La farisea : 06

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Capítulo V
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La farisea Fernán Caballero


Fácil es conjeturar los esfuerzos que haría Bibiana para disuadir a su marido de su propósito de ir al teatro de la guerra, y para determinarle a que aceptase el brillante puesto que le había sido ofrecido: esfuerzos tanto más francos y apremiantes, cuanto que en esta ocasión podían gastar el mismo lenguaje el interés del cariño y el interés de la ambición.

A la mañana siguiente, hallándose en el almuerzo discutiendo sobre este punto con su marido, entró Luciano.

Este, después de la salida del general de Puerto Rico, había pedido su traslación a la Península, y se hallaba con licencia en Madrid. Cuatro años habían pasado, y ahora unía Luciano al entusiasmo del joven la sensatez del hombre hecho.

Bibiana sintió al verle entrar la más violenta contrariedad. Un secreto instinto le decía que nunca estarían de acuerdo en aquello que concerniese al general, y una latente pulsación de la conciencia le murmuraba que el interés de Luciano por aquel que llamaba su segundo padre, era más puro, más noble y más lleno de abnegación que el suyo.

En breves palabras enteró el general a su joven amigo del asunto de que trataban, acabando por pedirle su parecer, o por mejor decir, su apoyo para el suyo. Luciano, empero, permaneció callado.

Bibiana, que no había hablado una palabra, sintió encenderse sus mejillas por el coraje al notar el silencio que guardaba Luciano.

-Quien calla, otorga, dijo con acerbo tono. La decantada amistad por vuestro segundo padre, como llamáis a mi marido, va hasta desear para él la muerte de los héroes.

¡Es claro! Para su infeliz y abandonada viuda sería esta muerte una desgracia sin consuelo. Vos que sois poeta, os consolaríais con componerle una elegía.

Luciano sentía hacia Bibiana tal desvío, separaba a sus almas tan inmensa distancia, que los tiros de sus ataques nunca le alcanzaban. Así es que contestó con la mayor sangre fría:

-Señora, creo la suerte de los militares tan eventual y tan rodeada de peligros en todas circunstancias, que me abstengo de aconsejar en lo que es ciertamente un juego de la suerte; pero no tengo por qué negar que si me diesen a escoger, preferiría figurar en la lucha de la espada y no en la de los partidos políticos. El general me enseñó desde niño que los militares no tienen sino un código: el del honor; y un solo manual: la ordenanza.

-¿Lo ves, Bibiana? exclamó el general.

-Veo, contestó esta, que se arrostran fácilmente las balas en cabeza ajena.

-Señora, repuso Luciano, mi primera súplica al general sería, y lo es desde ahora, la de que en caso de ir a la guerra me lleve consigo de ayudante.

El general miró a Luciano con su bondadosa y apacible mirada, y le alargó la mano.

-¡Desgraciada la mujer, dijo Bibiana en tono que quiso hacer melancólico, pero que solo fue áspero y desabrido; desgraciada la mujer que halla interpuesta entre sí y el marido a quien ama, la influencia de una persona extraña!... y ¿con qué derecho? ¿Con el que puede prestar la amistad? Y ¿qué es la amistad para querer competir con el cariño de esposa? cariño tan profundo, tan entretejido en la vida, tan único, tan absoluto, que a su lado son todos los demás como la luciérnaga comparada con esa estrella, que es a la vez Venus y Véspero, la estrella de la mañana y la estrella de la tarde, para el hombre.

-¡Qué injusta eres! exclamó con dolor el general Campos. ¡Perdona, Luciano!

-Señor, no me quejo, ni me puedo quejar de una injusticia que es solo debida al cariño que os profesa la generala. El exclusivismo es, según veo, la órbita de aquella estrella.

El general salió con Luciano y fue al Ministerio a pretender el mando que apetecía, y a pedir se le nombrase a Luciano por ayudante.

-No quiero rehusar un puesto sin pedir otro, dijo a Luciano, para que nunca se puedan interpretar de un modo desfavorable las causas que me llevan a no admitir el primero.

-Os comprendo, señor, repuso Luciano; nada hay más lógico y más consecuente que el recto sentir.

Y no obstante, cuando salió don Agustín Campos de casa del ministro, era capitán general de Madrid; y cuando Luciano le demostró su sorpresa, el general le contestó en voz queda:-«Mañana estalla una revolución en Madrid.» -Luciano calló.-La renuncia no era posible.

Bibiana recibió la noticia de la aceptación de su marido y de su desistimiento de la ida a Cataluña, con un alborozo y un aire de triunfo que enternecieron al general, que vio en ellos sólo el contento de la buena esposa, tanto como chocaron a Luciano, que vio en ellos solo la vanagloria y el orgullo satisfechos.


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