La custodia de Boqui

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¡Anda, hija, anda, que me pareces la custodia de Boqui!

He aquí una frase, limeñismo puro, que oí muchas veces cuando era muchacho a los pisaverdes y alfeñiques de aquel tiempo que los domingos se estacionaban bajo los arcos del portal de Botoneros, inmediatos a los de las mixtureras, y que no dejaban pasar buena moza sin dispararla una andanada de piropos.

Las limeñas del tiempo de la saya y manto eran muy dadas a usar alhajas. Con ese vestido no gastaban guantes, y lucían una mano en la que cada dedo ostentaba más anillos que falanges, y el puño iba aprisionado entre dos o tres pulseras que figuraban serpientes con escamas abrillantadas. Abundaban limeñas por cuya mano derecha, que era la que sujetaba el manto, habría dado un usurero, sin regatear, cuatro o cinco mil duros.

Yo mismo cuando empecé a mudar voz y a ponerme ronco, lo que es idéntico a echarla de hombrecito que guiña a las polluelas, a pesar de que no me cautivaba la mano, sino el ojo picarón y prometedor que tras el manto fulguraba, solía exclamar: «¡Vaya una reina para alhajada! ¡Ni la custodia de Boqui!»

Y así sabía yo quién fue Boqui y así conocía su custodia tan cacareada como al gigante Culiculiambro, el del arremangado brazo. Y sospecho que tres cuartos de lo mismo pasaba, en punto a ignorancia, a los demás alfeñiques de mi época.

Y entonces, ¡vamos!, ¿por qué lo decíamos? Por lo de siempre, por decir algo, por hablar a tontas y a locas. (Esto de tontas y locas es un decir, y no va con mis paisanas.)

Ya de gallo viejo y duro de espolones he venido a adquirir largas y auténticas noticias de Boqui y de su custodia, y eso es lo que hoy, pues no soy egoísta, van también a saber los benévolos lectores de mis tradiciones.

Parece que fue en 1810 cuando, con real licencia y carta de naturaleza, vino desde España a esta ciudad de los Reyes del Perú un joven italiano, platero con título del colegio de platería de Madrid. Don José Boqui, que así se llamaba el huésped, era un mozo elegante y simpático, decidor y gracioso como un andaluz, y en breve se hizo el niño mimado de los salones; pues amén de que cantaba, bailaba y tocaba el clavecín como un ángel, había llegado provisto de cartas de recomendación para las principales familias de Lima.

El virrey Abascal, que andaba siempre muy sobre la perpendicular con la gente nueva, supo que el platero era íntimo amigo del argentino Miralla, a quien acababa de echar guante por politiquero y por no sé qué connivencias con los revolucionarios de Buenos Aires y Chuquisaca. Dime con quién andas y te diré quién eres -pensó su excelencia;- y sin más, intimó a Boqui que en el día hiciese la maleta y se largara a Méjico o a España.

En 1814 regresó Boqui, se presentó al virrey, y le comprobó con documentos que era más godo que el vencido en Guadalete, que odiaba a los patriotas más que el diablo a la cruz, y por fin, que era más realista que su majestad don Fernando el Deseado y que la Naranjera, su manola favorita.

Esta vez traía nuestro italiano dos cajas que iban a ser para él la de Pandora, en punto a dinero y a no llenarse.

La una contenía un aparato, en pequeño, invento suyo, y muy suyo, para desaguar minas; y la otra encerraba una custodia, maravilla artística del platero, que deslumbraba por la profusión de rubíes, brillantes, zafiros, esmeraldas, ópalos, topacios y demás piedras preciosas.

Con su aparato de desaguar minas, no sólo embaucó a medio Perú, sino al mismo rey, que por cédula de 1817, al acordarle varias gangas, lo llamó desinteresado vasallo, según relata Mendiburu.

Para implantar la maquinaria en grande, consiguió dinero, y no poco, del consulado de comercio y de varios acaudalados mineros de Huarochorí. En efecto, la máquina principió a funcionar; pero las bombas resultaron de escasa potencia, y el agua en la mina inundada no mermaba un jeme. Boqui dijo entonces que con aparatos de más poder el éxito era infalible, y siguió encontrando bobos que se le asociaran para el gasto.

Pero su mina más productiva fue la custodia. Pedía por ésta cuarenta mil duros, y perdía plata, según él. Propuso al arzobispo Las Heras que la comprase para la catedral de Lima; mas el coro de canónigos declaró que no estaba la cucarachita Martina para cintajos ni abalorios.

Entretanto Boqui, bajo garantía de la valiosa custodia, que andaba entre si la vendía a los dominicos o la compraban los agustinos, clavaba banderillas a los comerciantes, llegando a firmar documentos por dinero recibido hasta la suma de sesenta mil pesos.

En 1831 empezaron los acreedores a ver claro y demandaron a Boqui. El consulado de comercio, como acreedor privilegiado, obtuvo que la custodia pasara a depositarse en su tesorería, y se hizo voz general que muchos de los brillantes eran cristal de Bohemia hábilmente pulimentado, y que no pocos de los rubíes, zafiros y topacios eran vidrios de colores. Estaba ya nuestro italiano en vísperas de ir a chirona por estafador, cuando aconteció la escapatoria del virrey La Serna y la entrada de San Martín en Lima.

Sólo entonces vino a saberse que don José Boqui, comensal y tertulio de La Serna, Canterac, Valdés y demás prohombres de la causa realista, había sido nada menos que el principal agente secreto de San Martín. Y tan importantes debieron ser los servicios que prestara, que el protector creyó justo premiarlo haciéndole director de la casa de moneda, condecorándolo con la orden del Sol, y lo que es más, nombrándolo vocal en la junta calificadora de patriotas. Era preciso que Boqui lo fuese de primera agua para ser digno de aquilatar a los demás patriotas, y patriotas de patria que no era la suya.

Cuando en junio de 1833 Canterac, con una fuerte división, se aproximó a Lima, creyó prudente el gobierno, en previsión de un desastre, dada la inferioridad numérica de la fuerza republicana, embarcar en el Callao la plata labrada y alhajas de los conventos, así como la celebérrima custodia, que el consulado conservaba en depósito, junto con setenta barras de plata que existían en la Moneda. Boqui fue el comisionado para embarcar ese tesoro (que se estimó en un milloncejo, largo de talle) en una fragata mercante por él contratada, la cual, terminado el embarque, anocheció y no amaneció en el puerto.

Don José Boqui dijo al capitán: «¡Velas, buen viento y hasta Génova!» En seguida dirigió una mirada a la playa, e hizo un soberano corte de manga al Perú y a los cándidos peruanos.