La humilde reconvención

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La humilde reconvención


 Dame, traidor Aminta, y jamás sea   
 tu cándida Amarili desdeñosa,   
 la guirnalda de flores olorosa   
 que a mis sienes ciñó la tierra Alcea.   
 

 ¡Ay!, dámela, cruel; y si aún desea  
 tomar venganza tu pasión celosa,   
 he aquí de mi manada una amorosa   
 cordera; en torno fenecer la vea.   
 

 ¡Ay!, dámela, no tardes, que el precioso   
 cabello ornó de la pastora mía,  
 muy más que el oro del Ofir luciente,   
 

 cuando cantando en ademán gracioso   
 y halagüeño mirar, merecí un día   
 ceñir con ella su serena frente.