La emigración española a Chile

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La emigración española a Chile de Beatriz Lorenzo Gómez de la Serna


La emigración española a Chile

Introducción

Mi consejo y parecer
Es que el que quiera librarse
De la Peste, salga luego,
Vaya lejos, vuelva tarde.

La emigración como fenómeno, comporta, al menos, dos momentos esenciales: la expulsión y la atracción. La expulsión que ejerce el lugar donde estamos y la atracción que nos lleva hacia donde vamos. Nadie, salvo el “patiperro” confeso y recalcitrante – ejemplar escaso, sin duda – se expatria, se aleja de su lugar de origen sin una razón poderosa que lo obliga, que lo conmina, a dejar la “querencia”, a abandonar sus hábitos, modos y costumbres. La expulsión tiene lugar de diversas maneras y a través de diversos instrumentos; unos más drásticos que otros, unos más formales que otros. Y, en el marco de un mismo momento o período migratorio, este puede revestir distintas características respecto de los diferentes grupos, e incluso, respecto de cada individuo.

La emigración española a América en general, y a Chile, en particular, es buen ejemplo de ello. Desde el comienzo, es decir desde los albores del siglo XVI, los españoles que salían de la península con “camas y petacas”, vale decir, para no volver, lo hacían respondiendo a diversos factores y, las mas de las veces, a una conjunción de ellos.

Factores preponderantemente económicos condicionaron la salida de muchos. La pertinaz sequía con su secuela de hambruna unida a la peste recurrente y a la escasez de tierras de labor que generó la política de ganadería extensiva de los señores en el siglo XVI, obligó a muchos a abandonar el terruño entre mediados del siglo XVI y todo el XVII. También fundamentalmente económicas fueron las razones de la emigración del siglo XIX. España, la pariente pobre de Europa, expulsaba a sus hijos hambrientos enviándolos a hacer fortuna en Las Indias, a que se hicieran “indianos”.

Eminentemente políticas, en cambio, fueron las causales de la primera emigración; la de comienzos del siglo XVI. Los derrotados de uno y otro bando en la Guerra de Los Comuneros nutren las filas de la emigración de los primeros años del mil quinientos. Así mismo, fueron razones políticas las que trajeron a América y a Chile a los “refugiados” españoles de la Guerra Civil del 36. Los “rojos”, los republicanos, encuentran en América una tierra que los acoge, un “asilo contra la opresión”.[1]

Cuando la expulsión surte su efecto. Cuando el español, como grupo afín de algún tipo o como individuo, se siente expulsado, excluido de su entorno, desalojado de su habitat, proscrito en relación a sus derechos, es cuando entra a tallar la atracción. Una vez asumida la necesidad imperiosa de partir, surge la pregunta ¿a dónde?

La atracción que ha ejercido siempre América sobre los españoles, sobre todos los españoles que en el mundo han sido, es, en el fondo, en la profundidad emocional del imaginario, la misma: ser la “otra España”; la “nueva España”. Otra, en tanto que distinta, pero reconocible. Nueva, en tanto que está libre de las taras y rémoras de la vieja. La atracción que ejerce América sobre los españoles viene dada por la posibilidad de emigrar hacia una España mejor. Por la posibilidad de no irse del todo. De mantenerse en el marco de una lengua común. De ampararse en el mismo Libro. De rezar y blasfemar en la misma lengua de origen. Pero dejando atrás el hambre, las vicisitudes políticas, las restricciones, la falta de expectativas .... Dejando atrás las “caenas” peninsulares para trocarlas por la promisión de una tierra por hacer.

La emigración en la Historia

Pero dejó el camino provechoso,
Y, descuidado dél, torció la vía,
Metiéndose por otro, codicioso,
Que era donde una mina de oro había,
Y de ver el tributo y don hermoso
Que de sus ricas venas ofrecía,
Paró de la codicia embarazado,
Cortando el hilo próspero del hado.
[2]

La emigración española a Chile, como al resto de América, es fundacional. No hay Chile sin la llegada de los españoles. No sería lo que es. No habría sido. O, habría sido otra cosa. Pero este Chile que nos ha tocado en suerte y que es el único que tenemos, para bien o para mal, para mejor o para peor, es profundamente español. Heredero, por el quinto de libre disposición, de la España de las Tres Culturas. De la España castellanovieja y castellanonueva. De la España comunera, de la España mora y de la España judía. También de la España Negra, de la España del “jambre” con jota andaluza y jonda porque de “jambres” y buñuelos de viento sabemos los chilenos una “jartá jorrorosa”. También de la España Republicana, de la España del exilio, del desarraigo y de raíces cortadas de cuajo y también de esos dolores del alma, de esos pesares de ausencia, sabemos los chilenos hasta el hartazgo. También de la España postmoderna, relativa y relativizante. De la España del capital políticamente correcto. De la España de Telefónica, de Aguas de Barcelona, de Huarte, Dragados, Cubiertas MZOV, Sacyr .... Somos hijos, nietos y biznietos – legales y bastardos – de todas las Españas.

A este país del sur del Sur, larguirucho, accidentado y que se nos va escurriendo poco a poco hacia la Mar Océana, los españoles empezaron a llegar a mediados del siglo XVI, desde la Ciudad de los Reyes, por el Norte, cruzando la cordillera, con el afincado presentimiento de estar cabalgando hacia el fin del mundo. Primero fue Diego de Almagro[3] el que abrió camino, pero se regresó al Perú sintiendo que la empresa le quedaba grande, que las penas sin pan no había quien las aguantara. Luego vino Pedro de Valdivia[4] y con él, Inés de Suarez. También Quiroga, De Los Ríos, Pinel, Godínez, Delgado, González Marmolejo, Núñez, Céspedes, Martínez de Ribera, Almonacid, Cháves, Cruz, González Cimbrón, Tarabajano, Villarroel, Vergara, Bohón, Jufré...[5] En 1541, un 15 de enero, fundaron Santiago del Nuevo Extremo en el Valle del Mapuche, junto al Cerro Huelén. “... el ejercito de los cristianos... hizo asiento en quince de enero de mil quinientos cuarenta y uno, donde halló un cacique llamado Vitacura, que era indio del Perú y puesto en este valle por el gran inga rey peruano, el cual habiendo conquistado parte del reino de Chile, tenía puestos gobernadores con gente de presidio en todas las provincias hasta el valle de Maipo, que está tres leguas más adelante deste valle de Mapuche...”[6]

Tras este contingente “fundacional” y, coherente con la política poblacional de Carlos V, las postrimerías del siglo XVI y gran parte del XVII son testigos de lo que en lenguaje actual del ACNUR[7] llamamos “reagrupación familiar”. A partir de 1560, cada vez mas mujeres y niños cruzan el Atlántico y bajan por el Pacífico para llegar a Chile a hacer “vida maridable” con los conquistadores llegados desde el Perú. Con ellas viene también un nuevo y distinto contingente de emigrantes. No habiendo ya casi nada nuevo por conquistar, los conquistadores dejan paso a los artesanos y a los comerciantes. En sus equipajes llegan herramientas (azadones, palas, martillos, lenzas, escofinas, garlopas), simientes (trigo, olivas, toronjas, repollo, acelgas, manzanas), animales alimenticios (cerdos, gallinas, ovejas, cabras) y de tiro (mulas, bueyes, asnos). Los caballos, sabido es, formaban parte del conquistador a quien, en un comienzo, los indígenas veían como a centauros barbados.

Por los caminos de la Mesta, la buena nueva de una tierra promisoria recorre la geografía española. Se instala en ferias y mercados. Se infiltra en señoríos y realengos. Cala hondo en tierras de calatravos y alcántaros. Las guerras por un quíteme allá esas pajas de las que Carlos V es adalid y mariscal de campo, la pertinaz sequía que ni las “ad petendam pluviam”[8] consiguen aplacar, la peste que como una guadaña incesante siega vidas y, en definitiva, el hambre y la falta de esperanzas hacen que en el imaginario peninsular se vaya tejiendo un tapiz rebosante de riquezas y honores, situado allende los mares.

España clava una pica en América. Una pica y una cruz. También una rastra de arado y una pala para cavar pozos y abrir zanjas. Trajo gallinas y descubrió el tomate. Plantó trigo y aprendió a majar maíz. Hizo la guerra y trató de vivir en paz. Buscó oro y encontró papas. Domó la tierra al ritmo de la yunta de bueyes. Sometió los cauces sembrando molinos. Penetró la tierra y la horadó hasta las entrañas buscando el metal amarillo. Construyó casas y las llenó de corredores y blasones inventados. Erigió iglesias, conventos y cadalsos. Invadió los valles con la cuadrícula. “Acometió la más grande empresa de ciudades llevada a cabo por un pueblo, una nación o un imperio en toda la historia. Transformó y humanizó el territorio a través de la construcción de obras públicas y espacio urbano contribuyendo a dotar a amplios territorios de su actual configuración, a través de un rico proceso de organización, hecho de superposiciones y de adiciones. Esto ha dejado el terreno sembrado de hitos, que son testigos innumerables y valiosos de los distintos momentos históricos atravesados. Frecuentemente útiles todavía, contribuyen a la construcción de la memoria histórica colectiva y al enriquecimiento del patrimonio.”[9]

Nuestro Santiago del Nuevo Extremo fue obra de la visión y la necesidad de arraigo de los conquistadores, de la voluntad de hacer hogar y encender lumbre de sus mujeres y del “sueño de un orden” del Alarife Gamboa.

La emigración de estos primeros siglos coloniales (XVI y XVII) tiene en Chile un alto componente extremeño, pero, en contra de lo que se suele pensar y decir, la componente castellana era tanto o más importante que aquella. Fue la nacionalidad íntima de Pedro de Valdivia – de Zalamea o Castuera o Villanueva; en cualquier caso, del Valle de la Serena en la Baja Extremadura –y de parte de sus lugartenientes que venían con el desde Los Tercios de Flandes y el hecho que bautizara la nueva ciudad como Santiago del Nuevo Extremo, lo que tiñó a Chile con un tinte extremeño más anecdótico que cierto. En el Chile incipiente, entre extremeños y castellanos, “tanto monta, monta tanto...”

A partir de finales del siglo XVII y durante todo el XVIII y el XIX, una nueva sangre peninsular se suma a los anteriores: los vascos.[10]

Bueno, sumarse, lo que se dice sumarse; no. Siempre estuvieron. Desde el comienzo. Venían de Azcoitia, de Azpeitia, de Bergara y de Tolosa. De Durango, cuna de Fray Juan de Zumárraga, primer Arzobispo de México y de Mauricio Zabala, fundador de Montevideo. De Bermeo, de Lekeitio y de Bilbao. Pero, hasta entonces, habían sido escasos. Hombres solos. Hombres de mar muchos de ellos; de ida y vuelta.

Entre aquellos vascos de la primera oleada, como olvidar a Don Alonso de Ercilla y Zúñiga, nacido en Madrid, es cierto, pero con casa blasonada en los Altos de Bermeo, con vista al peñón de Itzaro; la Torre de Ercilla. Don Alonso le dio nobleza fundacional a este país del fin del mundo. Si el Poema del Mío Cid es el Acta Fundacional de España, la Chanson de Roland, de Francia y Los Niebelungos de los pueblos germanos, La Araucana es nuestra Partida de Nacimiento y Fe de Bautismo. Nos hizo entrar en la Historia – en la historia de la literatura al menos – por la puerta grande. Nos sacó de nuestro ignoto rinconcito geográfico y nos catapultó al mundo como “gente que a ningún rey obedecen”, capaces de “temerarias empresas memorables que celebrarse con razón merecen”, artífices de “raras industrias, términos loables que más los españoles engrandecen: pues no es el vencedor más estimado de aquello en que el vencido es reputado”.

Dura tarea la nuestra, la de mantenernos a la altura de su épica visión: nación exenta, indómita, temida, de reyes libre y de cerviz erguida

En la nueva oleada de vascos, la que venía para quedarse, llegaron fundamentalmente funcionarios y comerciantes que añadieron “erres” a la naciente aristocracia chilena; la denominada “aristocracia castellano-vasca” que estampó sus sonoros apellidos en las etiquetas de los mejores vinos del país. Dentro de esta misma categoría, también llegaron hijos menores de familias acaudaladas a quienes la ley de mayorazgos obligaba a tentar suerte allende los mares.

Como criados de estos, vinieron familias de labradores, agricultores y gentes de servicio con variados y diferentes oficios. Gentes de tierra adentro. Gentes hechas al azadón y al almocafre. A las horcas, hoces y guadañas. Hombrones curtidos junto a las fraguas y los yunques. Duchos en atizadores y espetones, machos y tenazas, destajadores y cortafríos.

Durante el siglo XVIII vinieron, sobre todo, desde pueblos de Guipúzcoa y de Vizcaya. Ya en el XIX y en el XX vinieron bastantes desde el Valle del Baztán, la Navarra Húmeda, parte, en su día, de la Sexta Merindad de Pamplona. De allí vinieron los Allende, los Egaña, los Badiola, los Equiguren, los Undurraga, los Ugarte, los Urmeneta, los Zúñiga...

En el pueblo de Arizkun, en la ribera izquierda del Baztán-Bidasoa está el origen de una importante familia chilena: los Errázuriz. De allí salió, por allá por 1733, Francisco Javier Errázuriz y Larraín quien fuera alcalde de Santiago en 1756 y regidor perpetuo del cabildo desde 1758. De él desciende el actual Obispo de Santiago, Monseñor Francisco Javier Errázuriz.

Diversas razones ponen freno a la emigración española hacia América desde finales del siglo XVIII y durante casi toda la primera mitad del XIX. Razones obviamente interrelacionadas y que no pueden entenderse si no es a través de su interdependencia, pero unas se asientan allá y otras acá: en una y otra orilla.

Una España que no se aviene a subirse al carro de la industrialización, con una monarquía débil que acaba claudicando ante Napoleón desatándose La Guerra de la Independencia... eso ocurre allá.

Una sociedad criolla descontenta con la Metrópoli por razones de variada índole: altos impuestos, monopolios comerciales peninsulares, un centralismo administrativo que los arrincona en puestos burocráticos de poca monta, el ejemplo de Norteamérica... eso ocurre acá.

La energía vigorosa de las ideas de la Revolución Francesa y el espíritu de la Ilustración sumado – en una suma donde el resultado es bastante distinto a la simple adición de todas las partes – a los elementos anteriores, da como fruto pintón, híbrido, mixto y mezclado una república independiente: Chile.

Con la llegada de los aires republicanos, llega también la llamada “Guerra contra los Españoles” y con ello un paréntesis en los flujos de inmigración desde la Madre Patria. Al menos, del flujo proveniente de una política oficial de la corona. Lo que no quiere decir que no viniera nadie, sino que la emigración, cuantitativa y cualitativamente, sufre modificaciones. Vienen menos y vienen los perseguidos.

Entre ellos, por ejemplo, Andrés Antonio de Gorbea, nacido en Orduña, de profesión ingeniero. Arribó al puerto de Valparaíso un 12 de mayo de 1826 y aunque en la incipiente República aún soplaban brisas y céfiros antiespañoles, Don Andrés llegó a significarse como vicerrector del Insituto Nacional[11], miembro del recién creado Cuerpo de Ingenieros Civiles y fundador de la Facultad de Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.

Hacia finales del siglo XIX y tras haberse dictado de la Ley de Colonización de 1845, Chile, ese inmenso territorio casi vacío, se abre a la inmigración europea. Alemanes, ingleses y, a partir de 1895, españoles, sobre todo españoles.[12] Españoles de todas las Españas en el sentido más literal del término. De toda su geografía, de todo el espectro político, de diversas clases sociales, con sueños de grandeza, con aspiraciones monetarias, anhelos libertarios, separatistas, meapilas, caraduras y anarquistas. De todo un poco, como en botica.

Siglo Veinte, Cambalache

Que el mundo fue y será una porquería
ya lo sé...
(¡En el quinientos seis
y en el dos mil también!).

Durante los treinta años que van de 1883 y 1910 y que marcan el cambio de siglo, los españoles llegados a Chile se estiman en aproximadamente cincuenta mil, lo cual supone un tercio de la inmigración total para el período. En cifras absolutas naturalmente no parecen cantidades demasiado significativas, pero considerando que hablamos de un país – Chile – cuya población, en el advenimiento del siglo XX, no superaba los cuatro millones de habitantes y que los 30 años consignados no representan el “peak” de la inmigración... pues, no deja de ser, máxime si la opinión que Europa tenía del país, según escrito del Embajador de España en Chile en la época, Juan Servet, era desfavorable por la escasa “calidad de sus tierras y riquezas y al carácter poco hospitalario de sus habitantes”.

Desde la creación de la Agencia General de Colonización e Inmigración de Chile en 1882 y mientras la gestión de la inmigración dependió directamente de la Administración – vale decir hasta los primero años del nuevo siglo – esta incentivaba la venida de emigrantes anticipándoles el 75 % del costo del pasaje, les otorgaba préstamos, que hoy denominaríamos “blandos”, para hacer frente a los gastos de instalación, les garantizaba alojamiento gratuito en los puertos de desembarque y la entrega de 70 hectáreas de tierra a cada jefe de familia, así como 30 hectáreas más a cada hijo varón, mayor de edad. Esto último, señal inequívoca de que el Gobierno chileno buscaba hacer productivas las enormes extensiones de tierra baldía con que contaba el país. Pero, señal también, de que las tierras eran identificadas por algún burócrata, desde un despacho situado en la capital, sin tener en cuenta la calidad de estas, la topografía, el acceso a agua de regadío y, en fin, todos aquellos detalles que hacen que resulte asombroso que se asigne una cantidad fija de tierra a los potenciales colonos, sin considerar que en un país con cuatro mil kilómetros de largo, sin duda, no son equivalentes las tierras desérticas del extremo norte, las fertilísimas del centro del país, las escarpadas tierras cordilleranas o la tundra del extremo sur.

En consecuencia, no todo era “miel sobre hojuelas”, ni la perita tan dulce como la pintaban. La travesía era larga y dura. Los alojamientos en los puertos de desembarque, según testimonios recogidos por la Embajada de España en Chile de los propios inmigrantes, dejaban bastante que desear. Las tierras que se entregaban no rendían lo que, en principio, se podía esperar de ellas. Estaban situadas en lugares ignotos, de difícil acceso y con mala comunicación respecto de los centros de acopio.

No obstante, la inadecuación de la política de inmigración hizo crisis cuando el gobierno de Chile, en los primeros años del nuevo siglo, decide “externalizar” la gestión de la emigración, entregándola en manos privadas. Cuando la emigración se transforma en un negocio privado, las consecuencias se traducen en “traer a troche y moche brazos extranjeros que no tienen la demanda que era de esperar”.[13] Los folletos impresos por los agentes responsables del reclutamiento de emigrantes omiten arteramente las condiciones reales, fijadas por ley, para la entrega de tierras; es decir, que el colono debe disponer de mil pesos en oro como garantía. Las condiciones de la travesía se hacen aún mas infames. Sobre todo en lo tocante a la alimentación y salubridad de los niños. El estado de los albergues de acogida – fundamentalmente el de San Rafael en Santiago – se vuelve insostenible. Y, por último, la imposibilidad de acceder a las tierras de labor prometidas, redunda en el traslado de las familias de emigrantes a la capital, en busca de una colocación que les permita subsistir. Allí, en los barrios mas pobres de Santiago, hacinados en “conventillos”[14], las familias españolas, con el sueño y las esperanzas rotas en mil pedazos, deben sobrevivir con salarios de 3 pesos diarios, trocando el “dorado faisán de la emigración” por unas escuetas lentejas en plato de latón – a 50 céntimos el kilo – y mojar pan – a 60 céntimos el kilo – en la cada vez más desleída sopa boba de la esperanza.

Queda ciertamente demostrado que la única emigración con algunos visos de éxito seguía siendo la tradicional “emigración de llamada”. Aquella que presupone la instalación previa en el país de un “adelantado” o un grupo familiar que se asienta y, tras alcanzar un relativo éxito, tiende la mano a los parientes del otro lado del océano.

Catalans en fora

És un fet evident que,
com només és té una mare,
també es té només un país nadiu

En la década de los ’20, coincidiendo con el renacimiento del catalanismo y del ascenso fulgurante del sindicalismo revolucionario en Catalunya, los catalanistas criollos se hacen con la directiva del Centre Catalá de Santiago, desde donde brindan apoyo y cobijo a sus paisanos. A tal punto, que la representación diplomática española solicita al Presidente Arturo Alessandri poner coto a la encendida oratoria de los separatistas locales. La respuesta del León de Tarapacá fue: “aquí la libertad de la prensa y la de la emisión del pensamiento son omnímodas”. Ante lo cual, imagino, el Excelentísimo Señor Embajador debió quedarse más bien atónito, por no decir un tanto turulato. Sin embargo, no obstante esa suerte de bofetada retórica, las autoridades chilenas se las ingeniaron para desmantelar, en la medida de lo posible y de una forma harto pintoresca, los mítines de los catalanistas: los hacían coincidir con presentaciones de la banda de música municipal que, con su estruendo de vientos y percusiones, transformaba a los fogosos oradores en actores de una película muda.

La Embajada Española tenía claramente identificados, al menos, a tres de sus máximos líderes. José Abril, dueño de una confitería. Jesús Palou, camisero. Y un señor de apellido Godo, encargado de la publicación “Germanor”[15] que, en sus ratos libres, tocaba el violón.

En 1928, ante el anuncio de la visita de Francesc Maciá a Chile y la convocatoria del Centre Catalá para ir a recibirlo a la Estación Mapocho, las autoridades de la Embajada española entran en pánico. Y esta vez, sus petitorios y reclamos ante el gobierno de Chile tendrán una acogida más drástica: Maciá es expulsado de Chile desde la ciudad de Los Andes, en la frontera con Argentina.

Los Santos Laicos del Anarquismo

Los corazones obreros que laten
por nuestra causa, felices seran;
si entusiasmados y unidos combaten,
de la victoria la palma obtendran.

El anarquismo y las teorías libertarias europeas en general y españolas en particular, tuvieron una considerable importancia en el movimiento libertario chileno. Esta afirmación no es menor, dado que, si bien el libertarianismo chileno tuvo una etapa de esplendor breve, durante ella y con hegemonía sobre el movimiento laboral, consiguió congregar a una gran mayoría de la población en contra de la élite de paniaguados y sentar las bases del movimiento obrero.

No todos los anarquistas que estuvieron en Chile, vinieron para quedarse. Quizás ese prurito de “culillo de mal asiento” sea consustancial a la ideología libertaria. El caso es que algunos de los prohombres y promujeres del anarquismo español que dejaron su impronta en Chile, fueron meros transeúntes o transhumantes del activismo político. No obstante, su huella fue profunda e intensa.

De gran impacto fue, por ejemplo, el asalto al Banco de Chile (Sucursal Mataderos) en 1925, por Buenaventura Durruti junto a un grupo de anarquistas chilenos con el objeto de obtener fondos para la causa revolucionaria.

Y de enorme importancia, la estancia en el país de Belén de Zárraga en 1913 y 1915. Sus visitas al Norte de Chile – Antofagasta e Iquique – a las oficinas salitreras, a la pampa grande y ajena, tuvieron como resultado la creación de los Centros Femeninos Belén de Zárraga que funcionaron hasta 1915 para devenir, con posterioridad, en la Federación Unión Obrera Femenina y en el Consejo Federal Femenino.

Belén de Zárraga, librepensadora, anarquista y feminista[16] nacida en Puerto Rico en 1873 de padres españoles, se graduó como doctora en Medicina en la Universidad de Barcelona. En 1900 se radica en Montevideo desde donde ejerce su apostolado libertario y feminista en toda América Latina. Tras un largo olvido, muere en Ciudad de México en 1951. La noticia la recoge “El Tarapacá” en ese mismo año: “completamente olvidada de los públicos de España y de América, acaba de morir en el país azteca a la edad de 77 años, llena de achaques propios de una senectud prolongada, doña Belén de Zárraga cuya palabra pastosa y cálida, escuchó en varias ocasiones la Provincia de Tarapacá, allá por los años 1912 y 1915. Ha muerto en el más completo olvido. No dejó nada detrás de ella.” Una vez más, americanos y peninsulares fuimos culpables del pecado de falta de memoria. De trasplantar al olvido a quienes, con enorme generosidad y auténtica solidaridad, nos abrieron las puertas y las ventanas de su saber ser y saber hacer. Sus obras “Chile” y “De la Vida” se perdieron en el marasmo ingrato de la indiferencia. Solo nos quedan los artículos de la prensa de la época, recolectados y reconstruidos con paciencia y dedicación encomiables por historiadores como María Angélica Illanes[17] y el registro del impacto de sus visitas a Chile recogidas en la Novela autobiográfica de José Santos González Vera “Cuando era Muchacho”.

Otros anarquistas españoles, sin embargo, se quedaron e hicieron suya la lucha de los obreros chilenos.

Caso curioso, sin duda, es el del primer anarquista español llegado a Chile en 1890, Manuel Chinchilla. A poco de llegar organizó, junto al chileno Carlos Jorquera sindicado como el “primer anarquista chileno”, los núcleos anarquistas de obreros tipógrafos en Valparaíso y Santiago. En 1892 formaron en Valparaíso – a estas alturas se habían sumado al grupo Magno Espinosa y Alejandro Escobar – el Centro de Estudios Sociales y un año después vió la luz el primer periódico anarquista de Chile “El Oprimido”. Hacia 1895 el movimiento libertario sumaba en Chile más de 100 militantes organizados entre Santiago y Valparaíso. En 1919 encontramos a Don Manuel Chinchilla como próspero comerciante en Iquique cofinanciando una curiosa Memoria de los españoles en Chile rebosante de loas a Alfonso XIII, a la monarquía, a la Madre Patria y a la España de charanga y pandereta. ¡Cosas veredes Sancho... aquel trueno, vestido de nazareno!

A principios del siglo XX, la ebullición social y la paulatina significación del movimiento obrero preocupa a las autoridades; a las chilenas y a las españolas. Una nutrida actividad epistolar entre ambos gobiernos da buena cuenta de ello. En 1901 el Ministerio de Estado español remite a través de su Embajada en Santiago una nómina de anarquistas españoles radicados en Chile a fin de que el gobierno chileno tome las provisiones necesarias. Señala la nota, por ejemplo, que en Santiago reside Ponciano Rico, carpintero, empleado de los Ferrocarriles del Estado y epiléptico. También Emilio Ibarra, confitero y licorero y José Boné, albañil, así como un primo de este, Isidoro Estéfano, y tres hijos del primero; todos anarquistas.

En Tacna (por entonces chilena) y Pisagua consigna el Ministerio español a Sebastián Sorolla, catalán, de bigotes, grueso y bajo y a Antonio Rotger, también catalán y dueño de la zapatería “La Cubana”.

Dos años después, en abril de 1903, el Ministerio español comunica al gobierno de Chile a través de su Embajada en Santiago que en el mes de enero de ese mismo año había embarcado para este país el peligroso activista libertario Eduardo Valor y Blasco. Aunque no consta si el gobierno de Chile tomó medidas concretas – cautelares o de otro tipo – a este respecto, sin duda no eran sordos a los avisos y advertencias del gobierno español. Así, en 1905 el Cónsul General de Chile en Madrid, en conocimiento de la intención de su gobierno de abrir una oficina de reclutamiento de migrantes en Barcelona, indica que “desde hace unos años existe en Cataluña y principalmente en Barcelona un foco de socialistas y anarquistas que viven en contínua agitación, perturbando la marcha de la industria y con ese elemento, unido a nuestros obreros, no tardaríamos en ver reproducirse entre nosotros las huelgas y los desórdenes que Barcelona ha experimentado en diferentes ocasiones”[18] por lo cual recomienda no incentivar la emigración catalana y preferir aquella que proviene de La Coruña.

No parece que las recomendaciones del Cónsul tuvieran mayor eco. Al menos hasta 1910 la Agencia General de Colonización e Inmigración para Europa sigue manteniendo, como únicas delegaciones en España, las de Catalunya y el País Vasco, desestimando la posibilidad de la emigración gallega.

Mala prensa tienen estas oficinas de reclutamiento de emigrantes. Al menos eso se desprende de los informes que periódicamente envía el Señor Ministro de S.M. en Santiago de Chile, Juan Servet. Se duele el Señor Ministro de que los españoles salgan de la patria “alimentando rencores”[19] por las escasas perspectivas que esta les ofrece, pero más se duele del engaño contenido en folletos “hábilmente redactados”[20] por los encargados de reclutar brazos extranjeros y que prometen el oro y el moro a los incautos españolitos, del mundo os guarde dios.

Trágico fue el destino de otros dos anarquistas españoles en el marco de uno de los más dolorosos e infames episodios de la historia del movimiento obrero chileno: La Matanza de Santa María de Iquique[21].

En 1907, los trabajadores de las salitreras junto a sus mujeres e hijos bajaron desde la árida pampa hasta la ciudad de Iquique en demanda de justicia social. Los albergó la Escuela Domingo Santa María. En el patio de la Escuela, el 21 de diciembre de 1907 a las cuatro menos cuarto de la tarde, fueron ametrallados los entre 6.000 y 7.000 huelguistas por órdenes del general de brigada Roberto Silva Renard. La cifra de muertos y heridos varía según la fuente. El corresponsal de The Economist informó a Londres de 500 muertos. Venegas Arroyo es el primero, entre los contemporáneos en dar la cifra, después aceptada, de 2.000 muertos.[22] Entre ellos figura el anarquista español Manuel de Vaca. Su medio hermano, Antonio Ramón Ramón fue ajusticiado posteriormente por haber atacado, con un cuchillo, al general de brigada Roberto Silva Renard aquel aciago 21 de diciembre.

En 1918, como consecuencia de las enseñanzas que la Revolución Rusa dejó a las oligarquías, se dictó en Chile la Ley de Residencia que facultaba a la expedita expulsión de los extranjeros que alteraran el orden público o propagaran doctrinas incompatibles con la unidad o individualidad de la nación. Esta ley fue aplicada a varios españoles; anarquistas, socialistas, separatistas y demás gentes de “dudosa moralidad” y aun más dudosas intenciones. Entre otros, a Manuel Peña, librero radicado en Iquique. A Casimiro Barrios, quien posteriormente regresó a Chile y, haciendo honor al dicho de que el que nace chicharra muere cantando, murió a manos de la policía durante el primer gobierno del General Ibáñez del Campo. A Francisco Flores, quien acabó sus días en España durante el levantamiento de Asturias en 1934.[23]

Los refugiados del Exilio Republicano

¿dónde está, dónde está España?
Está para jamás, en nuestra lucha ardiente.
Está fundida en el destino del mundo.
Está en los viejos caminos del viejo océano
Que ella revelara hace siglos
Está en los viejos pensamientos de paz,
de dignidad y de justicia.
[24]

Francisco Caudet, en su prólogo al libro “España 1939: Los Frutos de la Memoria”[25] cita un artículo de José Pascual Buxó[26] donde se relata la llegada de Ícaro a un lugar lejano y distante de su tierra de origen, pero en el cual reconoce, si bien atenuadas, la misma lengua y las mismas costumbres de su patria desleal e ingrata. Un lugar que siente semejante, a la vez que profundamente distinto. Tanto y de tan sutil y especial manera que amenaza diluirle su identidad. Así entonces, el joven Ícaro y su padre, Dédalo, se sumen en un desarraigo añorante y evocador que les sustrae la posibilidad del presente para desterrarlos a un pasado limado de todas sus asperezas. “... héroes de la huida, sólo fueron capaces de ensoñarse en la ambición de un posible retorno”.

Si bien esta sensible y poética descripción del desarraigo pueda ser aplicable a cualquier situación de emigración, de abandono de los orígenes, resulta especialmente atingente a esa forma de emigración forzada que denominamos exilio. Particularmente atribuible a aquellos desterrados a quienes denominamos exiliados.

Doña María Moliner, en su Diccionario de Uso del Español, señala que el vocablo “exiliado” fue incorporado por la R.A.E. tras la Guerra Civil Española, como equivalente de “exilado”, hasta entonces “palabra culta y poco frecuente”. Piénsese cual sería el impacto del fenómeno como para que nuestra Academia de la Lengua se dignara limpiar, pulir y dar esplendor a la lengua española incorporado el término. Cuanto dolor apretujado entre las tapas del Tomo que va de la A a la G. Cuanta ignominia hizo falta para que aquella expresión culta y poco frecuente se popularizara con la “i” intercalada.

El hecho da cuenta de una situación que, por sus características y volumen, era inédita en lengua española. Nunca tantos, al mismo tiempo, tan derrotados y con una carga de rabia y desencanto tan grandes, habían tenido que huir solo con la lengua y la esperanza por equipaje. Los exiliados españoles nunca se sintieron y nunca permitieron que se les llamara emigrantes. La emigración presupone un cierto grado de voluntad, de consentimiento. Ellos no dejaban España por voluntad propia. No daban su consentimiento al desarraigo al que los sometían los sublevados. Preferían asumirse como refugiados. Quizás por la temporalidad, por la ocasionalidad implícita en esa palabra. Un refugio, es un alero circunstancial para capear la tormenta. El frescor de la sombra de un árbol durante la canícula. El abrigo cálido de una cueva durante la nevazón. Emigrar, en cambio, es irse – voluntariamente – un poco para siempre y exiliarse tiene algo de romper lazos, de desvincularse. Optaron, entonces, por el “refugiados” que les permitía “ensoñarse en la ambición de un posible (y pronto) retorno”. Y se les escuchaba decir, con mas anhelos que convicción: La próxima primavera, en Madrid. Para Noche Vieja, las uvas en la Puerta del Sol. Para San Jordi, en Las Ramblas. Y las palabras se les iban volviendo huecas. Y los lugares se les fueron transformando en postales. Y querían soñar llanuras interminables, porque “el soldado soñaba que el soldado de tierra adentro soñaba si ganamos, la llevaré a mire los naranjos, a que vea el mar que nunca has visto y se le llene el corazón de barcos ... pero vino la paz ...” y al despertar, la majestuosa y blanca montaña, la cordillera enorme e infranqueable, los devolvía a su nueva realidad. El “bacillus emigraticus” de Tabori[27], vale decir, el virus de la añoranza, había hecho presa de ellos. Algunos curaron con el tiempo, el buen clima y muchos emplastos de cariño. Otros lo padecieron hasta la muerte.

Entre la primavera de 1939 y 1940 llegaron a Chile aproximadamente 3.500 españoles. La mayoría de ellos en aquel barco mítico, el “Winnipeg”, fletado por el poeta Pablo Neruda por encargo del gobierno de Chile desde Francia y que llegaría a conocerse como “el barco de la esperanza”. Otros – menos, bastantes menos – llegaron al Puerto de Buenos Aires en Argentina y desde allí en el Ferrocarril Transandino a Santiago; son los refugiados del Marsilia, el Órbita, el Formosa y el Reina del Pacífico.[28]

Casi la mitad de ellos, se quedó en Santiago. De los restantes, un alto porcentaje se radicó en Valparaíso y sus alrededores; Limache y Quillota fundamentalmente. Unos pocos – 15 dice un informe de la Embajada Española en Santiago de 1939 – se fueron al Sur, a Temuco. Y, 120 según el dicho informe, a Magallanes; cantidad asombrosa si se piensa que Magallanes es literalmente el fin del mundo. Cabe imaginar que habiendo llegado hasta acá, seguir viaje hacia el fin del fin del mundo ya daba lo mismo. De perdidos, al río, supongo que sería el ánimo que los llevó hasta las tierras más australes del planeta.

El Winnipeg se situó en alta mar, frente a Valparaíso, en la madrugada del 4 de septiembre de 1939. Los embarcados recuerdan haber visto amanecer acodados en cubierta. Haber visto como se iban, lentamente, apagando las luces que se encaramaban por los cerros. Vieron surgir el sol por el Este, tras las imponentes montañas nevadas y penetrar por las quebradas hasta posarse sobre el mar verdiazulado, formando arcos iris sobre la espuma. En el muelle los esperaban las autoridades de gobierno – entre ellas el Doctor Salvador Allende en su calidad de Ministro de Salud – miembros del Senado y de la Cámara de Diputados, autoridades locales y una nutrida y jolgoriosa delegación de chilenos y chilenas simpatizantes de la causa republicana que portaban un lienzo de considerables proporciones que rezaba “VIVAN LOS COÑOS REPUBLICANOS” ; leyenda que sumió en temerosas cavilaciones a mas de una de las mozuelas a punto de desembarcar. No sabían, que el término “coño” en Chile sola y únicamente se aplica para identificar a los españoles por su consuetudinaria manía de intercalar dicho epíteto innumerables veces a lo largo de cualquier frase.

Si bien las complicadas negociaciones que hubo de realizar el gobierno radical del Presidente Pedro Aguirre Cerda con la oposición representada por los partidos de derecha chilenos, se zanjaron en cierta medida con el compromiso que se traerían a Chile básicamente “trabajadores calificados” y, sobre todo, que no se traerían “guerrilleros” o “milicianos”, es decir militantes de la izquierda recalcitrante - termino en el que, obviamente, la derecha englobaba a casi todos los españoles no franquistas – lo que cada quien entendía por lo uno y por lo otro no parece, desde luego, que fuera ni remotamente parecido. ¡Menos mal! En fin, las derechas nunca se han significado por su altura de miras, ni por su reconocimiento a la producción intelectual, de cualquier color, sesgo, vies o siza que esta sea.

Lo cierto es que, efectivamente, vinieron “trabajadores calificados”. Entre ellos, por ejemplo, un hombronazo del Ampurdán del que se relata que al ir a embarcar en Burdeos, al preguntársele su oficio, señaló “alcornoquero”. La funcionaria chilena encargada del trámite de anotar los oficios, no pudo sino quedársele mirando atónita. “¿Alcorno qué?” Tras la explicación técnica del ampurdanés, compungida, le indicó que en Chile no había alcornoques. Incombustible al desaliento, el alcornoquero le dijo: “Pués los habrá, ya los habrá” y obtuvo su permiso de embarque.

Pero, no menos cierto es que también vino una gran cantidad que, sin dejar de ser “trabajadores calificados” – incluso calificadísimos – lo eran de las artes, las letras y las ciencias, ergo sospechosos, según los parámetros de la derecha, de izquierdistas recalcitrantes.

Entre ellos, un puñado de intelectuales que debieron permanecer casi un año asilados en la Embajada de Chile en Madrid a la espera de salvoconductos y que mataron ese tiempo de encierro dando vida a una revista literaria de ejemplar único guardada hasta hoy, como “oro en paño”, en la bóveda de la Biblioteca de la Universidad de Chile. La Luna, que tal era el título de aquella publicación escrita, ilustrada y editada por aquel grupo de noctámbulos[29] fue rescatada del olvido – poco ha – por el Dr. Jesucristo Riquelme y publicada gracias a la Generalitat de Valencia.

En cualquier caso, “rojos” eran todos. Rojos, como contrapuesto a azul. Es decir, republicanos en oposición a franquistas, abstracción hechas de la graduación o matiz del rojo al que adscribieran. Algunos, como el pintor Arturo Lorenzo se reconocen como “rojos” por encima de cualquier cosa. Como rojos y refugiados. Por encima de su republicanismo – en este caso como contraposición a monarquismo – y por encima, incluso, de su leal y fiel militancia comunista; rojos, rojísimos.

Muchos asumieron su condición de “rojos” con un “¡a mucha honra!”, como parte de su identidad. Como una forma de fidelidad a una España que ya no era, que dejó de ser, que nunca volvería a ser, que ¿había sido alguna vez? A otros, la rojez se les fue empalideciendo con los avatares de la vida. La morriña les fue pudiendo y se volvieron mas españoles que rojos, de cualquier España, aunque hubiera que comulgar con ruedas de carreta. ¿Se les podría tener en cuenta? La lejanía, a veces duele tanto... Otros, los que llegaron más jóvenes, casi niños algunos, fueron chilenizando el rojo de sus mayores. Lo fueron chilenizando todo y pasaron de mondar patatas a pelar papas, de merendar a tomar once, de las judías con chorizo a los porotos con rienda, del cocido a la cazuela.

Los rezagados de la Guerra Civil

El mundo está español hasta la muerte:
Herido mortalmente de vida
[30]
Noctámbulos de Noctambulandia es como decidieron denominarse a si mismos los 17 españoles asilados a finales de abril en la Embajada de Chile en Madrid, en la Calle del Prado n° 26. Allí hubieron de permanecer, con el alma y la vida pendiente siempre de un hilo, acechados constantemente por la incertidumbre y la zozobra durante un largo año y medio, en calidad de “reos de nocturnidad”.[31]
  • Antonio Aparicio Herrero, escritor, 22 años
  • Edmundo Barbero, artista, 39 años
  • José Campos Arteaga, estudiante, 24 años
  • Fernando Echeverría Barrio, arquitecto, 40 años
  • Pablo de la Fuente, escritor, 33 años
  • José García Rosado, médico, 28 años
  • Luciano García Ruiz, abogado, 33 años
  • Antonio Hermosilla Rodríguez, periodista, 54 años
  • Luis Hermosilla Cívico, estudiante, 18 años
  • Antonio de Lezama, periodista, 57 años
  • Santiago Ontañón Fernández, artista, 35 años
  • Eusebio Rebollo Esquevillas, contable, 24 años
  • Aurelio Romeo del Valle, abogado, 26 años
  • Julio Romeo del Valle, estudiante, 24 años
  • Esteban Rodríguez de Gregorio, médico, 26 años
  • Arturo Soria y Espinoza, abogado, 31 años
  • Luis Vallejo y Vallejo, médico, 31 años

Para cuatro de ellos – Fernando Echeverría, Antonio Hermosilla, Arturo Soria y Luis Vallejo – las autoridades chilenas, tras denodados esfuerzos y después de darse innumerables veces de cabezazos contra la sólida pared de la cabezonería franquista, consiguieron, en octubre de 1939, los salvoconductos que les permitieron viajar a Francia y desde allí a América. Fernando Echeverría y Arturo Soria recalaron en Chile.

Los restantes debieron seguir confinados en el inmueble de la Embajada de Chile en la Calle del Prado primero y, posteriormente, en la Calle Fortuny. Hasta septiembre de 1940; fecha en la que ¡por fin! Fueron autorizados a salir hacia Portugal y, desde allí, en el vapor Cuyabá, a Rio de Janeiro. Varios de los miembros de este segundo grupo, llegaron también a Chile: Aparicio, Barbero, Pablo de la Fuente, el Dr. García Rosado, García Ruiz, Ontañón y el Dr. Esteban Rodríguez.

Producto de esta reclusión, “como uno de los métodos para mantener la moral en el año y medio que duró el encierro en la Embajada”[32], producto de la fervososa voluntad de trascender aquel enclaustramiento y, en fin, como una forma de hacer de la cultura una ayuda para que la vida no sucumbiera a la desolación, vieron la luz – aunque nacieran en las sombras de las noches madrileñas – los 30 números de la Revista “Luna”, inédita y clandestina; secreta e insólita.

Aunque estaban previstos inicialmente 3 grupos temáticos de 12 números cada uno, la premura que trajo consigo la posibilidad del fin del encierro, dejó el último grupo en solo la mitad, es decir en 6. Así entonces, nacieron los 30 números de Luna, en ejemplar único, tamaño folio, mecanografiado, en papel barba con amplios márgenes, 133 ilustraciones a color (acuarelas y guaches) y 20 ilustraciones en tinta negra.

Desde esa Luna noctámbula y noctambularia, estos peculiares exiliados, insertos en las mismísimas entrañas del gobierno del General Franco, se dieron a reflexionar, escondidos entre las bambalinas del régimen, sobre los avatares de la política contingente, sobre el porvenir, sobre la literatura ... mantuvieron viva la memoria y la obra de sus compañeros ausentes: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Antonio Machado ... se aferraron al madero sólido y seguro de la CULTURA con mayúsculas, esa que hace de las personas seres humanos, esa que derriba muros y escapa por las rendijas de las ventanas, esa que es libre aunque la encadenen, que grita aunque la amordacen, esa, frente a la que Millán Astray sacaba la pistola.

A algunos los recuerdo de mi infancia, a otros los rememoro a través de los relatos de mis padres. A Barbero actuando con la Xirgú. A Echeverría, perfeccionista hasta el desideratum, y sus cuadros de mujeres desnudas, siempre muy peludas y con pechos incongruentemente enhiestos (cuentan que se los sujetaba con tela emplástica). A Pablo de la Fuente, enorme, con voz de túnel y gafas de marco muy grueso. Al Doctor García Rosado, afincado en la apacibilísima ciudad de Quillota, médico rural a la antigua. A Ontañón y su amor desenfrenado por Nana Bell; una chilena hermosísima y elegantísima. A Arturo Soria, por su puesto, capaz de hacer un “happening” de cualquier situación cotidiana y a Flor de mi Vida, su mujer, dulce y paciente como nadie. A Esteban Rodríguez de Gregorio no, pero si a su hijo, Esteban Rodríguez Santacoloma, arquitecto, absolutamente, si. Se me quedó grabada una frase que me dijo durante la Reforma Universitaria de 1968 “Mira flaquita, lo que hay que saber, es de donde viene la plata, porque el que paga, es el que ordena la música que se toca”.

Ellos fueron parte de este contingente de españoles que no vinieron a hacerse la América, sino a colaborar para que América se fuera haciendo.

Los emigrados del franquismo

Salí de mi tierra
me fui con dolor,
si hay quien reparta justicia,
de mí se olvidó.
[33]
“Tras el fin de la Guerra Civil, el gobierno franquista impuso todo un entramado destinado a borrar de la sociedad y aun de la propia memoria de los afectados toda huella de sus ideales de libertad y democracia. La represión impuesta ofrecía pocas alternativas para los que no pudieron huir al exilio: cárcel, muerte o silencio.”[34]

Efectivamente, no todos los que, con mayor o menor grado de activismo, habían estado con la República o, al menos, no a favor de los sublevados, pudieron o quisieron salir de España al perderse la guerra. Incluso, algunos de los que salieron a Francia, al acercarse a pasos agigantados la posibilidad de una Guerra Mundial, volvieron. Bien porque pensaron que una situación como esa, daría al traste con el gobierno del General Franco, bien porque simplemente “no querían mas guerra” o, en cualquiera de los casos anteriores, porque nadie podía ni tan siquiera imaginar lo que sería la posguerra en España; la posguerra española, así sin guión y sin te.

Por otra parte, el “milagro” de la autarquía franquista no supo, ni pudo multiplicar los panes y los peces y no dio para todos. Tampoco supo ni pudo hacerlo la llamada “estabilización económica” incluido Bienvenido Mister Marshall. En definitiva, sobraban españoles en España. Sobraban los que no tenían trabajo y se echaban a sobrar los que llevaban demasiado tiempo callando.

Entre finales de los ’50 y mediados de los ’70 se genera en España una corriente migratoria que tiene su punto más alto entre 1961 y 1964[35]. Se trata de una emigración económica, con un fuerte componente de desencanto y con mucha rabia enquistada. La rabia que crece con la derrota. La derrota en la guerra y la derrota en la paz.

La mayoría de estos emigrantes se fueron a los países europeos que empezaban a salir económicamente airosos de la II Guerra Mundial. Fueron los “Gastarbeiter” de la Alemania Federal; los “trabajadores invitados”. Invitados a realizar las faenas que los nacionales consideraban indignas de si mismos. Invitados a vivir en barriadas de emigrantes.

No obstante, en razón de los lazos de parentesco existentes con españoles residentes en Chile desde finales del siglo XIX y principios del XX o refugiados de la Guerra Civil, algunos intentaron nuevamente la “aventura americana”. Los españoles que habían devenido en prósperos comerciantes, en industriales bien posicionados o en profesionales exitosos tendieron la mano a los “parientes pobres” o empobrecidos de la España de posguerra.

Las estadísticas – escasas por cierto para el período – muestran que este flujo migratorio a Chile fue bastante exiguo. No así en el caso de Argentina. Este período, que podríamos identificar como de “reagrupación familiar”, entendiendo por familia a la familia extendida, es decir al “clan”, abarca aproximadamente entre 1950 y 1990. Vale decir, entre los comienzos de la posguerra europea y el regreso a la democracia en Chile. Por ello, a pesar de no ser demasiado significativa en términos generales, el flujo migratorio es mayor entre 1960 y 1970 y notoriamente escaso entre 1980 y 1990. España va mejor, Chile va peor ... no hay mucho más donde rascar.

Los datos estadísticos establecen un nuevo período migratorio a partir de 1996 y, en el caso de España, este presenta características bastante especiales. La migración propiamente tal, es sumamente escasa, paritaria entre hombres y mujeres y – dato importante – el porcentaje mayor del parco total, lo componen menores de 15 años. Todo ello apunta al traslado de familias constituidas – padre, madre, hijos – no existiendo ya esa figura tradicional de la emigración, el “adelantado migrante”. Es decir, el hombre solo que viaja “en busca de mejor fortuna” para, en caso de encontrarla, traerse a la familia.

Cabe mencionar que según los datos del Censo de 2002, en ese año existían en Chile 9.084 personas nacidas en España, con residencia permanente en Chile, lo cual representa un 4,92% del total de inmigrantes y, además, una variación negativa del 7,7% respecto del Censo de 1992. Ergo, se mueren mas españoles en Chile de los que llegan a vivir al país.

Si a esos 9.084 españoles les restamos los pocos sobrevivientes que puedan quedar de la emigración de principios de siglo (1920 – 1930) y algunos más del exilio de la Guerra Civil así como algún que otro hijo de chileno nacido en España durante el exilio de sus padres, nos quedamos con que en Chile residen, actualmente y de forma permanente, aproximadamente 9.000 españoles.

No es menor sacar a colación esta cifra ya que nos ayudará a entender, cuando hablemos de la impronta española en Chile, que estamos hablando de calidad y no de cantidad. De influencia cualitativa, profunda, enraizada y, a veces, casi inseparable de la propia chilenidad. De influencia permanente desde los albores de los tiempos. De una influencia que se adapta, se asimila y se reformula. Que se reinventa y se renueva. No de cantidad. Fueron pocos desde el principio; apenas 40.

La Invencible Armada S.A.

Es posible que este contingente de españoles, llegados a partir de finales de los ’90 no deba formar parte de este texto. Definitivamente no son ni emigrantes, ni inmigrantes. Ni salieron de España para no volver, ni llegaron a Chile para quedarse. La burocracia diplomática los denomina “residentes transeúntes”. Están, pero poco. Poco en todos los sentidos. Poco tiempo, poco asimilados, con pocas ganas de saber algo más que los índices de la Bolsa de Santiago. Con pocas ganas de conocer algo más que Las Torres del Paine y las Termas de Puyuhuapi. Son los “nuevos españoles”. Los ejecutivos de Telefónica, de Aguas Andinas, de Endesa, de Huarte Andina, de SACYR, del BSCH y del BBVA. Todos vestidos de Armani, Cartier en la muñeca y Gucci en los pies. Firman con plumas Mont Blanc, beben whisky de malta de 20 años “on the rocks” y conducen bemeuves.

David Ferranti, quien fuera vicepresidente del Banco Mundial dijo “... las empresas españolas tienen que adoptar un tono distinto, menos arrogante, en su relación con los latinoamnericanos ...”

Esa es la opinión de Ferranti. También, posiblemente, la de los despedidos de Telefónica, la de los erradicados del Alto Bio Bio, de los que no tienen cuenta corriente, de los que no entienden las nuevas cuentas de teléfono o no pueden pagar las nuevas tarifas de la luz. La de los que no tienen TAG para circular por las autopistas urbanas concesionadas.

La Colonia Española residente, en una abrumante mayoría, tiene otra opinión. Han recibido con bombos y platillos a sus compatriotas con Maestrías en Harvard y en la London School of Economics que ahora – sin las infamantes alpargatas – presiden Consejos de Administración, ocupan las más altas gerencias, cenan en lo mas avant garde del tout Mapochó y asisten a todos los remates de postín. Tironean de ellos para sentarlos a la cabecera de todas las mesas de todos los Centros Regionales y están dispuestos hasta a cambiar la fecha de su Santo Patrono si aquello acomoda mejor al Gerente tal o al Delegado cual, a fin de tenerlo de florero en el convite.

Radicalmente distinta es también la opinión del llamado mundo de los negocios chileno que se rindió a sus pies, relegando al desván del mas oscuro de los olvidos a aquella nación exenta, indómita, temida, de reyes libre y de cerviz erguida.

De dulce y de agraz es la opinión de la izquierda concertacionista que comparte con ellos podios y testeras, pero que no ha podido olvidar que fue Telefónica quien financió el último cumpleaños público de Augusto Pinochet Ugarte, subsidiando todas las conexiones a lo largo y ancho del país para que los seguidores del dictador pudieran participar “en imagen y sonido” del magno evento.

Coincidentes en el mismo período de tiempo, pero con características muy distintas, encontramos a un grupo – escaso quizás, pero ciertamente significativo – de jóvenes españoles quienes, tras un período de estancia temporal relativamente corto, deciden radicarse en Chile. Se trata de jóvenes profesionales, provenientes de Programas de Postgrado conjuntos con universidades chilenas, de investigadores insertos en proyectos académicos, voluntarios adscritos a proyectos sociales, cooperantes de los distintos programas que realiza el estado español, programas de intercambio universitario, etc. La gran mayoría de ellos coincide en dar como razón de su permanencia en Chile o vuelta al país para quedarse, la falta de expectativas. No económicas estrictamente. Tampoco laborales, aunque su inserción laboral en España pase por largos períodos de “vivir del paro” o subemplearse. Sino, expectativas de vida, de vivir la vida sintiéndose necesarios, útiles, haciendo algo que pueda valer la pena.

Entre ellos se cuentan, por ejemplo, Alberto y Ursula – biólogos y ambientalistas ambos – que sucumbieron a la magia del sur y se radicaron en Valdivia. Almudena y Manolo – coreógrafa y músico, respectivamente – que decidieron regresar cuando se dieron cuenta que el item más oneroso de su presupuesto de cesantes españoles lo componían las llamadas telefónicas de larga distancia a Chile. José Luis Santos, bioquímico, profesor e investigador del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Chile. José Luis se quedó por amor, por el amor de una mujer, porque por el amor de una mujer fue capaz de darlo todo.

Otros regresaron a España sin desechar la posibilidad de volver a esta tierra que, con todo y por todo, hicieron suya. Como Beatriz y Jesús, y su pequeño hijo chileno al que llamaron Nahuel; el león de la cordillera austral. Como Javier, que se dedicó a rastrear la parte más sórdida y sucia de nuestra historia; la vulneración de los Derechos Humanos durante la dictadura. Como Lina, que va y viene sin acabar de venir ni de irse nunca, como quien teje y desteje el mismo chaleco todos los días.

Y tantos, tantos otros a los que cada día les duele un poco menos haberse ido, sin que deje de dolerles del todo estarse quedando. Porque, aunque las distancias sean ahora más cortas y viajar ya no sea una empresa inacometible, que lejos, que irremediablemente lejos sienten a veces las noches oliendo a “pescaíto” a orillas del Guadalquivir, las tardes rezumando azahar de la vega valenciana, el marmitako caldoso y sólido de las fiestas vizcaínas ...

Españoles de todas las Españas

América,
Rompeolas de todas las Españas
[36]

Desde siempre, a Chile llegaron españoles de todas las regiones de la península, sin que en ninguno de los períodos, se pueda apreciar que se cargan las tintas respecto de uno u otro lugar en particular. En determinadas circunstancia, podría parecer que ... se podría pensar que ..... pero haciendo la cuenta de la vieja – que es siempre la manera mas segura de sacar cuentas – nos salen tantos de acá, como de allá, como de acullá.

Cierto que existe la creencia arraigada que la Hueste Conquistadora estaba compuesta por extremeños. Incluso he llegado a escuchar a insignes historiadores quejarse de “... si en vez de por una hueste de extremeños desarrapados, hubiéramos sido conquistados por los ingleses .... “ Pero no, no fuimos conquistados por los ingleses – no entonces, al menos – pero tampoco eran tan menesterosos nuestros conquistadores, ni eran todos extremeños.

Los estudios de Boyd-Bowman[37] sitúan en el primer lugar, respecto del origen de la emigración española hacia América para el siglo XVI, a Andalucia y en segundo a Extremadura. En términos generales, basándose, además de Boyd-Bowman, en Chaunu[38] y en el Catálogo de Pasajeros a Indias[39], esto es así, pero en base a los mismo y otros textos, es necesario hacer algunas precisiones. El origen andaluz – básicamente el sevillano o de San Lucar de Barrameda - conviene siempre tomarlo con todas las prevenciones del caso pues, considerando las características implícitas en la emigración del XVI, el testimonio de origen andaluz, en muchas ocasiones, puede solo indicar que el emigrante se encuentra residiendo en Sevilla o en San Lucar, incluso por un período relativamente largo de tiempo, en espera de conseguir una Licencia de Embarque. Pero no necesariamente, que sea originario de esos lugares.

A partir de Carlos V - y de ahí en adelante – eliminada la restricción que, durante los Reyes Católicos, solo abría el “paraíso indiano” a los súbditos castellanos, se incorporan al flujo migratorio todas las regiones de España e, incluso, todas las del Imperio.

En el caso particular de Chile, y en base al estudio caso a caso de la Hueste Fundacional, el mapa resultante nos muestra claramente que, abstracción hecha del notorio y evidente origen sevillano, por las razones ya apuntadas, las mayores concentraciones se producen en la Baja Extremadura (Badajoz, Castuera, Villanueva de la Serena), en Castilla La Vieja (Medina de Rioseco, Valladolid, Olmedo, Medina del Campo) y, por último, en la zona de Castilla La Nueva limítrofe con Extremadura (Talavera de la Reina, Toledo y Ocaña).

Por lo tanto, nuestros ancestros originales se remontan al Valle de La Serena en Extremadura y a la Castilla de Juana La Loca; a la Castilla de los comuneros. Por lo que respecta a nuestros orígenes castellanonuevos, la zona en cuestión se vincula por un lado (concretamente por el lado poniente) con Extremadura y la cultura extremeña y, por otro, con los avatares políticos de la Guerra de Las Comunidades.

Pero también llegan gallegos, como Rodrigo de Quiroga y montañeses como Gonzalo de los Ríos; ambos lugartenientes de Valdivia y de su absoluta confianza. Tanto así, que a Quiroga traspasa Valdivia su primera manceba – Inés de Suárez – y a de los Ríos la segunda; María de Encío.

De los territorios del Imperio llegan a Chile con Pedro de Valdivia, por ejemplo, Bartolomé Flores – nacido Blumenthal – originario de Nürenberg y, poco después, Pedro Lissperguer – hijo de Peter Birling y Ekaterina Liszberger, nieto de Jakob Birling – originario de Worms; bisabuelo y abuelo, respectivamente de nuestra Quintrala, Doña Catalina de los Ríos Lissperguer, esa que nuestro historiador Vicuña Mackenna retrata como “... pendiente de un pelo a las puertas del infierno ...”.

El “criollaje” que florecería en Chile durante los siglos XVII y XVIII es, por lo tanto, una muestra matizada y variopinta de todos los pueblos y regiones de la península; incluyendo los archipiélagos de Baleares y Canarias. Llegaron de todos los rincones, de diferentes clases sociales, con diferentes oficios, pero una sola y la misma aspiración: construir una vida nueva, una vida mejor. Otra vida, en la otra España; distinta, pero sobre los mismos pilares.

La familia de nuestra Quintrala, conocida como “Los Lissperguer”, forman un clan bastante paradigmático de lo que fue el mestizaje criollo, la sociedad chilena colonial; madre de brazos en jarra y padre ausente, de nuestra complicada identidad.

Por parte de padre: Don Gonzalo de los Ríos, montañés y cantabrón, tiene sus orígenes en Naveda, Cantabria; esa Castilla que quiere salir al mar. Doña María de Encío, aunque criada en Sevilla – Collación de San Vicente – nació en Baiona, en la costa gallega y su raigambre trepa Miño arriba hasta Taboada, Portela y Camba; todos términos parroquiales de la Comarca de Chantada.

Por parte de madre: los Lissperguer se entroncan, por una parte, con la nobleza de la Casa de Sajonia a través de los Sachsen Wittenberg que, andando el tiempo, en Chile, trocarán por Bitamberg y, por otra, con los Birling, posiblemente judíos conversos originarios de Worms[40] al igual que los Lissperguer. También con Bartolomé Flores – Bartholomeus Blumenthal – carpintero de clara raigambre hebrea, originario de Nürenberg que engendrará a Doña Águeda Flores en Doña Elvira, la Cacica de Talagante, princesa coya, hija del Curaca[41] de las tierras que iban desde el sur del Valle del Mapocho hasta Cauquenes.

Como diría Guillén, San Berenito y Santa María ¡todo mezclado! Uno mandando y otro mandado ¡todo mezclado! Negros y blancos ¡todo mezclado! Estamos juntos desde muy lejos, jóvenes, viejos, negros y blancos, todo mezclado.

Vale decir, meigas y machis, nobles y pecheros, montañeses y gallegas, españoles y alemanes, judíos y cristianos ... de allá venimos, de la profundidad fecunda de la mixtura, del caldo enjundioso de la mezcolanza, de la aurora luminosa del mestizaje.

La emigración correspondiente al siglo XIX, sobre todo en la primera mitad, esa donde se configura una emigración levantisca y libertaria, nos llega fundamentalmente de Catalunya y del Levante. Ese Levante que se estira por las costas valencianas hasta Murcia y se trepa por la Sierra de Cazorla. Son los hijos desterrados del anarquismo carpetobetónico y del separatismo catalán.

Al finalizar el XIX y ya en los albores del XX, la emigración hacia Chile muestra ciertas particularidades destacables en relación con los lugares de origen de los inmigrantes. Prácticamente no encontramos extremeños, muy pocos andaluces y todavía menos madrileños. En términos generales, la emigración se nutre de catalanes, vascos, asturianos, riojanos, leoneses, gallegos, cántabros y mallorquines.

Pero no de cualquier parte de esas regiones o, indistintamente del norte, del sur, del este y del oeste de ellas. No, la emigración se ciñe a un patrón que habla a las claras de que se produce un “boca a boca” o un “carta a carta”; un llamado desde acá para los parientes y amigos que quedaron allá.

En el caso de los riojanos, por ejemplo, provienen prácticamente todos de pueblos cercanos entre si, situados a no más de 60 Km. de Logroño, enclavados en el corazón mismo de La Rioja: Ortigosa de Cameros, Lumbreras de Cameros, Cabezas de Camero, Treviján de Cameros .... y todos se afincan en Chile entre Puerto Montt por el sur y Concepción por el norte.

Los asturianos, por otra parte, son todos ovetenses, también de poblados relativamente cercanos entre si: Las Caldas, Pola de Siero, Libardón, Peñamellera .... y todos se asientan entre Valparaíso, Los Andes, Rancagua y San Fernando.

Algo similar ocurre con los leoneses. Vienen de Orzónaga y Correcillas. De Puente de Alba y Los Barrios de Gordón. Todos se establecen en Temuco y Nueva Imperial.

Curioso resulta el caso de los mallorquines. Provienen de solo dos pueblos, a tiro de piedra uno del otro: Felanitx y Manacor. Los primeros eligen el norte de Chile para asentarse. Los de Manacor, la capital. Jacinto Nicolau y Jaime Nadal, ambos de Felanitx, llegan a residir a Coquimbo y a La Serena, respectivamente. Ciudades situadas en el Norte Chico, a muy escasa distancia una de otra. Nicolau “exponente de la múltiple laboriosidad y competencia de los hijos de España”[42] abre una fábrica de calzado, actividad que compagina con la agente de espectáculos y dueño del “Circo Politeama” situado en la esquina de Aldunate con Anibal Pinto. Nadal, figura en 1919 como dueño de la “Carnicería Modelo” que “como su nombre indica, es establecimiento ejemplar”.[43] En el norte de Chile de principios del siglo XX, pujante e internacional gracias a la industria del salitre, los españoles pierden la intimidad del origen y en publicaciones y prensa aparecen consignados solo como “conocido caballero español”, “prestigioso comerciante”, “español, entusiasta y tesonero”, etc.[44] A lo sumo, se consigna un origen genérico, como catalán, vasco, de Santander, pero sin mayores precisiones geográficas.

Hay algunas excepciones, pocas, pero las hay. Como Luis Panadés e Issamit, originario de Mont-Blanch (Tarragona), llegado a Antofagasta en 1888, dueño del Hotel Unión de esa ciudad, establecimiento “con un espacioso salón de billares y sala de espectáculos.”[45]

Lo mismo pasa en las ciudades grandes como Santiago, Valparaíso o Concepción. La patria chica se pierde en el gentilicio provincial o regional. No así en aquellos que se van a residir a ciudades más pequeñas, sobre todo del sur de Chile. En esos casos, cuando la prensa local o alguna memoria anual de la Sociedad Española de Beneficencia o del Banco Español trazan el perfil de los españoles residentes en la localidad, suele indicarse el lugar exacto de nacimiento. Como si el provincianismo en que viven ayudara a mantener viva la patria chiquitísima. Allí pervive la memoria del origen en nombres tan sonoros y evocadores como Calahorra, Murillo de Río Leza o Suterraña.

Por lo que se refiere al exilio republicano, lo que prima obviamente es su condición de perseguido, de persona que huye, no su origen geográfico. Si bien en casi todos los casos se conoce la procedencia exacta de cada uno de ellos, no será el terruño de origen lo que marque y defina su identidad, sino el hecho de ser “republicanos” y de asumir la condición de “refugiados”. La procedencia o el lugar donde se encontraban en el momento de estallar la guerra, evidentemente marcó sus vidas, según quedaran en el “lado nacional” o en el “lado de la república”, pero a la hora de partir hacia América, la única identidad que tenían era la de “rojos”, desterrados y vencidos.

En la actualidad, cuando la globalización te lanza desde cualquier parte a cualquier otra sin que alcances a notar ni que has salido, ni que has llegado, ni siquiera que te has desplazado; cuando ya no se puede hacer el viaje a Itaca porque el viaje mismo ha perdido toda significación y lo único importante es llegar sin haber salido ... todos los españoles vienen de Europa.

Haciendo Camino al Andar

Caminante son tus huellas
el camino y nada más;
caminante no hay camino
se hace camino al andar.
Antonio Machado
Dejar e ir dejando. La diferencia parece tenue. Solo de matiz. De tiempo verbal. Sin embargo, es más que eso. Mucho más.

Dejar, implica voluntad de trascender. De continuarse en otros. A través de otros. De hacer del transmisor parte – carne y sangre – de la fuente. Dejar huella conlleva el propósito de marcar de forma indeleble el territorio físico y el territorio intangible con los vestigios de nuestro paso por ellos. Dejar huella denota vocación de intervenir los escenarios.

Ir dejando, en cambio, se asemeja a una bandada de gaviotas que, a saltitos, van marcando, ligeramente, su paso por la playa, a sabiendas que la ola borrará, una y otra vez, la huella leve, pero que la persistencia cotidiana conseguirá imprimir en el paisaje su presencia. Ir dejando es “pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar”. Ir dejando, es construir – “golpe a golpe y verso a verso” – las estelas sutiles que son los senderos por los que transita la memoria.

Los españoles de todas las Españas: la España mora, la judía y la cristina; la España pobre y la España rica, la España noble y la plebeya, la antigua, la moderna y la postmoderna han dejado huellas profundas en nuestra identidad. Y también han ido dejando huellas, no por sutiles menos hondas, en nuestro diario ir viviendo, ir comiendo, ir cantando, ir bailando, ir rezando, ir pintando ...

Nos dejaron la lengua y nos fueron dejando las palabras.

La lengua castellana, limpia, pulida y esplendorosa. La lengua transparente de Góngora, príncipe de la luz. La lengua lóbrega de Góngora, príncipe de las tinieblas. La lengua afilada de Quevedo. La lengua precisa de Unamuno. La lengua arropadora de Machado. La lengua machacona de Pemán. La lengua culta y la popular y enjundiosa. Nos dieron el habla, padre y madre de nuestra identidad. Fruta jugosa y alimenticia.

Nos dejaron el habla, pero se llevaron la blasfemia. ¿Porqué harían eso? ¡Me cago en dios!

Nos fueron dejando las palabras. Como cuentas de un collar interminable. Y aprendimos a jugar con ellas. A irlas haciendo nuestras. A ordenarlas con otros ritmos. A conjugarlas en otros tiempos. A mezclarlas con las que había nacido acá, en nuestra tierra. Las ajustamos a nuestro aire. Las hicimos chiquititas, para que nos cupieran en este país tan angostito y tan lejos de todas partes. Nos quedamos con el “ustedes” y les devolvimos amablemente el “vosotros”. Algunas se nos han ido perdiendo. También a ellos. Ya nadie usa fustanes; ni siquiera enaguas. Otras todavía se las estamos guardando. Azafates, alcuzas, palanganas y jofainas nos aguaitan encaramadas en los estantes de la cocina. Las azudas aún suben agua allá en Codegua. Almacenamos el agua-lluvia en aljibes. Lavamos en artesas y guardamos la ropa con bolitas de alcanfor. Nos dejaron la cruz con todas sus prohibiciones. Con su cristo doliente y desvalido; “siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar” . Con la lanza en el costado y los estigmas. Con la corona de espinas que, con cada terremoto se le cuela hasta el cogote. Nos dejaron una profusión de sotanas, estolas y casullas. Confesionarios y reclinatorios. Copones y vinajeras. Rosarios de quince dieces y novenas de mes corrido. Golpes de pecho y el Yo Pecador, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.

Nos fueron dejando una fe profunda, profana y popular. Híbrida y sincrética. Potente y poderosa. Fe con olor a albahaca y sabor a pan. Fe de calles y plazas. De caminos tachonados de animitas[46] coloridas. La fe en nuestra Virgencita de Andacollo - la Anta Coya[47] – virgen morena del desierto florido, del “universo sultana” ... ¡Ahí queda eso y que baje dios y lo vea! En nuestra Virgen de la Tirana con sus ojos negros como la noche. Señora de la Pampa del Tamarugal. Patrona de los caminantes. Luz de los que no ven. Ella es la Ñusta Huillac[48] a la que los invasores llamaron Tirana del Tamarugal. Ella es la madre del hijo de Dios. “Viva ya, viva ya, Reina del Tamarugal, Tirana que haces llorar y a todo un pueblo bailar.”

Nuestras vírgenes nortinas, chinitas[49] de piel aceitunada y ojos de llama. Con mantos de alpaca blanca y florcitas de papel. Salen al sol justiciero y al frío que corta como un mandoble, una vez al año; reinas y señoras de la “diablada”. Fiesta de danza y challa. De pitos y tambores. De bailes bárbaros y desenfrenados. Baile de Chinos. Baile de Turbantes. Baile de Danzantes. Camisa bordada de flores y pájaros del paraíso. Ancha faja adornada con cuentas de colores. En el bajo del ancho calzón, centellean las lentejuelas. Sobre las caderas penden los amplios culeros de cuero de los antiguos apires[50], adornados con espejitos y piedras de colores brillantes. “Preguntan si soy pagano, idólatra o pecador, por vestirme de gitano o moreno saltador. Me dicen a Dios se llega, se llega sin mediador. Me dicen que soy un loco porque bailo por amor. Soy bailarín del silencio. De ese silencio que habla con Dios. Soy pecador, soy indigno y necesito de mediador. Pagano no puedo serlo, de un todo parte yo soy y si venero a una imagen eso no es adoración.”

Nuestros santos chilotes con cara de peluqueros. Santos marineros que salen a navegar en chalupas engalanadas de palmas y flores. Angelitos que se van al Limbo vestidos de organdí. Santos almaceneros arrebujados en perejil. Cristos con enagüitas de encaje y patucos tejidos a crochet.

Nos fueron dejando la fe de los pobres. La única fe verdadera, porque es lo único que no pueden quitarles. Nos dejaron El Quijote, La Celestina, Las Cantigas de Santa María La Araucana, El Cautiverio Feliz, La Vida es Sueño, el Romancero Gitano, El Marinero en Tierra ... la prosa y el verso; endecasílabos y alejandrinos; romanzas y sonetos. Nos fueron dejando la capacidad de transitivizar las cosas, de amalgamar lo propio y lo ajeno, lo interno y lo externo, a través de las emociones. ¿Cómo, si no fuera en castellano, podría llovérse(nos) la casa? ¿Cómo podría pasárse(nos) la noche en un abrir y cerrar de ojos? ¿Hacerse(nos) un minuto más largo que un día sin pan?

Nos dejaron la harina de trigo y el azúcar. Nos fueron dejando el secreto antiguo de la masa de mil hojas y el alfajor de yema. Nos dejaron almendros y naranjos y nos fueron dejando el milagro gozoso de la repostería de alcorza; pasta de almendrucos que se va humedeciendo con agua de azahar con la mano derecha, siempre con la mano derecha, como manda el Señor Allah. El misterio del almíbar de pelo, “una ave, dos padrenuestros y la gracia de tus manos”. El sacramento del aguardiente con cuyas once letras y una pizca de mojigatería, transformamos la merienda peninsular en el “tomar once”; quintaesencia de la chilenidad. Trajeron gallinas y les enseñamos a condimentarla con merken y con cilantro. Trajeron el arroz y el arroz con leche y les regalamos la canelita en rama. Plantaron vides y nos enseñaron la paciencia de macerarlas en barricas. También trajeron pólvora y arcabuces y aprendimos a usarlos.

Nos trajeron las cuerdas hechas guitarras, arpas, bandurrias y vihuelas. En Potosí nació el Charango y en Chile el Guitarrón y el Requinto. Aprendimos a tañerlas al ritmo de lánguidas tonadas y cuecas de huifa y pata en quincha. A cantarle a San Antonio, ese santo portugués “devoto de lo perdido, mi amante se perdió anoche; búscamelo, santo mío”.

Acá estaba el arcilla, la leña y el horno, de Granada fueron trayendo manos moriscas la receta ancestral de la cerámica olorosa que renació en Talagante y, como el guerrillero, pasando por San Fernando, fue a amanecer en Pomaire.[51]. Son las “ollitas olorositas”; artesanía primorosa de las clarisas franciscanas.

Nos dejaron la lengua, la cruz y la cuadrícula fundacional. Nos fueron dejando la maravilla de las palabras y el asombro de aprender a usarlas. El prodigio de un dios que ronda entre los peroles de viandas criollas; fragantes y perfumadas, picantes y sabrosas. El “sueño de un orden” habitable.

Memoria íntima de una hija del exilio

Algo grande me dejaste

Una pena y un cariño
Habría tanto que rescatar de nuestra conjunta historia reciente – amén del legado histórico que a trancas o a barrancas hemos hecho nuestro – que se pierde una en un laberinto de pasiones y emociones. En esos meandros de legados intangibles y sutiles. ¿Quién será la Ariadna que me preste una madejita de pitilla para desandar el camino sin olvidar a nadie? Empeño imposible, por cierto. Ariadna llora la partida de Teseo y yo me enfrento sola al Minotauro de la memoria. Solo soy capaz de rescatar a aquellos que, por razones absolutamente confesables, se fueron construyendo un huequito cálido y hogareño en mi alma de exiliada tantas veces.

Un judío polaco, de Lemberg, que vaya una a saber que vientos del pueblo lo llevaron y lo trajeron para que acabara en Chile, como exiliado español. Y no fue uno ¡fueron dos! Mauricio Amster y Mariano Rawizc. Tipógrafos ambos. Magos de las letras y los espacios. Revolucionarios de la palabra impresa. Orfebres meticulosos y disciplinados de la gráfica. A ellos le debe la gráfica chilena, en gran parte, haberse vestido de largo. Haber pasado de la chapuza necesaria, al oficio riguroso; que no otra cosa es el arte. En palabras de Armando Uribe, nunca antes un poeta hubiera soñado encontrar un editor que cuidara de no romper el ritmo, ni quebrar las rimas al componer y diagramar un libro. De Amster es la “Historia de Chile” de Sergio Villalobos publicada por le Editorial Universitaria. También la “Técnica Tipográfica” de la misma editorial, libro del cual, además, es autor. De Rawizc tantas y tantas portadas de los discos de Alerce.

Recuerdo las increíbles manos de Mariano Rawizc. Dedos largos y delgadísimos espolvoreados de manchitas color café. Sin el menor aspaviento, era capaz de copiar, al mismo tiempo, dos textos distintos; uno con cada mano. Era ambidiestro o ambisiniestro, según se mire, de forma tan total y absoluta, como sencilla y cotidiana. Era en todo un poco así, total y absoluto sencillamente.

Un músico madrileño, Vicente Salas. Músico y musicólogo. Pianista, profesor, investigador, fundador del Centro de Investigaciones Folklóricas de Chile, fundador y director de la Revista Musical Chilena, Director del Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile. Amigo entrañable, de fina cultura y sensibilidad de cristal trabajado, según Santiago Ontañón.

Un arabista valenciano. Vicente Mengod. Uno de los primeros arabistas de este país. Periodista, pedagogo y literato. Miembro fundador del Instituto Chileno Árabe de Cultura de Chile. Autor de “Proyecciones árabes en la poesía castellana” y “Situaciones del mundo árabe”. Pedagogo vocacional. Promotor de la Escuela Nueva a través de sus textos “La Escuela de Hacer” y “Corrientes Pedagógicas Contemporáneas”. Impulsor de una educación basada en los problemas de la vida y en las actividades cotidianas.

Un filósofo vasco. Cástor Narvarte. Formado en la Universidad de Chile a la que dedicó prácticamente toda su vida como académico e investigador. Especialista en filosofía antigua, escribió importantes ensayos sobre la violencia. Sobre esa violencia que tan de cerca le tocó vivir siendo casi un niño. A la muerte de Franco, en un extensa carta publicado en el diario El Mercurio de Santiago, dejó plasmado el siguiente perfil del dictador: “No es cierto, a pesar de lo que tanto se dice, que Franco haya sido un gran gobernante ni una personalidad de excepción. El secreto de Franco es la falta de personalidad verdadera. Es el resumen de lo español: masivo y trivial: el tradicionalismo de lo muerto.”[52]

Los otros Machado. Don José, pintor y don Joaquín, periodista. Sevillanos transparentes. De una sencillez y frugalidad casi franciscana. Fueron pasando por la vida – una vida sembrada de dolores profundos, de pérdidas y desencuentros – como pidiendo permiso. José, pintor y dibujante, fecundo, acucioso y apasionado. Joaquín, escritor de pluma ágil, certera y llena de ironía. De pensamiento profundo y sintético. Diáfano, translúcido, ingenioso y mordaz.

Un médico vallesolitano. Don Pío del Agua. Médico a la antigua. Médico de familia en toda la extensión de la palabra. Pasábamos por su diagnóstico certero, de capitán a paje. Nos curaba desde uñas encarnadas hasta las dolencias del alma, pasando por las anginas sempiternas y las toses invernales. Con muchísimo cariño, mucho líquido y poquísimas medicinas.Tan meticuloso y delicado en todo lo atingente a su profesión, como desmañado, torpe e insólito en todo lo demás. Una herida curada por el, era una joya quirúrgica, impoluta, perfecta e indolora en tanto todo el derredor – cama, sábanas, suelo, mesilla de noche, alfombra – se transformaba en un muestrario de manchas de yodo y mercuriocromo. A tal punto llegaba su “invalidez” en la vida cotidiana que, en una oportunidad, entre la cocina y el comedor, perdió un par de huevos fritos. A tal punto llegaba su vocación de servicio y su honradez que, si aceptaba tomarse una taza de te durante la visita médica, no cobraba porque “... pero si tomé te”.

Patxi Abarrategui. Un vasco como la copa de un pino vasco. Bueno, en el buen sentido de la palabra, bueno. Vigorosa y robustamente bondadoso. Ingenuo, llano, sincero, espontáneo y leal hasta la ternura. Con una metralla incrustada tras la oreja izquierda y una risotada franca siempre a flor de labios. Gran cocinero, comedor y bebedor. Experto jugador de Mus y pelota a mano. Vozarrón de fogonero y ojos claros como el agua. Sano a todo lo largo y ancho del término. Fue durante años el encargado del Centro Vasco de Valparaíso. Artífice de merluzas suculentas, marmitakos enjundiosos, patatas viudas, chanfainas y piperradas.

Y tantos y tantos otros. El papel no alcanza. La paciencia del lector posiblemente tampoco. Retazos de memoria cálida. Pedacitos de vida. Estelas de recuerdos de la España más acogedora. De una España de dulce y de agraz. Ambivalente, dual. Negra, blanca, roja y azul. Amarilla, roja y morada. Gualda y roja, también. Desteñida por los bordes. Deshilachada y zurcida. De charanga, pandereta y faralaes. De mantón de Manila, agua, azucarillos y aguardiente. De gaita, txistu y tamboril. La España negra de Goya. La España luminosa de Sorolla. La España desgarrada de Gutierrez Solana. La España ecléctica de Miró. La España sólida de Chillida y la cursilona de Benlliure. España profunda y amarga. España “jonda” y adolorida. Alegre por bulerías. Melancólica y cadenciosa en la farruca. La España de nuestras entretelas que se nos ha ido quedando en el gesto que acompaña y subraya el verbo. En el mirar de frente mientras la mano insinúa el “engaño” con el trapo. En el saber nadar y guardar la ropa.

Le robo las palabras a Lorca y a Ontañón para poder decir que España es nuestra Madre Anfístora[53] Síntesis de ánfora de barro que recibe, que acoge y que protege y de fístula que jode y te hace la puñeta. En la imaginación galopante y efusiva del poeta, Anfístora es “la mujer que está en ese vértice afiladísimo en que converge lo encantador, lo exquisito y lo grotesco, lo risible. La maravilla estética y la exaltación de lo cursi.” Tan cercana a la fineza cristalina y simple de Juan Ramón Jiménez, como a las churretosas fotos de la vida social del “Hola”.

They are there because you were here o el sempiterno baile de los que sobran

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.

Han venido desde siempre. Desde entonces y hasta ahora. Durante casi cinco siglos. A veces más. A veces menos. A veces solos, sin más lazos que la esperanza de encontrarla. A veces en familia; padre, madre y perro ladrador. De más al sur o de más al norte. Gentes de mar y de tierra adentro. Guerreros y poetas. Labradores y alfareros. Obreros y licenciados. Hombres y mujeres. Muchos trajeron sus oficios. Otros su saber para sembrarlo en tierra fértil. Algunos solo traían hambre y ganas de no tenerla.

Fundaron ciudades y se asentaron en ellas. De norte a sur y de la cordillera al mar. Desde el desierto fecundo en minerales hasta la pampa magallánica, sembrada de ovejas. Se quedaron y se fueron aquerenciando. Se aclimataron y se fueron enraizando. Llegan pensando en volver, pero se van quedando. Sueñan, quizás, con fabricarse unas alas enormes que les ayuden a volar hasta el terruño, pero irremediablemente IBERIA los deposita en paisajes que ya no son los suyos, en caminos que nunca recorrieron, en casas que jamás habitaron.

De esas ciudades asentadas sobre la cuadrícula española, de esos pueblos de casas mirando al patio a la usanza andaluza, de esas tierras que aprendieron a parir trigo candela, hoy salen los chilenos buscando fuera de sus fronteras esa bonanza – que como ayer a los españoles – la patria les mezquina.

Buscan en la España próspera de sus ancestros, la posibilidad de destruncar sus sueños de gente sencilla. Buscan lo que los emigrantes han buscado siempre: la posibilidad de tener un sueño y la oportunidad de soñarlo.

Si como ha dicho Goytisolo, la emigración obliga a los españoles a “reinventar a diario nuevas formas de convivencia, convertirse en "robinsones" de unos espacios urbanos en perpetuo movimiento”. La emigración latinoamericana aspira a ser los “viernes” de esa nueva Insula de Barataria cosmopoltita y mestiza.

Ya lo dijo Américo Castro «vivir culturalmente exige estar siempre alerta, percatarse de que no basta con ser consumidor o aplicador de la cultura ajena... Cuando los españoles se den cuenta de quiénes y cómo han sido, sus circunstancias mejorarán considerablemente. Porque la verdad es que hoy día no están habitando su propia historia; es decir, no saben en realidad quiénes son, pues ignoran quiénes fueron».

Y los españoles fueron y son con América, como América fue y es con España.

  1. Verso del Himno de Chile que reza ".... o la tumba serás de los libres, o el asilo contra la opresión ..."
  2. Ercilla y Zúñiga, Alonso. La Araucana. Canto Segundo
  3. Ver Fanjul, Serafín. Los de Chile. Libertarias/Prodhufi, 1994
  4. Ver:
    Thayer Ojeda, Tomás. Valdivia y sus compañeros. Santiago: Academia Chilena de la Historia, 1950
    Roa Urzúa, Luis. La familia de don Pedro de Valdivia. Conquistador de Chile: Estudio histórico. Sevilla: Imprenta de la Gavidia, 1935
    Retamal Ávila, Julio. Descubrimiento y conquista de Chile. 1a. ed. Santiago: Salesiana, 1980
    Larraín Valdés, Gerardo. Pedro de Valdivia. Santiago: Luxemburgo, 1996
  5. Ver: Thayer Ojeda, Tomás. Censo Fundacional de Chile
  6. Mariño de Lobera, Pedro. Crónica del Reino de Chile. Ed. Universitaria. Santiago 1970
  7. ACNUR: Alto Comisionado de naciones Unidas para los Refugiados
  8. También “ad petendas pluvias”, término eclesiástico, oración o rogativa para pedir la lluvia
  9. Catálogo de la Exposición “El Sueño de un Orden”, CEHOPU / CEDEX, Madrid
  10. Legarraga Raddatz, Patricio y Otondo Duferrena, Agustín. Emigración a Chile del Valle de Baztán en el siglo XX.
    Legarraga Raddats, Patricio. Emigración a Chile desde Iparralde en los siglos XIX y XX
  11. Colegio fundado por don Manuel de Salas y Fray Camilo Henríquez en 1813 y refundado por Bernardo O’Higgings en 1819 con el objetivo declarado de “formar ciudadanos y no súbditos”
  12. Estrada, Baldomero. La Historia Infausta de la Inmigración Española en Chile a través de los conflictos Comerciales y Políticos. Historia (Santiago), 2002, vol. 35, p. 63-89. SIN 0717-7194
  13. En Historia General de la Emigración Española a Iberoamérica. T 1. Fundación CEDEAL, 1992, Madrid. Carta enviada desde Chile a “Las Noticias” de Barcelona, 1909
  14. Viviendas similares a una “corrala” donde se alquilan habitaciones con derecho a cocina y servicios higénicos comunes situados en el patio
  15. La revista Germanor, se publicó desde el 1º de septiembre de 1912 hasta el 30 de diciembre de 1951, constituye la manifestación más significativa de la literatura catalana del exilio en Chile
  16. Gumucio Rivas, Rafael. Belén de Zárraga, librepensadora, anarquista y feminista. Revista POLIS N° 9 en www.revistapolis.cl/9/belen.htm
  17. Illanes, María Angélica, La Batalla de la Memoria
  18. Carta de Roberto Bernales, Consul General de chile en Madrid al Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Madrid, abril 3 de 1905 (AGA, LCH, caja 9282) en Estrada, Baldomero Op. Cit.
  19. Estudio relativo a la Emigración, que eleva al Excmo. Señor Ministro de Estado el Secretario de la Legación de España en Santiago de Chile. 24 de noviembre de 1908. En Historia General de la Emigración Española a Iberoamérica. T 1. Fundación CEDEAL 1992, Madrid
  20. Despacho núm. 47 de 16 de marzo 1909. En Historia General de la Emigración Española a Iberoamérica. T 1. Fundación CEDEAL 1992, Madrid
  21. En este episodio se basa la novela de Hernán Rivera “Santa María de las Flores Negras” y la “Cantata de Santa María” del conjunto Quilapayún
  22. Zolezzi Velasquez, Mario. La Tragedia de la Escuela Domingo Santa María de Iquique
  23. Vial, Gonzalo. Historia de Chile (1891 – 1973). Vol I, Tomo II. La sociedad Chilena en el Cambio de Siglo (1891 – 1920)
  24. Neruda, Pablo. Voz de Pablo Neruda. España no ha muerto. Boletín al Servicio de la Emigración Española, n° 1, 15 de agosto 1939
  25. Norambuena, Carmen y Garay, Cristian. España 1939: Los Frutos de la Memoria”. Universidad de Santiago de Chile. Santiago, 2001.
  26. Buxó, José Pascual. Las Alas de ICARO, en R. Corral, A. Souto Alabarce y J. Valender eds. Poesía y Exilio. Los poetas del exilio español en México. México. El Colegio de México / Fondo Eulalio Ferrer, 1995.
  27. George Tabori (Hungría, 1914), Dramaturgo y director de escena judío nacionalizado británico, nacido en Budapest
  28. Indagados varios textos al respecto me queda la impresión que los historiadores se han hecho bastante lío con el puerto de llegada de estos barcos. Por los testimonios de los propios “refugiados” – mas aún los del Formosa que vieron impactados hundirse al Graf Spee en las costas de Uruguay a la altura de Punta del Este – queda claro que hicieron la ruta atlántica y desembarcaron en Buenos Aires, incluso los del Reina del Pácifico que, a pesar de su nombre, consultado su itinerario para la época, hacía la ruta atlántica.
  29. Para no estorbar los quehaceres propios de la legación diplomática chilena debían vivir de noche y dormir de día
  30. César Vallejo
  31. Título de una novela del peruano Alfredo Bryce Echeñique Pablo de la Fuente en “Luna”, recopilación y edición de Jesucristo Riquelme. Editorial Edaf, 2000, Madird
  32. Pablo de la Fuente en "Luna", recopilación y edición de Jesucristo Riquelme. Editorial Edaf. 2000. Madird
  33. S. Távora, Quejío,
  34. Presos del silencio mejor documental en el festival de cine de Sevilla. Directores: Mariano Agudo y Eduardo Montero
  35. Datos INE: casi 2.000.000 de españoles salen de España entre 1960 y 1978; de ellos aprox. 500.000 entre 1961 y 1964
  36. “Madrid, Rompeolas de todas las Españas”, verso de Antonio machado que Neruda recoge en “España en el corazón”
  37. Boyd-Bowman, Peter. La Emigración Española a América en el Siglo XVI
  38. Chaunu Pierre & Huguette Chaunu, Sevilla y América, Siglos XVI y XVII, Universidad de Sevilla, Sevilla, 1983
  39. Catálogo de pasajeros a Indias, siglos XV, XVI y XVII, vols I-III, (1509-1559) ed. Cristóbal Bermúdez Plata, Sevilla, 1940-1946.
  40. Worms es una de las 3 ciudades que, junto a Speyer y Mainz, en la Edad Media conforman la “troika” de ciudades sede de las comunidades judías más importantes de Europa Central; la llamada SCHUM donde SCH (S) por Speyer. U(W) por Worms y M por Mainz
  41. Curaca, gobernador del Incanato en tierras tributaries del Imperio
  42. España en Chile. El Comercio y las Industrias españolas en Chile 1919. Empresa Editora de “España en Chile”. Estado n° 91 (altos) – Casilla n° 3896, Santiago
  43. España en Chile. Op. Cit.
  44. España en Chile Op. Cit.
  45. España en Chile Op. Cit.
  46. Nace una "Animita" por misericordia del pueblo en el sitio en el que aconteció una "mala muerte". Es un cenotafio popular, los restos descansan en el cementerio, por lo que se honra el alma, la "ánima".
  47. Del quechua Anta, cobre y Coya, reina o princesa.
  48. Princesa Inca del Tahuantinsuyo
  49. China:Hembra, animal del sexo femenino. Diccionario Quchua - Español
  50. minero en quechua
  51. Tonada de Manuel Rodriguez de Pablo Neruda
  52. El Mercurio, Santiago de Chile. 8 de diciembre de 1975
  53. Ver La Luna n° 1 (Santiago Ontañón, artículo) y La Luna n° 30 “Anfístora en su lecho de rosas desesperado de un sueño de trinta lunas” (Santiago Ontañón, guache)