La envidia

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La envidia


 Dulce es a la codicia cuanto alcanza   
 doblar el oro inútil, que ha escondido;   
 sin tener otro afán, ni por sentido,
 meditar ya el placer, ya la esperanza.   
 

 Dulce es también a la feroz venganza,  
 que no obedece al tiempo ni al olvido,   
 los sedientos rencores que ha sufrido   
 apagar entre el fuego y la matanza.   
 

 A un bien aspira todo vicio humano;   
 teñida en sangre, la ambición impía  
 sueña en el mando y el laurel glorioso.   
 

 Sola tú, envidia horrenda, monstruo insano,   
 ni conoces ni esperas la alegría;   
 que ¿dónde irás que no haya un venturoso?