La ermita

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En el fondo del valle
hay una ermita.
Su fachada sorprende
por lo sombría;
sus paredes la yedra
tiene roídas;
y el viento ha derribado
su cruz bendita.
Algunos la abandonan
con traza impía;
se mofan de ella al verla
tan derruida.
Mas eso al buen creyente
no desanima.
Entrad, y allá en su seno
todo os cautiva.
Flores y olas de incienso
la aromatizan;
las luces la convierten
en ascua viva;
el órgano la llena
de melodías
y la plegaria tiende
sus alas místicas
y al trono de la Virgen
su vuelo guía.
Allí todo es misterio,
luz y armonías;
allí el fervor se funde
en fe divina;
allí el bien se despierta,
y el mal se olvida;
allí los justos gozan
y se extasían.
¡Por de fuera tan pobre;
por dentro rica!
¡Dios tu existencia vele;
Dios te bendiga!


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Si hay en las cosas humanas
semblanza con las divinas,
¿no os parece que el poeta
es imagen de la ermita?
El dolor surca su frente;
va rendido de fatiga;
y una turba de insensatos
que sus duelos no adivina,
con sarcasmos escarnece
sus vestimentas raídas.
Si entrara en su corazón,
que idolatra la armonía;
que da culto a la belleza,
que la verdad glorifica;
si penetrara en su alma
tan coronada de espinas,
que por cien llagas abiertas
va manando sangre viva.
Si tanta grandeza viera,
sin duda comprendería
que bajo un ropaje pobre
suele hallarse un alma rica.