La estocada de la tarde: 05

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Capítulo V
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La estocada de la tarde Antonio de Hoyos y Vinent


Al salir del Ideal Room, por espontáneo impulso de ambos, sin mediar previo acuerdo ni cambiar palabra, echaron a andar calle Alcalá abajo. Joaquín iba triste, con una tristeza rebelde, impoluta de cobardes resignaciones. En aquel alma primitiva la pena tenía algo de nerviosa impaciencia. No saboreaba el dolor delectándose en él, como sucede en algunos espíritus refinados que paladeaban la voluptuosidad del sufrimiento; por el contrario, en el suyo revestía casi la forma de un malestar físico.

Robledales, que hacía ya tiempo que oteaba aquellas tristezas en lontananza sin poder remediarlas, y que profesaba al muchacho sincero y casi paternal afecto, dábase bien cuenta de la tragedia anímica de que era víctima.

Salían del aristocrático restaurant, adonde pese a los sofiones del teatro, «Arrojadito» se había empeñado en ir a ver a la ingrata. Habían, pues, entrado contra la voluntad de Robledales a tomar una copa de jerez, y, como era de esperar, después de la primera parte la nueva entrevista fue un desastre.

Ni siquiera le quedó el consuelo de estar junto a la amada, pues aparte de que ella no se lo propuso, la mesa estaba completamente rodeada de gente. Venían todos del estreno de «Los cascabeles de la Muerte», una obra simbólica de Julito, que había obtenido un éxito, mejor un fracaso de escándalo. Posando de cínico contaba el autor las peripecias de entre bastidores durante el estreno, y, para variar, se reía de todos, empezando por sí mismo. En estilo joco-serio narraba gestos y posturas, mezclando nimiedades con ideas y juicios atinadísimos, con ligereza peculiar en él. La característica, al salir de escena después de una borrasca del segundo acto, se había abrazado a un tramoyista presa de un ataque nervioso, y la novia del muchacho, creyendo que lo hacía intencionadamente, en un rapto de celos le había dado en la cabeza con la cosa más pesada que encontró a mano y que resultó ser ¡un ejemplar de la dichosa comedia! Él, Julito, se había visto ya emulando a cierto escritor americano a quien en el estreno de una obra suya habían silbado en el primer acto, tirado verduras en el segundo (la de la Campanada comenzó a pensar en la conveniencia de estrenar), y a quien, por fin, en el tercero, habían tenido que sacar del teatro disfrazado con un traje de la característica para que el público no lo matase. Pero, ¡bah!, no le importaba nada el fracaso.

-No hay nada -decía el autor silbado con su prosopopeya habitual- tan cerca de un gran éxito como un gran fracaso. Entre uno y otro no media sino un solo aplauso. Los éxitos medianos, medianos son siempre, y jamás pueden convertirse en un gran triunfo; en cambio, un fracaso tremendo se convierte facilísimamente en un éxito colosal.

Seguía por aquel orden sus disertaciones y todos le escuchaban risueños, muy divertidos de las paradojas con que afirmaba su fama de escéptico. Entre todos aquellos dimes y diretes, la de la Campanada aprovechaba la confusión para comerse las «brioches» que correspondían a los demás. María Montaraz era la que más atención ponía en las palabras del narrador. Y era tanta la que ponía la morena dama que apenas si fijó en el torero una mirada indiferente de sus doradas pupilas. ¡Y si a lo menos fuese eso solo! Pero no; compartía su atención con las razones de Julito la persona de un amigo o intérprete de éste, un hombre pequeño y nervioso con una carátula de histrión muy blanca, surcada de profundas arrugas que más parecían cortes donde lucían dos ojos redondos, brillantes como carbunclos y en cuya frente dejaba un extraño rastro un mechón de pelo lacio.

Molestado por el frío desdén de la dama, habíase levantado, y seguido de Robledales, salido a la calle sin merecer sino un vago y distraído saludo de los del grupo.

Aquello venía preparándose desde hacía tiempo. Mientras caminaban ahora por la acera del ministerio de la Guerra, evocaba «Arrojadito» la decadencia de sus amores.

Al principio, María Montaraz estaba loca con su nuevo «flirt». Cada brusquedad, cada torpeza, cada falta de habilidad mundana, era para ella un encanto más de su amante, una cosa muy graciosa, muy original, muy «chic» que contarle a Julito y con que epatar a la Barbanzón. Como si no bastase con esto, los transportes de pasión feroz del torero, además de alhagarle, producían en su gastada naturaleza de mundana una sensación de fuerza, de sinceridad, que le encantaban. Mientras sus locas aventuras tuvieron por escenario las villas costeras y por espectadores a los ambiguos públicos de las playas de moda y los asombradizos de las provincianas urbes, su existencia fue una carrera triunfal. Fueron de escándalo en escándalo, llamando por todas partes la atención y gozando en dejar admiradas a las pobres gentes que encontraban en su camino. Pero pasó el verano con la vida corretona y el otoño con las benévolas complicidades de París, y llegó el momento del retorno a los patrios lares y con él las dificultades. Madrid era Madrid, con su vida social llena de ineludibles obligaciones; había deberes de decoro y prudencia, y las gentes, aunque anchitas de manga, no llegaban hasta tolerar ciertas cosas. María tenía su posición y no podía hacer lo que le daba la gana, so pena de tirarla por el balcón. Su amistad con el torero, que en las andanzas veraniegas tenía cierta excusa, trasladada a la corte no tenía razón de ser. «Arrojadito» no era ni siquiera aquel Julio Forestal poeta chirle, de largas guedejas, a quien ella exhibió por los salones recitando odas y sonetos, ni aquel nervioso violinista polaco, Sigfred Copinski, que impuso la dama como elemento imprescindible en todos los conciertos aristocráticos: era un torero, un hombre del pueblo, sin educación ni principios, que si bien en verano es tolerable, en invierno era absolutamente inadmisible.

Pero Joaquín no lo comprendió o no quiso comprenderlo así. Cada vez más ciego en su pasión por ella, dispuesto a sacrificarlo todo, porvenir, familia, dinero, empezó a perseguirla, a pegarse a ella, a no dejarla ni a sol ni a sombra, y ante aquella asiduidad la murmuración subió de punto y las gentes honradas primero, las hipócritas después, los que tenían el tejado de vidrio o las barbas a remojar, según el dicho vulgar, más tarde, la fueron, no desairando, pero sí dejando, haciendo el vacío en derredor de ella. María sintió intensa furia. ¡Hasta ahí se podía llegar! Su amor por el torero se trocó en rabia, una rabia mal intencionada de gata cruel y caprichosa que de pronto en una caricia sacaba las uñas para arañar. Las mujeres casi nunca hacen daño con un puñal, casi siempre lo hacen con un alfiler y María empezó contra su amante un lento suplicio. En su malsano histerismo de mundana cansada, esperó tal vez algo de innoble, de canalla: una explosión de bajos celos que equiparase a aquel hombre con los chulos y a ella con una perdida. Pero Joaquín a sus crueldades correspondió con ternuras, con súplicas, hasta con lágrimas. ¡Cosa semejante! ¡Un torero llorando como una niña nerviosa y sentimental! Aquello desentonaba de tal modo en el cuadro que ella se había trazado, que sólo consiguió irritarla más, y cada día fue más cruel, peor con él.

Caminaban los dos amigos silenciosos. Habían tomado Recoletos arriba y en la soledad de la noche resonaban sus pasos. Al fin, el muchacho, dando suelta a sus tristezas, cortó el silencio:

-Don Ángel, ¡qué malas son las mujeres!

Robledales no contestó directamente. Con ademán afectuoso le echó un brazo por los hombros y habló con voz persuasiva, llena de cariño protector:

-¿Quieres que te dé un consejo, un verdadero consejo de amigo? Pues mañana por la mañanita lías la maleta y te vas allá con tu mujer y tu hija.

-¡Si no «pueo»! ¡Si tengo a esa hembra metía en los «reaños der arma»! ¡Si me «paece» que no hay «na» en «er» mundo «ma» que ella! -gimió el infeliz con voz doliente.

-Pero, criatura -arguyó el aficionado-, ¿no comprendes que no puede ser?

El otro movió la cabeza con afirmativa y dolorosa certeza:

-¡«É» verdad, don Ángel, «é» verdad! ¡Es ella muy mala!

Don Ángel, siempre justo, rectificó:

-Muy mala, no. Es frívola, ligera como todos los que la rodean. No toman nada en serio. Ya has visto a Julito esta noche riéndose de sí mismo. Lo que tiene es que tú eres un niño y no estás hecho a andar en estos trotes y lo has tomado por todo lo alto. Para ella es una aventura; es preciso que para ti no sea más que otra aventura. Te has reído, te has divertido, has corrido mundo, pues basta.

Ahora fue Joaquín quien no contestó a tan atinados conceptos, sino que, con un desgarramiento doloroso en la voz, gimió:

-¡Y yo que lo había «dejao too» por ella, mi mujer, mi niña, mi casita, «too» lo que tenía en «er» mundo!

Robledales asió el cable:

-¡Y lo tienes, criatura, lo tienes! Por eso mañana coges el tren y a tu casa, que llueve. Ya verás cómo te recibe tu Rosario... ¡con palio! Cuando queremos de verdad perdonamos siempre, porque perdonar es la única manera de reconquistar al ser querido.

-No podré, no podré -murmuró el torero.

-No seas cobarde; ánimo, amigo. ¿Tú qué tienes que hacer aquí? La vida para ti tiene que ser como un nido. Volar para traer la comida a la hembra y a los polluelos y luego volverse allí con ellos a descansar a su vera. Deja que para todos estos sea una fonda donde nadie se quiere ni a nadie le importa nada de los otros.

Callaron. La Castellana se tendía luminosa en el baño de luna que se filtraba al través de las desnudas ramas de los árboles.


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