La de San Quintín: 35

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ACTO III[editar]

La misma decoración del acto I.


Escena I[editar]

LORENZA, arreglando la habitación; RUFINA, que entra por el fondo, con sombrero y traje de calle.


RUFINA.- ¡Qué animación, qué alegría!... ¡Cómo esta de gente esa plaza, y todo el prado de San Roque, y la calzada de Lantigua hasta el santuario.

LORENZA.- Sí, sí: pocos años se ha vista tan concurrida como este la romería de Nuestra Señora del Mar. ¡Ay, mi 15 de Agosto, fiesta grande de Ficóbriga, quién te conoció en aquellos tiempos!... Hoy, todo se vuelve bullangas, borracheras, comilonas, mucha gente de tierra adentro y de mar afuera... pero devoción... lo que se llama devoción... eso que no lo busquen, porque no lo hay... Y qué... ¿llegaron las señoritas hasta la ermita?

RUFINA.- Trabajillo nos costó romper por entre la muchedumbre... ¡Qué oleaje, qué remolinos!... Pero al fin llegamos, y ofrecimos a la Santísima Virgen los tres ramos de flores, los dos nuestros, y el tuyo. (Inquieta, mirando a la derecha.) Pero esta Rosario...

LORENZA.- ¿No entró contigo?

RUFINA.- No; yo creí que había llegado antes.

LORENZA.- No la he visto entrar.

RUFINA.- En el prado de San Roque me entretuvieron, charla que charla, las niñas de Lantigua. ¡Ay, qué picoteras! Cuando de ellas pude zafarme, Rosario no estaba al lado mío... La busqué por los puestos y barracas de la feria, y nada. La señora Duquesa de San Quintín, sin parecer por parte alguna... Creí que se habría adelantado y que la encontraría aquí.

LORENZA.- (Alarmada.) ¿Se habrá perdido entre el barullo de gente, y no sabrá volver a casa?

RUFINA.- ¡Quia!... ¿Esa? Sabe llegar a donde quiere. No se pierde, no.

LORENZA.- ¿Pero qué mala hierba ha pisado mi señora la Duquesa?... Ya no madruga, ya no trabaja; se pasa las mañanas cogiendo florecillas silvestres, y las noches haciéndole cucamonas a la luna, y contando las estrellas por ver si alguna se ha perdido.

RUFINA.- Rarezas de su carácter.

LORENZA.- Rareza es, y de las gordas, poner esa cara de entierro, teniendo motivo para estar más contenta que unas pascuas.

RUFINA.- ¡Bah!... ¿Ya empiezas?

LORENZA.- Sí... Que estamos acá poco enterados... Si en el pueblo no se habla de otra cosa.

RUFINA.- ¿Qué... qué dicen?

LORENZA.- Que pronto serás hijastra de una excelentísima señora.

RUFINA.- Quita, quita. No digas desatinos. ¿Tú qué sabes...?

LORENZA.- Más que tú.

RUFINA.- Lo ocurrido en casa, tú no lo entiendes, ni puedes entenderlo.

LORENZA.- (Por sí misma.) A fe que es tonta la niña. (Con misterio.) Desde el día de la revolución de casa...

RUFINA.- Cállate, no me lo recuerdes...

LORENZA.- Desde el día en que repudiaron al señorito Víctor, dejándomelo en la clase de pueblo soberano, ¡ay! en la casa de Buendía están pasando cosas muy raras. ¡Pobre joven! Cuando ya le íbamos tomando cariño, resultó que...

RUFINA.- (Melancólica.) Que no es mi hermano. Para mí lo será siempre. Como a hermano le miré desde que vino a casa, y por tal le tendré mientras viva. Cuando sea monjita, y cada día me atrae más la vida religiosa... rezaré por la mañana y tarde, pidiendo al Señor que le conceda alguna felicidad... de la poquita que anda por esos mundos.

LORENZA.- Bien se lo merece, ¡ángel de Dios! Nunca me olvidaré de aquella tarde en que lo vi salir de casa para no volver más... Y no creas que iba caídito y con los humos aplacados... Lo que dije: para pueblo, paréceme demasiado altanero.

RUFINA.- (Con interés.) ¿No has vuelto a verle?

LORENZA.- No.

RUFINA.- Dime la verdad.

LORENZA.- Te juro que no.

RUFINA.- ¿Y no has sabido nada de él?

LORENZA.- Ni esto. Yo pregunto a cuantos obreros conozco, y ninguno me da razón.

RUFINA.- ¡Cosa más rara!

LORENZA.- Se habrá ido por esos mundos...

RUFINA.- No, no. Está aquí. Canseco debe saber dónde, porque el abuelito y papá le han dado el encargo... esto me consta: lo he oído yo... han dado a ese señor notario, tan diligente como oficioso, el encargo de proponerle...

LORENZA.- ¿Cómo?... ¿qué?

RUFINA.- Verás. Yo le pedí por Dios al abuelo que no abandonara al pobre Víctor, y él... ¿a que no me aciertas lo que ha discurrido nuestro adorado patriarca? Pues... regalarle la Joven Rufina, que ya está lista para darse a la vela, bien cargadita de mineral, y con víveres para dos meses. Anoche le dijo al capitán que abriera registro para Boston o Filadelfia, con cargamento a la orden. Le dan el barco a Víctor, con escritura en regla, a condición de partir inmediatamente. La nave y cuanto contiene es suyo, y al llegar a los Estados Unidos puede venderlo, y comprar terrenos en Oeste, y hacer unas fincas muy grandes, muy grandes...

LORENZA.- ¡Ay, qué señor! ¡Qué manera de estar en todo, y darle a cada uno su por qué! Es la mismísima Providencia. Y el otro, ¿acepta?

RUFINA.- Pronto hemos de saberlo, porque el capitán de la fragata quiere salir en la pleamar de mañana.

LORENZA.- (Apuntando una idea.) ¡Ay! ¿Estará D. Víctor a bordo?

RUFINA.- (Vivamente.) ¡Oh!... pues no se me había ocurrido... Hay que averiguarlo, pronto, pronto.

LORENZA.- Sí; por mi sobrino Juan, el contramaestre. (Va hacia el foro.)

RUFINA.- Oye. ¿Sabes que me inquieta la tardanza de Rosario?

LORENZA.- Mandaré a Rafaela en su busca. (Mirando por el fondo.) ¡Ah! si ya está aquí.


(Entra ROSARIO por el foro. LORENZA se detiene al verla, como queriendo entablar conversación.)


¿Buen paseíto, señora Duquesa...?

RUFINA.- Anda, anda a lo que te encargué, y déjanos.


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