La importancia de llamarse Ernesto: II - II

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(Miss Prism y el doctor Chasuble vuelven de su paseo.)

Miss Prism: Está usted muy solo, querido doctor Chasuble. Debería casarse. Puedo entender a un misántropo, pero a un mujerántropo, nunca.

Chasuble: (Con un repelús de hombre docto) Créame, yo no merezco semejante neologismo. Tanto el precepto como la práctica en la primitiva Iglesia estaban claramente contra el matrimonio.

Miss Prism: (Sentenciosa) Obviamente ése es el motivo por el que la primitiva Iglesia no ha llegado a nuestros días. Y usted parece percatarse, querido doctor, de que el hombre que persiste en permanecer soltero, se convierte en una continua tentación pública. Los hombres deberían tener más cuidado, ya que es el celibato lo que, a menudo, les trastorna el rumbo.

Chasuble: ¿Pero no tiene un hombre iguales atractivos si está casado?

Miss Prism: Un hombre casado sólo tiene atractivos para su mujer.

Chasuble: Y según he oído decir, a veces, ni siquiera para ella.

Miss Prism: Eso depende de las simpatías intelectuales de la mujer. En la madurez siempre se puede confiar. Hay que creer en la edad adulta. Las jovencitas están verdes. (El doctor Chasuble se estremece.) Hablo como una horticultora. Es una metáfora sacada de la fruta. Por cierto, ¿dónde está Cecilia?

Chasuble: Quizás nos haya seguido hasta las escuelas.

(Entra Jack muy despacio desde el fondo del jardín. Va vestido de riguroso luto, con guantes negros y cinta negra en el sombrero.)

Miss Prism: ¡Mr. Worthing!

Chasuble: ¡Mr. Worthing!

Miss Prism: Es una auténtica sorpresa. No le esperábamos hasta el lunes por la tarde.

Jack: Mi hermano.

Miss Prism: ¿Más deudas vergonzosas y extravagancias?

Chasuble: ¿Continúa entregado a su vida licenciosa?

Jack: (Niega con la cabeza.) ¡Muerto!

Chasuble: ¿Su hermano Ernesto está muerto?

Jack: Completamente muerto.

Miss Prism: ¡Qué lección para él! ¡Ojalá saque provecho!

Chasuble: La muerte es nuestra herencia colectiva, Miss Prism... No debemos considerarla un aviso singular, antes al contrario como una general providencia. La vida quedaría incompleta sin ella. Tendrá usted, al menos, el consuelo de haber sido siempre el más generoso e indulgente de los hermanos.

Jack: ¡Pobre Ernesto! Tenía muchos defectos, pero es muy triste. Un golpe muy duro.

Chasuble: Muy triste, en efecto. ¿Estuvo con él en los últimos momentos?

Jack: No. Murió en el extranjero. En París, para ser más exactos. Tuve la pasada noche un telegrama del gerente del Grand Hotel.

Chasuble: ¿Le dice la causa de su muerte?

Jack: Un fuerte enfriamiento, parece.

Miss Prism: Cada hombre recoge lo que siembra.

Chasuble: (Levanta una mano.) ¡Caridad, querida Miss Prism, caridad! Ninguno de nosotros es perfecto. Yo mismo tengo una especial atracción por el juego de damas. ¿Será enterrado aquí?

Jack: No. Al parecer había expresado su deseo de ser inhumado en París.

Chasuble: ¡En París! (Mueve la cabeza.) Me temo que ese detalle demuestra su muy delicado estado mental, en sus últimos días. Deseará usted sin duda que haga alguna discreta alusión a esta tragedia el próximo domingo. (Jack le aprieta compulsivamente la mano.) Mi sermón sobre el significado del maná en el desierto se puede adaptar a muy variadas ocasiones, alegres, o como en el presente caso, luctuosas. (Suspiran los tres.) Lo he predicado en días de recolección, en confirmaciones, bautizos, días de penitencia y fiestas señaladas. La última vez lo pronuncié en la catedral, como sermón de caridad a beneficio de la Sociedad para la Prevención del Descontento de las Clases Altas. Al obispo, que estuvo presente, le afectaron profundamente algunas de las analogías que tracé.

Jack: ¡Ah! ¿Ha hablado de bautismos, no es así, doctor? Supongo que usted sabrá bautizar adecuadamente... (Chasuble lo mira estupefacto.) Quiero decir que estará usted casi continuamente bautizando, ¿no es así?

Miss Prism: Así es. siento decir que es uno de los más constantes menesteres del rector en esta parroquia. Muy frecuentemente he hablado del tema a las clases más pobres. Pero parecen ignorar lo que es el ahorro.

Chasuble: La Iglesia abomina de la infecundidad, Miss Prism. En cada niño existe la promesa de un santo. ¿Pero hay algún niño en concreto en el que usted esté interesado, Mr. Worthing? Su hermano, por lo que creo, no estaba casado, ¿verdad?

Jack: ¡No, no!

Miss Prism: (Con amargura.) Así suele ser entre la gente que no conoce otro norte que el placer.

Jack: Pero no es para ningún niño, querido doctor. Me gustan mucho los niños, pero no. De hecho, soy yo quien quisiera ser bautizado esta tarde, si no tiene usted nada mejor que hacer.

Chasuble: Sin duda usted ya habrá sido bautizado, Mr. Worthing.

Jack: No recuerdo nada sobre el particular.

Chasuble: ¿Pero tiene usted alguna duda seria sobre ese tema?

Jack: Las más serias. Existen circunstancias, de innecesaria mención por el momento, relacionadas con mi nacimiento y primeros tiempos de vida, que me hacen pensar que fui objeto de cierta desatención. En cualquier caso, no he podido comprobarlo. Claro que no sé que le parecerá a usted este asunto. Quizás piense que ya soy algo mayor.

Chasuble: Oh. Créame que no soy ningún fanático piadobaptista. La aspersión e incluso la inmersión de adultos eran prácticas muy comunes en la Iglesia primitiva.

Jack: ¡Inmersión, entonces! Pero no querrá eso decir que debo...

Chasuble: No tenga cuidado. Con la aspersión es suficiente y hasta aconsejable. ¡Tenemos un tiempo tan cambiante! ¿A qué hora desea que se efectúe la ceremonia?

Jack: Podríamos quedar alrededor de las cinco, si le parece bien.

Chasuble: ¡Perfecto! ¡Perfecto! De hecho, tengo dos ceremonias similares que efectuar a la misma hora. Dos gemelos han nacido recientemente en uno de los pueblitos aledaños a su finca. El pobre Jennis, el carretero, un hombre que trabaja duro...

Jack: ¡Vaya! La verdad es que no me divierte mucho ser bautizado con otros bebés. Lo encuentro infantil. ¿No podría ser a las cinco y media?

Chasuble: ¡Admirable! (Saca el reloj.) Y ahora, querido Mr. Worthing, no deseo causar más estorbo en la mansión de la pena. Le aconsejaría, tan sólo, que no se dejase abatir demasiado por el dolor. Lo que nos parecen tragos amargos son a menudos bendiciones disfrazadas.

Miss Prism: Ésta me parece una bendición absolutamente evidente.

(Llega Cecilia, desde la casa.)

Cecilia: ¡Tío Jack! Me encanta que hayas vuelto. Pero, qué ropa tan horrible te has puesto... ¿Por qué no vas a quitártela?

Miss Prism: ¡Cecilia!

Chasuble: ¡Querida niña!

(Cecilia se acerca a Jack, que la besa en la frente con aire melancólico.)

Cecilia: ¿Qué pasa, tío Jack? ¿Por qué no estás contento? Parece que tuvieras dolor de muelas; con la sorpresa que tengo para ti. ¿A qué no adivinas quién está en el comedor? ¡Tu hermano!

Jack: ¿Quién?

Cecilia: Tu hermano Ernesto. Ha llegado hace media hora.

Jack: ¡Qué disparate! Yo no tengo hermano.

Cecilia: Oh, no digas eso. Por muy mal que se haya comportado contigo en el pasado, sigue siendo tu hermano. No puedes tener tan poco corazón como para renegar de él. Voy a decirle que salga. Prométeme que estrecharás su mano, tío. (Sale corriendo hacia la casa.)

Chasuble: Estas sí que son noticias gozosas. Ese telegrama que le llegó de París es sin duda obra de algún desalmado que ha querido jugar con sus sentimientos.

Miss Prism: Después de habernos resignado todos a la pérdida, este súbito retorno me parece singularmente perturbador.

Jack: ¿Está mi hermano en el comedor? No sé que significa todo esto. Me parece absolutamente absurdo.


Jack: ¡Dios santo! (Hace gestos a Algernon para que se vaya.)

Algernon: Hermano John, he venido de la ciudad para decirte cuánto lamento los problemas que te he causado y para decirte que, en adelante, llevaré una vida mucho mejor. (Jack lo mira con irritación y no le da la mano.)

Cecilia: (A Miss Prism) No se ha perdido la bondad en este joven. Parece sinceramente arrepentido.

Miss Prism: Las conversiones súbitas no me gustan. Pertenecen al disentimiento y poseen el cansado sabor del inconformismo.

Cecilia: Tío Jack, ¿no irás a negarle el saludo a tu propio hermano?

Jack: Nada me induce a estrechar su mano. Creo que es muy lamentable su venida. Y él sabe perfectamente bien por qué.

Chasuble: Joven, su vida ha transcurrido por un sendero muy estrecho. Espero que le sirva de advertencia. Cuando entró usted, precisamente estábamos de luto por su fallecimiento.

Algernon: Sí, ya veo que Jack se ha puesto un traje nuevo. La verdad es que no te sienta muy bien. La corbata es espantosa.

Cecilia: Tío Jack, sé bueno. En todos hay alguna bondad. Ernesto me estaba hablando precisamente de su pobre amigo inválido, Mr. Bunbury, al que visita con frecuencia. Seguramente existe no poca bondad en quien la ejerce con un inválido, y deja los placeres de Londres para sentarse junto al lecho del dolor.

Jack: ¿En verdad te ha estado hablando de Bunbury?

Cecilia: Sí, me lo ha contado todo sobre ese desdichado y su terrible estado de salud.

Jack: ¡Bunbury! Bueno, pues no quiero que vuelva a hablarte de él ni de ninguna otra cosa. Ya es suficiente como para volverse loco.

Chasuble: Mr. Worthing, inesperadamente la providencia le ha devuelto a su hermano, y eso parece indicar un deseo de reconciliación. Por lo demás, nada mejor para los hermanos que morar juntos en la amistad.

Algernon: Desde luego admito mi parte de culpa. Pero debo decir que la frialdad de mi hermano John me es particularmente dolorosa. Esperaba una cálida bienvenida, sobre todo teniendo en cuenta que es la primera vez que vengo aquí.

Cecilia: Tío Jack, si no le das la mano a Ernesto, no podré perdonártelo nunca. Jack: ¿Nunca me lo perdonarías?

Cecilia: ¡Nunca, nunca, nunca!

Jack: Supongo que no hay otro remedio. (Le da la mano a Algernon, con la mirada furiosa.) ¡Jovencito canalla! Debes abandonar este lugar lo antes posible. No voy a tolerar aquí el menor bunburysmo.

Chasuble: ¿No es hermoso ver una reconciliación tan perfecta? Querida niña, ha hecho una acción muy notable este día.

Miss Prism: No debemos precipitarnos en nuestros juicios.

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