La cruz de Pámanes

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Novela romántica, por don Cayetano de Noriega


Introducción

Corría el año de 18... La guerra civil ardía en casi todos los ámbitos de la Península Ibérica. Los dos partidos beligerantes estaban más empeñados que nunca en una lucha, que más tarde había de terminarse por un abrazo más o menos cordial, pero que, al fin, era un abrazo, no de despreciar en unas circunstancias en que no se repartían más que mojicones. Los pueblos, aterrorizados con el olor de la pólvora y el tufillo de la sangre, como en tiempos de cólera morbo, no pensaban en el mañana, si no era para prepararse a bien morir. Los padres miraban con angustiosa ternura hacia sus hijos, y, casi paganos, los encomendaban al dios de las batallas, única divinidad que por entonces se dejaba sentir más a las claras. Los hijos, mirando de soslayo hacia sus padres, parecían hacerles graves cargos por haberlos arrojado al mundo en una época tan calamitosa. Las hijas, a semejanza de esas flores que nacen fuera de estación, y, todavía en capullo, empiezan a marchitarse con las escarchas, arrastraban una vida angustiosa e hipocondríaca, porque los campos de batalla consumían a millares sus más vigorosas y risueñas ilusiones. El amor... Entonces no se amaba, o, si se amaba, era de sopetón y sin miras ulteriores. Cupidito se había quitado la venda y, empuñando el fusil, se batía divinamente a las órdenes de un general cristino... ¡Lástima de metrallazo! (Con perdón de mis lectoras.) Pero ésta no es ocasión de retratar la situación de España en aquel tiempo, ni Cayetano nació cortado para ello. Vamos al asunto...

Pasado el barco de las tres, y a poca distancia de Pedreña, hay un lugar que en la época a que nos referimos así pensaba en la guerra civil como en los cerros de Úbeda. Solamente le preocupaba un poco cuando llegaban las quintas, y, como cada quisque, tenía que pagar su contingente para engrosar el ejército. No se sorprendan mis lectores con esta hipérbole; un trasmerano, o trasmerano y medio, que a lo sumo le tocaba, componían su porción militar, más o menos exigua; pero, al fin, era una porción, y de muchos pocos de cera se forma un cirio pascual. La atención de Pámanes, pues, directamente estaba fija en sus panojas, en sus ganados, en sus patatas y en su Cruz; porque sin Cruz no se concibe a Pámanes, como no se concibe a Roma sin Capitolio, a la China sin su muralla, a Rodas sin su Coloso, a España sin arrogancia, a El Escorial sin monasterio y a Cayetano sin suscriptores. La Cruz de Pámanes, tal cual hoy es, de tosca piedra, ennegrecida por los rigores de la intemperie, tiene una historia llena de interesantes episodios que se pierden entre el polvo de los más añejos pergaminos del tiempo del feudalismo. Esta historia sería muy larga para que la humilde pluma de Cayetano lograra presentarla a sus lectores con toda la delicadeza de que es digno su argumento.

La que vamos a referir, aunque escrita en la misma Cruz, tiene un origen más reciente, y sólo ocupa en ella un lugar imperceptible.

Entre las infinitas melladuras que los campesinos han hecho en los largos brazos de este testigo mudo de los tiempos de la caballería, con el único objeto de sacar el filo a sus cuchillos y podaderas, a tres pies de altura de su base, hay una marca de unas tres pulgadas de diámetro, semejante en todo a la impresión que hubiera producido el choque de otro cuerpo redondo y tan duro como la piedra misma. Esta marca, imperceptible hoy para todo el mundo, es el sello indeleble de un suceso digno de esculpirse en bronce; es la legalización de unos documentos que obraban años ha en nuestro poder y los cuales contienen los datos para la historia cuya introducción hemos comenzado. Basta de digresión y sigamos.

Era una tarde del mes de octubre. Límpido estaba el cielo y transparente; sólo adulteraba la pureza de su azul una encendida tinta que se extendía a lo largo del horizonte, hacia la parte en que los rayos del sol comenzaban a ocultarse, precursora infalible del benéfico Sur que al día siguiente había de reinar para secar las castañas y las pocas panojas que estaban fuera del granero por falta de sazón. Los campesinos, terminadas las labores en aquel día, echaban al hombro sus utensilios y con paso tardo y reposado se dirigían a sus viviendas para dar la ración de la noche a sus ganados, cenar ellos en familia el torrendo y la borona y, por último, después de rezar el rosario, tenderse en busca del sueño reparador de sus fuerzas para los trabajos del otro día. La Naturaleza había enmudecido y reinaba en toda la campiña esa dulce melancolía que, para Cayetano, sustituye con ventaja a la ruidosa animación de la primavera. Un hombre, joven de diecinueve años, a juzgar por su fisonomía, caminaba, con un dalle al hombro, detrás de todos sus compañeros. Fija la vista en el suelo, echado el sombrero hacia la espalda, y según que vacilaban sus pasos, parecía presa de un profundo pesar. Cuando todos los labradores iban aproximándose a sus casas, él había llegado nada más que hasta la Cruz, y en lugar de seguir adelante con aquéllos, dejó caer su dalle, dio un suspiro y se sentó al pie de ella, metiendo la cabeza entre las manos.

Con no menos abatimiento que nuestro personaje, una mujer, aunque por distinta senda, se adelantaba en la propia dirección. Rebosando juventud y vida por todo su cuerpo, la tristeza de su fisonomía debía de tener una causa muy grande. Sus coloradas mejillas parecían rechazar la mustia expresión de sus ojos. Cubría su cabeza un pintoresco pañuelo de indiana, bajo cuyo pico, colgando hacia la espalda, asomaba una gruesa trenza de pelo negro nada suave. Otro pañuelo de indiana cubría su robusto seno, oprimido por el cordón de su rayado justillo.

Las recogidas mangas de su camisa dejaban descubiertos sus brazos rollizos y tostados por el sol de todo el verano. Un refajo amarillo con pegas encarnadas y un par de chancletas en los pies, desnudos de toda medía, completaban entonces el traje de la que pasaba por la mejor moza de toda la comarca.

Cuando llegó junto al de la Cruz, paróse un instante, y al verle tan abatido, una lágrima se desprendió de sus ojos. Enjugólos en seguida, y, tocándole suavemente en el hombro:

-Antón -le dijo con cariñoso acento.

-¿Qué? -contestó el otro, alzando la cabeza- ¡Ah! ¿Eres tú, Mariuca?

-¿Qué tienes?

-¡Vaya una pregunta!

-Es verdad.

-Mu plonto me perderás de vista.

-Es verdad.

-Y pa una porrá de años.

-Es verdad.

-Y puei que pa siempre.

-Es verdad. ¡Hi..., ji..., ji..., ji...!

-Mira, Mariuca: no escomiences a moquitear, porque me va a faltar el carácter pa dempués.

-Pícara guerra. Premita Dios que no quede un fusil en to el redondel de España -exclamó Mariuca, dando una patada y limpiándose las lágrimas con una extremidad del refajo.

-Valiera más que los mozos del lugar fueran un poco más espíos. Entonces no iría a la guerra el tu Antón. Y este año, que no pedían más que uno... y yo, que había sacado el número veinticuatro... Si parece mentira.

-¿Y cuándo te marchas?

-Mañana, al amanecer.

-¡Ay Antón!

-¿Qué quieres, Mariuca?

-Que estoy pensando que, como los militares seis tan malos, luego me vas a olvidar.

-Premita Dios que no güelva a casa con salú, si yo te olvidara.

-Y yo -dijo la otra juntando las manos- que reviente de un cólico si no te espero hasta que vengas. Toma esta navaja que compré hace ocho días en Santander, en prueba de lo que te digo.

-Pos toma tú este pañuelo de seda.

Mariuca sacó de la faltriquera una navaja de Albacete, y Antón, un pañuelo, que, después de limpio, aún se podía sospechar el color que tuvo de nuevo. Cambiáronse las prendas y se quedaron en silencio por algunos instantes. Antón habló el primero:

-Ya sabes que nuestra boda se iba a hacer un día de éstos, si no por mi pícara suerte: tú con el molino y yo con las mis vacas y los mis cinco carros de tierra, íbamos a estar como dos señores. Quiero icirte, Mariuca, que entovía no hay na perdío, y quiere icise que lo que no ha sucedido puei suceder el día de mañana, si Dios nos da salú.

-Ya se ve que sí -dijo Mariuca animándose-. Quiere icirse que si no estamos casados ya ¿nos casaremos en cuanto vuelvas?

-Justamente.

-Enestonces, Antón, no hay más que hablar. Salú te dé Dios por esos mundos y a mí para esperarte. Pos gracias a Dios. Ya con esto paeque me dejas tranquila.

Mariuca, después de la promesa de Antón, acabó de tranquilizarse y toda se convirtió en consuelos para éste. Todo el pesar que la aquejaba desapareció como por encanto. Algo la amargaba la idea de una esperanza de ocho años, y mucho más cuando debió haberse realizado antes de ocho días; pero como en las pasiones del campo no suele intervenir más que la buena fe, dejóse arrastrar de ella, y a trueque de ser la mujer de Antón, todos los obstáculos le parecían pequeños. Antón, por su parte, cediendo a la influencia que siempre ha ejercido en la naturaleza humana la mitad que gasta faldas, ora sean de estopa, ora de finísima batista, despejó algo su tristura, y, poniéndose en pie, dijo a su prometida:

-Si quieres que me marche más satisfecho, es preciso que hagas una cosa.

-Tú mandas en mi cuerpo, Antón.

-Pues mira: cuando te mandé venir aquí, fue para que, después de rezar un Padrenuestro al patrono, me juraras delante de esta Cruz que mientras que yo esté ausente no me hicieras una mala partida.

-¿No te basta mi palabra?

-Mariuca, semos frágiles, y por mucho pan, nunca es mal año. Se ha visto tanta falsedá...

¡Oh lectoras!, las de acá: si en Pámanes se duda de las promesas de una amante, alguna disculpa tienen vuestras cultas veleidades.

Accediendo Mariuca a las exigencias de Antón, hincáronse ambos de rodillas, y después de haber rezado un Padrenuestro, dijo el futuro militar con el tono más patético, señalando a la Cruz:

-¿Juras por ésta no engañarme y ser mi mujer cuando venga del servicio?

-Sí, juro -contestó Mariuca con una entereza admirable.

-Y yo -añadió Antón- juro también ser tu marido, si Dios me conserva la vida.

Después se abrazaron los dos estrechamente, y cuando la noche acababa de cerrar, iluminó la pálida luna la solitaria Cruz de Pámanes, testigo inerte de una promesa que tanto había de dar que hacer al pueblo y que escribir a Cayetano.



30 de enero de 1859.