La flor de los recuerdos (Cuba): 30

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La flor de los recuerdos (Cuba) de José Zorrilla
Tres Ave Marías: Capítulo quinto, «Plática confidencial»


Plática confidencial.[editar]


Don Félix, de sus ideas
No pudiendo el loco giro
Seguir, exhaló un suspiro
Y de atarlas desistió:
Volvió los ojos a Aurora,
Que en silencio embebecida
Le miraba, y a la vida
Real volviendo, sonrió.

Y al escabel en que Aurora
Está acercando su asiento,
Con el suavísimo acento
De la más tierna pasión,
Y en su frente nacarada
Un beso depositando,
Así la dijo, entablando
Con ella conversación:

D. FÉL. Perdóname, vida mía,

Mi silencio intempestivo:
No juzgues por él que esquivo
Para ti jamás esté;
Mas temo que el mal pasado
Me ha dejado en la cabeza,
Momentos de tal flaqueza
Que divago.

AUR. Y a lo sé.


D. FÉL. Pierdo a veces la memoria.


AUR. Y a ha días que lo he notado:

Porque ya me has preguntado,
Félix, dos veces o tres
La misma cosa, y has vuelto
A poco tiempo a olvidarla
Y tal vez a preguntarla
Vuelves al fin.

D. FÉL. ¡Ya lo ves!

Y tú habrás pensado acaso
Que hago de ti poco aprecio,
Porque creerás que desprecio
Tus palabras, o atención
No pongo a lo que me dices.

AUR. No me hagas, Félix, tan necia:

La memoria no desprecia
Lo que estima el corazón.
Yo conozco bien el tuyo.
¿Piensas que yo no he seguido
Los periodos por que ha ido
Pasando tu enfermedad?
Además mi mismo padre
Que, aunque no lo sabes, cuida
De ti, me tiene advertida
De tu actual debilidad.

D. FÉL. ¡Tu padre!


AUR. Sí: pero dice

Que no es síntoma alarmante
Y yendo el tiempo adelante
Te se ha de fortalecer
La memoria.

D. FÉL. ¡Es hombre extraño

Tu padre, a fé! Su presencia
Ejerce en mí una influencia
Rara.

AUR. ¡Pues no ha de ejercer!


Te ha dado sus medicinas,
Y tu delirio y tu sueño
Ha velado con empeño
Solícito y paternal.
Entre el enfermo y el médico
Siempre, Félix, se establece
Tal dominio: uno obedece
Y otro manda: es natural.

Luego, mi padre es muy sabio,
Muy poderoso, y se crea
Sobre cuanto le rodea
Pronta influencia; ya ves,
Él es rey de nuestras tribus:
Todo en ellas lo avasalla
Su voluntad: todo calla
Ante él: todo está a sus pies.

Como rey y como viejo,
Al que mira con cariño
Considera como niño
Inferior a él en edad
Y en dignidad: la influencia
Que adquiere en todos, le presta
Sobre todos manifiesta
Y precisa autoridad.

D. FÉL. Puede ser.


AUR. Y así en ti influye

De mi padre la presencia.

D. FÉL. Es que en mí obra su influencia

De una manera infernal.
Yo creo que los sentidos
Y potencias me fascina
De tal modo, que domina
Hasta mi esencia inmortal.

AUR. Ese es uno de los síntomas

De tu enfermedad pasada;
Tienes la mente afectada
De febril exaltación:
Y esas alucinaciones
Y manías que padeces,
Y esos olvidos que a veces
Sufres, sus efectos son.

Pero escucha, Félix mío;
Esos restos del pasado
Mal, causarte ya cuidado
No deben: porque soy yo
Tu remedio; mi cariño,
Mi presencia y compañía
Los han de ahuyentar un día;
Mi padre me lo advirtió.

De esos trastornos mentales
La impresión calenturienta,
Fácilmente se la ahuyenta
Con otra impresión mayor;
Y si tú me quieres, Félix,
Como yo llegué a quererte,
No habrá una impresión mas fuerte
Que la de mi tierno amor.

A mi lado debes todo
De olvidarlo: tu existencia
Está en mi amor, y la esencia
De tu ser se encierra en mí.

D. FÉL. Tienes razón: tú eres todo

Mi ser, mi universo, Aurora;
Mira, vida mía, ahora
Solo me acuerdo de ti.

Desde que tu padre solos
Nos dejó aquí, no he podido
Dos ideas con sentido
En mi mente coordinar;
Y eso es lo que hizo sin duda
Que al irse él, se me ocurriera
Que tu padre se pudiera
Con él mi juicio llevar.

AUR. Fue uno de esos vaporosos

Accesos del mal pasado:

D. FÉL. Mi memoria ha trastornado

Momentánea confusión.

AUR. ¿Qué importa si libre deja

Tu corazón el acceso?

D. FÉL. Es verdad: ¿qué importa el seso

Si me queda el corazón?

Sí, tienes razón, Aurora:
Tú eres mi vida, mi esencia:
Tú la mayor influencia
Que dominar puede en mí.
Tu presencia, Aurora mía,
El remedio es de mis males:
Mis desvaríos mentales
Se disipan ante ti.

Tienes razón: olvidemos
El pasado y el futuro:
Pues el presente tan puro
Placer nos da, solo en él
Pensemos; su miel bebamos;
Todo recuerdo e historia
Que fermente en mi memoria
No puede dar mas que hiel.

AUR. Tienes razón, Félix mío:

Amémonos y vivamos.
¿De qué más necesitamos?

D. FÉL. De nada, de nada más.

No puedes imaginarte
Cómo halaga al alma mía
Esa aura de poesía
Que a nuestro cariño das

Con tus palabras! Escúchame,
Aurora: en este momento
El tuyo y mi pensamiento
Están en íntima unión.
¿De qué mas necesitamos,
Me has dicho? ¡Bendita seas!
¿Tú más placer no deseas
Que el placer del corazón?

AUR. ¿Puedes dudarlo un instante?

El amor que es verdadero
Existe solo y entero
En el corazón no más.
Para ser dichosa, solo
Tu corazón necesito.

{{Pt|D. FÉL.|¡Qué placer tan infinito
Con tus palabras me das!

Yo temía que el silencio
En que mi cerebro loco
Me hizo caer hace poco
En su enferma distracción,
Con justicia, Aurora mía,
Pudiera haberte ofendido.

AUR. Nunca a desprecio u olvido

Te lo achacó mi razón.

Comprendía la influencia
De tu mal en tal momento,
Y ansiaba tu pensamiento
Leer de tu faz a través.

D. FÉL. ¿Y le leíste sin duda,

Puesto que el mío y el tuyo,
Según oyéndote arguyo,
Son uno mismo.

AUR. ¿Y cuál es?


D. FÉL. Óyelo. Te suponía

Yo como una de esas plantas
Virginales, casi santas,
Cuya frescura y olor
Se marchitan con el tacto:
Que, como la sensitiva,
Plega sus alas esquiva
Sintiendo el vital calor.

Imaginábame que eras
Como un oriental perfume,
Que se disipa y consume
Tan solo con destapar
El frasco en que contenido
Está; y gozaba mi mente
Pensando perpetuamente
Tu perfume en conservar.

AUR. Pensabas bien: yo concibo

Que a un amor tan acendrado
Como el nuestro, da mas vivo
Placer, más satisfacción,
Y debe su objeto amado
Mucho más precioso hacerle
El poder de poseerle,
Que la misma posesión.

{{Pt|D. FÉL.|Pues bien: una vez, Aurora,
Que nuestras dos opiniones
Y nuestros dos corazones
Van en connivencia tal,
Demos a nuestro amor puro
Mas quilates todavía
De ilusión, de poesía,
De deleite espiritual.

Conserva, pues, tu frescura
Todavía, sensitiva
Virginal, al tacto esquiva;
Conserva tu rico olor,
Esencia pura encerrada
En vaso de oro: conserva
Como rocío entre yerba
La pureza de tu amor.

AUR. Y tú conserva, bien mío,

La ilusión virgen, entera
De mi amor: la verdadera
Pasión no estriba jamás
En vil y torpe deleite;
Conserva tu ilusión casta:
A mi amor tu alma le basta
Y no necesita más.

D. FÉL. Tu vista y tu compañía

Satisfacen mis sentidos:
Se embelesan mis oídos
Con tu acento musical:
Mis ojos se satisfacen
Con tu perenne presencia:
De ella solo la influencia
Disipa todo mi mal.





Y en un amoroso abrazo,
Y en un cariñoso beso,
De este amor el embeleso
Poético se exhaló;
Y en mil tiernas confianzas,
Y en mil coloquios sabrosos,
A los felices esposos
Al fin les amaneció.

Entonces dijo Don Félix:
—“Reposemos, que ya es hora.”
—“Reposemos,”—dijo Aurora,
Y aquí una escena pasó,
De la cual, como aplazada
Por la misma Providencia,
De su alma y de su existencia
El porvenir dependió.





La cámara de los novios
Era la misma de techo
De cedro, con aquel lecho
Mismo y aquel mismo ajuar,
Donde a la luz hemos visto
De su morisca ventana,
No hace mucho, una mañana
A Don Félix despertar.

Aquel es el mismo lecho
A los novios destinado
Por Maese, que no ha hecho
En el cuarto variación:
Y aquel lecho, de manera
En él está colocado,
Que solo la cabecera
Toca al muro; situación

Que deja sus lados libres,
En cada uno de los cuales
Hay dos sillas con brazales
Y un tapiz para los pies;
Y, por capricho sin duda
De Maese, está marcado
Cuál del esposo es el lado
Y el de la mujer cuál es.

El lecho es un mueble enorme
Desgraciado y gigantesco,
Que el gusto churrigueresco
Pudo tan solo abortar
Del décimo-octavo siglo;
La centuria para España
Más rica, y la más extraña
Y ridícula en su ajuar.

El lecho, pues, es un catre
Cuya inmensa cabecera
Desde el piso al techo, entera
Cubre toda una pared,
Y en cuyos pies salomónicos
Y traviesas con botones,
Se sostienen los colchones
En una estirada red.

De aquel mueble Babilónico
El titánico testero,
En el cual sin duda entero
Se empleó todo un nogal,
Y que hasta el techo se eleva
Sino gracioso seguro,
Divide un paño del muro
En dos partes por igual.

A la derecha panderos
Enzorongados, vihuelas
Caireladas, castañuelas
De ébano, concha y marfil
Y femeniles vestidos
En la pared suspendidos
Con orden, marcan el lado
De la gitana gentil.

A la izquierda su capa,
Su galoneado sombrero
Y el ancho cinto de cuero
Del cual se mira colgar
Su espada de gabilanes,
Que extrajo Adán de la barca
Cuando a él de las aguas, marca
De Don Félix el lugar.

Hecho ya desde el principio
Semejante arreglo hallando,
Y ambos a dos encontrando
A su gusto arreglo tal,
Ambos a dos le aceptaron
Sencilla y tácitamente,
Su lado instintivamente
Ocupando cada cual.

Sus guantes puso y buelillos
Don Félix sobre su silla,
Sus lazos la gitanilla
Sobre la suya dejó;
Y cada cual, de sí mismo
Ocupado y satisfecho,
A tomar del nupcial lecho
Su lado se preparó.

Pero antes de desnudarse,
Con un movimiento mismo,
Que de oculto magnetismo
Pareció ser impulsión,
A la cual sus dos personas
A la par obedecieron,
Consiguiente al par hicieron
Los dos una misma acción.

Los dos en un punto mismo
Se pusieron de rodillas,
En los brazos de sus sillas
Apoyándose a la par:
Y a un mismo tiempo sacando
Un relicario del pecho,
Cada uno a un lado del lecho
Se pusieron a rezar.

A un mismo tiempo se hincaron
Y el relicario sacaron:
El mismo tiempo emplearon
Entrambos en su oración;
Y precisión tan extraña
En su acorde movimiento,
De ponerse en pié al momento
Llamó de ambos la atención.

Miráronse ambos un punto
Con asombrado semblante,
El relicario delante
Cada cual teniendo aún:
Y en aquel común asombro,
Que de entrambos manifiesta
La expresión, vieron expuesta
La curiosidad común.

El lecho estaba por medio
De los dos: la gitanilla
Dobló encima una rodilla
Y en él se dejó caer
Sentada, con el voluble
Abandono delicioso
Del niño voluntarioso
Y de la hermosa mujer.

Hizo lo mismo el mancebo
Por su lado: y en la mano
Teniendo ambos su cristiano
Relicario oculto al par,
Quedáronse hombro con hombro
Mirándose sobre el lecho,
La impaciencia de su pecho
Vacilando en revelar.

Sonrióse la primera
Aurora, y por consiguiente
También él: mas impaciente
Ella, al fin, como mujer,
Ansiando razón entera
Tener de la escena, el diálogo
Entabló de esta manera
Sin poderse contener:

AUR. Yo soy muy curiosa, Félix.


D. FÉL. ¿Qué quieres saber?


AUR. ¿Qué has hecho?


D. FÉL. ¿Y tú?


AUR. Ya lo ves: del pecho

Saqué ante él para rezar
Mi relicario.

D. FÉL. Y yo el mío.

Costumbre es cuya observancia
Mi madre desde la infancia
Me inculcó.

AUR. ¡Vaya un azar!


Yo no guardo de la mía
Mas que este santo recuerdo.

D. FÉL. ¿De tu madre?


AUR. Todavía

No había en mí comprensión
Conciencia de mis acciones
Para tener, mas memoria
De esta parte de mi historia
Conservo en mi corazón.

Al escuchar de su madre
Hablar a la gitanilla,
Sintió el mozo su mejilla
Enfriar la palidez:

Y al corazón en su pecho
Sintiendo sobresaltarse
Sin alcanzar a explicarse
La razón, dijo a su vez:

D. FÉL. Yo también soy muy curioso.


AUR. ¿Qué quieres saber?


D. FÉL. Entera

Esa historia.

AUR. ¡Es tan ligera

La idea que queda en mí
De ella!

D. FÉL. No importa: relátame

Tus recuerdos: porque siento
No sé qué presentimiento
Que me inquieta.

AUR. Oye pues.


D. FÉL. Di.


AUR. Yo me acuerdo de mi madre,

Que era una mujer muy bella
Pero muy triste.

D. FÉL. ¿Con ella

Has vivido mucho?

AUR. No:

La perdí siendo muy niña
Todavía.

D. FÉL. ¿Era gitana?


AUR. ¡Oh, no! Adoptada en Triana,

Como tú has sido, fui yo.

D. FÉL. ¡Dios mío! ¿á la tribu egipcia

No perteneces?

AUR. No.


D. FÉL. ¿Tienes

Familia?

AUR. No.


D. FÉL. ¿Algunos bienes

Trajiste al adoar?

AUR. No sé.

Lo que sé de mí es tan poco
Que está dicho en un minuto;
No te fatigues sin fruto
En preguntas: te diré

Todos mis breves recuerdos
En cuatro palabras.

D. FÉL. Dílos

Pues.

AUR. No tengo muchos hilos

En mis memorias que atar;
Como una luz que a Dios place
Que arda en ella eternamente,
Solo un recuerdo en mi mente
Luce claro sin cesar.

Como si un poder maléfico
Todas, las memorias mías
Podido hubiera en sombrías
Densas tinieblas sumir,
Pero otro poder más fuerte
Una en mi mente alumbrara,
Así esta en mí vive clara.

D. FÉL. ¿Cuál? ¿me la puedes decir?


AUR. Sí. Por las noches teniéndome

Mi madre contra su pecho
Abrazada, sobre el lecho
Me hacía devota hincar:
Y un relicario, que al cuello
Llevaba siempre, delante
Poniéndome, con constante
Afán me enseñaba a orar.

Mas como ella preveía
Sin duda nuestra futura
Separación, y temía
Que olvidara con la edad
Aquella oración, las mismas
Siempre sus palabras eran,
Para que en mí se esculpieran
Con mayor seguridad.

Todas las noches me dijo
Lo mismo: el mismo consejo
Me dio siempre. ¡Así tan fijo
Quedó en mí! De la oración
Con las palabras las suyas
Fui en mi memoria imprimiendo,
Y las está siempre oyendo
Resonar mi corazón.

D. FÉL. ¿Y qué es lo que te decía

Tu madre?

AUR. Helo aquí: “Hija mía,

“Tú pobre y desventurada
“Sobre la tierra serás;
“Mas a la Virgen María
“De darte a luz desde el día
“Te ofrecí yo, y amparada
“Por la Virgen vivirás.

“Nuestra familia fue siempre
“Infeliz: pero de padres
“A hijos se ha trasmitido
“En ella una tradición.
“Todas sus hembras sus hijos
“A María han consagrado,
“Y siempre les ha librado
“Del crimen su protección.

“Todos nos hemos nutrido
“De llanto y de pesadumbre:
“Mas todos una costumbre
“En el doméstico hogar
“Hemos conservado siempre;
“Una costumbre sagrada
“Por nuestra madre inculcada
“Desque rompemos a hablar.

“Y a esta costumbre, que es casi
“En nuestra familia un voto,
“Y que nadie en ella ha roto
“Desde que a hablar empezó,
“Debemos que en ella nadie
“Haya en el crimen caído:
“Desdichados hemos sido,
“Pero criminales no.

“Yo te la inculco, hija mía,
“A mi vez hoy que me toca.
“¡Que no la pierda tu boca
“Ni tu corazón jamás!
“Haz, pues, costumbre diaria
“De hacer ante el relicario
“Que te doy, esta plegaria
“Que aprendiendo de mí estás.”

Don Félix, que oyendo a Aurora
Había ido en su semblante
Revelando a cada instante
Más profunda agitación,
Púsose de pies y enfrente
De ella, descompuesto y pálido,
Y díjola de repente
Cortando su narración:

D. FÉL. Espera. ¿Con la plegaria

Que dices todos los días
Rezas tres Ave Marías
Al dormir y al despertar?

AUR. Sí.


D. FÉL. El relicario que atado

Traes al cuello ¿tiene a un lado
Un Lignum Crucis y al otro
Una virgen del Pilar?

AUR. Sí.


D. FÉL. ¿No tienes una marca

Grabada en tu hombro derecho?

AUR. Sí: una cruz.


D. FÉL. Yo te la he hecho:

Mira un relicario igual
Al tuyo.

AUR. ¿Quién te le ha dado?


D. FÉL. Mi madre, como a ti un día

La tuya.

AUR. ¡Virgen María!

Tú eres…

D. FÉL. Tu hermano carnal.


AUR. ¡Mi hermano!


D. FÉL. ¡Es horrenda historia!


AUR. Cuéntamela.


D. FÉL. Antes, hermana,

A la Virgen Soberana
Que por nosotros veló
Demos las gracias; ante ella
Oremos arrodillados;
Nos hizo desventurados,
Pero criminales no.






Postráronse ambos hermanos
Junto a su lecho de hinojos,
Las lágrimas en los ojos.
La dicha en el corazón:
Y como el primer perfume
De dos lirios que abre mayo,
Del sol en el primer rayo
Subió al cielo su oración.