece por los ojos, ¿por qué no concederemos al sumo Dios (a cuya voluntad y potestad concedió él mismo el privilegio de que no se corrompan y mueran las cosas que tienen ser por generación, y que cosas tan diversas e incomparables, como son las corpóreas e incorpóreas entre sí unidas y conglutinadas, no puedan desunirse y descomponerse de modo alguno),que pueda desterrar del cuerpo del hombre, a quien hace la gracia de la inmortalidad, la corrupción, dejarle la naturaleza; conservarle la congruencia de la figura y de los miembros y quitarle la gravedad del peso? Pero al fin de esta obra, si fuese voluntad de Dios, trataremos más particularmente de la fe de la resurrección de los muertos y de sus cuerpos inmortales.

CAPITULO XIX. Contra la doctrina de los que no creen que fueran inmortales los primeros hombres si no pecaron

Ahora declaremos lo que principiamos a decir de los cuerpos de los primeros hombres. Pues ni esta muerte, que dicen es buena para los buenos, y que la conocen no sólo algunos pocos inteligentes o creyentes, sino que es notoria a todos; muerte con que se hace la división del alma y del cuerpo; con la cual, sin duda, el cuerpo del animal que evidentemente vivía, evidentemente muere; no les pudiera sobrevenir a ellos si no se siguiera el mérito del pecado.
Pues aunque no es lícito dudar que las almas de los difuntos piadosos y justos viven en perpetuo descanso, con todo, les fuera tanto mejor vivir con sus cuerpos buenos y sanos, que aun aquellos que son de parecer que de todas maneras es mayor la felicidad de estar sin cuerpo, convéncense de esta opinión, aunque contraria a su propio dictamen. Porque ninguno se atreverá a anteponer sus hombres sabios, que han de morir, o que ya han muerto, esto es, los que carecen de cuerpos o han de dejar los cuerpos, a los dioses inmortales, a quienes el sumo Dios, según Platón, por grande beneficio, les permite una vida indisoluble, esto es, una compañía eterna con sus cuerpos. Y al mismo Platón le parece particular felicidad la de los hombres cuando, habiendo pasado esta vida santa y justamente separados de sus cuerpos, son admitidos en el seno de los mismos dioses, que nunca dejan los suyos «para que, en efecto, olvidados de lo pasado, puedan volver otra vez al mundo y empiecen a desear el volver a nuevos cuerpos»; lo que celebran haber dicho Virgilio siguiendo la doctrina de Platón. Porque de esta manera entiende que las almas de los mortales no pueden estar siempre en sus cuerpos, sino que, con la necesidad de la muerte, se vuelven a disolver; y que tampoco sin los cuerpos duran perpetuamente, sino que por sus tandas y alternativas piensa que sin cesar se hacen los vivos de los muertos y los muertos de los vivos; de modo que parece que la diferencia que hay de los Sabios a los demás hombres es ésta: que los sabios de la muerte, suben a las estrellas a descansar cada uno algún tiempo más en el astro y constelación que más le agrade, y, desde allí, otra vez, olvidado de la miseria pasada y vencido del deseo de volver a su cuerpo, vuelve a los trabajos y miserias de los mortales; pero los que vivieron neciamente, al momento vuelven a los cuerpos, conforme a sus méritos, o de hombres o de bestias. En este estado tan duro coloca Platón también a las almas buenas y sabias, a las cuales no les reparte y distribuye cuerpos con que puedan vivir siempre inmortalmente, sino que ni pueden permanecer en los cuerpos, ni sin ellos pueden durar en la eterna pureza. Ya dijimos en los libros anteriores cómo Porfirio, en los tiempos cristianos, se avergonzó de esta doctrina de Platón. y que no sólo eximió a las almas de los hombres de los cuerpos de las bestias, sino que también quiso que la de los sabios de tal manera fuesen libres de los vínculos del cuerpo que, huyendo de todo lo que es cuerpo, estuviesen junto al Padre gozando de la bienaventuranza sin fin.
Así que por no parecer inferior a Jesucristo, que promete a los santos vida eterna, también él a las almas purificadas las colocó en la eterna felicidad, sin que tengan necesidad de volver a las miserias pasadas; y por contradecir a Jesucristo, negando la resurrección de los cuerpos incorruptibles, dijo que habían de vivir para siempre, no sólo sin los cuerpos terrenos, sino totalmente sin ningún cuerpo. Sin embargo, a pesar de dicha opinión, no se atrevió a prohibir a estas almas que se sujetasen y respetasen con reverencia religiosa a los dioses corpóreos, porque no creyó que, a pesar de no tener cuerpo alguno, fueran mejores que ellos. Por lo cual, si no han de atreverse, como entiendo que no lo han de efectuar, a anteponer las almas de los hombres a estos dioses felicísimos, aunque tengan cuerpos eternos, ¿por qué les parece absurdo lo que enseña la fe cristiana, de que a los primeros hombres los crió Dios de tal suerte que, si no pecaran, no se apartaran con ninguna muerte de sus cuerpos, sino que por los méritos de la obediencia fielmente observada, remunerados con la inmortalidad, vivieran con ellos eternamente; y que los santos, en la resurrección, han de tener de tal manera los mismos cuerpos en que aquí fueron afligidos, que ni a su carne le ha de poder acontecer corrupción alguna o dificultad, ni a su bienaventuranza algún dolor o infelicidad?

CAPITULO XX. Que los cuerpos de los santos que descansan ahora con esperanza se han de venir a reparar con mejor calidad que la que tuvieron los de los primeros hombres antes del pecado

Y por eso al presente las almas de los santos difuntos no sienten pesar por la muerte con que las separaron de los cuerpos, porque su carne descansa con esperanza, por mas ignominias que parezca que han recibido, estando ya fuera de todo sentido. Y no desean, como opinó Platón, olvidarse de sus cuerpos, sino acordándose de la promesa de aquel Señor que a ninguno engaña, el cual les aseguró que no perderían ni un cabello, con gran deseo y paciencia esperan la resurrección de sus cuerpos en que padecieran muchos trabajos para no sentirlos ya jamás en ellos. Pues si no aborrecían a su carne cuando ella con su flaqueza resistía al espíritu, y la reprimían por el derecho natural del espíritu, ¡cuánto más la amarán habiendo ella de ser también espiritual! Porque así como muy a propósito se llama carnal el espíritu que sirve a la carne, así la carne que sirve al espíritu se llamará muy bien espiritual; no porque se haya de convertir en espíritu, como algunos piensan, porque dice la Escritura: «Siémbrase (esto es, muere como semilla; que muere para llevar fruto) el cuerpo animal, y resucita cuerpo espiritual»; sino porque con suma y admirable facilidad y obediencia se sujeta al espíritu hasta cumplir la segura voluntad de la indisoluble inmortalidad, libre ya de todo género de molestia, corruptibilidad y pesadumbre.
Pues no sólo será cual es ahora, cuando está más robusta y más sana, pero ni cual fue en los primeros hombres antes que pecaran; los cuales, aunque no hubiesen de morir si no pecaran, con todo, usaban como hombres de alimentos, trayendo consigo cuerpos terrenos, aún no espirituales, sino animales. Los cuales, aunque no se estragasen con la senectud, de manera que necesariamente llegasen a morir (el cual estado, por gracia de Dios, se les concedía en virtud del árbol de la vida, que estaba juntamente con el árbol vedado en medio del Paraíso); con todo, comían también de todos los otros manjares, exceptuando sólo un árbol del que les mandó Dios que no comiesen, no porque el árbol fuese malo, sino por recomendarnos lo bueno de la pura y simple obediencia, que es una grande virtud de la criatura racional, subordinada debajo de su Criador y Señor. Porque donde no era malo lo que se tocaba, sin duda que si estando vedado se tocaba, pecábase sólo por la desobediencia. Así pues, se sustentaban comiendo de otros manjares para que los cuerpos animales no sintiesen molestia alguna con el hambre y la sed; y del árbol de la vida comían porque no se les entrase la muerte de ninguna suerte, o consumidos de la vejez, en corriendo y pasando los espacios del tiempo se muriesen; como si todos los demás manjares les sirviesen de sustento y alimento, y aquel del árbol de la vida de Sacramento; de manera que entendamos que sirvió el árbol de la vida en el Paraíso corporal, como en el espiritual, esto es, en el Paraíso inteligible, la sabiduría de Dios, de quien dice, el sagrado texto «que es árbol de vida para los que lo abrazaren».

CAPITULO XXI. De cómo el Paraíso, donde estuvieron los primeros hombres, se puede bien entender que nos figura y significa alguna cosa espiritual, salva la verdad de lo que la Historia refiere del lugar corporal

Algunos alegorizan y refieren todo el Paraíso, donde dice verdaderamente la Sagrada Escritura que estuvieron los primeros hombres, padres del linaje humano, a las cosas inteligibles, y convierten todos aquellos árboles y plantas fructíferas en virtudes y costumbres arregladas para vivir bien, como si no hubiera habido aquellas cosas visibles y corporales, sino que se dijeron o escribieron así para significarnos las cosas inteligibles. Pero no debe deducirse de esto que no pudo haber Paraíso corporal, por cuanto podemos entenderle igualmente que el espiritual, y tanto valdría asegurar que no hubo dos mujeres, Agar y Sara, y dos hijos de Abraham habidos en ellas, uno de la esclava y otro de la libre, porque dice el apóstol que se figuraron en ellas los dos Testamentos; o que no corrió el agua de la piedra que hirió Moisés con la vara, porque allí por una significación figurada puede entenderse también Jesucristo, puesto que dice San Pablo «que la piedra era Cristo».
Así pues, ninguno contradice que por el Paraíso puede entenderse la vida de los bienaventurados; por sus cuatro ríos, las cuatro virtudes cardinales, prudencia, fortaleza, templanza y justicia; por sus árboles, todas las artes útiles; por el fruto de los árboles, las costumbres de los justos; por el árbol de la vida, la misma sabiduría, madre de todos los bienes; y por el árbol de la ciencia del bien y del mal, la experiencia del precepto violado. Porque puso Dios la pena muy a propósito, puesto que, la puso justamente a los pecadores y, aunque no por su bien, la experimenta el hombre.
Podemos también acomodar toda esta doctrina a la Iglesia, para que así lo entendamos mejor, tomando estos objetos como figuras y profecías de lo venidero; por el Paraíso, a la misma Iglesia, como se lee de ella en los Cantares; por los cuatro ríos del Paraíso, los cuatro Evangelios; por los árboles fructíferos, a los santos; por su fruta, sus obras; por el árbol de la vida, el santo de los santos, que es Jesucristo, y por el árbol de la ciencia del bien y del mal, el propio albedrío de la voluntad, pues ni aun de sí mismo puede el hombre usar muy mal si desprecia la voluntad divina; y así llega a saber la diferencia que hay cuando abraza el bien común a todos; o cuando gusta del suyo propio. Porque amándose a sí mismo, se premia a sí mismo, para que, viéndose por ello lleno de temores y tristezas, diga aquella expresión del real Profeta, si es que siente sus males: «En mí propio se me ha turbado el alma»; y, enmendado ya, diga: «Mi fortaleza, Señor, la dejaré en tus manos.» Si estas cosas, y otras semejantes, pueden decirse más cómodamente para que entendamos espiritualmente el Paraíso, díganlas en horabuena sin contradicción alguna, con tal que creamos también la certeza de aquella historia que nos refiere fielmente lo que pasó en realidad de verdad.

CAPITULO XXII. Que los cuerpos de los santos, después de la resurrección, serán espirituales, de manera que no se convierta la carne en espíritu

Así que los cuerpos de los justos que han de hallarse en la resurrección ni tendrán necesidad de árbol alguno, para que ni la enfermedad ni la senectud los menoscabe y mueran, ni de otros cualesquiera corporales alimentos contra la molestia de la hambre o de la sed, porque infaliblemente y en todas maneras gozarán del don y beneficio inviolable de la inmortalidad; de suerte que si quieren comer podrán hacerlo, pero no por necesidad. Como tampoco comieron los ángeles cuando aparecieron visible y tratablemente, porque tenían necesidad, sino porque querían y podían, por acomodarse con los hombres, usando de cierta benignidad humana en su ministerio. Pues no debemos creer que los ángeles comieron imaginaria y fantásticamente cuando vinieron a ser huéspedes de los hombres, aunque a los que ignoraban si eran ángeles les pareciese que comían con la misma necesidad que acostumbramos nosotros. Y esto es lo que dice el ángel en el libro de Tobías: «Me veíais comer, pero sólo me veíais a vuestro parecer», esto es, pensabais que comía por necesidad que tenía de reparar el cuerpo, como lo hacéis vosotros.
Pero aunque de los ángeles quizá se puede sostener otra opinión que sea más creíble, sin embargo, la fe cristiana no pone duda que nuestro Salvador, después de la resurrección, teniendo ya el cuerpo espiritual, comió y bebió con sus discípulos, porque lo que vendrán a perder semejantes cuerpos será la necesidad, no la potestad o posibilidad y así serán espirituales, no porque dejarán de ser cuerpos, sino porque se sustentaran y perseverarán con el espíritu que los vivifica.

CAPITULO XXIII. Qué es lo que debemos entender por el cuerpo animal y por el cuerpo espiritual; quiénes son los que mueren en Adán y quiénes los que se vivifican en Cristo

Así como estos que aun no poseen un espíritu vivificante, sino una alma viviente, se llaman cuerpos animales, no siendo almas, sino cuerpos, así se denominan espirituales aquellos cuerpos; con todo, de ninguna manera debemos creer que han de ser espíritus, sino cuerpos que han de tener substancia de carne, pero que no han de padecer con el espíritu vivificante imperfección ni corrupción carnal. Entonces el hombre no será más ya terreno, sino celestial, no porque el cuerpo que se formó de la tierra no será el mismo, sino porque, por don del cielo, será tal que convenga también para morar en el cielo, no por haber, perdido su naturaleza, sino por haber mudado de calidad. Al primer hombre, como era de la tierra terreno, le hizo Dios ánima viviente y no espíritu vivificante, lo cual se le reservaba que viniera a serlo por mérito de la obediencia. Por eso su cuerpo (que tenía necesidad de comer y de beber para no tener hambre y sed, y el árbol de la vida le guardaba de la necesidad de la muerte y le conservaba en la flor de la juventud, aunque no tuviera la inmortalidad absoluta e indisoluble) indudablemente no era espiritual, sino animal, aunque por ninguna razón muriera si no incurriera pecando en la sentencia con que Dios le había amenazado.
Y fuera del Paraíso, no faltándole los alimentos, pero no dejándole gustar del árbol de la vida, viniera a acabar más tarde, con el tiempo y la senectud, aquella vida, la cual, en el cuerpo, aunque animal (hasta que se hiciera espiritual por el mérito de la obediencia), pudo tener perpetua en el Paraíso, si no pecara. Por lo cual, aun cuando entendamos que juntamente les significó Dios esta muerte manifiesta con que se hace la división del alma y del cuerpo en el anatema con que rigurosamente les amenazó: «En el día que comiereis del árbol vedado moriréis de muerte>; no por eso debe parecer absurdo, porque no dejaron los cuerpos aquel mismo día en que comieron de la fruta vedada y mortífera. Pues desde este día se empeoró y corrompió la naturaleza, y quedando justamente excluida del árbol de la vida, se le siguió la necesidad de la muerte corporal, con cuyo fatal destino hemos nacido nosotros.
Por eso no nos dice el Apóstol que el cuerpo morirá por causa del pecado, sino que dice que «el cuerpo está muerto por causa del pecado, pero que el espíritu vive por la justificación.» Después prosigue y dice: «Mas si aquel espíritu que resucitó a Jesucristo de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por el espíritu de Dios, que habita en vosotros.» Así que entonces tendrá espíritu vivificante el cuerpo que ahora tiene alma viviente, y, sin embargo, le llama el Apóstol muerto, porque está ya constituido en la dura necesidad de morir. Pero en el Paraíso, de tal modo tenía alma viviente, aunque no espíritu vivificante, que no se podía decir con propiedad muerto, por cuanto no podía tener necesidad de morir, si no es cometiendo el pecado.
Habiéndonos Dios significado cuando dijo: «Adán, ¿adónde estás?» la muerte del alma, que se efectuó desamparándola el Señor; y cuando dijo: «tierra eres, y a la tierra volverás», la muerte del cuerpo que se verifica al separarse el alma del cuerpo, debemos creer que no hizo mención de la muerte segunda, porque quiso que estuviese oculta por causa de la dispensación del Nuevo Testamento, donde expresamente se nos manifiesta, para que pnmero se nos hiciese ver que aquella primera muerte, que es común a todos, vino y procedió de aquel pecado que en uno fue común a todos; pero la muerte segunda no es común a todos, «por aquellos que, según el propósito y elección divina, son llamados a la santidad, a los cuales entrevió y predestinó, como dice el Apóstol, que fuesen conformes a la imagen de su Hijo, para que él fuese el primogénito entre muchos hermanos», a quienes la gracia de Dios, por el mediador, libertó de la segunda muerte.
Así que, hablando en estos términos el Apóstol, nos da a entender que fue criado el primer hombre en cuetpo animal; pues queriendo distinguir este animal que al presente tenemos, del espiritual que ha de haber en la resurrección: .«Siémbrase como semilla -dice- en la sepultura nuestro cuerpo, sujeto a la corrupción, y se levantará y resucitará incorruptible; siémbrase ignominioso y feo, y resucitará claro y glorioso; siémbrase sujeto a mil flaquezas, y resucitará con mucha virtud y vigor; siémbrase cuerpo animal sujeto a hambre y sed, y resucitará sutil y espiritual, sin necesidad de comer ni beber.» Después, para probar está doctrina: «Si hay -dice- cuerpo animal, hay también cuerpo espiritual.» Y para demostrar qué cosa es cuerpo animal, añade: «Así lo dice la Sagrada Escritura: hizo Dios al primer hombre alma viviente.»
De este modo nos quiso manifestar qué cosa es cuerpo animal; aunque el sagrado texto no dijo del primer hombre, que se llamó
Adán, cuando Dios, con su aliento y soplo, crió aquella alma: «Crió Dios al hombre en cuerpo animal», sino «hizo Dios al primer hombre alma viviente». Luego, cuando dice el sagrado texto: «Hizo Dios al primer Adán alma viviente», quiso el Apóstol que entendiésemos el cuerpo animal del hombre; y cómo hemos de entender el espiritual nos lo patentizó, añadiendo: «Pero el ultimo Adán le hizo Dios espíritu vivificante», aludiendo, sin duda, a Cristo, que resucitó de entre los muertos, de suerte que no puede ya más morir. Después prosigue y dice: «Aunque no fue primero el cuerpo espiritual, sino el animal, y después el espiritual», donde con más claridad nos dio a entender cómo nos «quiso significar el cuerpo animal en aquella expresión de la Escritura, «que hizo Dios al primer Adán alma viviente»; y cuerpo espiritual en la otra, donde dice: «Y al último Adán espíritu vivificante.» Porque primero es el cuerpo animal, como le tuvo el primer Adán (aunque no cuerpo que muriera si no pecara, como le tenemos nosotros ahora, de una naturaleza tan trocada y corrompida, como se trocó en él después que pecó, por lo cual le sobrevino la necesidad de morir.
Así también al principio quiso y se dígnó tener cuerpo Jesucristo por nosotros, aunque no por necesidad, sino por potestad. Después es el cuerpo espiritual y cual precedió ya en Cristo, como en cabeza nuestra sucederá también en sus miembros en la última resurrección de los muertos. Añade después el Apóstol la evidentísima diferencia que hay entre estos dos hombres, diciendo: «El primer hombre fue de la tierra, terreno, y el segundo, del cielo, celestial; y cual fue aquel terreno, tales son también los terrenos; y cual es el celestial, tales también los celestiales; como representamos, pues, y vestimos la imagen del terreno, así también representamos y nos vistamos la imagen de aquel que vino del cielo.» Esta doctrina la describió el Apóstol de manera que se realice ahora en nosotros, según el sacramento de la regeneración, como lo dice en otro lugar: «Todos los que os habéis bautizado en Cristo os habéis vestido de Cristo», esto es, os habéis hecho conformes y semejantes a Él.
Pero, realmente, se acabará de hacer y cumplir esta semejanza en nosotros cuando lo que en nosotros es animal por el nacimiento, se hubiere hecho espiritual por la resurrección. Porque usando nuevamente de sus expresiones, dice: «Nuestra salvación ha sido en esperanza»; esto es, que aunque ahora no la veamos con nuestros ojos, con todo, el rescate se efectuó de suerte que esperamos salvarnos perfectamente.
Vestímonos de la imagen y semejanza del hombre terreno por la propagación del pecado y de la muerte, de que nos hizo herederos. la generación; pero de la imagen y semejanza del hombre celestial nos vestimos por la gracia del perdón y de la vida eterna, de que nos hace herederos la regeneración por virtud de Jesucristo, hombre mediador de Dios y de los hombres, que es a quien entiende por el hombre celestial, pues vino del cielo para vestirse del cuerpo de la mortalidad terrena y vestir despúés al cuerpo de la celestial inmortalidad, Por eso llama también celestiales a los otros; pues por la gracia vienen a ser miembros suyos, de modo que Cristo viene a ser uno con ellos, como la cabeza y el cuerpo.
Esto lo dice más claro en la misma epístola con estas palabras: «Por un hombre entró la muerte y por otro hombre la resurrección de los muertos; porque así como morimos todos en Adán, así en Cristo todos resucitaremos a la vida eterna; y esto será ya con el cuerpo espiritual, que será espíritu vivificante»; no porque todos los que mueren en Adán hayan de ser miembros de Cristo (puesto que la mayor parte de ellos irán condenados eternamente a la muerte segunda), sino que por eso dijo todos, en los unos y en los otros, en los que mueren y en los que vivirán, porque así ,como ninguno muere en cuerpo animal, si no es en Adán, así ninguno revive y resucita en cuerpo espiritual, si no es en Cristo.
Por eso no debemos imaginar que en la resurrección hemos de tener el cuerpo de la misma cualidad que le tuvo el primer hombre antes del pecado; ni aquella expresión con que dice: «Cual es el terreno, tales serán también los terrenos», debe entenderse, según lo que se hizo, cometiendo el pecado; porque no debemos pensar que antes que pecara tuvo cuerpo espiritual, y que por el pecado y su mérito se mudó en animal.
Los que así opinan atienden poco a palabras de un tan ilustre doctor, que dice: «Si hay cuerpo animal, hay también cuerpo espiritual, como leemos en el Génesis, que hizo Dios al primer hombre alma viviente»; ¿fue, acaso, después de la culpa cuando éste era el primer estado del hombre a que alude el santo Apóstol, para demostrar que era cuerpo animal, tomando dicho testimonio de la ley?

CAPITULO XXIV. Cómo debe entenderse aquel soplo de Dios con que se hizo al primer hombre alma viviente, o aquel de Cristo Nuestro Señor, cuando dijo: Tomad el Espíritu Santo

Del mismo modo entendieron algunos con poca consideración aquellas palabras: «Inspiróle Dios soplando en su rostro el espiritú de vida, y quedó hecho el hombre alma viviente, que no le infundió Dios entonces primeramente al hombre alma, sino que a la que ya tenía la vivificó con el Espíritu Santo.» Y se inclinan a creerlo por advertir que Cristo Nuestro Señor, después que resucitó de los muertos, inspiró y sopló, diciendo a sus discípulos: «Tomad el Espíritu Santo.» Por eso piensan que se hizo aquí parte de lo que allá pasó, como si aquí también, prosiguiendo el santo evangelista; dijera: «Hízolo Dios alma viviente»; lo cual, si seguramente dijera, entenderíamos que el espíritu de Dios es una especie de vida de las almas racionales, sin el cual éstas deben tenerse por muertas, aunque con la presencia de ellas parezca que viven los cuerpos.
Pero que esto no fue así cuando crió Dios al hombre bastantemente lo declaran las palabras del Génesis, donde se lee: «Y formó Dios del polvo de la tierra al hombre», cuya expresión, queriendo algunos interpretarla con más claridad, dijeron: «Hizo Dios al hombre del limo o barro de la tierra», porque había dicho arriba: «Subía de la tierra una fuente y regaba toda la faz de la tierra», como si por eso debiera entenderse el barro que se forma con la humedad y la tierra.
Pero, dicho esto, continúa diciendo la Escritura: «Y formó Dios del polvo de la tierra al hombre», como se lee en los códices griegos, de cuyo idioma se tradujo al latino la Sagrada Escritura. Pero dígase formavit o finxit, qúe en griego dice eplasen, aquí no importa nada, aunque más propiamente se dice finxit; pero los que dijeron formavit quisieron huir de la ambigüedad porque en latín es más común decir fingere con respecto a los que componen alguna cosa fingida y disimuladamente. A este hombre, pues, formado del polvo de la tierra o del légamo, porque era el polvo húmedo, y, por decirlo más expresamente, como la Escritura, polvo de la tierra; a éste digo, nos enseña el Apóstol que le hizo Dios cuerpo animal cuando le infundió el alma, «hizo Dios a este hombre alma viviente», esto es, a este polvo formado le hizo alma viviente.
Pero dirán que ya tenía alma, porque de otra suerte no se llamara hombre, pues el hombre no es el cuerpo solo o el alma sola, sino el que consta del alma y cuerpo. Verdaderamente no es el alma todo el hombre, sino la parte más noble del hombre; ni todo el hombre es el cuerpo, sino parte inferior del hombre; pero cuando está lo uno y lo otro juntos, se llama hombre, al cual nombre, sin embargo, tampoco lo pierden el cuerpo y el alma de por sí, aun cuando hablemos de cada uno de ellos separadamente. Porque ¿quién quita que se diga, según la ley recibida, en el lenguaje ordinario, tal hombre murió y ahora está en descanso o en penas pudiendo solo decirse esto del alma; y tal hombre se enterró en tal o en tal lugar, no pudiéndose entender sino de sólo el cuerpo? Y si dijeren que no suele hablar así la Sagrada Escritura, por el contrario, ella nos confirma de manera que, aun cuando estas dos cualidades están unidas y vive el hombre, sin embargo, a cada cosa de por sí la llama ella con nombre de hombre, es a saber, al alma; hombre interior, y al cuerpo, hombre exterior, como si fueran dos hombres, siendo lo uno y lo otro juntos un hombre.
Pero conviene, saber en qué sentido se dice el hombre imagen y semejanza de Dios, y en cuál se dice el hombre tierra, y qué es lo que ha de ir a la tierra. Porque lo primero se dice según el alma racional que Dios infundió al hombre, esto es, al cuerpo del hombre, soplando, o, como se dice más a propósito, inspirando, y lo último se dice respecto del cuerpo, que formó Dios al hombre del polvo, a quien infundió el alma para que se hiciera cuerpo animal, esto es, el hombre animal viviente.
Por eso, en lo que practicó Jesucristo nuestro Señor cuando sopló diciendo: «Tomad el Espíritu Santo», quiso darnos a entender que el Espíritu Santo no sólo es Espíritu del Padre, sino también del mismo Unigénito, porque un mismo Espíritu es el del Padre y el del Hijo, con quien es Trinidad, el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, no criatura, sino Criador. Pero aquel soplo corporal que salió de la boca carnal no era substancia o naturaleza del Espíritu Santo, sino una significación suya, para que entendiéramos, como insinué, que el Espíritu Santo era común al Padre y al Hijo, porque no tiene cada uno el suyo, sino que uno mismo es el de ambos.
Y siempre este Espíritu, en la Sagrada Escritura, en griego se dice Pneuma, como también en este lugar le llamó el Señor cuando le repartió a sus discípulos, significándole con el soplo de su boca corporal; y no me acuerdo que se llame jamás de otra manera en toda la Escritura. Pero donde se lee: «Y formó Dios al hombre del polvo de la tierra, y le infundió, soplándole en el rostro, espíritu de vida, no pone el idioma griego esta voz Pneuma, que suele significar el Espíritu Santo, sino Pnoen, lo cual más de ordinario se lee de la criatura que del Criador; y así también algunos latinos, para diferenciarlos, quisieron mejor interpretar este mismo nombre y llamarle, no Espíritu, sino soplo. Este mismo se halla también en griego en Isaías, donde dice Dios: «Yo hice todos los soplos», significando, sin duda, todas las almas.
Por ello, lo que en griego se dice Pnoen, los nuestros lo interpretan algunas veces soplo, otras espíritu, otras inspiración o aspiración, y otras también alma; pero la palabra Pneuma siempre es espíritu, ya sea del hombre, como cuando dice el Apóstol: «¿Qué hombre puede saber lo que está encerrado en el pecho del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?»; ya sea de las bestias, como se lee en el Eclesiastés: «¿Quién sabe si el espíritu del hombre sube al cielo, y si el espíritu de la bestia baja a la tierra, y perece juntamente con el cuerpo?»; ya sea este espíritu corpóreo, que también llamamos viento, porque este nombre se halla en el salmo, donde dice: «El fuego, el granizo, la nieve, la helada y el espíritu tempestuoso»; ya sea, no el espíritu criado, sino el Criador, como lo es cuando dice el Señor en el Evangelio: «Tomad el Espíritu Santo», significándonosle con el soplo corporal de su santísima, boca; y donde dice: «Andad y bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», donde excelentemente y con la mayor evidencia se nos declara la Santísima Trinidad; y donde dice: «Dios es espíritu», como en otros muchos lugares de la Escritura; pues en todos ellos la versión griega vemos que dice, no Pnoen, sino Pneuma, y la latina, no soplo, sino espíritu. Por lo cual, si cuándo dijo inspiró, o, si se dice con más propiedad, sopló en su cara, le infundió el espíritu de vida, en la versión griega no se pusiera Pnoen, como en ella se lee, sino Pneuma, tampoco podría deducirse que necesariamente debíamos entender el Espíritu Criador, que propiamente se llama en la Trinidad el Espíritu Santo, puesto que consta, como hemos dicho, que Pneuma se suele decir, no sólo del Criador, sino también de la criatura.
Pero dirán que cuando dijo espíritu no añadiera de vida, si no quisiera entender allí el Espírítu Santo, y cuando dijo: «Hizo Dios al hombre alma» no añadiera viventem, viviente, si no sígnificara la vida del alma que se le comunicó por don y gracia del Divino Espíritu; porque viviendo el alma -dicen- con su propia vida, ¿qué necesidad había de añadir viviente, sino para que se entendiese la vida que se le da por el Espíritu Santo? Y esto ¿qué es sino defender con mucho cuidado la parte de la sospecha humana, y no atender sino con mucho descuido a la Sagrada Escritura? Porque ¿qué mucho era, sin ir muy lejos, leer en el mismo libro poco más arriba: «Produzca la tierra el alma viviente», cuando crió Dios todos los animales terrestres? Después, interponiendo algunos pocos capítulos, aunque en el mismo libro, ¿que mucho era advertir lo que dice: «Que todo lo que tenía espíritu de vida y estaba sobre la tierra había perecido»? Luego si hallamos también en las bestias alma viviente y espíritu de vida, según el estilo de la Sagrada Escritura, y habiendo dicho el griego asimismo en este lugar, donde se lee, todo lo que tenía espíritu de vida, no Pneuma, sino Pnoen, ¿por qué no preguntamos qué necesidad había de añadir viviente, puesto que no puede ser alma si no vive? ¿O qué necesidad había de añadir de vida, habiendo dicho espíritu? Entendemos que la Escritura, según su estilo, dijo espíritu de vida y alma viviente, queriendo dar a entender los animales, esto es, los cuerpos animados, que por el alma participan también de estos sentidos visibles del cuerpo.
Pero en la creación del hombre no reparamos en cómo suele hablar la Escritura, habiendo hablado totalmente conforme a su estilo, por darnos a conocer que el hombre, aun después de haber recibido el alma racional (la cual quiso dar a entender que fue criada, no de la tierra, ni del agua, como toda carne, sino del aliento y soplo de Dios), fue, sin embargo, criado de modo que viviese en cuerpo animal; lo que sucede viviendo en él el alma, como viven aquellos animales de quienes dijo: produzca la tierra almas vivientes, y asimismo los que dijo que tuvieran en sí espíritu de vida, donde también el griego no escribe Pneuma, sino Pnoen, declarando con este nombre, sin duda, no el Espíritu Santo, sino el alma de estos animales.
Pero, no obstante, dicen ellos, se deja entender que el soplo de Dios salió de la boca de Dios, el cual, si creyéremos que es el alma, habremos de confesar que es de su misma substancia e igual que aquella sabiduría, que dice: «Yo salí de la boca del Altísimo.» Pero es de advertir que no dijo la sabiduría que la sopló Dios de su boca, sino que ella salió de su boca. Porque así como nosotros podemos hacer, no de nuestra naturaleza de hombres, sino de este aire que nos circunda y con que respiramos, un soplo cuando soplamos, así Dios todopoderoso, no de su naturaleza, ni de alguna materia criada, sino de la nada, pudo hacer un soplo, el cual con mucha conveniencia se dijo que le inspiró y sopló para infundirle en el cúerpo del hombre, siendo él incorpóreo y el soplo también incorpóreo, pero él inmutable y el soplo mudable; porque siendo él no criado, le infundió criado. Mas para que entiendan los que quieren hablar de las Escrituras y no advierten las frases y metáforas con que habla la Escritura, que no solamente se dice que sale de la boca de Dios lo que es su igual o de su misma naturaleza, oigan o lean lo que dice Dios en el sagrado texto: «Porque eres tibio, y no cálido ni frío, te comenzaré a lanzar de mi boca.»
Así que no hay razón alguna para que resistamos o contradigamos a las palabras evidentes y claras del Apóstol cuando, distinguiendo el cuerpo animal del cuerpo espiritual, esto es, este en que en la actualidad existimos, de aquel en que hemos de estar después, dice: «Arrojóse como semilla en la sepultura el cuerpo animal, y vuelve a nacer y a levantarse cuerpo espiritual; hay cuerpo animal y hay cuerpo espiritual; conforme a lo que dice la Escritura que hizo Dios al primer hombre, Adán, alma viviente, y al último Adán, espíritu vivificante; aunque no fue primero el cuerpo espiritual, sino el animal, y luego el espiritual. El primer hombre de tierra fue terreno, el segundo hombre de cielo fue celestial; cual es el terreno, tales son asimismo los terrenos, y cual es el celestial, tales serán también los celestiales. Luego, así como nos vestimos la imagen y semejanza del terreno, vistámonos igualmente la imag’en y semejanza de aquel que es del cielo.» Sobre todas estas palabras del Apóstol hemos ya raciocinado. El cuerpo animal, con el que dice San Pablo que hizo Dios al primer hombre, Adán, no era formado de suerte que no pudiese morir, sino de manera que no muriera si el hombre no pecara. Porque aquel que con el espíritu vivificante será espiritual e inmortal, no podrá de ningún modo morir; así como el alma que fue criada inmortal, aunque se dice que muere con el pecado, careciendo de una especie de vida suya, esto es, del espíritu de Dios, con que podía vivir sabia y bienaventuradamente; sin embargo, no deja de vivir con una vida suya propia, aunque miserable, porque la crió Dios inmortal.
También a los ángeles apóstatas, aunque, en cierto modo, murieron pecando, porque apostataron y desampararon la fuente de la vida, que es Dios, bebiendo de la cual podían vivir virtuosa y felizmente; no obstante, no pudieron morir de suerte que totalmente dejasen de vivir y sentir, porque los crió Dios inmortales; y así, después del juicio final los arrojará y condenará a la muerte segunda, de manera que ni aun allí carezcan, de vida, puesto que no han de carecer de sentido, habiendo de vivir en dolor y tormento. Pero los hombres que participan de la gracia de Dios, ciudadanos de los santos ángeles que viven en la bienaventuranza, se vestirán los cuerpos espirituales de modo que ni pequen ya más ni se mueran, sino que gozarán de aquella inmortalidad que, como la de los ángeles, no pueda perderse con el pecado; quedándoles, con todo, la naturaleza de la carne, pero sin rastro de corruptibilidad o imperfección carnal.
Réstanos por explorar una cuestión que es indispensable tratemos y, con el auxilio soberano del Señor de la verdad, decidamos formalmente. Si en los primeros hombres, cuando los desamparó la gracia divina, el apetito de los miembros corporales desobedientes nació del pecado de la desobediencia (por lo que vinieron a abrirse los ojos sobre su desnudez, esto es, la miraron con más curiosidad, y porque el movimiento torpe resistía al albedrío de la voluntad, cubrieron su cuerpo), ¿cómo vinieran a engendrar y propagar sus hijos si como Dios los crió, perseveraran sin pecar? Pero por ser ya tiempo de concluir este libro, y una cuestión tan célebre no es justo atropellarla, siendo cortos en su examen y exposición, la suspenderemos para tratarla con más comodidad y claridad en el libro siguiente.