La flor de los recuerdos (Cuba): 19

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La flor de los recuerdos (Cuba) de José Zorrilla
Tres Ave Marías: Capítulo primero. II.


II.[editar]

Aun dura en el horizonte
El fulgor del sol poniente:
Del espacio de occidente
En el cárdeno confín,
Cual reflejo de un incendio,
Temblorosa reverbera
Su llamarada postrera
Tras un velo de carmin.

Sin una nube en el viento,
De luz y de calma llena,
Es una tarde serena
Del pintado mes de Abril.
Vaga el aura perfumada
Con los vírgenes olores,
Que da a las tempranas flores
La primavera gentil.

A su vivífico soplo
Reverdecen las praderas,
Y florecen las laderas
Del fresco Guadalquivir:
Hace el ruiseñor su nido,
Y empiezan las golondrinas
De las playas tunecinas
En bandadas a venir.

Es una tarde apacible,
De esas que en Andalucía
Ponen con el fin del día
Principio alegre al placer.
La luna llena, impidiendo
Que el crepúsculo se espese,
Hace que el día no cese
Sin dejarle anochecer.

En esta tarde suavísima
Que Abril de perfumes llena,
Y en que ensaya Filomena
Su primer himno de amor,
Junto al puente de Triana
La linda gitana Aurora
Tiene al pueblo que la adora
Apiñado en su redor.

Para oiría y verla atenta
Abre círculo la gente:
En su centro gravemente
Cuatro mancebos están,
Y otras tantas gitanillas
Que, de Aurora compañeras,
Con los pitos y panderas
Parejas y són la dan.

Sobre un tapiz africano
De abigarrados colores,
Se sientan los tañedores,
Mozos de cetrina tez:
Las mozas, maestras ágiles
De su danza tentadora,
Ejecutan con Aurora
Sus mudanzas a su vez.

Sin duda porque la fiesta,
Por mozos no más trabada,
Aparezca autorizada
Por persona más formal,
El viejo padre de Aurora
Está del plato al cuidado,
Centinela avizorado
De su honor y su caudal.

Y aquí ¡oh. lector complaciente!
Paréceme muy del caso
Que yo te presente al paso
Al viejo Maese Adán;
Personaje a quien su tribu
Da humilde el lugar primero,
Y a quien puntas de hechicero
Los murmuradores dan.

Maese Adán es un hombre
Descaderado y zancudo,
Pero mas suelto y forzudo
Que aparenta su vejez.
Tipo original, genuino,
Fiel de la raza gitana;
Vieja encarnación humana
De la astucia y la doblez.

Su edad, su patria y su origen
Son como sus pensamientos,
Como el mar, como los vientos,
Imposibles de sondar.
Unos dicen que anda en cálculos
Infernales abismado,
Otros que, algo trastornado,
Anda próximo a chochear.

Debe empero el viejo astuto
Saber más que el mundo todo,
Pues no tiene el mundo modo
De sondar su corazón:
Ni la justicia poniéndole
En los más oscuros casos,
Ni contándole los pasos
La profunda Inquisición.

En su cara, en la cual tiende
La luz incopiable tinta,
Ni el pensamiento se pinta,
Ni la intención se prevée.
Su expresión tiene algo empero
De satánico y maligno,
Que él modifica benigno
Con dudosa buena fé.

Solo un diabólico rasgo
Hay en su fisonomía,
Que ni oculta ni varía
Su siniestra intensidad:
Su mirada, que fulgura
Como el fuego de una hoguera;
Por sus ojos se creyera
Que se ve la eternidad.

Si existe a fe tal fenómeno,
Los que a estudiarle se aplican
Supersticiosos no explican
Su luminosa virtud;
Diz que el tiempo, menos fuerte
Que su ser salvaje y rudo,
De los ojos no le pudo
Arrancar la juventud.

Ello es que, horrendo o ridículo,
Sin una expresión precisa,
Su rostro a veces da risa
Y otras infunde terror.
De su voluntad a veces
Cualquier rapaz se hace dueño:
Otras con solo su ceño
Da al mas valiente pavor.

Sin prueba alguna patente,
Vagos rumores circulan
Que al viejo Adán acumulan
Hechos de infernal poder;
Todos nombran los ausentes
Con quienes han sucedido:
Mas nunca con los presentes
Hubieron de acontecer.

Es verdad que en muchos casos
De fracturas y de heridas,
Con cuatro yerbas cocidas
Dio al paciente la salud. •
¿Mas quién de ellos no conoce
Para un lance necesario
Como el mejor herbolario
De las yerbas la virtud?

Su tribu a su edad y ciencia
Rinde sumisa tributo,
Y es juez árbitro, absoluto
De la gitanesca grey.
Legisla, absuelve y condena
Juez a un tiempo y patriarca:
Su poder todo lo abarca
Y él es en Triana el rey.

Sus palabras son las leyes
En Triana obedecidas,
Sus recetas son tenidas
En muy grande estimación:
Hecho, empero, de su raza
A la nómade existencia,
Vive casi en la indigencia
Aunque rey de su nación.

Y hombre que ya en puesto alguno
Ni se envanece ni asombra,
Ama el silencio y la sombra
Y busca la soledad.
Y disgustado, insensible
Para cuanto no es Aurora,
Solo su amor atesora
De su alma en la frialdad.

Solo con ella risueño,
Con ella solo expresivo,
Tal vez solo está ya vivo
Para ella su corazón:
Y dijeran que su espíritu,
Que a otro mundo pertenece,
Solo en este permanece
Porque ella está en su región.

Por eso a pesar del tiempo
Que su viejo cuerpo encorva,
Su larga edad no le estorba
Para seguirla dó quier:
O para dar con sus canas
Decoro a su humilde estado,
O por velar avisado
El honor de la mujer.

Tal es el rey de Triana:
Tal es el padre de Aurora;
Y si hay quien desee ahora
Con los nombres que le dan
Saber por qué le apellidan,
Le responderé en conciencia
Que Maese por su ciencia,
Y por sus años Adán.

Tal es ¡oh lector benévolo!
Maese Adán el gitano,
El cual, teniendo en la mano
El plato en que echando van
Los dineros que recogen,
Está en el tapiz sentado
Presidiendo aquel estrado
Con gravísimo ademán.

Mas he aquí a Aurora, que un punto
Después de tomar aliento,
Con paso gracioso y lento
El círculo recorrió:
Y contemplando la gente
Entre halagüeña y arisca,
En una guzla morisca
A preludiar empezó.

Con aquel lento paseo
Y aquel preludio anunciaba
Que en un momento se hallaba
De oportuna inspiración,
Y que iba a dar a los vientos
Una de esas cantilenas
Que hacen salir a las venas
La sangre del corazón.

Paróse luego en el centro,
Y sonriéndose Aurora
Dijo con su voz sonora
De fresco y plateado son:
“Voy a tener la fortuna
“De entonar a sus mercedes
“Una cantiga moruna
“Aborto de mi invención.”

A cuyo anuncio, ganosa
De oirla, ligeramente
Agitándose la gente
Un poco el cerco estrechó:
Y aprovechando el momento
En que revuelta se apila,
Hasta la primera fila
Un militar penetró.

Un mancebo hermoso y pálido,
En sus veinte y seis abriles,
Gentil entre los gentiles,
Y de porte varonil.
Los ojos en su semblante
Fijó la gitana hermosa,
Y un punto la tez de rosa
Se la tornó de marfil.

Repuesta, empero, al instante,
Y acaso más animada
Con la vista inesperada
Del misterioso galán,
Entonó, el rostro volviendo
Al resplandor de la luna,
Esta cantiga moruna
Escuchada con afán: