La fábula de Narciso

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La fábula de Narciso
de Hernando de Acuña



 Si un bajo estilo y torpe entendimiento    
 merecieran llegar a aquella altura   
 do, señora, llegó mi pensamiento,   
 y tuviera en esto igual ventura,   
 pudiera yo contar lo que es sin cuento,  
 dando a vuestro valor y hermosura   
 seguridad, cual nadie la ha tenido,   
 de la ofensa del tiempo y del olvido.   
 

 Mas si mi ingenio lo procura y quiere,   
 razón lo contradice y le castiga,  
 pues manda que primero considere   
 a qué puede bastar y a qué se obliga.   
 Porque de vuestro ser ninguno espere   
 llegar a decir tanto, que no diga   
 mucho más el silencio, con la falta   
 de quien ose emprender cosa tan alta.   
 

 Y pues de tanto bien como en vos veo   
 aun no puede lo menos celebrarse,   
 lo más, que yo no entiendo, aquello creo,   
 que aquí tiene mi fe donde fundarse.  
 Y ofreciendo por obra el buen deseo,   
 podrá con justa causa disculparse   
 el flaco, que no emprende gran conquista,   
 y el que mirando al sol pierde la vista.   
 

 Así, por ser en esto tan notoria  
 la poca fuerza del ingenio humano,   
 en vuestro nombre trataré una historia   
 cuyo sujeto no se finge en vano.   
 Y vos, que sola estáis en mi memoria,   
 desde ella alumbraréis mi ingenio y mano 
 con aquel resplandor y luz que distes   
 al siglo venturoso en que nacistes.   
 
  
 Y aunque el camino, y el juicio vuestro,   
 va de lo general tan apartado,   
 yo sé que contra Amor, y en daño nuestro,  
 seguís lo que es de muchas aprobado:   
 ésta es la ingratitud, que es un siniestro   
 y error por mil ejemplos reprobado,   
 como dello nos da más claro aviso   
 la vida con la muerte de Narciso.  
 

 Amor rige su imperio sin espada,   
 mas con todo castiga, y no consiente   
 que sea en su desprecio tan usada   
 la fiera ingratitud entre la gente;   
 la cual, siendo mil veces condenada     
 a destierro por él, tan justamente,   
 se admite, y hay mil damas tan exentas,   
 que con ella le hacen mil afrentas.   
 
  
 Y conviene entender que no se debe   
 menospreciar jamás virtud divina,  
 y menos la de Amor, que al bien nos mueve   
 y de bien en mejor nos encamina.   
 Y la que contra Amor yerra o se atreve   
 entienda que a pasar se determina   
 lo terrible del mundo y lo más fuerte,  
 que es triste vida y miserable muerte.   
 

 Si Amor muda en fortuna la bonanza   
 de quien contradecille espera, o piensa,   
 juzgad, señora, si hará venganza   
 de quien por obra le hiciere ofensa.   
 Que como es la soberbia, y confianza,   
 pecado inmenso, así es la pena inmensa,   
 cual a muchas la dio, cuya memoria   
 vive en la antigua y la moderna historia. 
 

 Y los ejemplos que en el mundo ha habido,  
 ni los basta a contar verso ni prosa,   
 de las que, a Amor habiendo resistido,   
 con muerte lo pagaron dolorosa.   
 Testigos serán Fedra, File y Dido,   
 y serálo también Enón hermosa,  
 con Ariadna, Hipsífile y Medea,   
 cuya verdad es justo que se crea.   
 

 Cualquiera déstas fue soberbia y cruda,   
 hasta que Amor, a la venganza vuelta   
 su blanda voluntad, que así se muda,     
 la dellas castigó que andaba suelta.   
 Tanto, que a cada cual negó su ayuda,   
 cuando la vio en pasiones más envuelta,   
 y al fin, como se escribe, fenecieron   
 entre penas diversas que sufrieron.  
 
  
 Mas ¿qué testigo habrá más verdadero    
 para probar esta opinión tan cierta?   
 ¿Qué ejemplo deste tiempo, o del primero,   
 nos muestra la verdad más descubierta,   
 y declara mejor al venidero,  
 si quien resiste a Amor yerta o acierta,   
 que el caso lamentable de Narciso,   
 hermosísimo hijo de Cefiso?   
 

 De Cefiso y Leríope engendrado,   
 fue, por su mal, Narciso tan hermoso  
 que, en mostrándose al mundo, fue estimado   
 por un don celestial maravilloso.   
 Esto puso a sus padres en cuidado,   
 que un bien tan excesivo y milagroso,   
 como exceder parece a la natura,   
 es común opinión que poco dura.   
 
  
 Y con este temor su madre vino   
 donde a los pueblos su respuesta daba   
 el hado Tiresias, adivino   
 que a todos la verdad pronosticaba.  
 Pídele si a Narciso su destino   
 breves o largos días le otorgaba,   
 que tan nueva belleza en mortal vida   
 cuanto más es amada es más temida.   
 

 Como acabó la madre su pregunta     
 sobre tan importante y cara cosa,   
 aunque está la esperanza al temor junta,   
 quedó de la respuesta temerosa.   
 Ésta le da Tiresias, en que apunta   
 el mal futuro en condición dudosa:  
 que el niño cuya vida saber quiere   
 gran tiempo vivirá si no se viere. 
 

 A los padres fue escura esta respuesta,   
 o al menos se pasó sin ser creída,   
 hasta que en fin se hizo manifiesta  
 con el triste suceso, y fue entendida   
 tan nueva forma de morir como ésta,   
 y fin tan miserable de una vida,   
 que se viese o se oyese no se alcanza,   
 y, permitiólo Amor en su venganza.     
 

 Jamás se vio en humana criatura,   
 primero ni después, mayor belleza   
 que la que dio a Narciso la natura,   
 de gracia acompañada y gentileza:   
 el aire, el ademán v la postura  
 tal novedad mostraban y extrañeza,   
 que igual no solamente no tenía,   
 mas poderlo tener no parecía.   
 
  
 Las felices estrellas se juntaron   
 y en hacelle hermoso concurrieron, 
 las gracias todas juntas le dotaron   
 de todo lo mejor que en sí tuvieron:   
 la pintura fue tal que nunca osaron   
 retratalla en color, ni la esculpieron,   
 Apele, Zeusi, Praxitele o Fidia,     
 ni lo supo emendar la mesma envidia.   
 

 Iba creciendo el mozo, y mil querellas   
 con sospiros y lágrimas crecían,   
 por donde andaba, en dueñas y doncellas,   
 sin poderse valer cuantas le vían,   
 no sin admiración en todas ellas   
 de la nueva mudanza que sentían,   
 que la más libre, en viéndole presente,   
 prueba lo que es amar fundadamente.   
 
  
 Mas él, que es contra Amor endurecido  
 y de seguille está tan apartado,   
 que, como a otro el ser aborrecido   
 tanto y más le aborrece el ser amado,   
 de ninguna entre tantas fue movido   
 ni de ajeno dolor toma cuidado,  
 que, si hay cosa que iguale a su belleza,   
 es sólo su desdén y su aspereza.   
 

 En ningún ejercicio se embaraza   
 que se conforme con sus verdes años,   
 ni toma gusto sino sólo en caza  
 y en hacer a las fieras mil engaños.   
 Déstas sin descansar sigue la traza,   
 que en seguir los provechos o los daños   
 de Amor no piensa ni se acuerda dello,   
 o, si se acuerda, es para aborrecello. 
 
  
 Mas en los montes, valles y espesura   
 de las selvas ya dél acostumbradas,   
 aún vino a ser dañosa su figura,   
 y a causar más de un llanto sus pisadas:   
 que en verle no quedó ninfa segura,  
 ni pudieron estarlo en sus moradas,   
 antes con las demás a un mismo punto   
 el verle y el arder fue todo junto.   
 

 Y con mostralle claro que le amaban,   
 no solamente a amar no le movían,  
 pero con la blandura que mostraban   
 en extremo mayor le endurecían.   
 Así más lejos siempre se hallaban   
 cuanto más deseosas le seguían,   
 dando deste dolor y sentimiento     
 sus quejas y sus lágrimas al viento. 
 

 Y por montes y selvas maldiciendo   
 van las tristes amantes de una en una   
 el punto en que le vieron, pues muriendo,   
 la muerte no le mueve de ninguna.  
 Y como va el dolor siempre creciendo,   
 maldicen su deseo y su fortuna,   
 y al cielo que juntó beldad tamaña   
 con rigor y aspereza tan extraña.   
 

 Al amor cada una reprehende  
 como digno de ser reprehendido,   
 que no siente su daño y que no entiende   
 lo que dél suele ser tan entendido:   
 que su reino y sus leyes no defiende   
 de un mozo de quien es tan ofendido, 
 y siendo despreciado, se consiente   
 despreciar y ofender tan claramente.   
 
  
 ¿Dónde está, Amor, tu brazo poderoso,    
 le dicen, y tan fuerte en toda parte,   
 que a Plutón en el reino tenebroso     
 sojuzgó, y en el cielo a Apolo y Marte?   
 ¿Cómo el temido es ya tan temeroso,   
 y sufres que un soberbio no se harte   
 de ver contino llanto en nuestros ojos,   
 llevándonos las almas por despojos?  
 

 ¿Dónde está el arco, Amor, que te hacía    
 tan temido en el mundo v acatado,   
 y las saetas, que cualquier valía   
 contra el más duro pecho y más armado?   
 ¿Dó está la ardiente hacha que encendía     
 el corazón más frío y más helado?    
 ¿Dó está el cuidado y el mortal recelo,   
 la esperanza, el temor, la llama, el yelo?   
 
  
 ¿Cómo del arco se aflojó la cuerda?    
 ¿Cómo se despuntaron tus saetas?  
 ¿Cómo permites que el temor se pierda   
 a tus públicas armas y secretas,   
 sufriendo al que no cura ni se acuerda   
 que amenaces con mal, o bien prometas?   
 Pues tu reino y tu ser debe moverte,  
 si perdello no quieres y perderte.   
 

 Narciso libre y suelto anda cazando   
 por montes, valles, selvas y riberas,   
 hiriendo crudamente, y aun matando,   
 más número de ninfas que de fieras;  
 y de tu imperio, Amor, siempre burlando,   
 y de nuestras congojas lastimeras.   
 Pues mira, de quien tanto se atreve,   
 si un divino poder vengarse debe.   
 
  
 Estas y otras mil cuitas semejantes  
 dicen las tristes sospirando al cielo,   
 en amar a Narciso tan constantes   
 cuan llenas de dolor y desconsuelo.   
 Y, aunque de ser amadas tan distantes   
 cuanto está el fuego de la nieve o yelo,
 todas van a buscar y amando siguen   
 a aquél que con seguille se persiguen.   
 

 Tal hubo entre ellas que, a seguirle intenta,   
 de venir a hallarle se temía,   
 que el fuego en que Amor lejos la sustenta  
 temor de cerca en yelo le volvía.   
 Así nueva pasión cumple que sienta   
 do quier que el pie o el ánimo movía,   
 y así del bien y mal por prueba siente   
 que vienen a dañar casi igualmente.  
 
  
 Hubo otra allí que, cuando más quejosa,    
 la desesperación le dio esperanza   
 de contarle su pena dolorosa,   
 de suerte que hiciese en él mudanza.   
 Ya está de comenzarlo deseosa  
 y esfuérzase en su débil confianza,   
 tanto que entre sí mesma ya decía:   
 «Pues callo mi dolor, la culpa es mía.   
 

 Mía es toda la culpa, pues no entiendo   
 ni procuro a mi mal remedio o cura.  
 No me ofende Narciso, yo me ofendo,   
 y él no sabe mis ansias por ventura:   
 él no puede saber que estoy muriendo,   
 si nunca le conté mi desventura,   
 que al viento y a los montes la descubro,  
 y a quien puede valerme se la encubro».   
 

 Así diciendo y sospirando, parte   
 a buscar y seguir el crudo amante,   
 pensando de qué forma y con cuál arte   
 le mostrase su pena y fe constante.  
 Ya junta la razón, ya la reparte:   
 «Esto diré después, esto delante»;   
 ora a este dicho, ora a aquél se allega   
 y, junto éste y aquél, afirma y niega.   
 

 Pero en el punto que a mirar llegaba  
 al que a paso tan duro le ha traído,   
 de sólo contemplalle se acordaba,   
 poniendo lo demás todo en olvido.   
 Toda junta en miralle se empleaba,   
 para sólo mirar tiene sentido,  
 y éste mil veces aun quería perdelle   
 viendo tan claro que le enoja en velle.   
 

 Así, lo que a otro descubrir quería,    
 así misma decirlo osaba apena   
 y queda del temor helada y fría, 
 el alma de dolor y angustia llena.   
 Sólo sabe seguir la usada vía   
 de estar toda en Narciso y de sí ajena,   
 hacer concetos y quedarse muda,   
 y, temiendo, esperar en vano ayuda   
 

 Entre las otras ninfas Eco andaba,   
 más graciosa que todas y más bella,   
 a quien su habla natural faltaba   
 por causa que ella dio para perdella,   
 tal que a hablar en vano se esforzaba. 
 Así lo permitió su fiera estrella,   
 juntando este trabajo y desventura   
 con su extremada gracia y hermosura.   
 

 Y de todo su mal causa había sido   
 Juno, del alto Júpiter esposa,  
 que buscando en un valle a su marido,   
 del cual andaba, con razón, celosa,   
 Eco delante se le había ofrecido   
 y, con manera de hablar graciosa,   
 tanto la tuvo en un sabroso cuento,   
 que la diosa tardó y erró su intento.   
 

 Porque tal lugar dio el entretenella   
 a Júpiter, que cerca la sentía,   
 que se pudo apartar y esconder della   
 la ninfa que consigo allí tenía.  
 Y sin que viese Juno a él ni a ella,   
 se escaparon los dos por otra vía.   
 Advertida la diosa deste engaño,   
 sobre Eco quiso que cayese el daño.   
 

 Y dijo: «¡Oh ninfa!, porque el mundo aprenda   
 a temer a los dioses, mando y quiero   
 que tu engañosa habla a nadie ofenda   
 de hoy más, y que este engaño sea el postrero,   
 y que no hables ni tu voz se entienda,   
 sino oyendo hablar a otro primero,  
 y replicando de la voz ajena   
 las últimas palabras con gran pena».   
 

 Hecho, pues, un castigo tan notable,   
 la diosa se partió de allí enojada,   
 quedando la triste Eco miserable  
 con dolor en el alma y lastimada:   
 mueve la lengua con pensar que hable   
 palabras con que fuese perdonada,   
 mas sólo, cuando Juno hablaba,   
 sus últimos acentos replicaba.     
 

 Extraña es la pasión que prueba y siente    
 de verse así la triste enmudecida,   
 y aunque del yerro tarde se arrepiente,   
 con señales se muestra arrepentida.   
 Tiene su primer voz siempre en la mente,  
 esto hace su pena muy crecida,   
 y acreciéntase mas con que no espera   
 volver ya al uso de la voz primera.   
 

 Ésta, pues, vio a Narciso que, cazando   
 como solía, por la selva andaba;     
 mírale atenta y, yéndole mirando,   
 por sí mesma la triste no miraba:   
 que por la vista Amor va penetrando   
 hasta que al alma y corazón pasaba,   
 do apenas ha pasado, apenas llega,    
 cuando la fuerza de ambos se le entrega.   
 

 Al Amor sin sentido se ha entregado   
 y a su poder del todo está rendida,   
 tanto que es otra y que del mal pasado   
 con el dolor presente se le olvida:  
 ya lo que suele no le da cuidado,   
 ya no se acuerda de su voz perdida,   
 que a la pasión humana que más puede   
 la que nace de Amor pasa y precede.   
 

 Estando de seguille o no dudosa,  
 en fin Amor la fuerza a que le siga.   
 Jamás fue de hablar tan deseosa   
 ni el ser muda le dio tanta fatiga;   
 mas, viendo ya ser imposible cosa   
 que el todo de su mal, ni parte, diga,  
 sólo que él hable es lo que pide y quiere   
 por poder replicar lo que dijere.   
 

 Vale siguiendo atenta y escuchando   
 por ver si acaso a su Narciso oyese   
 cualquier palabra con que, replicando,  
 a lo menos con él hablar pudiese.   
 Y de lo que desea va esperando   
 si en fin de su razón algo dijese   
 con que ella, respondiendo como suele,   
 manifieste un dolor que tanto duele.     
 

 Así le sigue, y cuanto más se allega    
 siente mayor y más cercano el fuego;   
 entre sí ya le habla y ya le ruega,   
 sin acordarse que no se oye el ruego;   
 ya aprueba lo que hace, ya lo niega, 
 y desta confusión se culpa luego,   
 y nácenle en el alma mil concetos   
 que por falta de voz son imperfetos.   
 

 Pero los ojos muestran, y el semblante,   
 lo que mostrar no pueden sus razones,  
 do cualquiera señal es tan bastante,   
 que en una se declaran mil pasiones.   
 Muévese, espera y vuelve en un instante,   
 según le pinta Amor las ocasiones,   
 que tal es en la triste la mudanza     
 cual el temor la hace, o la esperanza.   
 

 Perdióse tras un corzo acaso un día    
 Narciso por la selva donde andaba,   
 y el verse lejos de su compañía,   
 en tanta soledad, temor le daba. 
 Eco sola escondida le seguía,   
 Eco era sola quien por él miraba   
 para ser al peligro la primera,   
 si a desdicha saliese alguna fiera.   
 

 Que la muerte le viene a la memoria  
 de aquel hermoso Adonis, desastrada,   
 y Venus, que con él pierde su gloria,   
 sobre el sangriento cuerpo abandonada.   
 Teme que aquella lamentable historia   
 venga a ser en su daño renovada,     
 y el de Narciso tiene por su daño,   
 que el suyo ni le teme ni es tamaño. 
 

 Pues de seguir el corzo ya dejando,   
 quedó cansado el mozo y afligido   
 de ver venir la noche, recelando  
 que allí la ha de pasar solo y perdido.   
 A toda parte mira y, esperando   
 de alguno de los suyos ser oído,   
 en altas voces «Aquí estoy» decía,   
 y Eco sola «Aquí estoy» le respondía.   
 

 Oye la voz y está maravillado   
 de quién será el que habla y se le esconde;   
 vuelve a llamar y siente ser llamado   
 con sus palabras sin saber de dónde.   
 «Pues venid y allegad», dice espantado,  
 y escucha de qué parte o quién responde;   
 mas Eco, oyendo lo que pide y quiere,   
 «Venid, llegad», en alta voz refiere.   
 

 Aquí la esforzó Amor a que, saliendo,    
 al amado Narciso se allegase  
 y, decille sus ansias no pudiendo,   
 mostrallas con señales procurase.   
 Con llanto, con suspiros, y gimiendo,   
 ninguna hubo en amor que no mostrase,   
 y juntamente, aunque era todo en vano,  
 se llega por tomarle de la mano.   
 

 Pero Narciso, a cuya gran dureza   
 no puede la de un mármol compararse,   
 no sólo la apartó con extrañeza,   
 mas luego, por no vella y apartarse,  
 huye por do mayor es la aspereza,   
 diciendo, sin dejar de apresurarse:   
 «Antes yo muera de rabiosa muerte   
 que sufra que me quieras, o quererte».   
 

 No pudo aquí sufrir ya el corrimiento,  
 mas, gimiendo la triste y sospirando,   
 por la espesura se arrojó sin tiento,   
 «Me quieras, o quererte» replicando.   
 De sí le viene ya aborrecimiento,   
 de la gente y la luz se va apartando,     
 mas dentro de su pecho oye y entiende   
 quién de todo la culpa y reprehende.   
 

 Metida al fin en una cueva escura,   
 entre sí mesma habla y dice al cielo:   
 «Eterno movedor que de la altura  
 miras cuanto se hace en este suelo,   
 tú, que tan nueva gracia y hermosura   
 formaste por mi daño y desconsuelo,   
 no permitas que quede sin castigo   
 tanta fiereza y desamor conmigo.     
 

 Mas el que hizo en mí tan gran mudanza   
 sienta en el alma y corazón mudarse,   
 y pruebe qué es amar sin esperanza   
 quien a tantas movió a desesperarse;   
 y porque al daño iguale mi venganza,  
 él venga de sí mesmo a enamorarse,   
 pues ni puede probar mayor dureza,   
 ni vencerle podrá menor belleza.   
 

 Y en mí, que sólo para llanto y pena    
 y males nunca vistos fui nacida,  
 cúmplase presto lo que el hado ordena,   
 que es ser luego deshecha y consumida:   
 nunca será sino agradable y buena   
 muerte que me privare de tal vida,   
 pues que viene a librar mis tiernos años 
 de mil presentes y futuros daños».   
 

 Mientras esto consigo está diciendo,   
 dio el cielo de piedad señal muy clara:   
 vase el humor vital ya consumiendo   
 por el hermoso cuerpo y por la cara;   
 ya el frío por los miembros va corriendo,   
 ya el calor natural los desampara,   
 ya está en la mayor parte endurecida,   
 ya queda en dura piedra convertida.   
 

 La voz le quedó viva solamente,     
 mas limitada y no como solía;   
 vive invisible, y a lo que oye y siente   
 responde sin tristeza ni alegría.   
 Mas cuando tal ofensa Amor consiente,   
 para vengarse no le falta vía,  
 que luego tiempo y ocasión ordena   
 de dar a tanta culpa mayor pena.   
 

 Los montes y los llanos calentaba   
 con sus rayos el sol de mediodía,   
 cuando con su ganado reposaba  
 a la sombra el pastor donde solía;   
 de su trabajo el labrador cesaba,   
 para volver de nuevo a su porfía;   
 daba la hora reposo a los mortales   
 y sosiego a las aves y animales.     
 

 Narciso, que con sed y caluroso,   
 no menos que cansado, se hallaba,   
 sombra para tomar algún reposo   
 y agua do se refresque deseaba;   
 y en fin llegando a un valle deleitoso, 
 a una fuente su suerte le guiaba   
 cual nunca la halló persona humana,   
 ni cazando jamás Febo o Diana.   
 

 En piedra natural está cavado   
 el vaso de la fuente, tan guardada, 
 que de ninfa o pastor, ni de ganado,   
 ni de ave o fiera fue jamás tocada.   
 Defiéndela del sol porcada lado   
 una espesura de árboles cerrada,   
 y el verde suelo pintan tiernas flores  
 de mil diversidades de colores.   
 

 En la fuente y el valle, la natura   
 no dejó ningún obra para el arte,   
 que son sombra agradable y con frescura   
 parece que convida a cada parte. 
 Y sale la corriente a la verdura,   
 do con dulce sonido se reparte   
 en chicos arroyuelos, de manera   
 que hacen inmortal la primavera.   
 

 No tan presto Narciso ve delante  
 la dulce sombra del lugar presente,   
 que se alegra en el alma y al instante   
 a refrescarse va junto a la fuente;   
 donde el que, siempre amado y nunca amante,   
 al Amor despreció tan libremente     
 a pena nunca vista es condenado   
 de Amor, que no perdona este pecado.   
 

 ¡Oh cuánto para el triste mejor fuera,    
 sin reposar en el ardiente estío,   
 seguir como era usado alguna fiera, 
 y aun seguilla en invierno al mayor frío,   
 que haber llegado a verse en lo que espera!   
 Mas contrastar al hado es desvarío,   
 que no hay mudanza en lo que cielo ordena,   
 o placer o pesar, descanso o pena.     
 

 Así, ya cuando de su desventura   
 el término y el punto era venido,   
 bajándose a beber vio su figura,   
 que vista por él antes no había sido;   
 pero tan desusada hermosura 
 como la que en el agua ha aparecido,   
 ni conoce que es suya, ni imagina   
 que humana pueda ser, sino divina.   
 

 Como a tal la saluda, y juntamente   
 la ve claro moverse a saludalle,  
 y que, lo mesmo que él, hace y consiente   
 en cualquier ademán y en el hablalle.   
 Vuelve y escucha en torno de la fuente   
 si el son de aquella voz entienda o halle,   
 mas ve que calla si él está callando,  
 y que cuando él escucha está escuchando.   
 

 Parécele, si él habla, que responde,    
 y que de verle triste se entristece;   
 que si él algo se aparta, se le esconde,   
 si vuelve a aparecer luego parece.  
 En fin quiere su suerte, que allí adonde   
 vino por refrescarse le acaece   
 que, por quitar la sed y ardor que tiene,   
 más sed y más ardor le sobreviene.   
 

 Ya no sabe qué diga ni qué haga,  
 ni en lo que está, ni a sí sabe entenderse;   
 ya recibe de Amor aquella paga   
 que a tal ingratitud podía deberse:   
 no halla cosa en qué se satisfaga,   
 el estarse le cansa, y el moverse,   
 deshácese entre sí como quien prueba   
 con libre corazón cosa tan nueva.   
 

 Con extraña atención al agua mira,    
 ni descansa en miralla ni en no vella,   
 ya deja de mirar y se retira,  
 ya vuelve sin saber partirse della.   
 Por quien mil sospiraron ya sospira,   
 quien querellas causó ya se querella,   
 y ya tiene los ojos de agua llenos   
 quien tanta derramó de los ajenos.  
 

 Mas tanta de los suyos ya llovía,   
 que remueve y enturbia el agua clara,   
 y esto la amada vista le impedía,   
 que siendo suya le costó tan cara.   
 Recélase que al valle se saldría,  
 parte a seguilla, y en partiendo para,   
 y en parando se vuelve a mirar luego   
 y a encender en el agua el mesmo fuego.   
 

 De nuevo se está atónito, admirado    
 de todo aquello en que él es admirable, 
 y ya el mirar le tiene en un estado   
 que es sobre la miseria miserable.   
 Y el que padece es mal tan desusado,   
 que por la novedad es incurable,   
 pues mira en sí lo mesmo por que muere     
 y, viéndose morir, mirarlo quiere.   
 

 Mas su mirar no entiende que es mirarse,   
 ni que este su querer era quererse,   
 ni que su desear es desearse,   
 ni su no conocer desconocerse:  
 extraño mal que a sí le dañe amarse,   
 que venga a ser provecho aborrecerse,   
 y convenga ser dél su propia vida,   
 antes que tan amada, aborrecida.   
 

 Ya va creciendo el agua que corría  
 con la que de sus ojos él derrama,   
 ni de comer se acuerda en todo el día,   
 ni hay para él noche, ni reposo o cama.   
 No cesa un punto su mortal porfía,   
 habla, gime, sospira, llora y llama,     
 turba la fuente con su llanto crudo,   
 no ve su sombra, y queda ciego y mudo.   
 

 No hay remedio ni cosa que sea parte   
 para consuelo de pasión tan nueva,   
 ni hambre o sueño que de allí le aparte,  
 ni otra razón o fuerza que le mueva.   
 Busca, tienta, procura, usando de arte,   
 y, en fin, ya la experiencia y larga prueba   
 le descubren y muestran el engaño,   
 que así lo quiere Amor para más daño.     
 

 Descúbrese el engaño, y él entiende    
 lo que hasta aquel punto no ha entendido:   
 que él solo es el que daña y el que ofende,   
 y solo es el dañado y ofendido;   
 que él es el que arde y el que el fuego enciende,  
 el movedor de todo y el movido;   
 que el que desea es él, y el deseado;   
 y, en fin, que es el amante y el amado.   
 

 ¡Oh, cuál fue su dolor y, cuál su llanto,    
 luego que entiende lo que no entendía,  
 que se aumentan en él y crecen cuanto   
 más imposible su esperanza vía!   
 A las aves del aire pone espanto   
 y las fieras del bosque enternecía,   
 los árboles que cerca de allí estaban     
 los ramos a sus quejas inclinaban.   
 
  
 Eco, la triste ninfa, aunque corrida   
 y con tan justas causas enojada,   
 puesto que de su queja no se olvida   
 ni della ya podrá ser olvidada,  
 condoliéndose dél en ver su vida   
 de tanto bien a tanto mal mudada,   
 todas las veces que quejar le oía   
 a su clamor y quejas respondía.   
 

 «¡Oh valle, oh selva, oh montes y llanura!»   
 dice en voz dolorosa el desdichado,   
 «pues tan durable vida os dio natura,   
 decí, en mil siglos que ya habéis pasado,   
 si vistes de tan nueva desventura   
 un corazón humano rodeado,     
 o fingirse un dolor cual es el mío,   
 con imaginación o desvarío.   
 

 Triste, que está conmigo el bien que quiero,    
 y dejarme, aunque quiera, no podría,   
 y por el mesmo bien que tengo muero,  
 que si no lo tuviese viviría.   
 Por sólo poseello desespero   
 de lo que, estando en otro, esperaría.   
 ¡Oh crudo y fiero Amor, oh caso extraño,   
 que en tener lo que quiero esté mi daño!  
 

 Si no cesa el deseo ni es cumplido,   
 aunque se goce el bien que se desea,   
 no siendo el amante poseído   
 de suerte que en sí mesmo lo posea,   
 injustísimo Amor, ¿por qué has querido  
 que sólo en mí tan al contrario sea,   
 que en mí tenga mi bien, y con tenelle   
 muera entre el desealle y poseelle?   
 

 Contra toda razón a mí me hace   
 más pobre y miserable mi riqueza,  
 lo que el cielo en mí hizo me deshace,   
 pues sola me ha vencido mi belleza.   
 Aquel que, amando, en la que más le aplace   
 se queja de rigor y de aspereza,   
 ¡oh cómo sé que se satisficiese,     
 si un hora de mi mal probar pudiese!   
 

 Procura el amador verse presente   
 y estar, si puede, de su bien cercano;   
 yo, teniéndole en mí, soy tan ausente,   
 que desde cien mil leguas lloro en vano.  
 ¡Oh si del fiero mal que esta alma siente   
 estuviera el remedio en otra mano,   
 que en mano de la fiera más terrible   
 fuera dificultoso y no imposible!   
 

 ¿A quién iré que pueda consolarme   
 si el consuelo y la queja está conmigo?   
 ¿O quién diré que venga a remediarme   
 si yo soy mi remedio y me persigo?   
 Acabe mi dolor ya de acabarme,   
 satisfágase Amor en mi castigo,     
 pues tiene, para estar bien satisfecho,   
 tan poco por hacer y tanto hecho.   
 

 Tenga ya fin, pues otro bien no espera,   
 vida tan miserable y desdichada,   
 y muerte su venida no difiera  
 donde es tan convenible y deseada.   
 La causa de mi muerte no quisiera   
 que agora, como yo, fuera acabada,   
 mas si vivir conformes no podemos,   
 conformes a lomenos moriremos».    
 

 En este punto el amoroso fuego,   
 sobre la yerba donde echado estaba,   
 de arder y consumir acabó luego   
 el poco humor vital que le quedaba.   
 Muriendo dijo: «¡Oh miserable y ciego,  
 amado y amador!» Y replicaba   
 Eco con doloroso sentimiento:   
 «¡Oh amado y amador!», en triste acento.   
 

 Y luego aquellos ojos se cerraron,   
 que para verse por su mal se abrieron,  
 en pago de que a tantos no miraron,   
 ni aun sólo ser mirados consintieron.   
 Si lágrimas de muchos derramaron,   
 en lágrimas también se consumieron,   
 y con morir su pena aún no cesaba,    
 que allá en el agua Estigia se miraba.   
 

 De toda la comarca los pastores,   
 luego que el caso lamentable oyeron,   
 lloran la novedad de los amores   
 y del triste suceso que tuvieron.  
 Cruel llaman al cielo en mil clamores,   
 y a la natura, porque al mundo dieron   
 tan sobrenatural gracia y belleza,   
 para llevarla dél con tal presteza.   
 

 Todas las ninfas de aquel valle umbroso  
 a las tristes obsequias se juntaron,   
 que juntas quieren dar sepulcro honroso   
 al cuerpo muerto que ya vivo amaron.   
 Buscáronle, y fue caso milagroso   
 que allí no pareció ni le hallaron,     
 y a do murió una flor no vista vieron,   
 que todas por Narciso la tuvieron.   
 

 Por Narciso de todas fue tenida,   
 y Narciso de todas fue llamada,   
 la cual de blancas hojas es ceñida  
 al derredor y, en medio, colorada.   
 La dolorosa muerte fue plañida   
 y con tristes endechas lamentada.   
 Eco, desde la cueva a do se esconde,   
 al triste llanto, no sin él, responde.  
 

 Así acabó el soberbio y desdeñoso,    
 el rebelde de Amor, ingrato y fiero,   
 cuyo suceso, aunque es tan espantoso,   
 ya pudo, y aún podrá, ser verdadero:   
 porque al Amor lo más dificultoso,     
 y lo más increíble, es muy ligero;   
 y así, toda cruel o ingrata espere   
 sentirlo cuando menos lo creyere.   
 

 Y si nunca a mujer jamás fue dada,   
 por gran ingratitud, pena tan fuerte,  
 ¿quién sabe para cuál tiene guardada   
 por ventura el Amor la mesma suerte?   
 Viva la que es discreta recatada,   
 que pues hubo en el agua fuego y muerte,   
 más cercano peligro, y más presente,     
 hay siempre en el espejo que en la fuente.