La de San Quintín: 41

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


Escena VII[editar]

DON JOSÉ, DON CÉSAR, ROSARIO, RUFINA, CANSECO, VÍCTOR. Siéntanse todos, DON JOSÉ a la derecha, teniendo a su derecha a RUFINA, a su izquierda a ROSARIO; enfrente DON CÉSAR, y CANSECO a su lado. Queda despejado el centro de la escena. Aparece VÍCTOR en la puerta del foro, vestido de caballero, decentemente sin afectación ninguna. Permanece un instante en la puerta, esperando que le manden pasar.


DON JOSÉ.- Pasa.


(VÍCTOR no se mueve.)


RUFINA.- Dice el abuelito que pases.


(Adelántase VÍCTOR, y saluda a los dos grupos con grave reverencia.)


ROSARIO.- (¡Dios mío, qué emoción! No sé cómo componer mi rostro).

CANSECO.- Ya ve usted. Los señores de Buendía, accediendo a mis instancias, han tenido la bondad de recibir a usted en esta casa.

VÍCTOR.- Bondad que agradezco infinito. Corresponderé a ella abreviando esta visita todo lo posible, porque mi presencia, lo reconozco, no puede ser agradable a todos los individuos de esta digna familia.

RUFINA.- (A VÍCTOR en voz baja.) Siéntate...

VÍCTOR.- No... gracias.

DON CÉSAR.- (Alarmado.) ¿Qué ha dicho?

VÍCTOR.- Su hija de usted me invitaba a sentarme, y he respondido que no me canso de estar en pie.

DON CÉSAR.- Bien. Pues si tú deseas la brevedad, más la deseo yo. Me adelanto a tus manifestaciones diciéndote que si el socorro que pretendes, además del barco, es razonable...

VÍCTOR.- ¡Oh! no pretendo socorro, no. Ni lo necesito. Solo en el mundo, pobre, sin nombre, sabré encontrar un manantial de vida en medio del páramo que me rodea. Señores de Buendía, ni ustedes pueden darme auxilio, ni yo puedo aceptarlo. Un error nos unió. La verdad, o una apariencia de verdad, nos ha separado para siempre, D. César, corto con usted toda clase de relaciones, dejando sólo la gratitud, pues a usted debo mi educación, lo poco que sé, lo poco que valgo.

DON JOSÉ.- (A ROSARIO.) No está mal.

ROSARIO.- Ya lo creo.

DON CÉSAR.- Entonces...

CANSECO.- (Aparte a DON CÉSAR.) (No quiere auxilio. ¿Le digo que se siente?).

DON CÉSAR.- (No...). ¿Pues qué quieres? No entiendo. Acaba, que tu presencia es tormento indecible para mí. Tienes el triste privilegio de sumergir mi alma en un estupor insano. Eres inocente del mal que me has hecho, y no puedo amarte; eres mi desilusión, y no puedo aborrecerte. Para curarme de este malestar horrible, es preciso que huyas de mí... (Levántase.) pero lejos, lejos, al último confín del mundo.

CANSECO.- (Obligándole a sentarse.) (Calma, amigo mío... No excitarse sin motivo... Yo seguiré por usted). (A VÍCTOR.) Lo que importa, caballerito, es que usted se ausente de Ficóbriga, y de España... y de Europa. Para eso, los generosos señores en cuyo nombre hablo, le regalan a usted un barco magnífico.

DON JOSÉ.- Eh... ahora entro yo. Eso es de mi reinado. Víctor, di pronto si estás dispuesto a embarcarte para los Estados Unidos en la nave que te doy.

CANSECO.- Eso.

VÍCTOR.- Agradezco con toda el alma la donación del venerable patriarca, y el interés que se toma por mí. Pero no acepto, no puedo aceptar.


(Estupor en todos.)


ROSARIO.- (Aparte, con entusiasmo.) (¡Oh, qué noble orgullo! Así te quiero).

DON JOSÉ.- ¿Pero de veras...? ¿Qué razones...?

RUFINA.- (Mejor. Que se quede).

ROSARIO.- Es natural. Víctor no quiere privar al comercio de una embarcación tan hermosa, tan gallarda y tan segura.

VÍCTOR.- La principal razón es que antes moriré que recibir de esta familia, que respeto, ni el valor de un alfiler.

CANSECO.- Hola, hola...

DON CÉSAR.- (¿Qué es esto?).

DON JOSÉ.- Entonces... ¿qué quieres de nosotros? ¿A qué has venido?

VÍCTOR.- A dirigir una pregunta a D. César.

DON CÉSAR.- ¡A mí!

ROSARIO.- (¡Ahora es ella!).

VÍCTOR.- Desde que el Sr. D. César desmienta o confirme... lo que me ha dicho el señor notario aquí presente... noticia, además, que corre de boca en boca por todo el pueblo.

CANSECO.- (Ya sé...).

DON CÉSAR.- ¿Qué?

DON JOSÉ.- ¿Qué?

VÍCTOR.- (A DON CÉSAR.) Deseo saber si es cierto que usted ha hecho proposiciones de casamiento a la señora Duquesa de San Quintín.

DON JOSÉ.- ¡Atrevimiento igual!

DON CÉSAR.- ¡Pero tú...!

VÍCTOR.- Yo, yo. Pregunto a usted si son ciertas sus pretensiones, por que, sépanlo todos, ¡me opongo a ellas!

DON CÉSAR Y DON JOSÉ.- ¡Tú!

VÍCTOR.- Yo, con toda la energía de mi voluntad, tan soberana como otra cualquiera, me opongo. La razón es bien clara. Amo a Rosario. (Estupor y sobresalto. DON JOSÉ y DON CÉSAR se levantan bruscamente.)

DON JOSÉ.- ¡Jesús!

RUFINA.- (¡Ay, Dios mío!).

DON CÉSAR.- ¡Oh, qué ignominia! Calla, miserable. (Mirando a ROSARIO y a VÍCTOR con desvarío.) ¡Rosario, Víctor!... ¡Horrible, horrible! ¡Y usted calla, usted no protesta...!

DON JOSÉ.- (A ROSARIO, volviendo a sentarse.) Pero tú...

DON CÉSAR.- Fuera de aquí. Rosario, confúndale usted con su desprecio.

DON JOSÉ.- Pero habla, hija.

RUFINA.- (Pasando al lado de ROSARIO.) Contesta, mujer.


(ROSARIO continúa sentada, inmóvil y silenciosa.)


DON CÉSAR.- Pero usted... al menos... ¿no se indigna de que ese desdichado...? (Asaltado de una horrible sospecha.) ¡Acaso...! ¡Dios, lo que pienso! (Aterrado de su idea.) Díganos usted que esta idea que ha fulminado aquí (En la mente.) es absurda... díganoslo pronto, pronto.

RUFINA.- Habla.

VÍCTOR.- (Suplicante.) Hable usted, por Cristo...

DON JOSÉ.- A ver... di...

ROSARIO.- (Se levanta. Expectación en todos. Pausa. Con solemne acento pronuncia las palabras que siguen.) Soy noble, nací en la más alta esfera social. De niña, enseñáronme a pronunciar nombres de magnates, de príncipes, de reyes, que ilustraron con virtudes heroicas la historia de mi raza... Pues bien, mi nobleza, la nobleza heredada, ese lazo espiritual que une mi humildad presente con las grandezas de mis antepasados, me obliga a proceder en todas las ocasiones de la vida conforme a la ley eterna del honor, de la justicia, de la conciencia. Yo privé a este hombre de todos los bienes de la tierra. Él cree que mi mano es la única compensación de su infortunio, y oy se la doy, y con ella el alma y la vida. (Pasa al lado de VÍCTOR.)

DON CÉSAR.- (Transtornado.) ¡A él! ¡Amarle a él...! ¡Mentira!

VÍCTOR.- (Con entusiasmo.) A mí, a mí solo.

DON JOSÉ.- (Rezando.) En el nombre del Padre...

DON CÉSAR.- (Abrumado, cae en el sillón.) Yo estoy loco. El mundo se desquicia, el universo se rompe en pedazos mil... ¡Oh, oh! ¡La descendiente de reyes... el hijo anónimo de Sarah!... ¡Inaudita fusión, amasijo repugnante en que veo la mano de Lucifer!... ¡Oh, no...! ¡Díganme que es sueño, mentira...!

CANSECO.- Calma, serenidad, mi querido D. César.

VÍCTOR.- Perdóneme usted... No es culpa mía...

DON CÉSAR.- Déjame. Has invadido mi casa, has entrado a saquearme, a llevarte mi dicha, mi esperanza. ¡Qué bien ha hecho Dios en demostrarme que no eres mi hijo!


(CANSECO trata de calmar a DON CÉSAR.)


DON JOSÉ.- (Severamente, cogiendo a ROSARIO por una mano.) Perturbadora de mi casa, si la demencia de mi hijo merece este desengaño, la tuya merece un manicomio.

ROSARIO.- Sí; mi señor patriarca. Víctor y yo somos dos locos que nos lanzamos a la increíble aventura de buscar la vida y la felicidad en nosotros mismos.

DON CÉSAR.- (A CANSECO, con ansiedad.) (¿Qué dicen, qué hablan?).

CANSECO.- (Ella misma reconoce que está loca perdida).

DON CÉSAR.- (Alto.) ¡Y arroja al lodo su ducal corona!

ROSARIO.- ¡Mi ducal corona! El oro de que estaba forjada se me convirtió en harina sutil, casi impalpable. La amasé con el jugo de la verdad, y de aquella masa delicada y sabrosa he hecho el pan de mi vida.

DON JOSÉ.- Y ahora, Víctor... puesto que no vas a América...

VÍCTOR.- Sí que voy.

DON JOSÉ Y RUFINA.- ¿Y tú?

ROSARIO.- Yo también. Para completar su existencia, le falta una familia, un hogar ordenado y tranquilo, el cariño y la compañía de una mujer... y esa mujer seré yo, aquí, o en el último rincón del mundo.

VÍCTOR.- (Abrazándola.) Que será un Cielo para mí.

DON JOSÉ.- ¡Alabada sea la infinita misericordia...!

VÍCTOR.- Sí; pida usted el favor del Cielo para estos pobres emigrantes.

DON CÉSAR.- (A CANSECO.) ¿De qué tratan?

CANSECO.- Nada... que, según parece, se van juntos al otro mundo.


(DON CÉSAR presta atención a lo que sigue.)


VÍCTOR.- Por mediación de un ingeniero belga, amigo mío, voy a una comarca industrial del estado de Pensilvania, en calidad de emigrante. Exígenme que lleve una familia, y ya la tengo. Nos embarcamos en el vapor de la Mala Real, que hace escala en este puerto.

RUFINA.- Llega esta noche.

VÍCTOR.- Y parte mañana.

DON CÉSAR.- (Con desvarío.) ¡Huye con él... le ama!... el Infierno arriba, en el zenit; el Cielo abajo, en los profundos abismos.

DON JOSÉ.- No podéis partir así.

RUFINA.- No tenéis tiempo de casaros.

DON JOSÉ.- Espérate, y...

ROSARIO.- Después de lo ocurrido, no puedo permanecer aquí ni un momento.

RUFINA.- ¿Y a dónde vas?

VÍCTOR.- El cónsul de Bélgica y su digna esposa nos albergan, y apadrinarán nuestra boda.

ROSARIO.- ¡Oh, sí!

VÍCTOR.- (Con entusiasmo, llevándose a ROSARIO.) Ven, mi vida, mi ilusión, mi idea.

CANSECO.- (Pasando al grupo del centro.) Urge que se retiren...

ROSARIO.- (Despidiéndose de DON JOSÉ.) Adiós.

DON JOSÉ.- (Abatido.) Adiós, hija mía.


(ROSARIO y RUFINA, en el centro de la escena, se besan cariñosamente, permaneciendo un rato abrazadas. Después RUFINA se despide de VÍCTOR, el cual la abraza. En el transcurso de esta escena muda, DON JOSÉ, tomando la mano a CANSECO le dice.)


¡Ay, qué desolación en mi familia! Mi hijo medio loco; mi nieta será monja cuando yo falte... Así concluye esta poderosa casa.

CANSECO.- De poco le ha valido a usted tanta administración.

DON JOSÉ.- (A RUFINA, que, después de la despedida, vuelve a su lado llorando.) ¿Lloras?

RUFINA.- Sí... les quiero a los dos.

DON JOSÉ.- ¡Mi hijo... César...!

DON CÉSAR.- (Levántase airado.) Acábese esta pesadilla horrible... (A ROSARIO y VÍCTOR.) Marchaos de aquí... (Como buscando consuelo al lado de su padre.) Padre, soy hombre concluido, sin ninguna ilusión, sin más esperanza que la muerte.

DON JOSÉ.- Ven acá. (Echa un brazo a RUFINA y otro a DON CÉSAR, formando estrecho grupo.) Agrupémonos, para que nuestra soledad sea menos triste.

RUFINA.- ¡Se van para siempre!

VÍCTOR.- ¡A la mar, a un mundo nuevo!

ROSARIO.- Volvamos la espalda a las ruinas de este.


(Dirígense a la puerta del foro; se vuelven, abrazados, hacia la escena, y extendiendo el brazo que les queda libre saludan con entusiasmo y alegría.)


ROSARIO Y VÍCTOR.- (Al unísono, con voz clara y vigorosa.) ¡¡Adiós!!

DON CÉSAR.- Se van... Es un mundo que muere.

DON JOSÉ.- No, hijos míos; es un mundo que nace.


(Telón.)


FIN DE LA COMEDIA


◄  Anterior
Siguiente  ►