La guerra al malón: Capítulo 2

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Inventaría si pretendiese describir ahora las impresiones que iban grabándose en mi espíritu mientras el tren se alejaba de la ciudad, cruzando la calle del Parque y luego la de Corrientes, para hacer su primer alto en la estación del Once. Estaba perfecta y absolutamente atolondrado.

Aquella partida tan brusca y tan inesperada, para un lugar tan remoto y con un destino tan misterioso, eran cosas que no cabían en la conciencia de un niño: no hay objetivo que recoja impresiones más allá del campo visual que permite la curvatura de la tierra.

Cuando llegamos a Flores el oficial me dirigió la palabra:

—¿Como dice que se llama usted?

—Fulano de Tal.

—¿Que edad tiene?

—Catorce años.

—¿Cumplidos?

—No, señor; cumplo en julio.

—¿Y quien diablos le ha metido a usted en la cabeza ser militar?...

—¿A mí? Nadie.

—¿Cómo nadie?... ¿Acaso el juez de menores?...

—No, señor. Mi padre es quien desea que me haga oficial. El me ha puesto en el Ejército.

—Bueno, amigo. Su padre es un salvaje, y no sabe lo que es canela. Cuando menos se ha figurado que mandarlo a usted a un regimiento que está en la frontera, primera línea, es como ponerlo pupilo en los jesuitas. Allá va a tener que hamacarse y sudar sangre. He visto llorar hombres... para cuanto más un chico... ¡La gran flauta! Si yo fuera Rosas, lo hacía venir a su padre con nosotros, ya vería lo que son pastillas.

Y cambiando de tono, esforzándose por dar a su rostro, curtido por la intemperie, y a su voz, un tanto enronquecida en el mando, un acento cariñoso, prosiguió:

—La primera obligación del recluta que llega a una compañía es saber el nombre de sus cabos, sargentos y oficiales... Vaya aprendiendo, ¿eh?... Yo me llamo el alférez Lorenzo Requejo y mando la escolta del coronel Villegas, veinticinco hombres así (y apretaba los dientes y mostraba el puño). A usted me figuro que lo destinarán a la banda... aunque no... ¿De qué va usted?...

—¿De que voy? —contesté—. ¡Qué se yo de qué voy!

Y sacando del bolsillo del saco el nombramiento de la Inspección de Armas, se lo mostré.

El alférez Requejo tomó el pliego, lo desdobló cuidadosamente, miró largo rato lo escrito y, con los ojos medio llorosos, me lo devolvió diciendo:

—Lea usted... he dejado los anteojos en el baúl.

¡Ah! —exclamó cuando hube leído—. Usted va de aspirante... Es otra cosa... Qué banda ni qué banda... lo darán de alta en una compañía... los aspirantes ascienden a oficiales, cuando no se mueren o piden la baja. ¿Sabe andar a caballo?

—Un poco, señor.

—Un poco no basta... Hace falta saber mucho... ser jinete... animársele a "cualesquier" mancarrón... aunque para el caso es lo mismo, porque si no se anima lo han de obligar. La carrera militar es así. Se hace lo que mandan y no lo que uno quiere. Para eso el superior tiene en la mano todos los resortes... los resortes y el poder... Y si no, vea. ¿Ahora es de día o de noche?

—Es de día —repuse mirando con asombro al alférez Requejo.

—Bueno, ¿y si yo dijera que es de noche?

—Sostendría que está usted equivocado.

El alférez me clavo la mirada, una mirada verdaderamente feroz, y prosiguió:

—Lo pondría de plantón.

—Repetiría que no es de noche.

—Le acomodaría una paliza.

—Pero no sería de noche.

—Una estaqueadura.

—No anochecería por eso.

—¿Qué no? Le haría acomodar cuatro tiros y veríamos después quien quedaba con la palabra y la razón.

La amenaza de los cuatro tiros me produjo una sensación de frío inexplicable. Tuve ganas de disparar, pero me faltaron las fuerzas y el coraje. En estas ocasiones se aplican todos los fenómenos de la hipnotización.

El alférez se dio cuenta de que me había asustado demasiado y, soltando una carcajada sonora y vibrante, exclamó:

—¡Óiganle al maula! Ha visto, amigo, que cuando el superior dice que el día es noche así no más tiene que ser. ¿Que me dice ahora? ¿Es de noche o no?

—Si, señor —repuse humildemente; y desde ese momento adquirí las primeras nociones del arte militar; ese arte admirable que pretende llegar, en sus creaciones, a la sublimidad del genio, teniendo por base este lema: "¡Obediencia pasiva y absoluta!"

En Merlo, el tren se detenía un cuarto de hora.

Bajamos del coche, según el alférez Requejo, para desentumir las tabas, pero en realidad para meternos en la confitería.

—Vamos amigo —dijo—, a matar el gusano. ¿Qué toma usted?

Yo tenía un apetito de todos los diablos y le compré una empanada a una mulata que andaba ofreciendolas "calientes y sabrosas por un peso".

El alférez llamó al mozo y le explicó lo que deseaba: una ginebra con bíter... para él. Para los milicos que estaban en el coche de segunda un vasito de caña con limonada, no muy lleno, porque podía hacerles daño.

En seguida empuño la copa que acababan de servirle, la llevó a los labios y, volviendo a ponerla sobre la mesa sin tocarla, gritó:

—¡Mozo! Tráigame un chorizo y un pan francés.

Y mirándome, como si quisiera darme un buen consejo, prosiguió:

—Estos ginebrones suelen ser ariscos cuando se les monta en pelo... mejor es echar primero un poco de lastre en el estómago.

Un minuto más tarde volvió el mozo trayendo un chorizo cocido y el pan pedido por el alférez. Mi amigo Requejo devoró el lastre en un santiamén, se echó la ginebra al cuerpo de un solo trago y, levantándose, estiró los brazos, soltó diversas patadas al aire y acomodándose el kepi sobre la ceja derecha —así lo disponían entonces los reglamentos—, me llevo al andén.

Un momento de paseo y al coche. Íbamos a salir para Mercedes, en donde se almorzaba.

Omito la descripción de ese viaje, monótono y sin interés alguno, hasta Chivilcoy.

Allá debían empezar mis tribulaciones. Se entraba en el desierto, y esa entrada tenía que ser solemne e imponente para un recluta como yo.

No me acuerdo bien, pero creo que llegamos a Chivilcoy —cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste— a eso de las tres de la tarde. Desde allí a Junín, la cruzada se hacía en mensajeria, no de un tirón, sino pasando la noche en Chacabuco.

Apenas bajados del tren, abordaron al alférez Requejo el comisario de policía y el mayoral de la galera.

Había malísimas noticias. Un grupo de indios considerable, mandados por el mismísimo Pincén, estaban "adentro" haciendo fechorías. Se había sentido el malón a inmediaciones de Rojas y de Pergamino y, según los datos que se tenían, no sería difícil que la indiada pretendiese salir a la altura de Junín. Como podríamos tropezar con ella, era bueno que fuésemos prevenidos. Por lo pronto, convenía salir en el acto, a fin de llegar a Chacabuco antes de la noche. Los caminos se hallaban intransitables a consecuencia de las lluvias y la mancarronada, como de costumbre, en deplorable estado.

La galera estaba lista para salir, y si el alférez Requejo no disponía lo contrario podríamos prenderle, desde luego. Cuando antes mejor.

—Y a todo esto —preguntó el mayoral dirigiéndose al alférez—, ¿son muchos ustedes?

—Suficiente para que usted no se muera de susto en el camino —contestó sonriendo mi oficial—, y demasiados para las fuerzas de sus matungos... Somos, yo, el sargento Acevedo, el cabo Rivas y este jovencito. Pero no tenemos gran equipaje: apenas las armas, una valija (se trataba de la mía) y dos pares de maletas.

—¿Hay muchos pasajeros más?

—Dos solamente —respondió el mayoral: el capataz de don Ataliva Roca y un galleguito que va de mozo para el hotel de Chacabuco.

—Entonces, en marcha —repuso el alférez. Y acompañados del comisario y del mayoral, seguidos de los milicos, que se habían hecho cargo de mi valija, salimos de la estación con rumbo al hotel, delante del cual estaba la galera lista para ponerse en camino.


◄   Capítulo 1
Capítulo 2