La estocada de la tarde: 07

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Capítulo VII
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La estocada de la tarde Antonio de Hoyos y Vinent


Por centésima vez miró Robledales la hora. ¡Nada! ¡Aquél no venía! Y el caballero, de común tan calmoso, se revolvió impaciente en su asiento mirando a un lado y otro sin hacer caso de las barbaridades con que sus compañeros de palco entretenían las holganzas del entreacto. En su paternal afecto por el «Arrojadito», sentía el aficionado un vago temor por las locuras que a aquel niño grande dejado a sus iniciativas, arrancado de su centro y excitado por la pasión se le podían ocurrir. Además, ahora, desgraciadamente, tenía sobrados motivos de temor, pues en las cuarenta y ocho horas transcurridas desde la entrevista que sabía hubo entre la coqueta y su enamorado no había conseguido ver al muchacho. Efectivamente, la misma noche de la conferencia había acudido a recogerle, como de costumbre, al hotel para ir al teatro juntos, esperando una crisis de amargura y desaliento que tras algunas sacudidas obrase beneficiosamente a manera de reacción sobre el dolorido espíritu del chico, y se encontró con la puerta cerrada y la consigna dada al mozo de estoques de no dejar entrar a nadie, pues el torero se había acostado cansadísimo y con una jaqueca atroz. Volvió al siguiente día temprano y le dijeron había salido y no almorzaría allí; retornó por la tarde y no había vuelto al hotel, y, por último, la mañana de aquel día tampoco estaba allí, aunque bien es verdad que le había dejado un recado citándole para el Circo aquella noche. ¿Qué se habría propuesto? ¿Qué atrocidad germinaba en su cabeza? ¿Qué descabellado proyecto incubaba en aquellas horas de soledad? Era indudable que le huía, que se proponía ganar tiempo y evitarse su presencia y con ella el peligro de una conferencia a solas, puesto que si conseguía llegar sin verle el día de la corrida, le sería imposible cambiar cuatro palabras con él, rodeado como estaba desde por la mañana temprano de aficionados, amigos, admiradores y compañeros. ¿Qué habría sucedido en la entrevista con la Montaraz?

Allí estaba ella en su palco vestida de gasa roja que esculpía en llamas la equívoca gracia de su cuerpo, en la cabeza un cesto negro cargado de cerezas, acompañada de Lidia Alcocer, cuya muñequil belleza rubia y cuyo cuerpo de un repujado escandaloso le servía de contraste, timándose con los del palco del Club. ¡Lo que es a ella no se le notaba nada! ¡Parecía que en su vida había roto un plato!

Abríanse los palcos en amplio círculo rodeando la pista. Mujeres de absurda belleza, en que la naturaleza había sido violentamente alterada por afeites, pinturas y corsés, ostentaban inverosímiles arreos de cocotesca elegancia en un magnífico impudor de semidesnudo. Niñas pálidas, delgadas, marchitas por la anemia o la tisis las rosas de sus mejillas, desvanecíanse incoloras entre las opulentas gracias matroniles de sus madres, y algunas mujeres casadas triunfaban en el esplendor crepuscular de sus bellezas de cuarenta años.

Abajo, en la pista, bañada en la blanca claridad de los arcos voltaicos, la mujer reptil se descoyuntaba en un extraño desbaratamiento de su cuerpo, cubierto de luminosas escamas. Era un espectáculo morboso con algo de baudelairesca pesadilla, que hacía abrir en un ingenuo gesto de asombro los ojos a las vírgenes, escalofriaba a las mundanas en una sensación inconsciente de sadismo y hacía inclinarse a Julito en pose de emperador romano de la decadencia, sobre el barandal del palco.

Impaciente, harto de los dos espectáculos, el del público y del farandulero, Robledales cogió el sombrero, y saliendo del Circo, se encaminó al Hotel.

Como todos le conocían, nadie se opuso a su paso, y así cruzó el vestíbulo, subió la escalera, caminó pasillo adelante, y ya ante la puerta del cuarto de su amigo, alzó el pestillo y, sin pedir permiso, colose de rondón en él.

Tendido sobre el sofá, el rostro oculto en los almohadones, yacía el torero. Al sentir entrar gente alzose vivamente y quedó incorporado a medias. Un huracán de tristeza devastadora parecía haber pasado envejeciendo el rostro y marchitando su varonil belleza. Los ojos negros brillaban calenturientos en el fondo de las moradas cuencas; hondas arrugas surcaban la frente y un rictus profundo de amargura crispaba la boca en mueca de agonía.

Ante aquel estrago, Robledales sintió lástima, y su falsa jovialidad se fundió como por ensalmo en compasión.

-¿Estás malo, chiquillo? -interrogó afectuosamente.

El «Arrojadito» pareció hacer un esfuerzo para sacudir el extraño atontamiento.

-«Naa», un dolorcillo de cabeza de «habé andao» mucho estos días.

Cada palabra, cada gesto le arrancaba una mueca dolorosa, algo así como esas violentas crispaciones de nuestro rostro cuando alguien nos hurga en una herida y no queremos gritar, presumiendo de valientes. Ante aquel dolor tan grande, el amigo sintió acrecentar su compasión:

-No mientas y dime lo que te pasa.

-Si no «é na»... -quiso protestar aún.

Robledales se sentó a su lado, en el sofá, y le habló con afectuosa rudeza.

-Mira, Joaquín, no seas animal y no me enfades. Ya sabes lo que yo te quiero, y no merezco que te vengas a presumir y me trates como a un desconocido. Yo siempre he sido un gran amigo, casi un padre para ti; te he ayudado, te he empujado y protegido, quiero a los tuyos como a cosa mía, soy el padrino de tu chica, y bien puedes tener confianza en mí. Acuérdate -siguió, persuasivo- cuando eras un mocoso que andabas lampando de hambre por ahí, y acuérdate cuando empecé a buscarte corridas. Después, nadie más prudente que yo, nadie más discreto, cuando empezaste a juntarte con esa perdida y los locos que andan con ella, no te dije nada, ni me metí en belenes. Joaquín -insistió-, soy casi un padre para ti, soy tu amigo, tu único amigo; sé bueno y confiesa; mira que es por tu bien.

Sorda lucha parecía librarse en el alma del muchacho. Al fin, un sollozo inmenso hinchó su pecho y las palabras se atropellaron en sus labios en avalancha deshecha de pasión, amor, pena y rebeldía. Hablaba rápida, atropelladamente, comiéndose palabras, enlazando unos períodos con otros, dejando una frase sin concluir para comenzar otra. Y ponía en su voz trémolos de pasión, sollozos de dolor, rabiosos chirridos de ironía bárbara, balbuceos pueriles, furores de celoso. Contó su pena, la triste odisea de sus amores, las inconscientes crueldades de aquella mujer; todas sus amarguras, sus desilusiones y sus desengaños.

Robledales le oía compasivo, adquiriendo la certeza de lo que hacía mucho sospechaba: de que la Montaraz no buscaba sino la ocasión de romper aquello que ella comenzó como amable pasatiempo y que amenazaba tomar las proporciones de un lío serio. Al fin, como el vencido callase jadeante, el consejero aprovechó para hablar él.

¡Bah, no había que ponerse así! Los hombres eran hombres y no una señorita hética, y tenían que saber sobrellevar las penas. Pero todavía, si se tratase de su mujer, o siquiera de una mujer que no hubiese querido nunca sino a él... Pero aquella señorona, más loca que una espuerta de gatos y que había rodado más que una peseta falsa... ¡Vamos, daba grima que un hombre honrado hubiese dejado a su familia, su casa, su porvenir, por un pendón así, que por milagro de la Providencia no salía en las procesiones, y más grima aún que ahora, porque la tal tiraba al monte, en vez de cantar victoria, se pusiese así! Nada, nada; no había que hablar más del asunto; el lunes toreaba, y luego quince días con su mujer y su niña para reponerse, y después a ganar aplausos y pesetas por esos mundos de Dios.

El torero movió la cabeza negativamente. Todo se había acabado para él. Aquellos planes optimistas de su amigo eran sueños irrealizables de don Ángel. Él ya no tenía nada que hacer en este mundo. La pícara le había dado la puntilla. Para vivir hay que tener ilusiones, y él ya no las tenía. Se dejaría coger en la corrida y así acababa de penar.

Robledales aparentó echarlo a broma:

-¡Justito, en eso estamos pensando! ¡Qué más quisiese la bribona!

-Por eso que quisiese, será -aseguró Joaquín.

El aficionado se puso serio. Pero, ¿estaba loco? Y volvió a evocar su cariño, su protección de toda la vida, el recuerdo de la mujer abandonada, la imagen blanca y rosa de la hija. Aquel hombre jovial, hecho a vivir entre juerguistas y mujeres fáciles; aquel hombre que tomaba la vida en broma, supo encontrar acentos que hablaban al alma, y supo poner en sus palabras ternuras de padre y severidades de hermano mayor.

Todo inútil. «Arrojadito» denegaba con la cabeza tercamente, decidido a morir.

El otro se indignó. ¿Era posible que una criatura racional se pusiese así? Invocó sus deberes de esposo y padre. ¿Quién sabe si su mujer y su hija, al verse solas, pobres y abandonadas, rodarían por el fango y acabarían por ser como esas desdichadas que asaltan a los transeúntes a las altas horas de la noche, en ofrenda de sus gracias?

Tampoco. Joaquín denegaba siempre.

Con el corazón oprimido insistió Robledales. De allí no se iba mientras no le jurase que no haría semejante atrocidad. Y había de jurárselo por la memoria de su madre, por la salud de su hija.

Nada. La misma muda negativa.

Pulsó otra cuerda. ¿Pero no sabía que era aquél gravísimo pecado? ¿No sabía que si moría así se condenaba sin remedio? ¿No tenía ya tampoco religión?

No obtuvo mejor suerte aquel argumento que los otros. Entonces acudió a un expediente vulgar:

-¡Si no me lo juras, no toreas!, porque iré a la empresa y la diré que te has vuelto loco y que vas a hacerte matar.

Una sonrisa espantosa de escepticismo que lucía en los labios del muchacho escalofrió a su consejero.

-¡Hay muchos modos de morir! -murmuró Joaquín.

El protector le conminó con el desprecio de las gentes, con el castigo de Dios, con la pérdida de su afecto. Todo se estrelló contra la resolución inquebrantable, contra aquella glaciedad sentimental que le envolvía como un sudario.

¿Qué hacer? De pronto, una idea relampagueó en el cerebro de Robledales.

-Me juras no matarte, ¿sí o no?

-No.

-Pues, adiós.

-Adiós.

Saltó el aficionado dentro de un coche.

-A telégrafos -gritó al cochero.

Por el camino maduró su plan. ¡Justamente! Aquello era lo único. Una barbaridad, pero, como en las enfermedades muy graves, había que acudir a los remedios extremos, a vida o muerte.

Llegaba. Descendió rápidamente y penetró en el local. Allí escribió un telegrama. Decía así:

«Rosario López. Joaquín en peligro de muerte. Ven primer tren. Robledales.»

Una vez escrito, suspiró:

-Ahora, ¡Dios dirá!

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