La escuela moderna :12

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Francisco Ferrer y Guardia, La escuela moderna, 1908.

.XII.

CONFERENCIAS DOMINICALES

No se limitó la Escuela Moderna a la acción pedagógica. Sin olvidar un momento su carácter predominante y su objeto primordial se dedicó también a la instrucción popular, organizando una serie de conferencias dominicales públicas, a que acudían los alumnos, sus familias y gran número de trabajadores deseosos de aprender.

Las primeras conferencias carecieron de método y de la continuidad necesaria, por haber tenido que recurrir a conferenciantes incompetentes en determinados asuntos, que exponían en una sola conferencia sin relación con la anterior ni con la siguiente. Otras veces, por falta de conferenciantes se daban interesantes lecturas que suplían, sin desventaja, a las conferencias orales.

El público concurría con asiduidad, y los anuncios, previamente publicados en la prensa liberal de la localidad, eran perfectamente atendidos.

En vista de estos resultados y deseando aprovechar tan buenas disposiciones populares, celebré un convenio con los doctores D. Andrés Martínez Vargas y D. Odón de Buen, catedrático de la Universidad de Barcelona, para crear en la Escuela Moderna una Universidad popular, en la que aquella ciencia que en el establecimiento del Estado se da, o mejor dicho, se vende a la juventud privilegiada, se diera gratuita al pueblo, como una especie de restitución, ya que todo ser humano tiene derecho a saber y la ciencia no debe vincularse en una clase por ser producto de los observadores, sabios y trabajadores de todas las épocas y de todos los países.

En efecto, las conferencias adquirieron entonces continuidad y verdadera regularidad, con arreglo a la especialidad de los conocimientos de ambos conferenciantes. El Dr. Martínez Vargas explicó fisiología e higiene y el Dr. De Buen, geografía y ciencias naturales, alternando, desde entonces, los domingos, hasta que se inició la persecución, y sus explicaciones eran ávidamente recogidas por los alumnos de la Escuela Moderna y por los asiduos concurrentes, formando aquel auditorio de niños y adultos un bellísimo conjunto que en una de las reseñas que de las conferencias se publicaban constantemente en la prensa liberal de Barcelona, fue calificado por un periodista, de misa de la ciencia.

Los eternos apaga-Iuces, los que fundan sobre las tinieblas de la ignorancia popular el sostenimiento de sus privilegios, sufrieron mucho al ver aquel foco de ilustración que brillaba con tanta intensidad, y no sería poca su complacencia al ver a la autoridad, puesta a su servicio, extinguirle brutalmente.

Al dedicar este recuerdo a aquellos grandiosos hechos me anima el propósito de renovarlos sobre bases más firmes que pueden llegar a ser indestructibles.

Recuerdo con sensación placentera aquella hora semanal dedicada a la confraternidad por la cultura.

Inauguró las conferencias el 15 de diciembre de 1901, D. Ernesto Vendrell, representando a Hipatía, como mártir de las ideas generales de la Ciencia y de Belleza, víctima de aquel fanatismo del obispo Cirilo.

Siguieron en los domingos sucesivos diferentes conferenciantes, como queda indicado, hasta que en 5 de octubre de 1902 se normalizaron las conferencias constituyendo dos cursos científicos.

En aquel día el Dr. Andrés Martínez Vargas, catedrático de enfermedades de la infancia en la Facultad de Medicina de Barcelona dió su primera lección disertando sobre la higiene escolar, exponiendo en términos sencillos, al alcance de la inteligencia de los niños, las principales nociones higiénicas, y el Dr. D. Odón de Buen, catedrático de la Facultad de Ciencias, expuso la utilidad del estudio de la Historia Natural.

La prensa en general se manifestó simpática a la Escuela Moderna; pero a la aparición del programa del tercer año escolar desentonaron dos diarios locales: El Noticiero Universal y el Diario de Barcelona. Dijo éste y aquél reprodujo lo siguiente, que merece recordarse como manera típica con que la prensa conservadora trata los asuntos progresivos:

Hemos visto el prospecto de un centro de enseñanza establecido en nuestra ciudad, en el que se prescinde de dogmas y sistemas, pues se propone librar al mundo de dogmas autoritarios, sofismas vergonzosos y convencionalismos ridículos. Nos parece que todo eso quiere decir que lo primero que se enseñará a los alumnos y alumnas, pues la escuela es mixta, es a negar la existencia de Dios, con lo que se formarán buenos hijos, y en particular jóvenes destinadas a ser buenas esposas y madres de familia a su manera...

Continuando con irónico estilo, argumenta como mejor le parece y termina con esta insidiosa indicación:

La tal escuela cuenta con el concurso de dos doctores catedrático el uno de Ciencias Naturales (don Odón de Buen), y el otro de la Facultad de Medicina. A éste no le nombramos por si se hubiese padecido algún error al incluir su nombre entre los que prestan su apoyo a semejante obra.

Afortunadamente los daños que causa la prensa se remedian con la prensa misma, y a la insidia clerical respondió El Diluvio con amplitud y energía.

LOS CLERICALES DESPECHADOS

El Brusi como autor y El noticiero por tijeretearlo, ambos han cometido el más ridículo dislate con la publicación de un suelto contra una escuela laica que funciona en Barcelona con aplauso de todos los ciudadanos liberales, que son mayoría en esta democrática ciudad; nos referimos a la Escuela Moderna, la cual, con motivo de la inauguración del próximo curso, ha pasado circulares repartidas como encaje en todos los periódicos locales, excepto, suponemos, en el Brusi y en su apéndice El noticiero, que, con objeto, sin duda, de halagar su clientela, han tirado contra la entidad laica de la cálle de Bailén.

No vamos a defender a la Escuela Moderna porque nuestros lectores no necesitan para enterarse de la bondad de ella, el reclamo, que, por otra parte, no hace falta a la Escuela; sus invectivas han sólo demostrado que el Brusi con toda su religiosidad, no está exento de odios ni despechos, ni de mentir de la manera descubierta que lo hace en el suelto aquel que rezuma mala fe por todos lados. Dice el rancio periódico que en la Escuela expresada se enseña a no creer en Dios, a hacer escarnio de la religión y no sabemos cuántos horrores más que el Diario vetusto ha visto espantado en las palabras Ni dogmas ni sistemas con que la entidad de referencia revela su organización, del todo independiente. No, rancio periódico, no; anda usted muy mal desconcertado y falta a la verdad al decir que en aquel centro de enseñanza se niega a Dios e inculca tal creencia en los niños; eso no lo ha leído en ningún párrafo del prospecto de referencia. Lo que ha escocido al Brusi, haciéndole derramar todo el despecho y mala fe impropios de un cristiano de veras, es este párrafo: Ni dogmas ni sistemas, moldes que reducen la vitalidad a la estrechez de las exigencias de una sociedad transitoria que aspira a definitiva; soluciones comprobadas por los hechos, teorías aceptadas por la razón, verdades confirmadas por la evidencia, esto es lo que constituye nuestra enseñanza, encaminada a que cada cerebro sea el motor de una voluntad y a que las verdades brillen por sí en abstracto, arraiguen en todo entendimiento y, aplicadas a la práctica, beneficien a la humanidad sin exclusiones indignas ni exclusivismos repugnantes.


Eso le ha llegado a la entraña al Diario de Barcelona, que no puede resignarse a que la enseñanza laica barra a la clerical; a que los rezos de las escuelas conventuales se conviertan en cánticos a la Libertad y a la Ciencia pura; a que el párroco ignorante y el religioso astuto, ladrón de inteligencias y tirano de cerebros cohibidos, sean sustituídos por el profesor independiente que deja a un lado la religión para infundir conocimientos en absoluto laicos basados en la Naturaleza y en la Ciencia. El Brusi sabe con toda certeza que en esas escuelas laicas cuyo avance ya le arredra, no se enseña nada contra la religión ni el dogma; no preocupan allí tales cuestiones porque creen que los sentimientos religiosos deben nacer e infundirse a los pequeñuelos en el seno del hogar doméstico; hay en tales centros de enseñanza la sana convicción de que en ellos debe formarse el hombre de ciencia y de conocimientos humanos, al paso que la familia, y la sociedad luego, deben formar al hombre de creencias religiosas si esas son sus inclinaciones. Y no venga el rancio periódico con afirmaciones de que en tales enseñanzas (en las ateas) se han formado los anticlericales, porque ahí están los Voltaire, los Volney, los Darwin, los Víctor Hugo, los Zola, los Combes y demás pléyade de hombres insignes y espíritus independientes que educados todos por jesuitas, frailes o curas, y conocedores profundos del mal disfrazado de bien en que se criaron, se han vuelto contra aquéllos y han demolido el edificio clerical con la fuerza de su talento, con las armas de su saber y las energías de su voluntad. Ni venga, por tanto, el Brusi con alarmas y razones infundadas que pueden hacer mella en familias apocadas o en cerebros menguados; reconozca con nobleza que la educación clerical pierde bríos a medida que invade el terreno de la enseñanza la escuela liberal; y al menos cállese y resígnese ante la propaganda lícita que hacen los ciudadanos liberales en pro de la enseñanza laica frente a frente de la otra, de la monástica, retrógrada y medioeval, en pugna con las sociedades y conocimientos progresivos actuales. Créanos el vetusto Diario: si continúa su insensata labor, el vacío que ha tiempo le rodea le dejará solo y aislado, aun por parte de aquellos que, siguiéndole por tradición, no llevan tan lejos su mojigatería ni juzgan prudente enseñar la oreja en tanta cantidad.