La ciudad de Dios/XXI

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Agustín de Hipona, La ciudad de Dios
Traducción de José Cayetano Díaz de Beyral
Proemio - Libros I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII


Libro Vigésimoprimero.
El Infierno, Fin De La Ciudad Terrena

CAPÍTULO PRIMERO. Del orden que ha de observarse en esta discusión
CAPÍTULO II. Si pueden los cuerpos ser perpetuos en el fuego
CAPÍTULO III. Si es consecuencia que al dolor corporal suceda la muerte de la carne
CAPÍTULO IV. De los ejemplos naturales, de cuya consideración podemos deducir que pueden permanecer vivos los cuerpos en medio de los tormentos
CAPÍTULO V. Cuántas cosas hay que no podemos conocerlas bien, y no hay duda de que existen
CAPÍTULO VI. De las diversas causas de los milagros
CAPÍTULO VII. Que la razón suprema para creer ¿las cosas sobrenaturales es la omnipotencia del Criador
CAPÍTULO VIII. No es contra la naturaleza, que alguna cosa, cuya naturaleza se sal comience a haber algo diferente de que se sabía
CAPÍTULO IX. Del infierno y calidad de las penas eternas
CAPÍTULO X. Si el fuego del infierno, siendo corpóreo, puede con su contada abrazar los espíritus malignos, esto es, a los demonios incorpóreos
CAPÍTULO XI. Si es razón y justicia que no sean más largos los tiempos de las penas y tormentos que fueron los de los pecados
CAPÍTULO XII. De la grandeza de la primera culpa por la cual se debe eterna pena a todos los que se hallaren fuera de gracia del Salvador
CAPÍTULO XIII. Contra la opinión de los que piensan que a los pecadores se les dan las penas después de es Ia vida, a fin de purificarlos
CAPÍTULO XIV. De las penas temporales de esta vida, a que está sujeta la naturaleza humana
CAPÍTULO XV. Que todo lo que hace la gracia de Dios, que nos libra del abismo del antiguo mal, pertenece a la novedad del siglo futuro
CAPÍTULO XVI. Debajo de que leyes de la gracia están todas las edades de los reengendrados
CAPÍTULO XVII. De los que piensan que las penas del hombre no han de ser eternas
CAPÍTULO XVIII. De los que presumen que en el último y final juicio ningún hombre será condenado, por las intercesiones de los santos
CAPÍTULO XIX. De los que prometen también a los herejes gracia y perdón de todos sus pecados por la participación del cuerpo de Cristo
CAPÍTULO XX. De los que prometen el perdón no a todos, sino a aquellos que entre los católicos han sido regenerados, aun después cayeran en herejía o idolatría
CAPÍTULO XXI. De los que enseñan que los que permanecen en la fe católica, aunque vivan perversamente, y por esto merezcan ser quemados, se han de salvar por su creencia en la fe
CAPÍTULO XXII. De los que piensan que cumpliendo las obras de misericordia, los pecados que cometen no están sujetos al juicio de la condenación
CAPÍTULO XXIII. Contra los que dicen que no han de ser perpetuos los tormentos del demonio ni los de los hombres impíos
CAPÍTULO XXIV. Contra los que piensan que en el juicio ha de perdonar Dios a todos los culpados por la intercesión de sus santos
CAPÍTULO XXV. Si los que se han bautizado entre los herejes y se han relajado después viviendo mal, o los que se han bautizado entre los católicos y se han hecho herejes y cismáticos, o los que se han bautizado entre los católicos y, sin apartarse de ellos, han perseverado en vivir mal; pueden, por el privilegio de los Sacramentos, esperar la remisión de la pena eterna
CAPÍTULO XXVI. Qué cosa sea tener a Cristo por fundamento y a quiénes se promete la salud como por medio del fuego
CAPÍTULO XXVII. Contra la opinión de los que se persuaden que no les han de hacer daño alguno los pecados que cometieron pues hicieron limosnas


CAPÍTULO PRIMERO. Del orden que ha de observarse en esta discusión

Habiendo ya llegado, por mano y alta disposición de Jesucristo, Señor nuestro, Juez de vivos y muertos, a sus respectivos fines ambas ciudades la de Dios y la del demonio, trataremos en este libro con la mayor diligencia y exactitud, según nuestras débiles fuerzas intelectuales, auxiliados por Dios, cuál ha de ser la pena del demonio y de todos cuantos a él pertenecen. He querido observar este orden para venir a tratar después de la felicidad de los santos, porque uno y otro ha de ser juntamente con los cuerpos; y más increíble parece el durar los cuerpos en las penas eternas, que el permanecer sin dolor alguno en la eterna bienaventuranza; y así, cuando haya expuesto que aquella pena no debe ser increíble, me servirá y favorecerá mucho para que se crea con más facilidad la inmortalidad, que está libre y exenta de todo género de pena, como es la que han de gozar los cuerpos de los santos.
Este orden no desdice del estilo de la Sagrada Escritura, en la cual, aunque algunas veces se pone primero la bienaventuranza de los buenos, como en aquella sentencia: «Los que hubieren practicado obras buenas resucitaran para la resurrección de la vida; y los que las hubieran hecho malas, a la resurrección del juicio y condenación.» Sin embargo, en varias ocasiones se pone también la última, como en aquella expresión: «Enviará el Hijo del Hombre sus ángeles; recogerán y juntarán de su reino todos los escándalos, y los arrojarán en el fuego ardiendo, adonde habrá llantos y crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre.» Y lo que dice el Profeta: «Así irán los malos a las penas eternas, y los buenos a la vida eterna.» Y, finalmente, en las profecías (cuyas autoridades sería asunto largo insinuarías todas), si alguno lo advirtiere, hallará que se guarda algunas veces este orden y otras el otro; pero ya tengo apuntada la causa por qué he hecho elección del citado orden.

CAPÍTULO II. Si pueden los cuerpos ser perpetuos en el fuego

¿A qué fin he de demostrar, sino para convencer a los incrédulos de que es posible que los cuerpos humanos, estando animados y vivientes, no sólo nunca se deshagan y disuelvan con la muerte, sino que duren también en los tormentos del fuego eterno? Porque no les agrada que atribuyamos este prodigio a la omnipotencia del Todopoderoso; antes, si, niegan que lo demostremos por medio de algún ejemplo.
Si respondemos a éstos que hay, efectivamente, algunos animales corruptibles porque son mortales, que, sin embargo, viven en medio del fuego, y que asimismo se halla cierto género de gusanos en los manantiales de aguas cálidas o terrenales, cuyo calor nadie puede sufrir inmune, y ellos no sólo viven dentro de él sin padecer daño, sino que fuera de aquel lugar no pueden vivir, seguramente que cuando así les mostremos este raro fenómeno, o no lo querrán creer, si no se lo podemos manifestar con evidencia, o si podemos evidenciárselo presentándoselo a sus propios ojos, o probarlo con testigos idóneos, con la misma incredulidad dirán que no basta esta demostración para ejemplo o legítima consecuencia de la cuestión que se trata, por cuanto los tales animales no viven siempre, y en el citado dolor viven sin dolor, puesto que en aquellos elementos, siendo convenientes proporcionados a su naturaleza, vegetan y se sustentan y no se lastiman acongojan, como si no fuera más increíble vegetar, nutrirse y sustentar con semejante alimento, que lastimarse y menoscabarse con él. Porque maravilla es sentir dolor en el fuego, y, con todo, vivir; pero aun es mayor maravilla vivir en el fuego y no sentir dolor. Y si esto se cree, ¿por qué no otro?

CAPÍTULO III. Si es consecuencia que al dolor corporal suceda la muerte de la carne

Pero, dicen, ningún cuerpo, hay que pueda sentir dolor y que no pueda morir. Y esto, ¿de dónde lo sabemos. Porque ¿quién está seguro de si los demonios sienten dolor corporalmente cuando confiesan a voces que padece horribles tormentos? Y si respondieren que no hay cuerpo alguno terreno, es a saber, sólido y visible, y, por decirlo mejor y en una palabra, que no hay carne alguna que pueda sentir dolor y que no pueda morir, ¿qué otra cosa dicen sino lo que los hombres ha conocido con el sentido del cuerpo con la experiencia? Porque, efectivamente, no conocen carne que no es mortal.
Este es todo el argumento de los que imaginan que de ningún modo puede ser lo que no han visto por experiencia. Pero ¿qué razón hay para hacer al dolor argumento de la muerte, siendo antes indicio y prueba real de vida? Porque aunque preguntamos dudamos si puede vivir siempre, si embargo, es cierto e innegable que vive todo lo que siente dolor, y que cualquiera dolor que sea no se puede hallar sino en objeto que viva. A que es indispensable que viva el que siente dolor, y no es preciso que mate el dolor, puesto que aun a estos cuerpos mortales, y que, en efecto, ha de morir, no los mata o consume todo dolor.
La causa de que algún dolor pueda matar consiste en que de tal manera está el alma trabada con el cuerpo que cede a los dolores vivos y se ausenta de él, porque la misma trabazón de los miembros y potencias vitales es tan débil que no puede sufrir y durar contra aquella violencia que causa un extraordinario o sumo dolor. Y entonces el alma se unirá con un cuerpo de tal calidad y en tal modo, que aquella trabazón tampoco la corromperá dolor alguno. Por tanto, aunque al presente no hay carne alguna de tal configuración que pueda sufrir dolor y no pueda sufrir la muerte, sin embargo, entonces será la carne tal cual no es ahora, así como también será tal la muerte cual no es ahora, porque la muerte será sempiterna, cuando ni podrá el alma vivir no teniendo a Dios en su favor, ni estar exenta de dolores del cuerpo, estándose muriendo. La primera muerte expele del cuerpo al alma, aunque no quiera; la segunda muerte tiene al alma en el cuerpo, aunque no quiera; y así, comúnmente, se dice de una y otra muerte que padece el alma de su peculiar cuerpo lo que no quiere.
Consideran nuestros antagonistas que ahora no hay carne que pueda padecer dolor y que no pueda también sufrir la muerte, y no reflexionan en que, sin embargo, hay cierto objeto que es mejor que el cuerpo; porque el mismo espíritu, con cuya presencia vive y se rige el cuerpo, puede sentir dolor y no puede morir. Ved aquí cómo hemos hallado objeto, el cual, teniendo sentido de dolor, es inmortal.
Esto mismo sucederá también entonces en los cuerpos de los condenados, lo que sabemos que sucede en el espíritu de todos; aunque, si lo editásemos con más atención, el dolor que se llama del cuerpo más pertenece al alma, porque del alma es propio el dolerse, y no del cuerpo, aun cuando la causa del dolor nace del cuerpo, cuando duele en aquel lugar donde es molestado el cuerpo. Así como decimos cuerpos sensitivos y cuerpos vivientes, procediendo del alma el sentido y vida del cuerpo, así también decimos que los cuerpos se duelen, aunque el dolor del cuerpo no puede ser sino procedente del alma.
Duélese, pues, el alma con el cuerpo en aquel su propio lugar donde acontece alguna sensación que duela. Duélese también sola, aunque esté en el cuerpo, cuando, por alguna causa asimismo invisible, está triste estando bueno el cuerpo; porque, en efecto, se dolía aquel rico en el infierno cuando decía: «Estoy en continuo tormento en esta llama»; pero el cuerpo, ni muerto se duele, ni vivo, sino el alma, se duele.
Así que si procediera bien el argumento de que puede suceder la muerte porque pudo suceder también el dolor, más propiamente pertenecería él morir al alma, a quien toca con más razón el dolerse; mas como aquella que puede más propiamente dolerse no puede morir, no se prueba que porque aquellos cuerpos hayan de estar en dolores creamos también que han de morir.
Dijeron algunos platónicos que de los cuerpos terrenos y de los miembros enfermizos y mortales le proviene al alma el temer, el desear, el doler y alegrarse. Por lo cual dijo Virgilio: «De aquí procede (refiriéndose a los enfermizos y mortales miembros del cuerpo terreno) que teman, codicien, se duelan y alegren.» Pero ya los convencimos en el libro XIV de esta obra de que tenían las almas, hasta las purificadas, según ellos, de toda la inmundicia del cuerpo, un deseo terrible con que nuevamente principian a querer volver a los cuerpos; y donde puede haber deseo, sin duda también puede haber dolor; porque el deseo frustrado, cuando no alcanza lo que anhela, o pierde lo que había conseguido, se convierte en dolor. Por lo cual si el alma, que es la que sola o principalmente siente dolor, sin embargo, a su manera, tiene cierta inmortalidad propia y peculiar suya, no podrán morir aquellos cuerpos, porque sentirán dolor.
Finalmente, si los cuerpos hacen que las almas sientan dolor, ¿por qué diremos que les pueden causar dolor y no les pueden causar la muerte, sino porque no se sigue inmediatamente que cause la muerte lo que causa el dolor? ¿Y por qué motivo será increíble que de la misma manera aquel fuego pueda causar dolor a aquellos cuerpos, y no la muerte, como los mismos cuerpos hacen doler y sentir a las almas, a las cuales, sin embargo, no por eso las fuerzan a que mueran? Luego el dolor no es argumento necesario y concluyente de que han de morir.

CAPÍTULO IV. De los ejemplos naturales, de cuya consideración podemos deducir que pueden permanecer vivos los cuerpos en medio de los tormentos

Por lo cual, si, como escriben los que han indagado y examinado la naturaleza y propiedades de los animales, la salamandra vive en el fuego; y algunos montes de Sicilia, bien conocidos por sus erupciones y volcanes ardiendo en vivas llamas hace ya mucho tiempo, y continuando con la misma fuerza, permanecen, sin embargo, Integros en su mole, nos son testigos bien idóneos de que no todo lo que arde se consume; y la misma alma nos manifiesta con toda evidencia que no todo lo que puede sentir dolor puede también morir; ¿para qué, pues, nos piden ejemplos de las cosas naturales, a fin de que les demostremos no ser increíble que los cuerpos de los condenados a los tormentos eternos no pierden el alma en el fuego, antes sin mengua ni menoscabo arden, y sin poder morir padecen dolor?
Porque entonces tendrá la substancia de esta carne tal calidad concedida por la mano poderosa de Aquel que tan maravillosas y varias las dio a tantas naturalezas como vemos, que por ser tantas en número no nos causan admiración. ¿Y quién sino Dios, Creador de todas las cosas, dio a la carne del pavo real muerto la prerrogativa de no pudrirse o corromperse? Lo cual, como me pareciese increíble cuando lo oí, sucedió que en la ciudad de Cartago nos pusieron a la mesa una ave de éstas cocida, y tomando una parte de la pechuga, la que me pareció, la mandé guardar; y habiéndola sacado y manifestado después de muchos días, en los cuales cualquiera otra carne cocida se hubiera corrompido, nada me ofendió el olor; volví a guardarla, y al cabo de más de treinta días la hallamos del mismo modo, y lo mismo pasado un año, a excepción de que en el bulto estaba disminuida, pues se advertía estar ya seca y enjuta.
¿Quién dio a la paja una naturaleza tan fría que conserva la nieve que se entierra en ella, o tan vigorosa y cálida, que madura las manzanas y otras frutas verdes y no maduras?
¿Quién podrá explicar las maravillas que se contienen en el mismo fuego, que todo lo que con, él se quema se vuelve negro, siendo él lúcido y resplandeciente, y casi a todo cuanto abrasa y toca con su hermosísimo color le estraga y destruye el color, y de un ascua brillante lo convierte en un carbón muy negro? Pero tampoco es esto regla general; pues, al contrario, las piedras cocidas con fuego resplandeciente se vuelven blancas, y aunque él sea más bermejo y ellas brillen con su color blanco, sin embargo, parece que conviene a la luz lo blanco como lo negro a las tinieblas. Cuando arde el fuego en la leña, y cuece las piedras, en materias tan contrarias tiene contrarios efectos. Y aunque piedra y la leña sean diferentes, no son contrarias entre sí, como lo son blanco y lo negro, y uno de estos efectos causa en la piedra, y el otro en leña, pues clarifica la piedra y oscurece la leña, siendo así que moriría aquélla si no viviese en ésta.
¿Y qué diré de los carbones? ¿No es un objeto digno de admiración que por una parte sean tan frágiles, que con un ligerísimo golpe se quiebran y con poco que los aprieten se muelen y hacen polvo, y por otra tienen tanta solidez y firmeza que no hay humedad que los corrompa, ni tiempo que los consuma, de forma que los suelen enterrar los que señalan y colocan límites y mojones, para convencer al litigante que al cabo de cualquiera tiempo se levantare y pretendiere que aquella piedra que ha fijado es el mojón y límite? ¿Y quién les dio la virtud de que sepultados en tierra húmeda, en la cual los leños pudrieran, puedan durar incorruptos tanto tiempo, sino aquel fuego que corrompe y consume todo?
Consideremos también, además de insinuado, la maravilla o portento que observamos en la cal cómo se vuele blanca con el fuego, con el cual otras cosas se vuelven, negras; cómo tan ocultamente concibe el fuego del mismo fuego, y convertida ya en terrón, frío al tacto, se conserva tan oculto y encubierto que por ninguna manera descubre a sentido alguno; pero hallándole y descubriéndole con la experiencia, aun cuando no le vemos, sabemos ya que está allí adormecido, por lo que la llamamos cal viva, como el mismo fuego que está en ella encubierto fuese el alma invisible de aquel cuerpo visible. ¿Y qué grande maravilla es que cuando se apaga, entonces se enciende? Porque para quitarle aquel fuego que tiene escondido la echamos en el agua, o la rociamos con agua y estando antes fría, comienza a hervir, con lo que todas las cosas que hierven se en frían. Así que expirando como si dijéramos, aquel terrón, se deja ver el fuego que estaba escondido cuando se va; y después, como si hubiese ocupado la muerte, está frío, tanto, que aun cuando le mojen con agua no arderá ya más, y a lo que llamábamos cal viva lo llamamos va muerta. ¿Qué cosa puede haber, al parecer, que pueda añadirse a esta maravilla? Y, con todo puede añadirse: porque si no le echásemos agua, sino aceite, con que se fomenta y nutre más el fuego, no hierve por más y más que le echen. Y si este raro fenómeno le leyéramos u oyéramos de alguna piedra de las Indias, y no pudiéramos experimentarlo, sin duda nos persuadiríamos de que o era mentira, o nos causara extraña admiración.
Las cosas que vemos cada, día con nuestros propios ojos, no porque sean menos maravillosas, sino por el continuo uso y experiencia que tenemos de ellas, vienen a ser menos estimadas; de suerte que hemos ya perdido la admiración de algunas que nos han podido traer singulares y admirables de la India, que es una parte del mundo muy remota de nuestro país.
Hay muchos, entre nosotros, que conservan la piedra diamante, especialmente los plateros y lapidarios, la cuál dicen que no cede ni al hierro ni al fuego, ni a otro algún impulso, sino solamente a la sangre del cabrón. Pero los que la tienen y conocen, pregunto, ¿se admiran de ella como aquellos a quienes de nuevo se les acierta a dar noticia exacta de su virtud y potencia? Y a los que no se les enseña, acaso, no lo creen; y si lo creen, se maravillan de lo que no han visto por experiencia; y si, acontece observarlo experimentalmente, todavía se admiran de lo raro y particular; más la continua y ordinaria experiencia paulatinamente nos va quitando el motivo de la admiración.
Tenemos noticia de la piedra imán, que maravillosamente atrae el hierro. La primera vez que lo observé quedé absorto; porque advertí que la piedra levantó en lo alto una sortija de hierro, y después, como si al hierro que había levantado le hubiera comunicado su fuerza y virtud, esta sortija la llegaron o tocaron con otra, y también la levantó; y así como la primera estaba inherente, o pegada a la piedra, así la segunda sortija a la primera. Aplicaron en los mismos términos la tercera, e igualmente la cuarta colgaba ya como una cadena de sortijas trabadas unas con otras, no enlazadas por la parte interior, sino pegadas por la exterior., ¿Quién no se pasmará de ver semejante virtud, que no sólo tenía en sí la piedra, sino que se difundía y pasaba por tantos cuantos tenía suspensos, atados y trabados con lazos invisibles? Pero causa aún mayor admiración lo que supe de esta piedra por testimonio de Severo, obispo de Mileba, quien me refirió haber visto siendo Batanario gobernador de Africa, y comiendo en su mesa el obispo que sacó esta misma piedra, y teniéndola en la mano debajo de un plato de plata, puso un hierro encima del plato y después, así como por abajo movía la mano en que tema la piedra, así por arriba se movía el hierro, revolviéndole de una parte a otra con una presteza admirable: he referido lo que vi y oí al obispo, a quien di tanto crédito como si yo mismo lo hubiera presenciado. Diré asimismo lo que he leído de esta piedra imán, y es que si cerca de ella ponen el diamante, no atrae al hierro, y si le hubiese ya leva atado, le suelta al punto que le aproximan el diamante. De la India se transportan estas piedras; pero si habiéndolas ya conocido, dejamos de admirarnos de ellas, cuanto más aquellos de donde las traen, si acaso las tienen muy a mano, y podrá ser que las posean como nosotros la cal, de la que no nos admiramos en verla de una manera que asombra hervir con el agua con que se suele matar el fuego, y no hervir con el aceite, con que se acostumbra encender el fuego, por ser cosa ordinaria y tenerla muy a la mano.

CAPÍTULO V. Cuántas cosas hay que no podemos conocerlas bien, y no hay duda de que existen

Sin embargo, los infieles e incrédulos, cuando les anunciamos y predicamos los milagros divinos, pasados o por venir, como no podemos hacer que los vean por sus mismos ojos, nos piden la causa y razón de ellos, la cual, como no se la podemos suministrar (porque exceden las fuerzas del entendimiento humano) imaginan que es falso lo que les decimos. En cambio, debieran, de tantas maravillas como podemos ver o vemos, darnos también la razón. Y si advierten que no es posible al hombre, nos habrán de confesar precisamente que no por eso dejó de suceder alguno de los portentos que referimos, o que no habrá de ser porque no pueda darse razón de ellos, puesto que tales suceden, de los cuales no puede asignarse directamente la causa.
Así que no iré discurriendo por infinitas particularidades que están escritas, de las que han acontecido y han pasado ya sino de las que existen todavía y se conservan en ciertos parajes, donde si alguno quisiere y pudiere ir, averiguará si son ciertas, y solamente referiré algunas pocas. Dicen que la sal de Agrigento, en Sicilia, acercándola al fuego, se deshace y derrite como en agua, y poniéndola en agua chasquea y salta como en el fuego. Y que entre los garamantas hay una fuente tan fría por el día que no puede beberse, y tan caliente de noche que no puede tocarse. Que en Epiro se halla otra fuente en la cual las hachas, como en las demás, se apagan, estando encendidas; pero, lo que no sucede en las demás, se encienden estando apagadas. Que la piedra asbestos, en Arcadia, se llama así porque una vez encendida, nunca puede ya apagarse. Que la madera de cierta higuera de Egipto no sobrenada como las otras maderas en el agua, sino que se hunde; y lo que es más admirable, habiendo estado algún tiempo en el fondo, vuelve de allí a subir a la superficie del agua, cuando estando mojada debía de ser más pesada con el peso del líquido. Que en la tierra de Sodoma se crían ciertas manzanas que llegan al parecer a madurar, pero, mordidas o apretadas con la mano, rompiéndose el hollejo, se deshacen y resuelven en humo y pavesas. Que la piedra pirita, en Persia, quema la mano del qué la tiene si la aprieta mucho, por lo que se llama así, tomando su denominación del fuego. Qué en la misma Persia se cría también la piedra selenita, cuya blancura interior crece y mengua con la luna. Que la isla de Tilos, en la India, se aventaja a las demás tierras porque cualquier árbol que se cría en ella nunca pierde las hojas.
De estas y otras innumerables maravillas que se hallan insertas en las historias, no de las que han sucedido y pasado, sino que existen todavía (que intentar yo referirlas aquí, estando empleado en otras materias, sería asunto muy prolijo), dennos la causa, si pueden, estos infieles e incrédulos que no quieren creer las divinas letras, teniéndolas por otras antes que por divinas, porque contienen cosas increíbles, como es ésta de que ahora tratamos; pues no hay razón -dicen- que admita que se abrase la carne y no se consuma, que sienta dolor y no pueda morir.
Hombres, en efecto, de gran discurso y razón y que nos la pueden dar todas las cosas que nos consta son admirables, dennos, pues, la causal las pocas que hemos citado las cuales sin duda, si no supiesen que son y les dijésemos que habían de ser, mucho menos las creerían que los que les decimos ahora que algún día ha ser. Porque ¿quién de ellos nos da crédito si como les decimos que ha haber cuerpos humanos vivos de calidad que han de estar siempre ardiendo y con dolor, y sin embargo jamás han de morir, les dijésemos q en el siglo futuro ha de haber sal tal especie que la haga el fuego derretir como se derrite ahora en el agua, y que a la misma la haga el agua chasquear como chasquea al presente en fuego, o que ha de haber una fuente cuyas aguas en la frialdad de la noche ardan de manera que no se puede tocar, y que en los calores del día están tan frías que no se puedan beber, que ha de haber piedra que con calor abrase la mano del que la apretare, o que, estando encendida por das partes, de ningún modo pueda matarse, y lo demás que, dejando otras infinitas cosas, me pareció referir?
Así que si les dijésemos que había de haber estas cosas en aquel siglo que ha de venir y nos respondieren los crédulos: si queréis que las crean dadnos la razón de cada una de ellas, nosotros les confesaríamos sinceramente que no podíamos, porque a éstas y otras tales obras admirables del Altísimo quedaría rendida la razón y el dé discurso del hombre; pero sin embargo, es razón muy sentada y constante entre nosotros que no sin poderosos motivos hace el Omnipotente cosas que el flaco espíritu del hombre puede dar razón, y que aunque en muchas cosas nos es incierto lo que quiere, con todo, es certísimo que nada es imposible de todo cuanto quiere que nosotros le creemos cuando nos dice lo que ha de suceder, pues podemos creer que es menos poderoso o que miente.
Pero estos censores que nos calumnian y motejan nuestra fe y nos pide razón ¿qué nos responden a estas cosas de que no puede dar la causa hombre, y, sin embargo, son así y parecen opuestas a la misma razón natural? las cuales, si las dijéramos a estos infieles e incrédulos que habían de suceder, nos pidieran la razón de ellas, como nos la piden de las que les decimos que han de acontecer. Por consiguiente, ya que en estas y otras semejantes obras de Dios falta la razón, y no por eso dejan de ser, tampoco dejarán de ser aquéllas, porque de las unas ni de las otras no puede el hombre dar la razón.

CAPÍTULO VI. De las diversas causas de los milagros

Acaso dirán aquí que por ningún motivo hay semejantes maravillas y que no las creen; que es falso lo que de ellas se dice, falso lo que se escribe, y añadirán, arguyendo así: Si es que debemos prestar asenso a tales portentos, creed también vosotros lo que asimismo se refiere y escribe que hubo o hay un templo dedicado a Venus y en él un candelero, en el cual había una luz encendida expuesta al sereno de la noche, que ardía de manera que no podía apagarla ni la ventisca ni el agua que cayese del cielo; por cuyo motivo, como la citada piedra, se llamó también esta candela lychnos asbestos, esto es, candela inextinguible.
Dirán esto para reducirnos al estrecho apuro de que no podamos responderles, porque si les dijésemos que no debe creerse, desacreditaríamos lo que se escribe de las maravillas que hemos referido, y si concediéremos que debe darse crédito, haríamos un particular honor a los dioses de los gentiles. Pero nosotros, como dije en el libro XVIII de esta obra, no tenemos necesidad de creer todo lo que contienen las historias de los gentiles, pues también entre sí los mismos historiadores (como dice Varrón), casi de intento se contradicen en muchas particularidades, sino que, creemos, si queremos, aquello que no se opone a los libros que sin duda tenemos precisión de creer. Y de las maravillas y portentos que se hallan en ciertos parajes, nos bastan para lo que queremos persuadir a los incrédulos que ha de suceder, lo que podemos nosotros asimismo tocar y ver por experiencia, y no hay dificultad en hallar para este efecto testigos idóneos.
Respecto al templo de Venus y a la candela inextinguible, no sólo con este ejemplo no nos estrechan, sino que nos abren un camino muy anchuroso, puesto que a esta candela que nunca se apaga añadimos nosotros muchos milagros o maravillas de las ciencias así humanas como de las mágicas, esto es, las que hacen los hombres por arte e influencia del demonio y las que ejecutan los demonios por sí mismos, lo cuales, cuando intentáramos negarlas iríamos contra la misma verdad de la sagradas letras, a quien creemos sinceramente. Así, pues, en aquella candela o el ingenio y sagacidad humana fabricó algún artificio con la piedra asbesto, o era por arte mágica lo que los hombres admiraban en aquel templo, o algún demonio bajo el nombre de Venus asistía allí presente con tanta eficacia, que pareciese real y efectivo a los hombres este milagro y permaneciese por mucho tiempo.
Los demonios son atraídos para que habiten en las criaturas (que crió Dios y no ellos) con diferentes objetos deleitables conforme a su diversidad; no como animales, con manjares o cosas de comer, sino como espíritus, con señales que convienen al gusto, complacencia y deleite de cada uno por medio de diferentes hierbas, árboles, animales, encantamientos y ceremonias. Y para dejarse atraer de los hombres, ellos mismos primero los alucinan y engañan astuta y cautelosamente, o inspirando en sus corazones el veneno oculto de su malicia, o apercibiéndoles con engañosas amistades. Y de éstos hacen a algunos discípulos, doctores y maestros de otros muchos, porque no se pudo saber, sino enseñándolo ellos antes, qué es lo que cada uno de ellos apetece, qué aborrezca, con qué nombre se trae, con qué se le haga fuerza, de todo lo cual nacieron las artes mágicas, sus maestros y artífices.
Pero con esto, sobre todo, poseen los corazones de los hombres, de lo cual principalmente se glorían cuando se transfiguran en ángeles de luz. Obran, pues, muchos portentos, los cuales, cuanto más los confesamos por maravillosos, tanto más cautamente debemos huirlos. Pero aún estos nos aprovechan también para el asunto que al presente tratamos, porque si tales maravillas pueden hacerlas los espíritus malignos, ¿cuánto mejor podrán los ángeles santos y cuánto más poderoso que todos éstos es Dios, que formó igualmente a los mismos ángeles que obran tan insignes portentos?
Por tanto, si pueden practicarse tantas, tan grandes y tan estupendas maravillas (como son las que se llaman mejanemato invenciones de máquinas y artificios), aprovechándose los ingenios humanos de las cosas naturales que Dios ha criado, de modo que los que las ignoran y no entienden piensan que son divinas (y así sucedió en cierto templo, que poniendo dos piedras imanes de igual proporción y grandeza, la una en el suelo y la otra en el techo, se sustentaba un simulacro o figura hecha de hierro en medio de una y otra piedra, pendiente en el aire, como si fuera milagrosamente por virtud divina para los que no sabían lo que había arriba y abajo y, como dijimos, ya que pudo haber algo de este artificio en aquella candela de Venus, acomodando allí el artífice la piedra asbesto); y si los demonios pudieron subir tanto de punto las obras de los magos, a quien nuestra Sagrada Escritura llama hechiceros y encantadores, que le pareció al famoso poeta que pedían cuadrar al ingenio del hombre, cuando dijo, hablando de cierta mujer que sabía tales artes: «ésta con sus encantos se promete y atreve a ligar y desatar las voluntades que quisiere, a detener las corrientes rápidas de los ríos, a hacer que retrocedan en su curso ordinario los astros, remueve las sombras nocturnas de los finados, verás bramar debajo de los pies la tierra y bajar de los montes los fresnos»; ¿cuánto más podrá hacer Dios lo que parece increíble a los obstinados incrédulos siendo tan fácil a su omnipotencia, puesto que Él es quien hizo y crió la virtud que reside en las piedras y en los otros entes y los ingenios perspicaces de los hombres, que con admirable método se aprovechan de ellos; Él mismo es el que crió las naturalezas angélicas, que son más poderosas que todas las substancias animadas de la tierra, excediendo todo cuanto hay admirable a los ojos humanos, y con virtud maravillosa y suprema, obra, manda y permite todo con admirable sabiduría, sirviéndose y usando de todo, no menos maravillosamente cuanto es más admirable el orden con que lo crió?

CAPÍTULO VII. Que la razón suprema para creer ¿las cosas sobrenaturales es la omnipotencia del Criador

¿Por qué no podrá hacer Dios que resuciten los cuerpos de los muertos y que padezcan con fuego eterno los cuerpos de los condenados, siendo a que es el que hizo el mundo lleno tantas maravillas y prodigios en el cielo, en la tierra, en el aire y en las aguas, siendo la fábrica y estructura prodigiosa del mismo mundo el mayor y más excelente milagro de cuantos milagros en él se contienen, y de que está tan lleno?
Pero éstos con quien o contra quienes disputamos, que creen que hay Dios, el cual hizo y crió este mundo y que formó los dioses, por cuyo m dio gobierna y rige el orbe; y que no niegan, antes celebran la potestad que en el mundo obran milagros, ya sean espontáneos, ya se consignen por medio de cualquiera acto y ceremonia religiosa, ya sean también mágicos cuando les proponemos la virtud fuerza maravillosa que existe en algunos seres que ni son animales racionales, ni espíritus que tengan discurso ni razón, como son los citados ante suelen responder: esta virtud y vigor es natural, su naturaleza es de esa condición; estas virtudes tan eficaces son peculiares a las mismas naturalezas.
Así que toda su explicación de que el fuego hace fluida y derrite la sal de Agrigento, y el agua la hace chasquear y saltar, es porque ésta es naturaleza. Pero lo cierto es que antes parece ser contra el orden de naturaleza, la cual dio al agua la virtud de deshacer la sal, y no se dio al fuego, y que la sal se tostase fuego y no al agua. Esta misma razón dan de la fuente existente en el país de los garamantas, donde un Caño es frío de día y hierve de noche, las mando con una y otra propiedad a la que la tocan. Esta misma dan de otra fuente que, estando fría al parecer de los que la prueban, y apagando como las otras fuentes el hacha encendida, no obstante, es, con efecto bien diferente y no menos maravilloso, pues enciende el hacha apagada. Esta también dan de la piedra asbesto, la cual no conteniendo en sí fuego alguno propio, tomándolo de otro objeto, arde de manera que no puede apagarse. Esta es la que dan de las demás cosas que es excusado referir, las cuales, aunque parezca que tienen una propiedad y virtud desusadas contra la naturaleza, no dan de ello otra explicación sino decir que ésta es su peculiar naturaleza.
Breve y concisa es, a la verdad, esta razón, lo confieso, y suficiente respuesta. Pero siendo Dios el que crió todas las naturalezas, ¿a qué intentan que les demos otra razón eficaz, cuando no dan crédito a algún prodigio, considerándolo imposible, y a su petición de que expliquemos la causa les respondemos que ésta es la voluntad de Dios Todopoderoso? El cual no por otro motivo se llama Todopoderoso, sino porque todo lo que quiere lo puede; como pudo criar tantos y tan prodigiosos seres, que si no se viesen o lo refiriesen aun hoy testigos fidedignos sin duda parecerían imposibles, no sólo los que referí que son muy ignorados entre nosotros, sino los que son sumamente notorios. Los que los autores refieren en sus libros dando cuenta de ellos personas que no tuvieron revelación del Espíritu Santo, y como hombres quizá pudieron errar, puede’ cada uno, sin justa reprensión, dejarlos de creer. Porque tampoco yo quiero que temerariamente se crean todas las maravillas que referí, puesto que no las doy asenso, como si no me quedase duda alguna de ellas, a excepción de las que yo mismo he visto por experiencia, y cualquiera fácilmente puede experimentarlas, como el fenómeno de la cal, que hierve en el agua y en el aceite está fría; el de la piedra imán, que no sé cómo con su atracción no mueve una pajilla y arrebata el hierro; el de la carne de pavo real, que no admite putrefacción, habiéndose corrompido la de Platón; el de que la paja esté tan fría que no deje derretirse la nieve, y tan caliente que haga madurar la fruta; el del fuego, que siendo blanco y resplandeciente, según su brillo, cociendo las piedras las convierte en blancas, y contra esta su blancura y brillantez, que, mando varias cosas, las oscurece, y vuelve negras. Semejante a éste es aquel prodigio de que con el aceite claro se hagan manchas negras, como se hacen también líneas negras con la plata blanca, y también el de los carbones, que con el fuego se convierte en otra substancia tan opuesta, que de hermosísima madera se vuelve tan desfigurada, de dura tan frágil y de corruptible tan incorruptible.
De estas maravillas, algunas las yo como las saben otros muchos, algunas las sé como las saben todo siendo tantas, que sería alargarnos demasiado referirlas todas en este libro. Pero de las que he escrito en él, no las he visto por experiencia, sino que las leí (a excepción del prodigio, de la fuente donde se apagan las hachas que están ardiendo y se enciende las apagadas, y el de la fruta de tierra de los sodomitas, que en lo exterior está como madura y en lo interior como humosa), nunca pude hallar testigos que fuesen idóneos para que me informasen si era verdad. Y aunque no encontré quien me dijese que halla Visto aquella fuente de Epiro, sin embargo, hallé quien conocía otra semejante en Francia, no lejos de la ciudad de Grenoble. Y el de la fruta de árboles del país de Sodoma, no se nos los enseñan las historias fidedignas, sino que asimismo son tantos que aseguran haberlo visto, que puedo dudar de su identidad. Todo demás lo conceptúo de tal calidad, que ni me determino a afirmarlo ni a negarlo; sin embargo; lo inserté porque lo, leí en los historiadores de estos mismos contra quienes disputamos, manifestar la diversidad de cosas q muchos de ellos creen hallándolas escritas en los libros de sus literatos, que les den razón alguna de ello los que no se dignan darnos el crédito ni aun dándoles la razón, de que aquello que supera la capacidad y experiencia de su inteligencia, lo ha hacer Dios Todopoderoso. ¿Pues que razón más sólida, más persuasiva más convincente puede darse de tal prodigios, sino decirles que el Todopoderoso los puede obrar y que ha hacer los que leemos, porque los anunció al mismo tiempo que otros muchos verificados ya? Porque el Señor ha las cosas que parecen imposibles, pues dijo que las había de hacer el que prometió e hizo que las gentes incrédulas creyesen cosas increíbles.

CAPÍTULO VIII. hNo es contra la naturaleza, que alguna cosa, cuya naturaleza se sal comience a haber algo diferente de que se sabía

Y si respondieren que no creen que les decimos de los cuerpos humanos, que han de estar continuamente ardiendo y que nunca han de morir, porque nos consta que fue criada muy de otra manera la naturaleza de los cuerpos humanos, no cabiendo aquí la, explicación que se daba de naturalezas y propiedades maravillosas de algunos objetos, diciendo que son propias de su naturaleza, pues nos consta que esto no es propiedad del cuerpo humano, podemos responderles conforme a la Sagrada Escritura; es a saber; que este mismo cuerpo del hombre de un modo fue antes del pecado cuando no podía morir, y de otro después del pecado, como nos consta ya de la pena y miseria de esta mortalidad, de modo que su vida no puede ser perpetua.
Así pues, muy de otra manera de que ahora a nosotros nos consta y como le conocemos, se habrá en la resurrección de los muertos: pero porque que no dan crédito a la Sagrada Escritura, donde se lee del modo que vivió el hombre en el Paraíso, y cuán libre y ajeno estaba de la necesidad de la muerte (porque si creyesen, no nos alargáramos tanto en disputar sobre la pena que han de padecer los condenados), conviene que aleguemos algún testimonio de lo que escriben los que entre ellos fueron los más doctos, para que se vea claramente que es posible que una cosa llegue a ser de otra manera de lo que al principio fue y le cupo por determinación de su naturaleza.
Hállanse referidas en los libros de Marco Varrón, intitulados de Las familias del pueblo romano, estas mismas palabras que extractaré aquí según que allí se leen: Sucedió, dice, en el cielo un maravilloso, portento, porque en la ilustrísima estrella de Venus, que Plauto llama Vespérugo, y Homero, Hespero, diciendo que es hermosísima, Cástor escribe que se advirtió un portento tan singular, que mudó el color, magnitud, figura y curso, cuyo fenómeno ni antes ni después ha sucedido. Esto dicen Adrasto Ciziceno y Dion Napolitano, famosos matemáticos, que aconteció en tiempo del rey Ogyges.» Varrón, escritor de tanta fama, no llamara a esta extraña maravilla prodigio singular, si no la pareciera que era contra el orden de la naturaleza. Pues decimos que todos los portentos son contra el Orden de la naturaleza, aunque realmente no lo son. Porque ¿cómo puede ser contra el curso ordinario de la naturaleza lo que se hace por voluntad de Dios, ya que la voluntad de un Autor y Criador, tan grande y tan supremo es la naturaleza del objeto criado? Así que el portento se obra, no contra el orden de la naturaleza, sino en contraposición al del conocimiento que se tiene de la naturaleza.
¿Y quién será suficiente para referir la inmensidad de prodigios que se hallan escritos en las historias de los gentiles? En el que acabamos de exponer pondremos lo que interesa al asunto presente. ¿Qué cosa hay tan puesta orden por el Autor de la naturaleza acerca del cielo y de la tierra como el ordenado curso de las estrellas? ¿Q cosa hay que tenga leyes más constantes? Y, sin embargo, cuando que el que rige y gobierna con sumo imperio lo que crió, la estrella que por su magnitud y brillantez entre las demás es muy conocida, mudó el color y grandeza de su figura, y, lo que más admirable, el orden y la ley fija de su curso y movimiento. Turbó, duda, entonces, si es que las había algunas reglas de la astrología, las cuales están fijadas con una cuenta tan exacta y casi inequivocable sobre los cursos y movimientos pasados y futuros de los astros, que rigiéndose por estos cánones o tablas se atrevieron decir que el figurado prodigio de estrella de Venus jamás había sucedido.
Sin embargo, nosotros leemos en Sagrada Escritura que se detuvo el en su curso, habiéndolo suplicado así a Dios el varón santo Josué, ha acabar de ganar una batalla que tenía principiada, y que retrocedió para significar con este prodigio que Dios ratificaba su promesa de prolongar la vida del rey Ecequías quince años. Pero aun estos milagros, que sabemos los concedió Dios por los méritos de siervos, cuando nuestros contradictores no niegan que han sucedido, los atribuyen a la influencia de las artes mágicas. Como lo que referí arriba que dijo Virgilio: «de la maga que hacía suspender las corrientes de los ríos retroceder el curso de los astros».
En la Sagrada Escritura leemos también que se detuvo un río por la parte de arriba, y corrió por la de abajo marchando el pueblo de Dios con capitán Josué, de quien arriba hicimos mención, y que después sucedió lo mismo, pasando por el mismo río el planeta Elías, y después el profeta Eliseo, y que se atrasó el mayor de los planetas, reinando Ecequíás, como ahora lo acabamos de insinuar. Mas lo que escribe Varrón sobre la estrella de Venus, o el lucero, no dice fuese favor concedido a alguno que lo solicitase.
No confundan, pues, ni alucinen sus, entendimientos los infieles con el conocimiento de las naturalezas, como si Dios no pudiese hacer en algún ser otro efecto distinto de lo que conoce de su naturaleza la experiencia humana, aunque las mismas cosas de que todos tienen noticia en el mundo no sean menos admirables, y serían estupendas a todos los que las quisieran considerar seriamente, si se acostumbrasen los hombres a admirarse de, otras maravillas y no sólo de las raras. Porque ¿quién hay que discurriendo con recta razón no advierta que en la innumerable multitud de los hombres, y en una tan singular semejanza de naturaleza, con grande maravilla cada uno tiene de tal manera su rostro, que si no fuesen tan semejantes entre sí, no se distinguiría su especie de los demás animales, y si no fuesen entre sí tan desemejantes, no se diferenciarían cada uno en particular de los demás de su especie? De modo que reconociéndolos semejantes, hallamos que son distintos unos de otros. Pero es más admirable la consideración de la semejanza, pues con más justa razón la naturaleza común ha de causar la semejanza. Y, sin embargo, como las cosas que son raras son las admirables, mucho más nos maravillamos cuando hallamos dos tan parecidas, que en conocerlas y distinguirlas siempre o las más veces nos equivocamos.
Pero lo que he dicho que escribió Varrón, con ser historiador suyo, y tan instruido, acaso no creerán que sucedió realmente, o porque no duró y perseveró por mucho espacio de tiempo aquel curso y movimiento de aquella estrella, que volvió a su acostumbrado movimiento, no les hará mucha fuerza este ejemplo. Démosles, pues, otro, que aun ahora se lo podemos manifestar, y pienso que debe bastarles para que comprendan cuando vieren otra cosa en el progreso de alguna naturaleza, de que tuvieran exacta noticia, que deben tasar la potestad de Dios, como si no fuese poderoso para convertirla y transformarla en otra muy diferente de la que ellos conocían.
La tierra de los sodomitas no fue, sin duda, en otro tiempo cual es ahora, sino que era como las demás, y tenía la misma fertilidad, y aun mayor, porque en la Sagrada Escritura vemos que la compararon al Paraíso de Dios. Esta, después que descendió sobre ella fuego del cielo, como lo confirma también la historia de los infiel y lo ven ahora los que viajan a aquellos países, pone horror con su prodigioso hollín, y la fruta que produce encubre la ceniza que contiene en su interior, con una corteza que aparenta estar madura. Ved aquí que no era tal cual es ahora. Advertid que el Autor de las naturalezas convirtió con admirable mutación su naturaleza en esta variedad y representación tan abominable y fea. Y lo que sucedió hace tanto tiempo, persevera al cabo de tanto tiempo.
Como no fue imposible a Dios criar las naturalezas que quiso, no le es imposible mudarías en lo que quisiere. De donde nace también la multitud de aquellos milagros que llaman monstruos, ostentos, portentos y prodigios que si hubiera de referirlos nunca acabaríamos de llegar al fin de esta obra. Dícese que los llamaron monstruos de «monstrando», porque con su significación nos muestran alguna cosa, ostentos de osiendendo; portentos de portendendo, esto es, praeosiendendo y prodigios porque pronostican, esto es, nos dicen las cosas futuras. Pero vean los que por ellos conjeturan adivinan, ya se engañen, ya por instinto de los demonios (que tienen cuidado de intrincar, con las redes de la mala curiosidad los ánimos de los hombres, que merecen semejante castigo adivinen la verdad, ya por decir muchas cosas, acaso tropiecen con alguna que sea verdad. A nosotros tales por tantos, que se obran como contra el orden de la naturaleza (con el cual modo de hablar dijo también el Apóstol que el acebuche injerto contra si naturaleza en la oliva participa de la crasitud de la oliva), y se llaman monstruos, ostentos, portentos y prodigios nos deben mostrar, significar y pronosticar que ha de hacer Dios lo que dijo que había de hacer de los cuerpos muertos de los hombres, sin que se lo impida dificultad alguna, o le ponga excepción ley alguna natural. Y de que así lo expresó, creo que con claridad lo he manifestado en el libro antecedente, recopilando y tomando de Ia Sagrada Escritura en el Viejo y Nuevo Testamento, no todo lo que toca a este propósito, sino lo que me pareció suficiente para la comprobación de la doctrina comprendida en esta obra.

CAPÍTULO IX. Del infierno y calidad de las penas eternas

Infaliblemente será, y sin remedio, lo que dijo Dios por su Profeta en orden a los tormentos y penas eternas de los condenados: «que su gusano nunca morirá, y su fuego nunca se extinguirá». Porque para recomendarnos esta doctrina con más eficacia, también nuestro Señor Jesucristo, entendiendo por, los miembros que escandalizan al hombre todos los hombres que cada uno ama como a sus miembros, y ordenando que éstos se corten, dice: «Mejor será que entres manco en la vida, que ir con dos manos al infierno al fuego inextinguible, donde el gusano de los condenados nunca mueren y su fuego jamás se apaga.» Lo mismo dice del pie en estas palabras: «Mejor será que entres cojo en la vida eterna, que no con dos pies te echen en el infierno al fuego perpetuo, donde el gusano de los condenados jamás muere, y el fuego nunca se apaga.» Lo mismo dice también del ojo: «Mejor es que entres con un ojo en el reino de Dios, que no con dos te echen al fuego del infierno, donde el gusano de los condenados jamás muere y el fuego nunca se apaga.» No reparó en repetir tres veces en un solo lugar unas mismas palabras. ¿A quién no infundirá terror esta repetición, y la amenaza de aquellas penas tan rigurosa de boca del mismo Dios?
Mas los que opinan que estas dos cosas, el fuego y el gusano, pertenecen a los tormentos del alma y no a los del cuerpo, dicen que los desechados del reino de Dios también se abrasan y queman con la pena y dolor del alma, los cuales tarde y sin utilidad se arrepienten, y por eso pretenden que no sin cierta conveniencia se pudo poner el fuego por este dolor que así quema, pues dijo el Apóstol: «¿Quién se escandaliza sin que yo no me queme y abrase?» Este mismo dolor, igualmente, creen que se debe entender por el gusano, porque escrito está, añaden: «que así como la polilla roe el vestido, y el gusano el madero, así la tristeza consume el corazón del hombre».
Pero los que no dudan que en aquel tormento ha de haber penas para el alma y para el cuerpo, dicen que el cuerpo se abrasará con el fuego, y el alma será roída en cierto modo por el gusano de la tristeza. Lo cual aunque es más creíble, porque, en efecto, es disparate que haya de faltar el dolor del cuerpo o del alma, con todo, soy de dictamen que es más obvio el decir que lo uno y lo otro pertenece al cuerpo, que no que lo uno ni lo otro; y por lo mismo en aquellas palabras de la Escritura no se hace mención del dolor del alma, porque bien se entiende ser consecuencia legítima aunque no lo exprese; de que estando el cuerpo atormentando así al alma ha de sentir también los tormentos de la ya estéril e infructuosa penitencia Por cuanto leemos asimismo en el Testamento Viejo que «el castigo de la carne del impío es el fuego y el gusano». Pudo más resumidamente decir el castigo del impío. ¿Por qué dijo pues, de la carne del impío, sino porque lo uno y lo otro, esto es, el fuego y el gusano será la pena y el tormento de la carne? O si quiso decir, castigo de la carne, puesto que ésta será la que se castigará en el hombre esto es, el haber vivido según los impulsos de la carne (y por esto también caerá en la muerte segunda, que significó el Apóstol, diciendo: Si vivieseis según la carne, moriréis), escoja cada uno lo que más le agradare, atribuyendo el fuego al cuerpo, y alma el gusano, lo uno propiamente y lo otro metafóricamente, o lo uno lo otro propiamente al cuerpo; porque ya bastantemente queda arriba averiguado que pueden los animales vivir también en el fuego sin consumirse, en el dolor sin morirse, por alta providencia del Criador Omnipotente; quien el que negare que esto le posible, ignora que de Él procede todo lo que es digno de admiración: en todas las cosas naturales. Pues el mismo Dios es el que hizo en este mundo todos los milagros y maravillas grandes y pequeñas que hemos referido siendo incomparablemente más aún las que no hemos insinuado Y las encerró en este mundo, maravilla única y mayor de todas cuantas hay.
Así que podrá cada uno escoger lo que mejor le pareciere, ya piense que el gusano pertenece propiamente cuerpo o al alma metafóricamente transfiriendo el nombre de las cosas corporales a las incorpóreas. Cuál estas cosas sea la verdad, ello mismos lo manifestará más fácilmente cuando sea tan grande la ciencia de los santos, que no tenga necesidad de experimentarlas para conocer aquellas penas, sino que les bastará para saberlo la sabiduría que entonces tendrán plena y perfecta (porque ahora «conocemos en parte, hasta que llegue el colmo y perfección»); pero con tal que de ningún modo creamos que aquellos cuerpos serán de tal complexión, que no sientan dolor alguno del fuego.

CAPÍTULO X. Si el fuego del infierno, siendo corpóreo, puede con su contada abrazar los espíritus malignos, esto es, a los demonios incorpóreos

Aquí se ofrece la duda: si no ha de ser aquel fuego incorpóreo como es el dolor del alma, sino corpóreo, que ofenda con el tacto, de suerte que con él se puedan atormentar los cuerpos, ¿cómo han de padecen en él pena y tormento los espíritus malignos? El mismo niego en que están los demonios será el que se acomodará al tormento de los hombres, como lo dice Jesucristo: «Iados de mi, malditos, al fuego eterno, que está preparado al demonio y a sus ángeles.» Porque también los demonios tienen sus peculiares cuerpos, como han opinado personas doctas, compuestos de este aire craso y húmedo cuyo impulso sentimos cuando corre viento; el cual elemento, si no pudiese padecer el fuego, en los baños, cuando está caliente no quemaría; pues para que pueda quemar, primero ha de encenderse. Pero si dijese alguno que los demonios no tienen figura alguna de cuerpo, no hay motivo para que en este punto nos molestemos por averiguarlo, o para que obstinadamente disputemos.
Porque ¿qué razón hay para que no digamos que también los espíritus incorpóreos pueden ser atormentados con el fuego corpóreo, por un modo admirable, pero verdadero; puesto que los espíritus humanos, que son sin duda incorpóreos; pudieron ahora encerrarse en los miembros corporales, y entonces se podrán juntar y enlazarse indisolublemente con sus cuerpos? Seguramente se juntarían, si no tuvieran cuerpo alguno, los espíritus de los demonios, o, por mejor decir, los espíritus demonios, aunque incorpóreos, con el fuego corporal para ser atormentados, no para que el mismo fuego con que se unieren con su unión sea inspirado y se haga animal que conste de espíritu y cuerpo, sino, como dije, que, juntándose con modo admirable inefable, reciban del fuego pena no para que den vida al fuego, pues también este otro modo con que espíritus se unen con los cuerpos y hacen animales, es admirable, y no puede dar alcance el hombre, siendo eso el mismo hombre.
Pudiera decir que arderán los espíritus sin tener cuerpo, como ardía los calabozos oscuros del infierno aquel rico cuando decía: «Padezco dolores y tormentos en esta voraz llama»; no viera que está la respuesta en mano, es decir, que tal era aquella llama, cuáles eran los ojos que leva y con que vio a Lázaro, y cuál era lengua para quien deseaba una gotita de agua, y el dedo de Lázaro con que pedía que se le hiciese aquel beneficio; y, con todo, las almas allí estando sin sus cuerpos. Así también era corpórea aquella llama con que se abrasaba, y aquella gotita de agua que pedía, cuales son también las visiones de los que en sueños o en éxtasis objetos incorpóreos, pero que tiene semejanza de cuerpos. Porque el mismo hombre, aunque se halla en tales visiones con el espíritu y con el cuerpo, con todo, de tal suerte entonces se ve así semejante a su mismo cuerpo que de ningún modo se puede discernir ni distinguir.
Mas aquella terrible geehnna que Escritura llama igualmente estanque fuego y azufre, será fuego corpóreo atormentará a los cuerpos de los hombres condenados, y a los aéreos de los demonios, o de os hombres los cuerpos con sus espíritus y de los demonios los espíritus sin cuerpo; juntándose fuego corporal para recibir tormento pena, y no para darle vida, porque como dice la misma Verdad, un mismo fuego ha de ser el que ha de atormentar a los unos y a los otros.

CAPÍTULO XI. Si es razón y justicia que no sean más largos los tiempos de las penas y tormentos que fueron los de los pecados

Pero aquí algunos de éstos contra quienes defendemos la Ciudad de Dios imaginan ser una injusticia que por los pecados, por enormes que sean, es saber, por los que se cometen en L breve tiempo, sea nadie condenado pena eterna, como si hubiese habido ley que ordena que en tanto espacio de tiempo sea uno castigado, cuanto gastó en cometer aquella culpa por la que mereció serlo.
Ocho géneros de penas señala Tulio que se hallan prescritas por las leyes: daño, prisión, azotes, talión, afrenta, destierro, muerte y servidumbre. ¿Cuál de estas penas es la que se ajusta a la brevedad y presteza con que se cometió el delito para que dure tanto su castigo cuanto duro el delincuente en cometerle, sino el acaso la pena del talión, que establece padezca cada uno lo mismo que hizo?Conforme a esta sanción es aquella de la ley mosaica que mandaba pagar «ojo por ojo, diente por diente, porque es factible que en tan breve tiempo pierda uno el ojo por el rigor de la justicia; en cuanto se lo quitó a otro por la malicia de su pecado.
Pero si el que da un ósculo a la mujer ajena es razón que le castiguen con azotes, pregunto: el que comete este delito en un instante ¿no viene a padecer los azotes por un tiempo incomparablemente mayor, y el gusto de un breve deleite, se viene a castigar con un largo dolor? ¿Pues qué diremos de la prisión? ¿Acaso hemos de entender que debe estar en ella uno tanto como se detuvo en hacer el delito por el cual mereció ser preso, siendo así que justísimamente paga un esclavo las penas por algunos años en grillos y cadenas, porque con la lengua o con algún golpe dado en un momento amenazó o hirió a su amo?
¿Y qué diremos del daño, la afrenta, el destierro, la servidumbre, que por la mayor parte se dan de modo que jamás se relajan ni remiten? ¿Acaso, según nuestro método de vivir, no se parecen a las penas eternas? Pues no pueden ser eternas, porque no lo es la vida que con ellas se castiga; sin embargo, los pecados que se castigan con penas que duran larguísimo tiempo, se cometen en un solo momento, y jamás ha habido quien opine que tan breves deben ser las penas de los delincuentes como lo fueron el homicidio o el adulterio, o el sacrilegio o cualquiera otro delito, el cual se debe estimar, no por la extensión del tiempo, sino por la grandeza de la malicia. Y cuando por algún grave delito quitan a uno la vida, ¿por ventura las leyes estiman y ponderan su castigo por el espacio en que le matan, que es muy breve, sino más bien porque le borran para siempre del número de los vivientes?
Lo mismo que es el desterrar a le hombres de esta ciudad mortal con la pena de la primera muerte, es el desterrar a los hombres de aquella ciudad inmortal con la pena de la segunda muerte, Porque así como no preceptúan las leyes de esta ciudad que vuelva a ella ninguno que haya sido muerto, así tampoco las de aquélla que vuelva a la vida eterna ningún condenado a la muerte segunda. ¿Cómo pues, será verdad, dicen, lo que enseña vuestro Cristo: «Que con la medida que midiereis, con esa misma se volverá a medir», si el pecado temporal se castiga con pena eterna? No atienden ni consideran que llama misma medida; no por el igual espacio de tiempo, sino por el retorno d mal; es decir, que el que hiciere mal padezca mal; aunque esto se puede, mar propiamente por aquello a que refería el Señor cuando dijo esto con los juicios y condenaciones. Por tanto el que juzga y condena injustamente si es juzgado y condenado justamente con la misma medida recibe, aunque no lo mismo que dio. Porque con juicio hizo, y padece con el juicio, aunque con la condenación por él dada hizo lo que era injusto, y padece con la condenación que sufre lo que es justo.

CAPÍTULO XII. De la grandeza de la primera culpa por la cual se debe eterna pena a todos los que se hallaren fuera de gracia del Salvador

La pena eterna, por eso parece dura e injusta al sentido humano: porque en esta flaqueza de los sentidos enfermizos y mortales nos falta aquel sentido de altísima y purísima sabiduría con que podamos apreciar la impiedad maldad tan execrable que se cometió con la primera culpa. Porque cuanto más gozaba el hombre de Dios, con tanta mayor iniquidad dejó a Dios, se hizo digno de un mal eterno el que desdijo en sí el bien que pudiera sí eterno. Por eso fue condenada toda descendencia del linaje humano, pues el que primeramente cometió este crimen fue castigado con toda su posteridad, que entonces estaba arraigado en él, para que ninguno escapase de este justo y merecido castigo sino por la misericordia y no debida gracia, el linaje humano se dispusiese de manera que en algunos se manifieste lo que puede la piadosa gracia, y en los demás, lo que el justo castigo.
Estas dos cosas juntas no se podían realizar en todos, pues si todos vinieran a parar en las penas de la justa condenación, en ninguno se descubriera la misericordiosa gracia del Redentor. Por otra parte, si todos pasaran de las tinieblas a la luz, en ninguno se mostrara la severidad del castigo, siendo muchos más los castigados que los que participan de la gracia, para damos a entender en esto lo que de razón se debía a todos. Y si a todos se les re compensara como merecían, nadie justamente pudiera reprender la justicia del que así los castigaba. Pero como son tantos los que escapan libres, tenemos motivo para dar gracias a Dios, el que gratuitamente y por singular fineza nos hace la merced de libertarnos de aquella perpetua cárcel.

CAPÍTULO XIII. Contra la opinión de los que piensan que a los pecadores se les dan las penas después de es Ia vida, a fin de purificarlos

Los platónicos, aunque no enseñan que haya pecado alguno que quede sin condigno castigo, opinan que todas las penas se aplican para la enmienda y corrección, así las que dan las leyes humanas como las divinas; ya sea en la vida actual, ya en la futura; ya se perdone aquí a alguno su culpa o se le castigue de suerte que en la tierra no quede enteramente corregido y enmendado.
Conforme a esta doctrina es aquella expresión de Marón, cuando habiendo dicho de los cuerpos terrenos y de los miembros enfermizos y mortales que a las almas «de aquí les proviene el temer, desear, dolerse, alegrarse, y que estando en una tenebrosa y oscura cárcel, no pueden desde allí contemplar su naturaleza», prosiguiendo, dice: «que aun cuando en el último día las deja esta vida, con todo, no se despide de ellas toda la desventura ni se les desarraiga del todo el contagio que se les pegó del cuerpo; pues es preciso que muchas cosas que con el tiempo se han forjado en lo interior, como si las hubieran injertado, hayan ido brotando y creciendo maravillosamente. Así que padecen tormentos y pagan las penas de los pasados yerros, y unas tendidas y suspensas en el aire, otras bajo inmenso golfo de las aguas, pagan culpa contraída o se acrisolan con fuego». Los que son de esta opinión quieren que después de la muerte ha otras penas que las purgatorias, de suerte que porque el agua, el aire el fuego son elementos superiores a tierra, quieren que por alguno de los elementos se purifique, medias las penas expiatorias, lo que se había contraído del contagio de la tierra. Porque el aire entiende en lo que dice: «tendidas y colgadas al viento»; el agua en lo que dice: «debajo del inmenso golfo del mar»; y el fuego, le declaró por su nombre propio cuando dijo «se acrisolan en el fuego».
Pero nosotros, aun en esta vida mortal, confesamos que hay algunas penas purgatorias, no con que sean afligidos aquellos cuya vida,, con ellas, no se mejora o, por mejor decir, empeora y relaja más, sino que son purgatorias para aquellos que, refrenados con ellas, se corrigen, modera y enmiendan. Todas las demás penas ya sean temporales o eternas, conforme cada uno ha de ser tratado por la Providencia divina se aplican: o por los pecados, ya sean pasados, o en le que aun vive el paciente, o por ejercita y manifestar las virtudes por medio de los hombres y de los ángeles, ya sea buenos, ya sean malos. Pues aunque uno sufra algún mal por yerro o malicia de otro, aunque es cierto que peca el hombre que damnifica a otro por ignorancia o injusticia, mas no peca Dios, que permite se haga con justo aunque oculto y secreto juicio suyo. Sin embargo, las penas temporales uno las padecen solamente en esta vida otros después de la muerte, otros ahora y entonces; pero todos de aquel severísimo y final juicio.
Mas no van a las penas eternas que han de tener después de aquel juicio todos aquellos que después de la muerte las padecía temporales, porque a algunos, lo que no se les perdonó en la vida presente, ya dijimos arriba que se les perdona en la futura, esto es, que no lo pagan con la pena eterna del siglo venidero.

CAPÍTULO XIV. De las penas temporales de esta vida, a que está sujeta la naturaleza humana

Rarísimos son los que no pagan alguna pena en esta vida, sino solamente después, en la otra. Y aunque yo he conocido algunos, y de éstos he oído que hasta la decrépita senectud no han sentido ni una leve calentura, pasando su vida en paz, tranquilidad y salud robusta, sin embargo, la misma vida de los mortales, toda ella, no es otra cosa que una interminable pena, porque toda es tentación, como lo dice la Sagrada Escritura: «Tentación es la vida del hombre sobre la tierra.» ¿Pues no es pequeña pena la misma ignorancia e impericia, la cual en tanto grado nos parece debe huirse, que con penas dolorosas acostumbramos apremiar, a los niños a que aprendan alguna facultad o ciencia? Y el mismo estudio a que los compelemos con los castigos, les es a ellos tan penoso, que a veces quieren más sufrir las mismas penas con que los forzamos a que estudien, que aprender cualquier ciencia.
¿Quién no se horrorizará y querrá antes morir si, le dan a escoger una de dos cosas: o la muerte, o volver otra vez a la infancia? La cual no, da, principio a la vida riendo, sino llorando, sin saber la causa, anunciando así los males en que entra. Sólo Zoroastro, rey de los Bactrianos, dicen que nació riendo, aunque tampoco aquella risa, por no ser natural, sino monstruosa, le anunció felicidad alguna; porque, según dicen, fue inventor de la magia, la cual le aprovechó muy poco, ni aun contra sus enemigos, para poder gozar siquiera de la vana felicidad de la vida presente, pues le venció Nino, rey de los asirios. Por tanto, lo que dice la Escritura: «Grave es y muy pesado el yugo que han de llevar los hijos de Adán desde el día que salen del vientre de su madre hasta que vuelven a la sepultura, que es la madre común de todos», es tan infalible que se haya de cumplir, que los mismos niños que están libres ya del vínculo que sólo tenían por el pecado original, por virtud del bautismo, entre otros muchos males que padecen, algunos también son acosados y molestados en ocasiones por los espíritus malignos. Aunque no creemos que este padecimiento puede ofenderles después que acaban la vida por causa de, él en dicha edad.

CAPÍTULO XV. Que todo lo que hace la gracia de Dios, que nos libra del abismo del antiguo mal, pertenece a la novedad del siglo futuro

En aquel grave yugo que llevan sobre sí los hijos de Adán desde el de que salen del vientre de su madre hasta que vuelven a la sepultura, que en el vientre de la madre común de todos, se halla el medio miserable a que se ajusta nuestra vida, para que entendemos que se nos ha hecho pena y como un purgatorio por causa de enorme pecado que se cometió en el Paraíso, y que todo cuanto se hace con nosotros por virtud del Nuevo Testamento no pertenece sino a la nueva herencia de la futura vida, para que recibiendo en la presente la prenda alcancemos a su tiempo aquella felicidad por que se nos dio la prenda, par que ahora vivamos con esperanza, aprovechando de día en día, mortifiquemos con el espíritu las acciones de la carne.
Porque «sabe el Señor los que sol suyos, y que todos los que se mueven por el espíritu de Dios son hijos de Dios», aunque lo son por gracia, no por naturaleza. Pues el que es único solo, por naturaleza, Hijo de Dios, por su misericordia y por nuestra redención se hizo Hijo del hombre, para que nos otros, que somos por naturaleza hijos de hombre, nos hiciéramos por si gracia y mediación hijos de Dios. Por que perseverando en sí inmutable, recibió de nosotros nuestra naturaleza, efecto de podernos recibir en ella, sin dejar su divinidad, se hizo partícipe de nuestra fragilidad para que nosotros, transformados en un estado más floreciente, perdiésemos, por la participación de su inmortalidad y justicia, el ser pecadores y mortales, llenos del sumo bien conservásemos en la bondad de su naturaleza el bien que obró en la nuestra. Porque así como por un hombre pecador llegamos a es mal tan grave, así por un Hombre Dios justificador vendremos a conseguir aquel bien tan sublime. Ninguno debe confiar y presumir que ha pasado de este hombre pecador a aquel Hombre Dios, sino cuando estuviere ya donde no habrá tentación y cuando tuviere y poseyere aquella paz que busca por medio de muchas batallas, en esta guerra, donde «la carne lucha contra el espíritu y el espíritu contra la carne»; cuya guerra nunca hubiera existido si la naturaleza humana hubiese perseverado con el libre albedrío en la rectitud en que Dios la crió. Pero como cuando era feliz no quiso tener paz con Dios, ahora que es infeliz pelea consigo, y esto, aunque es también un mal miserable, con todo, es mejor y más tolerable que los primeros años e infancia de esta vida. Porque mejor es lidiar con los vicios, que no que sin ninguna lid ni contradicción dominen y reinen. Mejor es, digo, la guerra, con esperanza de la paz eterna, que el cautiverio sin ninguna esperanza de libertad.
Bien que deseemos carecer también de, esta guerra y nos encendamos con el fuego del divino amor para gozar aquella ordenada paz; donde con constante firmeza lo que es inferior y más flaco se sujeta a lo mejor. Pero si (lo que no quiera Dios) no hubiese esperanza alguna de un bien tan grande, debiéramos querer más vivir en la aflicción y molestia de esta guerra que rendirnos y dejar a los vicios, no haciéndoles resistencia, el dominio sobre nosotros.

CAPÍTULO XVI. Debajo de que leyes de la gracia están todas las edades de los reengendrados

Es tan grande la misericordia de Dios para con los vasos de misericordia que tiene preparados para la gloria, que aun en la primera edad del hombre, esto es, la infancia, que sin hacer resistencia alguna está sujeta a la carne, y en la segunda, que se llama puericia, en la cual la razón aún no ha entrado en esta batalla y está sujeta casi a todos los viciosos deleites (pues aun cuando pueda ya hablar y por lo mismo parezca que ha salido de la infancia, sin embargo, en ella, la flaqueza y flexibilidad de la razón aun no es capaz de precepto), en esta edad, pues, con que haya recibido los Sacramentos del Redentor, si en tan tiernos años acaba el curso de su vida, como se ha trasplantado ya de la potestad de las tinieblas al reino de Cristo, no sólo no sufre las penas eternas, sino que, aun después de la muerte, no padece tormento alguno en el purgatorio. Porque basta la regeneración espíritu para que no se le siga el daño que después de la muerte, junto con muerte, contrajo la generación carnal.
Pero en llegando ya a la edad que es capaz de precepto y puede sujeta al imperio de la ley, es indispensable que demos principio a la guerra con los vicios, y que la hagamos rigurosamente, para que no nos obliguen a caer en los pecados que ocasionen nuestra eterna condenación. Que si los vicios no han adquirido aún fuerzas con curso y costumbre de vencer, fácilmente se vencen y ceden; pero si están acostumbrados a vencer y dominar, con grande trabajo y dificultad se podrán vencer.
Ni esto puede ejecutarse sinceramente sino aficionándose a la verdadera justicia, que consiste en la fe Cristo. Porque si nos estrecha la ley con el precepto y nos faltan los auxilios del espíritu, creciendo por la misma prohibición el deseo y venciendo el apetito del pecado, se nos viene aumentar el reato de la prevaricación. Aunque es verdad que algunas veces unos vicios que son claros y manifiestos se vencen con otros vicios ocultos secretos, que se cree ser virtudes, en ellos reina la soberbia y una soberanía despótica de agradarse a sí propio que amenaza ruina.
Hemos, pues, de dar por vencidos los vicios cuando se vencen por amor de Dios; cuyo amor ningún otro ni le da sino el mismo Dios, y no de oh modo sino por el mediador de Dios de los hombres, Jesucristo Hombre y Dios, quien se hizo partícipe de nuestra mortalidad por hacernos partícipes de su divinidad.
Poquísimos son los que se hacían dignos de alcanzar tanta felicidad dicha, que desde el principio de su juventud no hayan cometido pecado alguno que pueda condenarles, o torpezas, o crímenes execrables, o algún error de perversa impiedad, a no ser que por un particular don y liberalidad del espíritu triunfen de todo que les podía sojuzgar y sujetar con el deleite carnal. Pero muchos, habiendo recibido el precepto de la ley si se ven vencidos, prevaleciendo los vicios y hechos ya transgresores de la ley, se acogen a la gracia auxiliante, para que de esta manera haciendo áspera y condigna Penitencia y peleando valerosamente, sujetando primero el espíritu a Dios y prefiriéndole a la carne, puedan salir vencedores.
Cualquiera que desea, escapar y libertarse de las penas eternas, no sólo debe a bautizarse, sino también justificarse en Cristo, y así, verdaderamente, pase de la potestad del demonio al yugo suave de Cristo. Y no piense que ha de haber penas del purgatorio sino en el ínterin a que venga aquel último y tremendo juicio. Aunque no puede negarse que igualmente el mismo fuego eterno, a conforme a la diversidad de los méritos, aunque malo, será para algunos más benigno y para otros más riguroso, ya sea variando su fuerza y ardor, según la pena que cada uno merece, ya sea ardiendo para siempre lo mismo, pero sin ser para todos igual sufrimiento.

CAPÍTULO XVII. De los que piensan que las penas del hombre no han de ser eternas

Ya advierto que conduce tratar y disputar aquí en sana paz con nuestros misericordiosos antagonistas, que no quieren creer que todos aquellos a quienes el justísimo Juez ha de juzgar por dignos del tormento del infierno, o algunos de ellos, hayan de padecer pena que sea eterna, si no creen que después de ciertos plazos designados, más largos o más cortos, según la calidad del pecado de cada uno, al cabo han de salir de allí libres. En lo cual, sin duda, se mostró demasiado misericordioso Orígenes creyendo que el mismo demonio y sus ángeles, después de graves y dilatados tormentos, habían de salir de aquellas penas y venir a juntarse con los santos ángeles.
Pero la Iglesia, con justa causa, reprobó a Orígenes por esta falsa doctrina, como también por otras causas justas, y especialmente por las bienaventuranzas y miserias alternativas, y por las interminables idas y venidas de éstas a aquéllas y de aquéllas a éstas en ciertos intervalos de siglos; pues aun esto, en que parecía misericordioso, lo perdió, puesto que asignó a los santos unas verdaderas miserias con que pagasen sus penas, y unas falsas bienaventuranzas en que no tuviesen gozo verdadero y seguro, esto es, que fuese cierto y sin temor de perder el bien eterno.
Pero muy distinta doctrina es aquella en que yerra, con humano afecto, la misericordia de los que imaginan que las miserias de los hombres condenados en aquel juicio han de ser temporales, y la felicidad de todos los que se han de salvar tarde o temprano, eternas. Cuya opinión, si es buena y verdadera porque es misericordiosa tanto mejor será y más cierta cuan fuese más misericordiosa.
Extiéndase, pues, la fuente de esta piedad hasta los ángeles condenados que han de ser libres, a lo menos a cabo de tantos y tan dilatados siglo como quisieren. ¿Por qué causa corre esta fuente hasta llegar a toda la naturaleza humana, y en llegando a Ir angélica se para y se seca? Con todo no se atreven a pasar más adelante con su misericordia y llegar hasta poner igualmente en libertad el mismo demonio. Si alguno se atreve, aunque vence en efecto a éstos, sin embargo, yerra tanto más disformemente y tanto más perversamente contra la rectitud de la divina palabra cuanto le parece que su opini9′n es más clemente y piadosa.

CAPÍTULO XVIII. De los que presumen que en el último y final juicio ningún hombre será condenado, por las intercesiones de los santos

Hay también algunos, como yo mismo he experimentado en varios coloquios y conferencias a qué he asistido que padeciendo que veneran la doctrina contenida en la Sagrada Escritura, viven por otra parte mal, y sosteniendo su causa propia, atribuyen a Dios para con los hombres mucha mayor misericordia que los ya citados.
Porque dicen que aunque sea cierto lo que tiene dicho Dios en orden a los hombres malos e infieles, que son dignos de la pena eterna y merecen ser castigados, sin embargo, cuando llegaren al tribunal y juicio de Dios vencerá la misericordia. Pues los ha de perdonar, dicen, el benigno y piadoso Dios por las oraciones e intercesión de su santo Porque si rogaban por ello cuando se veían perseguidos de sus enemigos, ¿con cuánta más razón cuando los verán postrados, humildes arrepentidos? Pues no es creíble, dicen, que los santos entonces hayan de perder las entrañas de misericordia cuando están plenísimos de perfectísima santidad; y que los que rogabai por sus enemigos cuando ellos mismos tampooo se hallaban sin pecado, en aquella ocasión no rueguen por sus amigos humillados y rendidos cuando se hallarán libres de todo pecado, o que no oirá Dios a tantos y tales hijos suyos cuando serán tan santos que no se hallará en ellos impedimento alguno para ofr sus oraciones.
El testimonio del real Profeta, que dice: «¿Acaso se olvidará Dios de ser misericordioso o contendrá en su ira su piedad?», lo alegan en su favor los que permiten que los infieles o impíos, por lo menos, sean atormentados un largo espacio de tiempo, mas después sean libres de su pena; pero sobre todo lo aducen en su favor estos de que hablamos.
Su ira es, dicen éstos, que todos los indignos de la eterna bienaventuranza, por su sentencia, sean castigados con pena eterna. Pero si esta pena permitiere Dios o que sea larga, o ninguna, contendría en su ira sus misericordias, lo cual dice el real Profeta que no hará, pues no dice «¿acaso detendrá largo tiempo en su ira sus misericordias»?, sino afirma que del todo no las detendrá.
Así, pues, opinan éstos que la amenaza del juicio de Dios no es falaz, aunque a ninguno haya de condenar, como no podemos decir que fue mentirosa su amenaza cuando dijo que había de destruir a Nínive, y, sin embargo, no tuvo efecto lo que anunció que haría incondicionalmente. Porque no dijo: «Nínive será destruida si no hicieren penitencia y se enmendaren sus moradores», sino que, sin añadir esta circunstancia, anunció la ruina y destrucción de aquella ciudad. Esta amenaza piensan que es cierta, porque lo que dijo Dios fue lo que ellos verdaderamente merecían padecer, aunque no hubiese de ejecutarlo el Señor. Pues aunque perdonó a los penitentes, dicen, sin duda no ignoraba que habían de hacer penitencia, y, con todo, absoluta y determinadamente dijo que habían de ser destruidos.
Así que esto, dicen, era verdad en el rigor que ellos merecían, pero no en razón de la misericordia, la cual no detuvo en su ira para perdonar a los humildes y rendidos aquella pena con que había amenazado a los contumaces. Si entonces perdonó, dicen, cuando con perdonar había de entristecer a su santo Profeta, ¿cuánto más perdonará por los que se lo suplicarán con más compasión, cuando para que los perdone pedirán y rogarán todos sus santos?
Esto que ellos imaginan en su corazón piensan que lo pasó en silencie Sagrada Escritura para que muchos corrijan y enmienden por el temor las penas, largas o eternas, y es quien pueda rogar por los que no corrigieren; y, sin embargo, imaginan que del todo no lo omitió la Sagrada Escritura. Porque, dicen, ¿qué quiere decir aquello: «¡Cuán grande es muchedumbre de tu dulzura, Señor que ocultaste a los que te temen», sino que entendamos que por este temor escondió Dios una tan grande tan secreta dulzura de su misericordia? Y añaden que por lo mismo dijo también el Apóstol: «Los encerró Dios a todos en la infidelidad para usar de misericordia con todos»; esto para darnos a entender que a ninguno ha de condenar.
Y, no obstante, los que así opinan no extienden su opinión hasta el punto de librar o no condenar al demonio a sus ángeles, porque se mueven con misericordia humana sólo para hombres y defienden principalmente causa, prometiendo como por una general misericordia de Dios hacia el linaje humano, a su mala vida un falso perdón Así se aventajarán a éstos encarecer la misericordia de Dios lo que prometen esta remisión y gracia igualmente al príncipe de los demonios y a sus ministros.

CAPÍTULO XIX. De los que prometen también a los herejes gracia y perdón de todos sus pecados por la participación del cuerpo de Cristo

Hay otros que prometen esta liberación o exención de la pena eterna, no generalmente a todos los hombres, no únicamente á los que hubieren recibido el bautismo de Cristo y participasen de su Cuerpo, aunque viví en medio de cualquiera herejía o doctrina impía que obstinadamente abrazasen, por lo que dice Cristo: «Este el Pan que descendió del cielo, por que si alguno comiere de él, no muera. Yo soy el Pan vivo que descendí del cielo, y si alguno comiere de este Pan, vivirá para siempre»; luego es necesario, dicen, que se libren éstos de muerte eterna, y que lleguen a conseguir alguna vez la vida eterna.

CAPÍTULO XX. De los que prometen el perdón no a todos, sino a aquellos que entre los católicos han sido regenerados, aun después cayeran en herejía o idolatría

Hay otros que prometen igual felicidad no a todos los que han recibido el Sacramento del Bautismo de Jesucristo y su Sacrosanto Cuerpo, sino sólo a los católicos, aunque vivan mal, porque no sólo Sacramentalmente, sino realmente comieron el Cuerpo de Cristo estando en el mismo cuerpo; quienes dice el Apóstol: «Aunque muchos somos un pan, y Componemos solo cuerpo»; de forma que aunque después incurran en algún error ético o en la idolatría de los gentiles, sólo porque en el cuerpo de Cristo, esto es en la Iglesia católica, recibieron el bautismo de Cristo y comieron el cuerpo de Cristo, no llegan a morir para siempre, sino que al fin alguna vez vienen a conseguir la vida eterna y toda aquella impiedad, aunque muy grande, no ocasionará que se eternas las penas, sino sólo largas acerbas.

CAPÍTULO XXI. De los que enseñan que los que permanecen en la fe católica, aunque vivan perversamente, y por esto merezcan ser quemados, se han de salvar por su creencia en la fe

Hay también algunos que, por que dice la Sagrada Escritura? «Que el que perseverare hasta el fin, se salvará», no prometen esta felicidad si a los que perseverasen en el gremio de la Iglesia católica, aunque vivan mal; es a saber: porque se han de salvar por medio del fuego, por el mérito de su creencia, de la cual dice el Apóstol: «Nadie puede poner otro fundamento que el que hemos dicho, que Jesucristo: si alguno edificare sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, leña, heno y paja, a su tiempo se declarará y advertirá lo que cae uno hubiere hecho; porque el día del Señor lo declarará, pues con el fuego se manifestará, y lo que cada uno hubiere practicado, qué tal ha sido probará y averiguará el fuego. Si perseverare sin recibir daño, lo que uno hubiere obrado sobre el edificio, este tal recibirá su premio; pero sino que hubiere hecho ardiere, padecerán daño las tales obras, mas él se salvará; pero de tal conformidad como lo que sale acendrado por el fuego.»
Dicen, pues, que el católico cristiano, como quiera que viva, tiene a Cristo en el fundamento; el cual no le tiene ningún hereje, pues esta destroncado y apartado por la herejía de la unidad y unión de su Cuerpo. Y por causa este fundamento, aunque el católico cristiano viva mal, como el que edificó sobre el fundamento leña, heno y paja, piensan que se salvan por el fuego; esto es, que se libran después de las penas de aquel fuego con que en el último y final juicio serán castigados los malos.

CAPÍTULO XXII. De los que piensan que cumpliendo las obras de misericordia, los pecados que cometen no están sujetos al juicio de la condenación

He hallado también otros que opinan que sólo han de arder en la eternidad de los tormentos los que no cuidaron de hacer por sus pecados las obras de misericordia y limosnas, conforme a la expresión del apóstol Santiago: «Porque será juzgado sin misericordia el que no hubiere usado de misericordia.» Luego el que la practicare, dicen, aunque no corrija ni modere su vida y costumbres, sino que entre aquellas misericordias y limosna que hiciere viviere mal e inicuamente conseguirá en el juicio la misericordia de manera que, o no le castiguen con condenación alguna, o después de algún tiempo, corto o dilatado, salga libre de aquella condenación. Y por eso piensan que el mismo Juez de los vivos y de los muertos no quiso declarar que había de decir otra cosa, así a los de la mano derecha, á quienes ha de conceder la vida eterna, como a los de la siniestra, a quienes ha de condenar a los tormentos eternos, sino las limosnas y misericordias que hubieren hecho o hubieren omitido.
A esto mismo, dicen, pertenece lo que pedimos diariamente en la oración del Padrenuestro: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores»; porque cualquiera, que perdona el pecado al que pecó contra él, sin duda usa de misericordia, la cual en tales términos nos la recomienda el mismo Señor que dijo: «Si perdonaseis a los hombres sus pecados, también os perdonará a vosotros vuestro Padre vuestros pecados; y si no perdonaseis a los hombres, tampoco vuestro Padre, que está en los cielos, os perdonará a vosotros.» Luego a esta especie de limosna y misericordia pertenece también lo que dice el apóstol Santiago: que usará de juicio sin misericordia con el que no hizo misericordia.
Y no dijo el Señor, dicen, grandes o pequeños pecados, sino os perdonará vuestro Padre vuestros pecados, si vosotros igualmente perdonaseis a los hombres. Por lo mismo presumen que a los que viven mal, hasta que acaben el último período de su vida se les perdonará diariamente por esta oración todos los pecados, de cualquier calidad y cantidad que fueren, así como se dice cada día la misma oración con tal que sólo se acuerden de que cuando les piden perdón los que les han ofendido con cualquiera injuria les perdonan de corazón. Luego que haya respondido a todas estas objeciones, con el favor de Dios habré dado fin a este libro.

CAPÍTULO XXIII. Contra los que dicen que no han de ser perpetuos los tormentos del demonio ni los de los hombres impíos

Primeramente conviene que averigüemos y sepamos por qué la Iglesia no ha podido tolerar la doctrina de lo que prometen al demonio, después de muy terribles y largas penas, la purgación o el perdón; porque tantos santos, y tan instruidos en la Sagrada Escritura del Nuevo y Viejo Testamento, no hemos de decir que envidiaron la purificación y la bienaventuranza del reino de los cielos después de los tormentos de cualquiera calidad y especie que sean a cualesquiera ángeles de cualquiera calidad y genero que fuesen; antes bien, vieron que no se pedía anular la sentencia divina, que dijo el Señor había de pronunciar en el último juicio, diciendo: «Idos de mí malditos, al fuego eterno que está preparado para el demonio y sus ángeles» (porque en estos términos hace ver que el demonio y sus ángeles han de arder con fuego eterno); y lo que está escrito en el Apocalipsis: «El demonio, que los engañaba, fue echado en un estanque de fuego y azufre donde también la bestia y los seudoprofetas serán atormentados de día de noche, por los siglos de los siglos lo que allá dijo eterno, aquí lo llamó siglos de los siglos; con estas palabras la Sagrada Escritura no suele signifcar sino lo que no tiene fin de tiempo.
Por lo cual no puede hallarse otra causa ni mas justa ni más manifiesta, por la que en nuestra verdadera religión tenemos y creemos firme e irrevocablemente, que ni el demonio ni sus ángeles jamás han de tener regreso a la justicia y vida de los santos; sino porque la Escritura, que a nadie engaña, dice que Dios no los perdonó, que en el ínterin los condenó con anticipación, de forma que los arrojó encerró en las tenebrosas cárceles de infierno, para guardarlos y castigarlo después en el último y final juicio cuando los recibirá el fuego eterno donde serán atormentados por los siglos de los siglos.
Siendo esto así, ¿cómo se han de escapar y librar de la eternidad de esta pena todos o algunos hombres, después de cualquiera tiempo, por largo que sea, sin que quede sin vigor y fuerza la fe con que creemos que ha de ser eterno el castigo y tormento de los demonios? Porque si a los que ha de decir el Señor: «Idos de mí, malditos al fuego eterno, que está preparado a demonio y a sus ángeles», o todos o algunos de ellos no siempre han de estar allí, ¿qué razón hay para que creamos que el demonio y sus ángeles no hayan de estar siempre allí? ¿Acaso, pregunto, la sentencia que pronunciará Dios contra los malos, así ángeles como hombres, ha de ser verdadera contra los ángeles y falsa contra los hombres? Porque así vendrá a ser, sin duda, si ha de valer más, no lo que dijo Dios, sino lo que sospechan los hombres, y ya que esto no es posible no deben arguir contra Dios; antes sí deben, mientras es tiempo, obedecer al precepto divino los que quisieren escapar y librarse del tormento eterno.
Además, ¿cómo se entiende tomar el tormento eterno por el fuego de largo tiempo, y creer que la vida eterna es sin fin, habiendo Cristo en un mismo lugar y en una misma sentencia dicho, comprendiendo ambas cosas: «Así irán éstos al tormento terno, los justos a la vida eterna»? Si lo une y lo otro es eterno, sin duda o que en ambas partes lo eterno debe entenderse de largo tiempo con fin, o en ambas sin fin perpetuo, porque igualmente se refiere el uno al otro: por una parte el tormento eterno, y por otra, la vida eterna. Y es un notable absurdo decir aquí, donde es uno mismo el sentido que la vida eterna será sin fin y tormento eterno tendrá fin. Y a puesto que la vida eterna de los santos será sin fin, a los que les tocase la de gracia de ir a los tormentos eterno ciertamente no tendrá ésta fin.

CAPÍTULO XXIV. Contra los que piensan que en el juicio ha de perdonar Dios a todos los culpados por la intercesión de sus santos

También esta doctrina procede contra los que, favoreciendo su causa, procuran ir contra la palabra de Dios como con una misericordia mayor; de forma que sea cierto lo que dijo Dios que habían de padecer los hombres no porque hayan de padecer, sino por que lo merecen. Los perdonará, dicen por las fervorosas oraciones de sus santos, los cuales entonces rogará tanto más por sus enemigos cuanto sean más santos, y su oración ser más eficaz y más digna de que la oiga Dios, porque no tendrán ya pecado alguno.
¿Y por qué motivo, con su perfectísima santidad y con aquellas oraciones purísimas y llenas de misericordia, poderosas para alcanzar toda las gracias, no rogarán también por los ángeles a quienes está preparado el fuego eterno, para que Dios temple su sentencia, la revoque y les libre de aquel fuego voraz? ¿O acaso habrá alguno que presuma que también este sucederá, pues también los ángeles santos, juntamente con los hombres santos que en aquella situación serán iguales a los ángeles de Dios, regirán por lo que habían de ser condenados, así ángeles como hombres, para que no padezcan por la misericordia lo que merecían en realidad; cosa que el que estuviese constante en la fe jamás dijo ni dirá? Porque de otra manera no hay razón para que ahora no rueguen también la Iglesia por el demonio y sus ángeles, pues su Maestro, Dios y Señor nuestro, lo ordenó que rogase por sus propios enemigos.
Así que la razón que hay para que la Iglesia no ruegue por los ángeles malos, los cuales sabe que son sus enemigos, la habrá para que, en aquel juicio, tampoco ruegue por los hombres que han de ser condenados a fuego eterno, aunque esté en mayo elevación y perfección de santidad pues al presente ruega por los que entre los hombres se le muestran enemigos, porque es tiempo de poder hace penitencia con fruto. ¿Y qué es lo que principalmente pide por ellos, sino que les dé Dios, como dice el Apóstol arrepentimiento y penitencia, «y que vuelvan en si y se libren de los lazos del demonio, que los tiene cautivos su voluntad»?
Finalmente, si la Iglesia tuviese noticia cierta de los que, viviendo todavía, están predestinados al fuego eterno con el demonio, tampoco rogaré por ellos, como no ruega por éste. Pero porque de ninguno está cierta ruega por todos; digo, por los hombres sus enemigos que viven aún en este mundo, aunque no por todos sea oída, pues solamente lo es por aquellos que aunque contradicen a la Iglesia, sin embargo, de tal manera está predestinados, que oye Dios a la Iglesia que ruega por ellos, y se hace hijos de la Iglesia. Y si algunos tuvieren hasta la muerte el corazón impertinente, y de enemigos no se convirtieron en hijos, ¿por ventura la Iglesia ruega ya por éstos, es decir, por las almas de los tales difuntos? Por cierto no. ¿Y por qué sino porque ya los tienen en cuenta de que son la parcialidad del demonio, pues mientras vivieron no se transfirieron a Cristo?
Pues la misma causa hay para que no se rece por los hombres que han de ser condenados al fuego eterno, que hay para que ni ahora ni entonces se rece por los ángeles malos; la cual existe asimismo para que aunque presente se rece por los hombres vivos no obstante de que sean malos con todo, no se ruegue por los infieles impíos que son ya difuntos. Pues algunos difuntos oye Dios la oración de su Iglesia o la de algunos corazones píos y devotos; por aquellos que siendo reengendrados en Cristo, no vivieron en la tierra tan mal que lo juzga por indignos de semejante misericordia, ni tampoco tan santamente que sea averiguado que no necesita de tal misericordia, así como tampoco, acabada la resurrección de los muerto no faltarán con quienes, después de las penas que suelen padecer las a mas de los difuntos, se use de misericordia, de suerte que no los echen al fuego eterno. Porque no se diría con verdad de algunos que «no se les perdonará ni en este siglo ni en el futuro», si no hubiera a quienes se les perdonara, ya que no en éste, a lo menos en el venidero. Pero habiendo dicho el mismo Juez de los vivos y de los muertos: «Venid, benditos de mi Padre; tomad la posesión y gozad del reino que os está preparado desde el principio del, mundo»; y a otros, por el contrario: «Idos de mí, malditos, al fuego eterno que está dispuesto para el diablo y sus ángeles, y así irán éstos a los tormentos eternos, y los justos a la vida eterna», es demasiada presunción decir que ninguno de aquellos a quienes dice Dios que irán al tormento eterno ha de ir a padecer las perpetuas penas, y hacer con la fe sincera de esta presunción que se pierda la esperanza o se dude también de la misma vida eterna.
Nadie, pues, entienda así el Salme que dice: «¿Acaso ha de olvidarse Dios de usar de su misericordia, o detendrá en su ira sus misericordias?» pensando que la sentencia de Dios es cuanto a los hombres buenos es verdadera, y en cuanto a los malos falsa o en cuanto a los hombres buenos ángeles malos verdadera, y en cuanto a los hombres malos, falsa. Porque lo que dice el real Profeta pertenece los vasos de misericordia, y a los mismos hijos de promisión, entre los cuales era uno también el mismo Profeta quien habiendo dicho: «¿Acaso se olvidará Dios de ser misericordioso, detendrá en su ira sus misericordias?» añadió: «Y dije, ahora comienzo, esta mudanza es de la diestra del Altísimo», declaró, sin duda, lo que vaticinó, «acaso detendrá en su ira sus misericordias». Porque la ira de Dios también alcanza esta vida mortal, donde de «el hombre ha sido hecho semejante a la vanidad, y sus días pasa como sombra»; y con todo, en esta su ira no se olvidará Dios de usar de misericordia, haciendo «que salga el sol para los buenos y para los malos, lloviendo para los justos y los pecadores»; y así no detiene en su ira sus misericordias, y particularmente en aquello que expresamente declaró el Salmo, diciendo: «Ahora comienzo, esta mudanza es de la diestra del Altísimo»; porque en esta vida llena de miserias y trabajos, que es la ira de Dios, muda en mejor los vasos de misericordia, aunque todavía en, la miseria de esta vida corruptible quede su ira, porque ni aun en su propia ira detiene sus misericordias. Cumpliéndose de este modo la verdad de es divino cántico, no hay necesidad que se entienda también de allá, de donde han de ser atormentados eternamente todos los que no pertenecen a la Ciudad de Dios.
Pero los que quieren extender es sentencia hasta los tormentos de los condenados, por lo menos entiéndanse de esta manera: que perseverando e ellos la ira de Dios, que está anunciada para eterno tormento, no detiene Dios en esta su ira sus misericordias y hace Dios que no sean atormentados con tanta atrocidad de penas cuanto ellos merecen; no de tal forma que no padezcan jamás aquellas penas, que alguna vez se acaben, sino que la sufren más benignas y ligeras de las que merecen. Porque así quedará la ira de Dios, y no detendrán sus misericordias. Lo cual no se crea que lo confirmo porque no lo contradigo.
Pero a los que piensan qué se dijo más con amenaza que con verdad «idos de mí, malditos, al fuego eterno; irá éstos al tormento eterno, y serán atormentados por los siglos de los siglos el gusano de ellos no morirá, su fuego no se extinguirá, y lo demás que sigue, no tanto yo como la misma Sagrada Escritura, clara y plenamente lo arguye y convence. Porque los ninivitas en esta vida hicieron penitencia y por ser en esta vida fructuosa, por que sembraron en este campo donde Dios quiso que se sembrase con lágrimas lo que después se segase y cogiese con alegría, con todo, ¿quién nega que se verificó en ellos lo que le anuncié el Señor, a no ser que no entienda como Dios suele destruir los pecadores, no sólo enojado, sino también teniendo de ellos misericordia, Porque de dos maneras se suelen destruir los pecadores: o como los sodomitas, cuando se castiga a los mismo hombres por sus pecados, o como loe ninivitas, cuando se destruyén los mismos pecados de los hombres por la penitencia.
Sucedió, pues, lo que dijo el Señor porque fue destruida Nínive, que era mala, y se edificó la buena, que antes no era; y quedando en pie los muros y las casas, se arruinó la ciudad en su mala vida y costumbres. Así, aunque el Profeta se entristeció porque no sucedió lo que aquella gente temió que había de sucederles por su profecía, sucedió lo que por Presciencia de Dios se dijo, pues sabía el que lo anunció cómo habla de cumplirse y mudarse en mejor.
Mas, para que conozcan estos impíamente misericordiosos qué es lo quiere decir la Escritura: «¡Cuán grande es la múchedumbre de tu dulzura, Señor, la que ocultaste a los que te temen!», lean también lo que sigue «Y la manifestaste a los que esperan en ti.» ¿Qué quiere decir ocultársela los que te temen y la manifestaste a lo que esperan en ti, sino que a los que por temor de las penas (como los judíos) quieren autorizar y establecer si justicia, que es la de la ley, no es dulce y suave la justicia de Dios, porque no la, conocen? Porque no han gustado de ella, porque esperan en sí mismos no en Él; y por eso se les esconde la abundancia de dulzura de Dios; pues aunque temen a Dios, es con aquel temor servil que no se halla en la caridad, porque «el temor no está con la caridad, antes la caridad perfecta echa fuera el temor». Por eso, a los que confían en el Señor les manifiesta su dulzura inspirándoles su caridad, para que con temor santo (no con el que expele de sí la caridad, sino con el que permanece para siempre), cuando se glorían, se gloríen, en el Señor. Porque la justicia de Dios es Cristo, el cual, como dice el Apóstol, «nos le hizo Dios a nosotros sabiduría nuestra y justicia, santificación y redención para que, como dice la Sagrada Escritura, el que se gloría se gloríe en el Señor.
Esta justicia de Dios, que nos da la gracia sin méritos nuestros, no la conocen aquellos judíos que intentan establecer su justicia y por eso no están sujetos a la justicia de Dios, que es Cristo; en cuya justicia se halla mucha de la dulzura de Dios, por la cual dice el salmista: «Gustad y ved cuán dulce es el Señor.» Y en gustando de ella en esta peregrinación, no nos hartamos, antes si tenemos hambre y sed de ella para satisfacernos completamente después, cuando le viéremos, cómo es en sí y se cumpla lo que dice la Escritura: «Me hartaré cuando se me manifestare tu gloria.» Así declara Cristo la grande abundancia de su dulzura a los que esperan en Él.
Pero si Dios oculta a los que le temen su dulzura, imaginando los que aquí combatimos que es porque no ha de condenar a los impíos, a fin de que no sabiéndolo éstos, y con el temor de ser condenados, vivan bien, y par que de esta manera pueda haber quien ruegue por los que no viven bien, ¿Como la manifiesta a los que confían en, pues según sueñan estos ilusos, por esta dulzura no ha de condenar a lo que no esperan en Él? Busquemos, pues, aquella su dulzura que pone patente a los que esperan en Él y a la que presumen que manifiesta a lo que le menosprecian y blasfeman. Al que en vano busca el hombre, después de este cuerpo, lo que no procura granjear y adquirir en este cuerpo.
También esta expresión del Apóstol «Permitió Dios que comprendiese todos la infidelidad para usar con todos de misericordia», no la dice porque a ninguno ha de condenar, y explicamos antes por qué lo dijo. Hablando el Apóstol de los judíos que después han de creer como los gentiles, que va creían, dice en sus cartas «Porque así como vosotros en otro tiempo no creíais en Dios, y ahora habéis alcanzado misericordia con ocasión de la incredulidad de los judíos, a también ellos ahora no creen en Cristo, para que después vengan a conseguir misericordia con motivo de la vuestra.» Después añade estas palabras, que equivocadamente complace a los que combatimos: «Permitió Dios que comprendiese a todos la incredulidad para usar con todos de misericordia.» ¿Quiénes son todos sino aquellos de quienes hablaba; como quien dice, ellos y vosotros?
Así que Dios permitió que a todo así a los gentiles cómo a los judíos «a quienes antevió y predestinó hace los conformes a su Hijo», los comprendiese la incredulidad, para que, mediante la penitencia, confusos de la amargura de su incredulidad y convirtiéndose por la fe a la dulzura de la misericordia de Dios, entonasen aquel cántico del real Profeta: «¡Cuán grande es la abundancia de tu dulzura Señor, que ocultaste a los qué te teme y manifestaste a los que esperan, no en sí mismos, sino en ti!» Compadécese, pues, de todos los vasos de misericordia. ¿Y quiénes son todos? Todos aquellos que de los gentiles y de los judíos predestinó, llamó, justificó glorificó, no todos los hombres; y de todos aquellos, a ninguno ha de condenar.

CAPÍTULO XXV. Si los que se han bautizado entre los herejes y se han relajado después viviendo mal, o los que se han bautizado entre los católicos y se han hecho herejes y cismáticos, o los que se han bautizado entre los católicos y, sin apartarse de ellos, han perseverado en vivir mal; pueden, por el privilegio de los Sacramentos, esperar la remisión de la pena eterna

Pero respondemos ya también a los que no solamente al demonio y a sus ángeles, pero ni aun a todos los hombres prometen que han de librarse del fuego eterno, sino sólo a aquellos que re hubieren lavado con el bautismo de Cristo, y hubieren participado de su cuerpo y sangre, como quiera que hayan vivido y sea cual fuere la herejía o impiedad en que hayan caído. Contra éstos habla el Apóstol, diciendo «que las obras de la carne son bien claras y conocidas, como son la fornicación, la inmundicia, la lujuria, la idolatría, las hechicerías, enemistades pleitos, emulaciones, rencores, discardias, herejías, envidias, embriagueces, glotonerías y otros semejantes vicios, de los cuales os aviso como os lo tengo ya amonestado, que los que practican tales obras no poseerán el reino de Dios.» Lo que aquí dice el Apóstol fuera sin duda falso, si estos ilusos, después de cualquier tiempo, por prolongado que sea, se ven libres y llegar a conseguir el reino de Dios. Mas porque no es falso, seguramente los tales no alcanzarán el reino de Dios Y si nunca han de conseguir la posesión del citado reino, estarán en el tormento eterno, porque no puede darse lugar medio donde, no estén en tormento los que no estuvieren en aquel reino.
Por eso, lo que dice Cristo: «Este en el Pan que bajó del cielo para que no muera el que Comiere de él. Yo soy el Pan vivo que descendí del cielo; si alguno comiere de este pan vivirá para siempre», con razón se pregunta cómo debe entenderse. Es verdad que a éstos a quienes ahora respondemos les niegan tal sentido aquellos a quienes después hemos de responder, que son los que prometen esta liberación, no a todos los que tienen el Sacramento del bautismo y del cuerpo de Cristo, sino a solos los católicos, aunque vivan mal porque comieron, no sólo sacramentalmente, sino realmente el cuerpo Cristo, estando, en efecto, dentro de cuerpo; de cuyo cuerpo dice el Apostol: «Aunque somos muchos, somos pan y hacemos un cuerpo.» El que está pues, en la unidad de su cuerpo, es en la unión de los miembros cristianos, cuyo Sacramento, cuando comulgan, los fieles suelen recibir en aliar, este tal se dice verdaderamente que come el cuerpo de Cristo y beba la sangre de Cristo, y, por consiguiente los herejes y cismáticos, que están apartados de la unidad de este cuerpo, pueden recibir el mismo Sacramento, mas no de suerte que les sirva de provecho antes si, de mucho daño, para ser condenados más grave y rigurosamente que si los condenaran por larguísimo tiempo, con tal que fuera limitado, por que no están en aquel vínculo de que nos significa aquel Sacramento.
Por otra parte, tampoco éstos, que entienden bien que no debe decir que come el cuerpo de Cristo el que no está en el cuerpo de Cristo, prometen erróneamente a los que de la unidad de aquel cuerpo caen en la herejía o en la superstición de los gentiles, la liberación del fuego eterno. Lo primero, porque deben considerar cuán intolerable cosa sea y cuán por extremo ajena y descaminada de la doctrina sana que los más o casi todos los que salen del gremio de la Iglesia católica siendo autores de herejías y haciéndose heresiarcas sean mejores que los que nunca fueron católicos o cayeron en los lazos de ellos, casó de que a los tales heresiarcas se les librara del tormento eterno porque fueron bautizados en la Iglesia católica y recibieron al principio, estando en la unión del verdadero cuerpo de Cristo, el Sacramento del sacrosanto cuerpo de Cristo; pue sin duda es peor el que apostató y desamparó la fe, y de apóstata se hizo cruel combatidor de la fe, que aque que no dejó ni desamparó la que nunca tuvo; Lo segundo, porque tambiéi a éstos los ataja el Apóstol, después de haber insinuado las obras de la carne, amenazándoles con la misma verdad: «que los que hacen semejantes obras no poseerán el reino de Dios»
Tampoco deben vivir seguros en sus malas costumbres los que, aunque perseveran hasta casi el fin en la comunión de la Iglesia católica, viendo lo que dice la Escritura: «que el que perseverare hasta el fin, se salvará» más por la perversidad y mala disposición de su vida, dejan y desampara la misma justicia de la vida, que para ellos es Cristo, ya sea fornicando, cometiendo en su cuerpo otras inmundicias y maldades, que el Apóstol refiere, o viviendo con excesos de regalos y torpezas, o haciendo parte de aquello que, según dice el Apóstol, priva del reino de Dios. Los que comete tales vicios estarán en el tormento eterno, pues no podrán estar en el reino de Dios, porque perseverando en esta mala vida hasta los último períodos de la presente, sin duda ni puede decirse que perseveraron en Cristo hasta el fin, pues perseverar el Cristo es perseverar en su fe; cuya fe según la define el mismo Apóstol «obra por, caridad», y la caridad, como dice en otro lugar, «no hace obras malas». Así que no puede decirse que comen el cuerpo de Cristo, ni se deben contar entre los miembros de Cristo, porque, dejando otras particularidades, rió pueden estar juntamente «los miembros de Cristo y los miembros de la ramera».
Finalmente, el mismo Cristo, diciendo «el que come mi carne y bebe mi sangre, en Mí queda y Yo en él», nos manifiesta lo que es el comer, no sólo sacramentalmente, sino realmente el cuerpo de Cristo, y el beber su sangre; porque esto es quedar en Cristo y que quede también en él Cristo. Pues dije estas expresiones como si dijera: el que no queda en mí y en quien no quedo yo, no diga o imagine que come mi cuerpo o bebe mi sangre con fruto; de modo que no quedan en Cristo los que no son sus miembros. Y no son miembros de Cristo los que se hacen miembros de la ramera, si no es dejando de ser pecadores por la penitencia y volviéndose buenos por la reconciliación.

CAPÍTULO XXVI. Qué cosa sea tener a Cristo por fundamento y a quiénes se promete la salud como por medio del fuego

Pero tienen -dicen- los cristianos católicos por fundamento de su creencia a Cristo, de cuya unión no se apartaron, aunque hayan edificado sobre este fundamento cualquiera vida, por perversa que sea, como leña, heño y paja. Así que la fe recta, por la cual Cristo es el fundamento, aunque con daño, pues aquello que se edificó encima ha de ser abrasado, sin embargo los podrá a lo último salvar algun vez y librar de la eternidad de aquel fuego. Responde a éstos breve y concisamente el Apóstol Santiago: «¿Que aprovechará que alguno diga que tiene fe si le faltan, las obras? ¿Acaso sola la fe podrá salvarle?» ¿Y quién es (replican) de quien dice el Apóstol San Pablo: «El se salvará, y cómo ser sino por el fuego.? Busquemos, pues quién sea éste, aunque es innegable no ser el que ellos piensan; porque no puede haber contradicción entre los dichos de los Apóstoles: el que dice que aun cuando uno tenga malas obra le salvará su fe por medio del fuego y el que asegura que si no tuviera obras, no le podrá salvar su fe.
Hallaremos quien pueda ser salvo libre por el fuego, si primero indagamos qué es tener a Cristo por fundamento. Lo cual, para que al momento lo advirtamos en la misma comparación, debemos notar que en la construcción del edificio nada se antepone al fundamento o cimiento. Cualquier que tiene a Cristo en su corazón, d tal suerte que no prefiere a él las cosas terrenas y temporales, ni aun la que son lícitas y permitidas, tiene Cristo por fundamento; pero si las antepone, aunque parezca que profesa la fe de Cristo, no está en el fundamento Cristo, a quien semejantes cosas antepone; cuanto más, si despreciando los preceptos de su salvación ejecuta cosas ilícitas, pues entonces es claro que no antepuso a Cristo, sino que le pospuso y menospreció, despreciando sus mandamientos, cuando contra sus preceptos prefiere, pecando, satisfacer sus apetitos.
Así que si un cristiano ama apasionadamente a una ramera, en el fundamento no tiene ya a Cristo; pero si uno estima a su esposa, si es según Cristo, ¿quién duda que por fundamento tendrá a Cristo?; y si es según este siglo, carnalmente; si llevado de torpes apetitos, como lo hacen las gentes que no conocen a Dios, también permisivamente y haciéndonos particular gracia de este donde, nos concede el Apóstol, o, por mejor decir, por el Apóstol, Cristo que pueda tener por fundamento a Cristo, porque si no antepone a Cristo este apetito y deleite aunque edifique encima leña, heno y paja, Cristo es el fundamento y por eso vendrá a salvarse por el fuego Porque tales deleites y amores terrenos, aunque por la unión conyugal no son damnabíes, con todo, los queman y acrisolará el fuego de la tribulación a cuyo fuego pertenece también la orfandad y cualesquiera calamidades que nos privan de estos gustos.
Por lo mismo al que las hubiere edificado será perjudicial esta edificación, puesto que le privará de lo que edificó encima y se afligirá y atormentará con la pérdida de los placeres que le alegraban; mas Se salvará por este fuego, por el mérito del fundamento; porque en caso que el perseguidor cruel le propusiese si quería más poseer tranquilamente sus deleites o a Cristo, no preferiría aquellos a Cristo.
Adviertan en las palabras del Apóstol quién es el que edifica sobre este fundamento oro, plata y piedras preciosas: «el que está, dice, sin mujer cuida de las cosas de Dios y de como agradará a este gran Señor». Miret cómo otro edifica leña, heno y paja: «pero el que se halla casado cuida de las cosas del mundo y de qué manera agradará a su esposa.» «Ha de manifestarse la calidad de las obras que cada uno hubiera hecho, porque el día del Señor lo declarará»: esto es, el día de la tribulación, «puesto que en el fuego (añade) se le revelará». A esta misma tribulación la llama fuego como en otro lugar dice: «los vasos del alfarero los prueba el horno, y a los, hombres justos la tentación de la tribulación», y «cuáles sean las acciones que cada uno hubiere hecho, el fuego lo averiguará». Y si permaneciere Ia obra que hubiere ejecutado alguno (porque permanece lo que cada uno cuidó de las cosas de Dios, y de cómo agradaría a Dios), «lo que hubiere edificado encima tendrá su premio» (esto es, le recibirá conforme a la exactitud con que hubiere cumplido sus acciones); «pero si la obra que hubiere ejecutado alguno ardiere, padecerá daño» (porque se hallará privado del objeto que amó); y, «sin embargo, se salvará» (puesto que ninguna tribulación le pudo apartar ni derribar de, la constancia, estabilidad y firmeza de aquel fundamento); «pero de tal manera como si fuese por el fuego» (pues lo que poseyó, no sin amor que le causa complacencia, no lo perderá sin dolor que le aflija). Hallamos, pues, en mi concepto, fuego que a ninguno de éstos condene, sino que a uno le enriquece y a otro le daña, y a los dos prueba.
Pero si quisiésemos que en este lugar se entienda aquel fuego con que amenaza el Señor a los de la mano siniestra: «Idos de mí malditos, fuego eterno», de forma que crean que entre éstos se incluyen también los que edificaban sobre el fundamento le da, heno y paja, y que serán libre de aquel fuego, después del tiempo que les cupo por los malos méritos, por la méritos del buen fundamento, ¿quién pensamos que serán los de la mar derecha, a quienes dirá: «Venid, benditos de mi Padre y poseed el reír que os está preparado», sino aquellos que edificaron sobre el fundamento oro, plata y piedras preciosas? ha de entenderse en estos términos, sigue que los unos y los otros, es a saber, los de la mano derecha y los de la siniestra, serán atrojados en aquel fuego; fuego del cual dice la Escritura: «Pero de tal conformidad, como fuese por el fuego». Porque los unos y los otros han de ser probados con aquel fuego, de quien dice: «Que día del Señor lo declarará, porque en el fuego se manifestará, y cuál sea la obra que cada uno hubiere ejecutado el fuego lo probará y averiguará. Luego si lo uno y lo otro lo ha
de probar y averiguar el fuego, de modo que cuando la obra de cada uno permaneciere, esto es, no consumiere e fuego lo que, hubiere, edificado encima recibirá su premio, y cuando la obra de alguno ardiere, padezca daño, si duda no es el eterno aquel fuego. Por que en el fuego eterno serán echado por la eterna condenación sólo los de la mano siniestra, y aquél prueba a lo de la mano derecha. Pero entre éstos a unos prueba de manera que no que me ni consuma el edificio que hallan que ellos han fabricado sobre Cristo, que es el fundamento, y a otros los prueba de otra manera, esto es, de suerte que lo que edificaron encima arda, y por lo mismo padezcan detrimento, aunque se salven porque tuvieron a Cristo, con excelente caridad puesto, firme e inmutable, en el fundamento. Y si han de salvarse, se sigue que estarán también a la mano derecha, y que con los demás oirán: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado», y no a la mano izquierda; donde se hallarán los, que no se han de salvar, y por eso oirán: «Idos de mí, malditos, al fuego eterno.» Porque ninguno de ellos se libertará de aquel fuego, sino que todos irán al tormento, eterno, donde el gusano de ellos no morirá, y no se apagará el fuego con que serán atormentados de día y de noche para siempre.
Pero si después de la muerte de este cuerpo, hasta que llegue aquel día que después de la resurrección de los cuerpos ha de ser el último en que se verificará la condenación y remuneración; si en este espacio de tiempo quieren decir que las almas de los difuntos padecen semejante fuego, y que no lo sienten las que no vivieron con este cuerpo, de manera que su lena heno y paja se consuman y que le sientan las que llevaron consigo tales fábricas, ya sea sólo allá, ya acá y allá ya sea acá para que allá no hallen el fuego de la transitoria tribulación que les abrase y queme las fábricas terrenas, aunque sean veniales y libres de rigor de la condenación, no lo reprendo o contradigo, porque quizá es verdad.
También puede pertenecer a esta tribulación la misma muerte del cuerpo la cual se engendró al cometerse el primer pecado, y la heredó a su tiempo cada uno, según la calidad de su edificio.
Pueden ser asimismo las persecuciones de la Iglesia con que fueron condenados los mártires, y las que padecen cualesquier; cristianos, porque éstas prueban como el fuego los unos y los otros edificios, y a los unos los consumen en sus edificadores si no hallan en ellos a Cristo por fundamento, y a los otros los consumen dejando a sus edificadores, si le hallan; porque, en efecto, aunque con daño, ellos se salvarán; y a otros no los consumen, porque los hallan tales que permanecen para siempre.
Habrá también al fin del mundo, en tiempo del Anticristo, una tribulación sin igual. ¡Qué de edificios habrá entonces, así de oro como de heno, sobre el buen fundamento que es Cristo Jesús, para que aquel fuego pruebe a los unos y a los otros, dando a los unos contento y a los otros daño, sin destruir a los unos ni a los otros, por causa de la estabilidad y firmeza del fundamento!
Cualquiera que prefiere a Cristo, no digo yo su esposa, de quien usa para el deleite carnal sino las mismas cosas a que tenemos obligación natural y se llaman piadosas, en que no hay estos deleites, amándolas como hombres carnalmente no tienen a Cristo por fundamento; y por lo mismo, no por el fuego será salvo, sino que no se salvará por cuanto no podrá hallarse con el Salvador, quien hablando sobre este asunto con la mayor claridad dice «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.» Pero en que a semejantes personas ama carnalmente, de forma que no las antepone a Cristo, y quiere antes carece de ellas que de Cristo, cuando llegar a este trance ha de salvarse por el fuego, pues es necesario que la pérdida de ellas le cause tanto dolor cuanto era el entrañable amor que las tenía. Y el que amare a su padre y a su madre, hijos e hijas, según Cristo, de suerte que cuide y mire por ellos, a fin de conseguir el reino de Cristo y unirse con Él, o que los ame porque son miembros de Cristo, por ninguna razón se halla este amor entre la leña, heno y paja para ser consumido, sin que totalmente será parte del edificio de oro, plata y piedras preciosas. ¿Y cómo puede amar más que a Cristo los que, en efecto, ama por Cristo?

CAPÍTULO XXVII. Contra la opinión de los que se persuaden que no les han de, hacer daño alguno los pecados que cometieron pues hicieron limosnas

Resta únicamente responder a lo que sólo han de arder en el fuego eterno los que no cuidan de distribuir por la remisión de sus culpas las limosnas y hacer las obras de misericordia necesarias, según lo que dice el Apóstol Santiago: «que será juzgado y condenado sin misericordia el que no hizo misericordia. Luego el que la ejerció, dicen, aunque no corrigió su mala vida y costumbres, sino que vivió impía y disolutamente entre las mismas limosnas y, obras de misericordia, con piedad será juzgado, de manera que, o no sea condenado, después de transcurrido algún tiempo se libre de la última condenación. No por otro motivo piensan que Cristo ha de efectuar el apartamiento y diviséis entre los de la mano derecha y los de la siniestra, sólo por la balanza de haber hecho u omitido las limosnas; de los cuales, a los unos destinará a la posesión de su reino, y a los otros los tormentos eternos. Y para persuadirse que se les pueden remitir los pecados que cometen sin cesar, por grave y enormes que sean, por el mérito de las limosnas, procuran alegar en su favor la oración que nos dictó el mismo Señor, porque así como, añaden, no hay día en que los cristianos no digan esta oración, así no hay pecado algún que se cometa cada día, cualquiera que sea, que por ella no se nos perdone cuando decimos: «perdónanos nuestras deudas», si procurásemos practicar lo que sigue: «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Porque no dice el Señor, según ellos, si perdonaseis los pecados a los hombres os perdonará a vosotros vuestro Padre los pecados pequeños de cada día, sino «os perdonará vuestros pecados», cualesquiera que sean y cuantos quiera, aunque se cometan diariamente y mueran sin haber corregido ni enmendado su vida, entendiendo que por la limosna Tío se les niega el perdón, y presumiendo que; les pueden ser perdonados.
Pero adviertan éstos que debe hacerse por los pecados la limosna digna y cual es menester; porque si dijeran que cualquiera limosna era poderosa a alcanzar la divina misericordia para los pecados, así para los que se cometen cada día como para los enormes y para cualquiera abominable costumbre de pecar, de manera que el perdón siga cotidianamente al pecado, echarían de ver que decían una cosa absurda y ridícula. Porque, de esta suerte, sería indispensable confesar que un hombre poderoso, con diez dineros que cada día diese de limosna, podría redimix los homicidios y adulterios y cualesquiera otros delitos graves. Y si proferir semejante expresión es un absurdo Y grave desatino, ciertamente, si quisiéramos saber cuáles son las limosnas dignas para conseguir el perdón de los pecados, de las cuales decía también aquel precursor de Cristo: «haced frutos dignos de penitencia», sin duda hallaremos que no las practican los que lastiman mortalmente su alma cometiendo cada día graves culpas.
Porque en materia de usurpar la hacienda ajena es mucho más lo que hurtan; de lo cual, dando una pequeña parte a los pobres, piensan que para este fin satisfacen y sirven a Cristo que creyendo que han comprado de él, o, por mejor decir, que cada día compran la libertad y licencia desenfrenada de cometer sus culpas y maldades, y así seguramente puedan ejercitar tales abominaciones. Los cuales aunque por una sola culpa mortal distribuyesen los miembros necesitados de Cristo todo cuanto tienen, y no desistiesen de semejantes acciones no teniendo caridad, «la cual no obra mal de nada les pudiera aprovechar.
El que quisiere hacer limosnas dignas de la remisión de sus pecados principie practicándolas en si misma porque es cosa indigna que no la haga para sí el que las hace al prójimo viendo que dice el Señor: «Amarás tu prójimo como a ti mismo», e igualmente «procura ser misericordioso con tu alma, agradando a Dios». Así que el que no hace esta limosna (que es agradar a Dios) por su alma, ¿como puede decirse que hace limosnas dignas por sus pecados? A este propósito es también aquella sentencia de la Escritura: «que el que es malo para sí, para ninguno puede ser bueno», puesto que las limosnas son las que ayudan a las oraciones y peticiones; y así debemos advertir lo que leemos en el Eclesiástico: «Hijo si hubieres pecado, no pases adelante; antes ruega a Dios que te perdone las culpas ya cometidas. Luego se deben hacer las limosnas por que, cuando rogásemos que se nos remitan nuestros pecados pasados, seamos oídos, y no para que, perseverando en ellos, creamos que por las limosnas nos dan licencia para vivir mal.
Por eso dijo el Señor que había de hacer buenas (a los de la mano derecha) las limosnas que hubiesen distribuido, y cargo riguroso a los de la siniestra de las que no hubiesen hecho, para manifestarnos por este medio cuánto valen las limosnas para conseguir el perdón de sus pecados pasados no para cometerlos continuos y perpetuos libremente, y sin que les cuestión otra molestia.
Y no puede decirse que hacen semejantes limosnas los que no quieren enmendar su vida apartándose de Ia ocasión y costumbre arraigada de pecar, que ya tienen como innata en su pervertido corazón. Porque en estas palabras: «Cuando no hicisteis la limosna a uno de estos mis más mínimos siervos, a mi me la dejasteis de hacer», nos manifiesta claramente que no la hacen, aun cuando creen que la hacen. Pues si cuando dan el pan a un cristiano hambriento se lo diesen como si realmente lo diesen al mismo Cristo, sin duda que a sí mismos no se negarían el pan de justicia que es el mismo Jesucristo; porque Dios no mira a quién se da la limosna, sino con qué intención se da.
Así que el que ama a Cristo en el cristiano, le da limosna, con el mismo, ánimo que se llega a Cristo, no con el que quiere apartarse e irse libre y sin castigo de Cristo; que tanto más se va y aleja uno de Cristo cuanto más ama lo que reprueba Cristo. ¿Que le aprovecha a uno el bautizarse si no se justifica? ¿Acaso el que dijo: que no renaciere el hombre con el agua el Espíritu Santo no entrará en, el reino de Dios», no nos dijo también «Si no fuere mayor vuestra justicia que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. ¿Por qué razón tantos, por temor de aquello, acuden a bautizarse, y tan pocos, no temiendo esta desgracia, cuidan de justificarse?
Así, pues, como no dice uno a si hermano loco por estar enojado con él, sino por su pecado, pues de otra manera merecería el fuego del infierno, así, por el contrario, el que da limosna al cristiano no la da al cristiano si en él no ama a Cristo; y no ama a Cristo el que rehusa justificarse en Cristo. Si alguno incidiere en esta culpa diciendo a su hermano loco, esto es, si le injuriare Injustamente, no pretendiendo corregirle su pecado, es poco para redimir este pecado el hacer limosnas, si no añadiere también el remedio de la reconciliación. Porque lo que allí continúa diciéndose es: «Si ofrecieres tu ofrenda en el altar, y ni te acordases que tu hermano tiene alguna queja, contra ti, deja allí tu ofrenda en el altar y ve, ante todas cosas, y reconcíliate con tu hermano, y entonces vendrás y ofrecerás tu ofrenda.» Aprovecha, pues, poco hacer limosnas, por grandes que sean, para redimir cualquier pecado mortal, si se continúa en la costumbre de cometer los, mismos pecados.
La oración cotidiana que nos enseñó el mismo Señor (por lo cual la llamamos también Oración Dominical, o del Señor), aunque borra y quita los pecados diarios, cuando se dice cada día «perdónanos nuestras deudas» y cuando lo, que sigue inmediatamente, que es «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», no sólo se dice, sino también se hace: lo cual se dice porque se cometen pecados, y no para cometerlos. Pues con esta oración nos quiso enseñar el Salvador que por más justa y santamente que vivamos en las tinieblas y flaquezas de esta vida no nos faltan pecados, por los cuales debamos rogar para que se nos perdonen, y perdonar nosotros a los que pecan contra nosotros, para que igualmente nos perdonen a nosotros.
Así, pues, no dice el Señor: «Si perdonaseis a los hombres sus pecados os perdonará a vosotros vuestro Padre los vuestros», para que, confiado en esta oración, pudiésemos pecar cada día con seguridad, o por ser tan poderosos que nada se nos diera de las leyes humanas, o por ser tan astutos que engañáramos a los mismos hombres, sino para que supiésemos que no estábamos sin pecados, aunque estuviésemos libres de los mortales. Advirtió esto mismo el Señor a los sacerdotes de la ley antigua en orden a sus sacrificios, a los cuales ordenó que lo ofreciesen primeramente por sus pecados, y después por los del pueblo.
También se deben mirar con advertencia las propias palabras de tan grande Maestro y Señor nuestro, pues ni dice si perdonaseis los pecados de los hombres, también vuestro Padre o perdonará a vosotros cualesquiera picados, sino que dice: «vuestros pecados»; porque enseñaba la oración que debían decir cada día, y hablaba con sus discípulos, que estaban, sin dada justificados. ¿Qué quiere decir vuestros pecados, sino los pecados sin los cuales no os hallaréis ni aun vosotros que estáis justificados y santificados. Los que por esta oración buscan ocasión de poder pecar cada día mortalmente, dicen que el Señor significa también los pecados graves, porque no dijo os perdonará los pecados ligero sino vuestros pecados; pero nosotro considerando la calidad de las personas con quienes hablaba, y notando que dice vuestros pecados, no debemos imaginar otra cosa que los veniales puesto que los pecados de aquellos sujetos no eran ya graves.
Pero ni aun los mismos graves, que de ningún modo se deben comete mejorando la vida y costumbres, perdonan a los que piden perdón oran, si no practican lo que allí ordena: «Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores»; porque los pecados mínimos, en que incurrir hasta los más justos, no se perdonan de otra manera, ¿cuánto más los que estuvieren implicados en muchas graves culpas, aunque desistan ya cometerlas, no alcanzarán perdón si mostraren duros e inexorablés en perdonar a otros los que hubieren pecado contra ellos? Dice el Señor: «Si perdonaseis a los hombres sus pecados tampoco os perdonará á vosotros vuestro Padre»; y a este intento hace lo que dice igualmente el Apóstol Santiago: «Que será juzgado y condenado sin misericordia el que no hizo misericordia.» Porque nos debemos de acordar, al mismo tiempo, de aquel siervo a quien alcanzó su señor, ajustadas cuentas, en diez mil talentos, y se los perdonó, mandando después que los pagase, porque no se había condolido de su compañero, que le debía cien dineros. En éstos, que son hijos de promisión y vasos de misericordia, tiene lugar lo que dice el mismo Apóstol: «Que la misericordia se exalta sobre la justicia», pues hasta aquellos justos que vivieron con tanta santidad que tienen privilegio para recibir en los eternos tabernáculos a otros que granjearon su amistad por medio de la ganancia de la iniquidad, para que fuesen tales, los libró por la misericordia Aquel que justifica al impío e imputa esta merced y premio por cuenta de la gracia y no del débito. Porque del número de éstos es el Apóstol, que dice: «Que por la misericordia de Dios consiguió ser fiel ministro suyo.»
Y aquellos a quienes los tales reciben en los tabernáculos eternos, debemos confesar que no son de tal vida y costumbres que les baste su vida para libertarlos sin el sufragio e intercesión de los santos, y así en ellos sobrepuja mucho la misericordia a la justicia. Mas no por eso debemos pensar que algún malvado que no haya mudado su vida. en otra buena, o más tolerable, sea admitido en los eternos tabernáculos y moradas, porque sirvió los santos con la ganancia de la inquidad, esto es, con el dinero o con las riquezas que fueron mal adquiridas, o, si bien adquiridas, no verdaderas, sino las que la iniquidad imaginan que son riquezas, no conociendo cuáles son las verdaderas riquezas, de las cuales están abundantes y sobrados aquellos que reciben a los otros en la eternas moradas.
Hay, pues, cierto género de vida que ni es tan mala que a los que viven conformes a ella no les aproveche en parte para conseguir el reino de los cielos la larga liberalidad de las limosnas con que sustentan la necesidad de los justos y se granjean amigo que los reciban en los tabernáculos eternos, ni tan buena que les baste para alcanzar tan grande bienaventuranza, Si por los méritos de aquellos cuya amistad granjearon no alcanzaron misericordia.
Suele causarme admiración cuando advierto que aun en Virgilio se hay estampada esta sentencia del Señor que dice: «Procurad granjearos amigo con la ganancia de la iniquidad, para que también ellos os acojan en eternas moradas»; a la cual es mi parecida ésta, donde se dice: «El que recibe al profeta por el respeto y circunstancias de ser profeta, recibirá galardón de profeta, y el que acoge al justo porque es justo, recibirá el premio de justo.» Porque describiendo aquel poeta los campos Elíseos, donde supone que habitan las almas de los bienaventurados, no sólo puso allí los que por sus propios meritos pudieron alcanzar la posesión de aquel ameno lugar, sino que añade: «y los que con sus obras obligaron a otros a que acordasen de ellos». Es, a la letra, como si les dijera lo que de ordinario suele decir un cristiano cuando humildemente se encomienda a algún justo que es santo, y dice: «acordaos de mi»; y para que sea más factible, procura merecerlo haciéndole obras buenas.
Pero cuál sea este método y cuáles los pecados que nos impiden el poder conseguir el reino de Dios, y, sin embargo, nos dejan poder alcanzar indulgencias y perdón por los méritos de los santos nuestros amigos, es sumamente dificultoso el averiguarlo y peligrosísimo el definirlo. Yo, a lo menos aunque hasta ahora no he cesado de trabajar por saberlo, no he podido comprenderlo. Y quizá se nos esconden, para que no aflojemos en el cuidado de guardarnos generalmente de todos los pecados. Porque si se supiesen cuáles son los pecados por los cuáles, aunque permanezcan todavía y no se hayan redimido mejorando la vida se debe solicitar y esperar la intercesión de los santos, la flojedad humana seguramente se implicaría en ellos, no cuidaría de desenvolverse de semejantes enredos con el auxilio de alguna virtud, sino sólo pretendería librarse con los méritos de otros, cuya amistad hubiese granjeado con las limosnas hechas mediante la ganancia o tesoro de la iniquidad; pero no sabiéndose la que persevere, sin duda se pone mal cuidado y más vigilancia en aprovchar y mejorar la vida, instando en la oración, y no se deja tampoco el cuidado de procurar la amistad de los santos con la riqueza mal adquirida.
Esta liberación, que procede, o de la intercesión de los santos, sirve para que no le arrojen al fuego eterno no para que, si le hubieren echado después de cualquier tiempo, por largo que sea, le saquen de allí. Pues aun los que piensan que se debe entender lo que dice la Escritura de que la buena tierra trae abundante y copios fruto, «una a treinta, otra a sesenta y otra a ciento por uno», en el sentido de que los santos, según la diversidad de sus méritos, libran a los hombres, unos a treinta, otros a sesenta y otros a ciento, suelen sospechar que será en el día del juicio, no, después del juicio. Y viendo uno que con esta opinión los hombres con particular engaño se prometían la gracia y remisión de sus culpas, porque así parece que todos pueden alcanzar la libertad de las penas, dicen que dijo muy a propósito y con cierto gracejo, que antes debíamos vivir bien para que cada uno viniese a ser de los que han de interceder para librar a otros, a fin de quererlo vengan a reducirse tanto los intercesores que, llegando presto cada uno al número que le cabe, de treinta, o de sesenta o de ciento; queden muchos que no puedan ser libres de las penas por intercesión de ellos, y se halle entre estos tales cualesquiera que con temeridad tan vana se promete que ha de gozar del fruto ajeno; Basta haber respondido así por nuestra parte a aquellos que no desechan la autoridad de la Sagrada Escritura, de la cual se sirven comúnmente con nosotros, sino que, como la entienden mal, piensan que ha de ser, no lo que ella nos dice, sino lo que ellos quieren. Con esta respuesta, pues, concluyo este libro, como lo prometí.