La farisea : 12

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Epílogo
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La farisea Fernán Caballero


-La casa de la viuda del general Campos es reputada como el santuario de la austeridad digna, ejemplar y piadosa; como el santuario de los recuerdos, y la mansión del luto eternal. El orgullo puede tomar todas las formas, y hasta fingir los bellos sentimientos del corazón para obtener el lauro que estos alcanzan.

En la sala de la viuda se ostentaba un magnífico retrato de cuerpo entero del general, de grande uniforme, en un suntuoso marco. Sobre la chimenea, en un cajón de terciopelo cubierto con un fanal, estaba su espada. Sobre el sofá estaba colgado un hermoso cuadro en el que se representaba el cementerio de Aguas-Calientes, y en él el suntuoso mausoleo de mármol levantado allí por la Semiramis, que en no interrumpido luto presidía la grave reunión de personas que simpatizaban, las unas con sus recuerdos, las otras con sus virtudes, otras con su gravedad.

Un día que salia de aquella casa el tío de Luciano, que hemos mencionado en otra ocasión, encontró a su sobrino, y le dijo:

-Luciano, ¿sabes que a pesar de aquel disonante y ridículo mi, y de aquellas recalcadas celebraciones que tanto me chocaban antes, me he convencido de los nobles sentimientos de la generala Campos, así como del profundísimo cariño que tuvo a su excelente marido?

El interpelado no contestó.

-Me parece, Luciano, añadió su tío con alguna extrañeza, que hay poca consecuencia de tu parte en el extraordinario cariño que tuviste a Campos y en el ostensible desvío que tienes a su mujer.

Luciano abrió los labios para contestar, pero se retuvo, y permaneció callado.

-No hallo, prosiguió el tío, razón alguna que motive o disculpe esta inconsecuencia, que llama mucho la atención. No podrás negar lo que es notorio y está a la vista de todos, esto es, que la generala es un dechado de virtudes y de méritos.

-Hay virtudes que solo tienen de tales la corteza, esto es, lo exterior, repuso Luciano.

-Hijo, esa es una sutileza que no alcanzo, aplicada a una mujer como Bibiana, que es austera...

-Sin virtud, repuso impaciente Luciano.

-Devota...

-Sin religiosidad.

-Limosnera...

-Sin caridad...

-Dadivosa...

-Sin generosidad...

-Perfecta viuda.

-Sin haber sido buena casada.

-De manera que la generala es a tus ojos un ente anómalo, un tipo nuevo, dijo sonriendo su tío.

-No señor, es muy antiguo.

-¿Y cómo lo denominas?

-La Farisea, señor, contestó Luciano.


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