La historia de una vida documentada y trunca

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La historia de una vida documentada y trunca
de Abraham Valdelomar



Cómo se suicidó Garatúa - Sus memorias - Un capítulo inédito


–¡Azar!, gritó la voz cavernosa del chino. Y su garra, tirante y ávida, enflaquecida por el opio y ciertos pecados orgánicos, echóse sobre el puñado de monedas. Allí, en la pomposa compañía de libras, soles, medios soles y billetes, fueron anónimos, casi vergonzantes, las dos últimas pesetas de Gerónimo.

Él no tuvo gesto alguno de indignación. Aceptaba serenamente la fuerza del Destino. Más que a probar fortuna, había ido a jugar para constatar su mala estrella. Era lo único que no había hecho en su vida: jugar. Iba a suicidarse y no quería realizar esta disposición desesperada sin haber buscado todos los caminos. Él había adulado -método eficacísimo-; él había sido desde inspector de colegio hasta cronista de periódico; había debido; había convidado; había sido orador político en las plazuelas y los clubs; había tenido amigos en todas partes, y sin embargo todo ello había tenido una sola coronación: el fracaso. Se suicidaba después de haber tocado todas las puertas. Antes de haber arrojado sus dos pesetas sobre el tapete, al presentarse ante Dios, con la venia del portero barbudo, Dios podría haber tenido que increparle, pero ahora cuando él se presentase ante el Gran Arquitecto, éste le preguntaría:

–¿Por qué te has suicidado?

–Porque todo me salía mal.

–¿Pero por qué no jugaste? Si hubieras jugado...

Pero ahora el del triángulo y la paloma no podría objetar. Gerónimo quería tener la satisfacción de verlo perplejo. Porque, ¿qué le podría decir Dios?

Salió Gerónimo dando una última mirada sobre aquel grupo de hombres febriles en cuyos ojos brillaba la extraña pasión y ya en la calle, filosóficamente, con esa serenidad socrática que le acompañara siempre, hizo un comentario imparcial sobre el Destino. Decididamente -pensaba- hasta el Destino se ha prostituido. Antes dictaba sus leyes misteriosas desde el Corazón de una Montaña, o a través de los labios de púrpura de una virgen armónica en Delfos, o desde el sitial terciopelesco de los Sumos Pontífices, pero ahora se manifestaba, para decidir la suerte de los mortales, sentado en una silla de esterilla, en unos altos viejos de la calle de Plumereros, ante un tapete verde billar, por la boca desdentada y los labios anémicos de un chino flaco, entre tres y media y un cuarto de la mañana.

Acogió su cuello entre la solapa, metióse las manos en los bolsillos, y así, un poco de prisa, se fue camino abajo. La noche estaba serena. Un cielo azul, raro en Lima, ofrecía el mago sortilegio de todas sus constelaciones claras y distintas. Al llegar al puente de piedra, se detuvo un instante. Miró las aguas, vio cómo se perdía el cabrillear entre los débiles arbustos, y se acordó, sin saber por qué, del Rímac, escribiera y enviara a Variedades para que don Clemente, en manifiesta oposición con su nombre de pila, le diera un palo en el Correo Franco, porque ni eso pudo ser en el Perú Garatúa, ni siquiera poeta...

Entró a su casa. Tiró el sombrero sobre la mesa de pino claudicante, y se sentó en la revuelta cama, como Bécquer. Parece que Gerónimo ordenó algunos papeles, que son los que a mi mano pulcra y ducal han llegado y uno de cuyos capítulos reproduzco a continuación. Acabada esta labor, Gerónimo se resolvió, se hizo la cruz, tomo un trapo casi incoloro, lo colgó en los barrotes de la ventana, y a poco, pendía colgado, con la cara congestionada y tremenda lengua amoratada y afuera.

Gerónimo se había ahorcado con una corbata de medio luto.


Las Memorias de Garatúa


Cojo al azar, uno de los capítulos de las Memorias de Garatúa, mientras el tiempo me permite ordenarlas y ofrecerlas en un tomo en cuarto y con letras de oro.


¡Estoy destinado!


"Setiembre - Lunes.

Debo ser sincero. He perseguido este puesto con ahínco. He conseguido que me nombren. ¡Había oído decir que conseguir un puesto era cuestión tan difícil! No es tanto. Porque, vamos a ver, ¿qué favores le he hecho yo al señor Cotrina para que me haya servido tan a tiempo? Ninguno. El señor Cotrina tiene influencias, sabía que le iban a dar este puesto al hijo de su adversario en Calca, Macedo, y por hacerle la contra hizo que me lo dieran a mí. Con buscarse cada vez al enemigo de más influencia del que pretende el puesto, la cosa está arreglada. ¡Cuánto le agradezco, sin embargo, a Cotrina este puesto de amanuense! Y cuánto le agradezco su enemistad con Macedo. Si Cotrina no hubiese sido candidato por Calca; si Macedo no le hubiese echado bala a su casa; si Cotrina no hubiese asaltado a Macedo en la Plaza de Armas de Calca; si Macedo no le hubiese entablado juicio criminal; si el Juez no hubiese sido amigo de Cotrina; si Macedo no hubiese acusado al Juez; si el Juez no hubiese sido amante de la señora de Huamán, a quien pretendía el sub-prefecto, y si Cotrina no hubiese sido pierolista, yo no estaría ahora, sentado en un alto banquillo delante de un libro inmenso, copiando los decretos del señor Bedregal, rubricados por S. E., en un cuarto a medias oscuro, por el cual tengo la mística visión de las torres de la catedral, perennemente.

No me disgusta el sitio, es alegre. Hay una claraboya octoédrica sobre la habitación. Hay una serie de casilleros, hay varios empleados y algunos ya son amigos míos. Hasta el señor Masías, ese buen señor Masías que a todos les es tan antipático, a mí me parece un buen señor. Que tiene asma, que le silba el pecho, que parece un celador que anunciara la paz de una hora en la tranquilidad de la oficina... El pobre no puede impedir que el pecho le suene. Pero vamos a ver quiénes son mis compañeros de oficina. Mejor dicho, quiénes son los jefes a quienes tengo que adular todos los días. El Ministerio, por la parte que yo entro, porque tiene dos puertas, está compuesto de un director, dos jefes de sección, cuatro amanuenses, el portero y dos o tres amigos que vienen a visitar a cada uno de los empleados. Total, cincuenta ociosos.

El Director es persona simpática, parece muy bien relacionado. Usa zapatos de media suela; ha sido jefe de la gendarmería de Huancayo, director del Colegio de Puno, y usa la pluma sobre la oreja, en sus momentos de ocio. Es bachiller y según oigo decir quiere ser abogado, por ley del Congreso. Tiene un buen sueldo, pero no sé en qué lo gasta, porque un día vino aquí uno de sus hijos, con otro de cuatro años. El niño mayor tenía los zapatos, me atrevería a llamar rotos, aunque comparados con los del auxiliar de la contaduría, parecieran flamantes. Los dos hijos del Director entraron y el mayor dijo a media voz:

–Oiga usted portero, ¿está mi papá?...

–¿Y qué tiene que hacer aquí tu papá? ¿Quién es tu papá?

–El señor Sánchez...

El portero enmudeció. Agregó después como tomando a broma lo que había dicho antes.

–Anda, ¿así es que tú creías que yo no conocía a tu papá? Ven por aquí buen mozo, que le voy a avisar...

Los empleados se dieron cuenta de la presencia de los pequeños delfines y los acorralaron. Uno le encontraba parecidísimo a su padre, otro lo encontraba rubio, el de más allá decía:

–Si no supiera quiénes son, habría creído que eran ingleses... Mi jefe directo, el de la sección de fincas, llegó cuando los muchachos hablaban con el padre y les dijo:

–Vaya un par de chiquillos más marciales. Éstos deben ser militares, señor, deben ser generales como su excelencia el Presidente de la República, para que defiendan a la Patria...

El menudo, el de los cuatro años, tembloroso, abrazó al director de las piernas y le dijo:

–Papá, yo quiero ser tambiyero...

Todos encontraron deliciosa la respuesta, celebraron la ingeniosidad de los retoños de Sánchez y cuando se iban, cuando cada uno se dirigía a su asiento, el viejo señor Masías se levantó apresurado y cogiendo al pequeñín le dio un beso. El niño lloró asustado. Entonces Garrido, el de la raya al medio, dijo fuerte, como para que lo oyera el director:

–¡Caray! Para eso no más sirven, para asustar a los niños...

Yo le tendí una mirada a Masías, en silencio, y él me miró también y en su mirada sentí que me agradecía mucho aquel abrazo...".

Así termina este capítulo de las memorias inéditas de Gerónimo Garatúa y Baquerizo.


II


Así comienza esta hoja del diario del señor Garatúa:

"Yo soy una excepción de la vida ciudadana en el Perú. Soy tal vez el único hombre que ignora la placidez deliciosa que produce la posición de esta palabra: Destino. La frase: estoy destinado es la primera vez que la escribo. Oigo a mis conciudadanos con frecuencia quejarse del Destino. Qué haría, cuánto he hecho y lo que me espera hacer para adueñarme al fin de esta fatídica palabra. Entre los griegos, el destino es una cosa intangible. Algo que no se puede agarrar. Los griegos tenían razón. Para mí, por ejemplo, el destino ha sido griego del todo. Entre nosotros la palabra destino tiene una otra significación: tanto de sueldo por no trabajar. La originalidad de mi país me sugiere este hondo pensamiento que es una ley social: Trabaja por conseguir un destino para que no trabajes.

Yo no sé, en verdad, por qué el destino griego me azota, y el destino criollo me huye. Tal vez porque les voy siempre en pos. ¿Por qué no me he destinado yo nunca? No por incapacidad, ciertamente; ni por negligencia, ni por falta de deseo. Yo he sido Guadalupano. En el colegio de la calle de la Chacarilla me saqué siempre los primeros premios. Conozco el latín con pequeñas reticencias. No podré traducir a Marcial, pero entiendo buscando las raíces, una que otra frase en el Congreso. Yo no me explico por qué se me condena a morir de inanición. Tengo buenos amigos; visto con notable discreción; soy parco en opinar; uso anteojos con cinta; cuando estoy cerca de algún personaje opino, con voz fuerte, con cosas gratas a su oído; leo y hablo tres idiomas; uso corbatas negras; me baño cotidianamente; me tuteo con algunos altos empleados de la administración; no bebo en público; no soy austero en privado; pertenezco a un partido político; asisto a todos los banquetes de todos mis conciudadanos; a veces paseo por el centro con jefes de partidos; con ex ministros, diputados.

Un día me atreví a salir con un fraile, ¿por qué? ¡porque yo no consigo destino! Mi vida es un continuo tormento. Sobre todo estos trágicos días de cambio de gobierno. Cuando salgo por el centro, y mentalmente sonrío ante la idea de que la tarjeta de recomendación que llevo sea eficaz, cuando mi almita se recrea y mi estómago se refocila con tales posibilidades, llega un amigo y me dice así sin miramientos:

–Cholo, ¿sabes lo que ha pasado? ¿No sabes?

–No, digo temblando.

–Tijero, hijo. ¿Te acuerdas de Tijero? Un imbécil. Pues lo acaban de nombrar jefe de la mesa de partes.

Y cada noticia de estas es un frasco de veneno para mi alma. Hay noches en que la vigilia me sostiene y me tortura. En las largas horas, entre las sábanas hostiles de mi pequeño lecho, sueño muchas veces con estar destinado. Sería un empleado modelo. Mi ideal por ahora consiste en la secretaría del Ministerio de Justicia. Yo me pondría todos los días mi chaquet ribeteado, mis guantes palúdicos, mi corbata con estremecimientos de plata, mis botines a dos colores, transigiría en el peinado de raya al medio, hasta me puliría las uñas. Iría a la oficina a la una de la tarde. Saludaría amablemente al portero, sería bondadoso y afable con todos los solicitantes, y cuando el ambiente anunciara la proximidad de su señoría, cuando todos los empleados se secreteasen y por el estremecimiento de la voz lánguida comprendiera que el ministro llegaba, saldría hasta la puerta y con una genuflexión palatina y grave, pero alborozada y discreta, saludaría al ministro. ¡Ah!, pero estos son sueños. Me acuerdo que cuando Billinghurst, tuve muy buenos amigos. Llegué a congeniar hasta con Casaretto, me saludaba con un señor Reyes que llegó a superintendente de aduanas, tomaba el cocktail con Valdelomar en el Palais Concert, comía con Manuelito Químper, me relacioné con Paz Soldán, pero a la hora de los moros me quedé sin destino. Yo habría sido feliz con una comisaría rural en un valle de la montaña, con una capitanía de puerto, con un demonio. Cuando iba a hablarles a mis amigos pudientes.

–Sabe usted -les decía-, que ha vacado la subprefectura de Ayabaca. Yo quisiera que usted le hablase al presidente; usted tiene una gran influencia. Yo lo sé, y remarcaba yo lo sé; usted hace lo que quiere en palacio... el presidente lo escucha a usted...

Y todos me respondían:

–Una subprefectura, ¿está usted loco, Garatúa?... ¿Usted en una subprefectura?... Sería perderse. Usted debe pedir un puesto en el extranjero... pida un puesto de cónsul, una secretaría... La gente no le saludaría si supiera que usted había aceptado una subprefectura... Qué ocurrencia... No se apure. Espere... Ya verá usted...

Y esperaba.

Un día no pude más y le dije a Manuel Químper a boca de jarro:

–Mire usted, Manuel. El subprefecto de Contumazá es un sinvergüenza, está conspirando, me consta, porque es primo hermano de mi cuñada... Lo sé todo... La única manera de salvar al gobierno es mandarme a mí a reemplazarlo...

Manuelito se rió y me dijo que dicho subprefecto le había dado su palabra de honor...

Todas las calumnias de un diario serían deficientes para describir mis andanzas por el estado mayor, por las comisarías, por los ministerios y por los infiernos. He hecho mil antesalas, he perdido días seguidos en esperar a que se levantaran los ministros, he usado unas tres mil tarjetas de recomendación. Si cada uno de los individuos con los que he tropezado para pedirles algo a mi favor se hubiera limitado a darme su voto, sería un diputado unánime por Lima.

He sido enemigo del último gobierno, pero enemigo solapado. Sin embargo, habría aceptado un puesto. Pero tampoco. Grandes y fundadas esperanzas concebí con la última campaña política. Un amigo mío que es dueño de una sombrerería, me llevó una tarde a un club político. Desesperado y deseando encontrar méritos, me atreví a pronunciar un discurso. Hablé de la nave del Estado, del bicolor, de la unión de la familia peruana, de Grau y Bolognesi, hablé de las once mil vírgenes. Pero ha llegado la hora de la prueba y aún no consigo nada. Tengo aquí en el bolsillo, fresquitas, tres tarjetas de recomendación para tres señores ministros. Me han dicho que mi ideal, la secretaría del Ministerio de Justicia, es imposible. Decididamente no hay justicia para mí. Con el dinero que he gastado con invitar almuerzos, comidas, tés, y cocktails, tendría hoy una renta respetable. Mi ideal se aleja cada día. El porvenir se me torna ófrico. ¿Qué hago yo con la vida? Ya no tengo ni expectativas. Ayer el presidente del club en el cual hiciera mi derroche oratorio me saludó fríamente. Pienso en un recurso definitivo. Ir a reunirme con el señor Rivero, jefe provisorio de Huaraz, para ofrecerle mis servicios. Tendré tal vez, con este arranque generoso y abnegado, una participación discreta en el tesoro de la caja de fierro, que dormía en un rincón de la oficina H. Junta Departamental de esa circunscripción hacendaria... Porque ya no me quedan sino dos caminos: o el comandante de Rivero o una dosis exagerada de bicloruro de mercurio...

………………………………………………………………….

¡Hombre! ¿Las seis? ¡Y yo que tenía que ver al señor Oyanguren para darle esta tarjeta de recomendación!"

Así termina esta hoja del diario del señor Garatúa.


III


Así comienza el capítulo VIII de las Memorias del malogrado ingenio del señor Ezequiel Garatúa y Baquerizo, cuya muerte lamentara en estas mismas columnas hace un año y cuya obra inédita algún día conocerá el público:

"Pizarro, como es de notoriedad, era hijo de un soldado porquero. Se destetó en las mamas de una cerda, se crió entre cochinos y vivió entre soldados. Asesinó a Atahualpa, traicionó a Almagro, burló a una india, la princesa Inés Huaylas, y no la desposó a pesar de su imperial ascendencia. Pero esto pase: las necesidades de la conquista, los prejuicios de la época... Pero fundó Lima en este valle, después de oír a sus capitanes, y esto es ya más grave. En buena hora fundara Lima, hermosa capital de estos reinos de Castilla Nueva, centro del virreynato y preciada joya de la Colonia, pero hubiera de fundarla en más apropiado lugar. Me imagino al analfabeto extremeño el día que, con una bolsa de yeso en la mano, lamentable caricatura de Alejandro, seguido de sus lugartenientes, fuera marcando con raya blanca, solares, palacios, templos y tiendas de mercaderes. No supuso entonces el bravo chapetón, que la mediocridad fuera el ama y señora, cuatro siglos después, en su obra de enero de 1535.

Porque, romanticismo a un lado, esta ciudad de bizcocheros y de gallinazos, no tiene mucho de encantador. Aquí no hay sol, no hace frío, no hay rayos ni truenos, no cae nieve ni el calor impide tomar té inglés en la canícula. El Palais Concert fabrica y expende helados y caspiroleta de enero a enero. Aquí no hay bosques enmarañados ni ríos desbordantes, ni lobos ni pumas, ni palomas ni gacelas, ni minas ni volcanes, ni cimas ni abismos, ni pobres ni ricos, ni criminales ni santos, ni salvajes ni civilizados, ni blancos ni negros. La ciudad ni es capital ni es puerto, porque no está a la orilla ni lejos del mar. Jamás hemos visto la virtud llevada aquí hasta la abnegación admirable ni el crimen descender hasta las tenebrosidades inspiradoras del lombrosianismo. ¿Qué literato, por ejemplo, ha tenido un gran Mecenas? ¿Qué millonario ha dejado sus caudales para fundar un instituto? ¿Qué negro bribón le ha sacado las tripas a su mujer para freírlas en aceite, como ocurrió en Londres hace dos años? Todo es aquí más o menos mediocre, hay una virtud niveladora, una tabla rasa, que impide surgir a los grandes hechos, a los hondos sentimientos o a las vehementes pasiones. Aquí lo más solemne tiene algo de ridículo y lo ridículo algo de conmovedor. Somos malévolos pero piadosos, deseamos el castigo, pero nos apena la desgracia del delincuente y damos un beso, donde debiéramos poner, dos horas antes, una bofetada. Nada es entre nosotros rematadamente bueno ni desoladoramente malo. Todo es regular, mediocre, anodino, pasajero, frágil, de segunda.

¿Qué blanco no tiene algo de moreno? ¿Qué moreno no tiene, entre nosotros, algo de blanco? ¿Qué pobre diablo no tiene jaquet, tarro, escarpines, expectativas fundadas y guantes con venas negras? ¿Qué rico no va alguna vez a la secretaria presidencial o al escritorio de un ministro a pedir un favor? ¿El San Cristóbal no tiene algo de majestuoso? ¿El Rímac no se desborda de vez en cuando? Chocano ha dicho:

‘Lima es una ciudad que comienza en el Matadero y termina en el Manicomio’. No tenemos nada definitivo, nada que merezca una opinión permanente. Todo cambia, se invierte, se descolora. Los bestias tórnanse sorpresivamente inteligentes y de repente los inteligentes salen haciendo estupideces. No se puede opinar. Las tres veces que me he reído despiadadamente de tres sujetos que me parecieron bellacos en gran manera, fracasé. Andando el tiempo uno se sacó una suerte de cien mil soles, el otro ocupa un gran puesto gubernativo y el tercero está de pintor de Cámara en el Brasil...

Pero hablemos de algo más grave; de la primavera. Un grupo de universitarios idealistas, jóvenes de buena voluntad, se reúnen cada año, por setiembre, y se ponen de acuerdo en que esta confusión climatérica ilógica se llama primavera y que la primavera llega el 23. A este acuerdo inofensivo concurrimos tácitamente, todos. Se escriben artículos sentimentales, se dan brillantes veladas, se pronuncian discursos y se leen versos de la estación. Pero la primavera no llega. El 23 amanece y muere como cualquier 21 ó 30, sin embargo, ya que no el sol o el reventar de las yemas, aparece en la segunda página de los rotativos un artículo escrito por cualquier cronista taciturno y dulzón que no sabía con qué llenar una columna y justificar un recibo en la administración del periódico. Desde el 21 hasta el 30 se ve en los diarios florecer estas palabras: Ideal, Juventud, Entusiasmo, Arte, Renovación, Belleza, Amor, y, a veces, hasta Patria y Progreso.

¿Hay quien crea sinceramente que la primavera es entre nosotros alegre? Tardes lánguidas, sopor pesado, molicie, pereza, adormecimiento, ¿eso es primavera? ¿Dónde la jovial gracia coloreada del divino Boticelli? ¿Dónde las flores de perfume capitoso y embriagador? ¿Dónde la vida jocunda? ¿Dónde los bosques sonoros y poblados? ¿Dónde el trinar de las canoras aves? Se explica la alegría de la primavera en Italia, en países donde el invierno es blanco sudario, desolada sábana de nieve, donde los árboles se esqueletizan, el cielo amenaza con tempestades, la nieve cubre la tierra y el frío mata a los ancianos. Allí la primavera llega como un don del Creador, como un magnífico presente de Dios, aportando luz, calor, alegría, vida, amores.

Pero la primavera es -oh dolor- en estas desoladas costas: zapatos amarillos, pantalones de franela, sombreros de paja, bejucos, procesión de los Milagros, vestidos morados, pebeteros, negros fanáticos, discursos, mal olor, un río exhausto y sucio, gallinazos, turroneros, cholitos calatos que se espiojan en las riberas, suerteros, molicie, mal humor, versos cursis, melancolías, ociosidad, escepticismo, fresco de piña, nonchalance, exámenes, Leonard, viajes a La Punta, fresas, uvas, primero de noviembre, dos de noviembre, tres de noviembre mes de noviembre, panteón, muertos, coronas, cruces y traje negro...

¡Pero es claro! Una ciudad delineada con yeso, ideada por unos aventureros, y fundada por un analfabeto en el reinado de doña Juana la Loca..."

Así termina el capítulo VIII de las Memorias de Ezequiel Garatúa y Baquerizo...