La discípula

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La discípula
de Félix María Samaniego


Tiene su aprendizaje cada oficio,

y le debe tener según mi juicio:

en la forma que el fraile de novicio,

cuando novio el casado,

son muchos los deberes de su estado.

¿ No tiene aprendizaje el alfarero?

¿ Valdrá menos un niño que un puchero?

No hay que aprender dirán: ¡ Dios nos asista!

Dígalo tanto padre moralista.

La gran dificultad está en el modo;

hablo yo en general de la enseñanza.

Respecto a las mujeres, fuera chanza,

se ha de tener presente, sobre todo,

que deberá el maestro

virtuoso, libertino, zurdo, diestro,

amigo o enemigo,

dar todas sus lecciones sin testigo.

La experiencia está hecha,

más de lo que se quiere se aprovecha.

Escribiré al intento,

dedicado a la madre, cierto cuento.

Estaba un venerable religioso

con cierta señorita

proponiéndola a solas un esposo.

Ni escuchaba la madre, ¡ qué bendita!

La historia cuenta que, con grande empeño,

caritativo el fraile y halagüeño

procuraba vencer la repugnancia

de la modesta niña. A tal instancia

al fin pronunció el sí mirando al suelo.

Con un modesto velo

la explica el padrecito el matrimonio,

Sánchez para con él era un bolonio.

¡ Oh!, sabía muy bien su reverencia

que en el mundo confunden la inocencia

con la ignorancia crasa,

y que por eso pasa lo que pasa.

La modesta novicia

recibió con placer y sin malicia

la primera lección completamente.

La niña se aficiona,

cuando llegó a ponerla en un estado

a que nunca ha llegado

el más sabio Doctor de la Sorbona.

Se ajusta, se apresura el casamiento.

Cásase la doncella en el momento,

y a los seis meses, breve,

hizo lo que las otras a los nueve.