La libertad de la mujer

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La libertad de la mujer
de Rafael Delorme

Nota: «La libertad de la mujer» (23 de julio de 1897) Germinal I (12): pp. 4-5.


LA LIBERTAD DE LA MUJER
———
     «¡Honrad á las mujeres! Ellas

     siembran de rosas el camino de
     nuestra vida, forman los lazos
     afortunados del amor, y bajo el
     púdico velo de sus gracias, riegan
     con mano sagrada la flor
     inmortal de los nobles senti-
     mientos.

       Schiller.»

No por el amor, no porque siembre de rosas el camino de nuestra vida, como dice Schiller, sino por el derecho que tiene á gozar de todas las ventajas y preeminencias que el hombre goza en la vida, es por lo que el socialismo reconoce á la bella mitad del género humano esa igualdad entre ambos seres que proclama el común sentido y la más elemental noción de justicia, tanto en el orden civil como en el social y político.
 Por eso el socialismo siempre ha sido y es esencialmente feminista.
 Por eso Platón en su República (libro 5.°) sustenta ya la igualdad absoluta de ambos sexos; Tomás Morus en su Utopia mostrábase partidario de una mayor libertad industrial para la mujer; Saint Simon y Fourier defienden con valor la libertad de la mujer; Pierre Leroux presenta á la Asamblea de 1851 una proposición pidiendo el ejercicio del sufragio en el orden administrativo para el bello sexo; distintos congresos socialistas, recientemente se han inclinado resueltamente por tan noble causa; el leader del socialismo alemán, Augusto Bebel, ha hecho un libro en que con tantos bríos defiende los derechos de la mujer, y por último, en el Congreso socialista de París se acaba de declarar que forman las doctrinas feministas una parte importante de las reivindicaciones sociales.
 Y se comprende que sea así.
 La mujer es tan libre por Naturaleza como el hombre; como él, tiene idénticas facultades, tanto físicas que intelectuales y morales, y como él debe gozar de todas las ventajas sociales que el desarrollo de aquellas proporciona.
 El ilustre é inolvidable Letamendi, en un interesante artículo titulado La Mujer, y que publicó La Ilustración Artística de Barcelona en Abril de 1882, decía lo siguiente:
 «Si el varón posee gran fuerza muscular, posee la mujer gran fuerza sensitiva. Sin fijarnos más que en el frío y en el dolor, vemos á la mujer tan potente como al varón en el orden sensitivo. Ella desafía toda inclemencia atmosférica con una tercera, ó cuarta, ó quinta parte de abrigo que el varón necesita; ella soporta impunemente, aún en sus funciones normales, los dolores más acerbos y los olvida luego y vuelve á desafiarlos, y torna después á resistirlos... Pudiera decirse que el varón es de hierro y la mujer de acero, y que lo que aquél puede como arma arrojadiza, puédelo ésta como fuerza de resorte. Así la mujer, en medio de su servidumbre histórica, siempre ha sido la que ha lanzado á su tirano á los mayores extremos, tanto en lo criminal como en lo heroico.»
 »Terrible parece, en contra del sexo femenino, el hecho anatómico experimental de que los sesos de la mujer pesan menos que los de su compañero. Aquí me será lícito que salga á un tiempo por los fueros de la mujer y de la Ciencia. Cosas como el cerebro no se pesan solamente con balanzas de mercader, sino con otras más complicadas y precisas: con las balanzas del buen discernimiento. Siendo el total del cuerpo de la mujer (sano, sin obesidades normales), de menos talla y peso que el del varón, es forzoso que el encéfalo de ella sea proporcionalmente menor que el de él, á fin de que la importancia orgánica y psicológica de ese centro nervioso sea equivalente en ambos sesos: de lo contrario, si la mujer. siendo de menor talla, tuviese igual cantidad de encéfalo que el varón, sería, ipso facto, superior á éste. Después de todo, dicha diferencia es de 50 á 100 gr. en un peso total promedio de 1.300. En cambio hay que advertir que, en el orden relativo, el cerebro del varón, pesa un poco más que su cerebelo, mientras que en la mujer pesa el cerebelo un poco más que el cerebro, ofreciendo en ambos sexos sinuosidades enteramente iguales en su desenvolvimiento. De todo lo cual se deduce en rigor (y sin necesidad de entrar en mayores honduras) que el valor absoluto psicofísico (no el peso de carnicero), del encéfalo es igual en varones y mujeres, y que la diferencia de quilates relativos entre el cerebro y el cerebelo, explica la diversidad de manifestaciones en medio de la equivalencia de energía de ambos sexos. Tal es el resultado con que la balanza de la razón destruye todas las aseveraciones que pudieran fundarse, en la sola consideración del peso por kilogramos del órgano inmediato de la inteligencia.»
 Echada abajo por los hermosos y profundos párrafos del inolvidable Letamendi, esa gran vulgaridad de que el cerebro de la mujer pesa menos que el del hombre, y que por lo tanto su inferioridad fisiológica por tal hecho es manifiesta, hay que proclamar con la ciencia en la mano, que ambos sexos son perfectamente idénticos para el disfrute de esos derechos naturales que uno y otro necesitan, para vivir la vida de relación en las sociedades.
 Y tanto es así, tan lógico y tan racional es este principio que desde los más lejanos tiempos, vemos al hombre pensador y filósofo tronando contra esa desigualdad irritante que coloca á su compañera casi al nivel de la bestia y que surge de todos esos libros embusteros el Libro de los Muertos, el Tratado moral de Kaquimna, las Instrucciones de Ptath-Hotpuh, el Libro de las Vedas, el Código de Manú, la Biblia y el Corán.
 Esta, y no otra, es la razón que Proxagoras y Aristófanes entre los griegos sean partidarios de la emancipación de la mujer; que Sakiamuni ó Budha entre los indos dignifique algo á la mujer, tratada sólo como hembra en aquel pueblo tan cruelmente diferenciador y en el que la esclavitud era la más preciada y valiosa de las instituciones sociales, y finalmente la causa de que el hebreo Jesús de Nazareht, levante á la compañera del hombre al nivel de ésto, presentándose hace 1900 años, como el precursor del feminismo moderno.
 Posteriormente y en Francia, María Lejars de Germinay escribió durante el siglo xv un libro sobre la Igualdad de los hombres y de las mujeres; un autor anónimo en 1719, La educación de las mujeres; Thomás en 1750 su Ensayo sobre la mujer; Doyen en 1760, El Triunfo de la mujer, y más tarde Sieyes, Condorcet, Marechal, Desmoulins, Rosa Lacombe, Olimpia de Gonges y otros, hicieron en la memorable Revolución francesa loables esfuerzos en pro de las doctrinas igualitarias entre ambos sexos.
 En nuestro siglo y en la República vecina, el feminismo ha tenido un gran desarrollo, sobre todo á partir de 1848, en que la ilustre María Deraismes, Hubertina Auclert, fundadora del periódico La Citoyenne y Eugenia Potonié Pierre, hacen una enérgica y decidida campaña por la conquista de los derechos de la mujer, campaña á la que prestan decidido concurso Víctor Hugo, Julio Simón y León Richert.
 En Francia hoy existe un grupo parlamentario feminista y en París las siguientes sociedades feministas: La Solidaridad, presidida por Mme. Potonié Pierre (radical); La Liga francesa para el derecho de las mujeres, que preside Mme. Pognon (moderada); La Igualdad, que preside Mme. Vincent (moderada); La Sociedad para el mejoramiento de la suerte de las mujeres y reivindicación de sus derechos, presidida por Mme. Téresa Deraismes (moderada); L'avant Courrière de Mme. la Duquesa de Uzés (conservadora); La Unión Universal de las mujeres, que preside Mme. Chéliga (propaganda federalista); El Sindicato de las lavanderas y enfermeras, de Mme. Coutant (radical socialista).
 El feminismo francés cuenta con los siguientes periódicos: Le Journal des femmes, de Mme. Marie Martin; La Revue feministe, de Mme. Clotilde Dissard; La Revue des femmes russes, de Mme. Olga de Bezobrazon; La Revue des femmes chretiennes, de Mlle. Mangerai, y La femme, órgano de las mujeres protestantes, dirigido por Mlle. Sara Monod.
 En Inglaterra las mujeres desempeñaban antiguamente las funciones de Sheriff. Shakespeare también es feminista, puesto que la catástrofe en muchos de sus dramas la causa invariablemente la locura ó la falta de un hombre y la redención, cuando la hay, es obra de la prudencia y de la virtud femeninas.
 Defoe, en 1697, conceptuaba bárbara la costumbre del sexo masculino, consistente en negar á las mujeres el beneficio de una instrucción adecuada.
 Mary Astell, en 1731, escribió el libro Proposición formal dedicada á las damas para el mejoramiento de sus verdaderos y más grandes intereses.
 Mary Wollestonecraft, en 1791, escribió su libro Reivindicación de los derechos de la mujer.
 El día 3 de Agosto de 1832, y bajo la forma de petición, presentóse en la Cámara de los Comunes, por una dama de alto rango, Mary Smith de Sthanmore, una solicitud de derechos políticos para la mujer.
 Ricardo Cobden y Stuart Mili , este último en su Esclavitud femenina, libro traducido al español por la señora Pardo Bazán, se muestran asimismo ardorosos partidarios de las doctrinas feministas.
 En la actualidad las mujeres que dirigen el feminismo inglés son dos aristócratas muy ilustradas: lady
Henry Sommerset y lady Aberdeen.
 Finalmente, el 4 de Febrero último, la Cámara de los Comunes aprobó, por 228 votos contra 157, la segunda lectura del proyecto de ley de Mr. Begg, según el cual sé reconoce á toda mujer que posea un inmueble el derecho electoral. Carlos Dilke presentó un bill quitando toda limitación al voto femenino. Este cuenta ya con las simpatías del partido conservador inglés.
 En Alemania los propagandistas del feminismo son Bebel y las Sras. Otto Peters, Goldmidt, Cauer, Morgenstern, Braun y Zetkin, y las Stas. Augspure y Schmidt.
 En Norte América, donde el feminismo ha alcanzado grandes proporciones, comenzó en 1820 con la campaña de Miss Francis Wright y de Miss Ernestina Rose, y en 1840 con un libro de Miss Margarita Fuller, Las mujeres en el siglo XIX.
 En los Estados-Unidos hay más de 800 asociaciones propagandistas de los derechos de la mujer, cuyo fin es velar por sus derechos, hacer pagar los salarios injustamente retenidos á las obreras y á las domésticas, impedir los préstamos usurarios y la violación de los contratos, encontrar asilos para los niños y procurar el divorcio á las mujeres maltratadas por sus esposos, etc., etc.
 En Australia la mujer ha conquistado para sí el sufragio político.
 En la cuestión religiosa la mujer australiana se ha inclinado por la libertad en el referendum de 1896, sobre la cuestión de la instrucción religiosa en las escuelas primarias, haciendo que continúe el sistema laico, prohibiendo la enseñanza religiosa y negándose á que el Estado subvencionase las escuelas no laicas.
 En Armenia, en Finlandia, en Rumania y en muchos otros países, el feminismo prospera en gran escala.
 En España, la aspiración de la igualdad de derechos entre la mujer y el hombre, que encontró en lo antiguo un campeón tan entusiasta como la ilustre literata Doña María Zayas, cuenta en nuestros días con defensores como D. Fernando de Castro, D. Manuel Ruíz de Quevedo, Doña Concepción Arenal, Doña Emilia Pardo Bazán, Sofía Tartilán, Rosario de Acuña, Angeles López de Ayala, Soledad Gustavo y otras esclarecidas mujeres.
 En la actualidad manifiestan ó han manifestado sus simpatías por el feminismo, novelistas como Rosny, Rods y Jokai; críticos como Jorge Brande; dramaturgos como Ibsen y Hervieu; poetas como Armando Silvestre, Bois y Eodenbacli; periodistas como Montegueil y el turco Riza Bey; escritores como Lawroff, Renar, Magalhaes Lima, Lacour, Descaves, Aicard; sociólogos como Novicow; pedagogos como Stanton; científicos como el Dr. Manouvrier, y hasta sacerdotes como el abate Charbonnel.
 Por último, como consecuencia de toda esta agitación en pro del feminismo, se ha conseguido que el sufragio en lo administrativo esté establecido ya en Inglaterra, Escocia, Canadá, Australia, en la colonia del Cabo, Austria, Hungría, Suecia, Islandia, Finlandia, en Rusia por mandatario, en Prusia, Sajonia y Brunswick, donde las mujeres poseen en cierta medida el sufragio administrativo, y en Kansas y Wyoming, Estados de la Unión norte-americana.
 En el orden político, votan hoy las mujeres: en el Ecuador desde el año 61; en Wyoming (69); en la isla de Man (81); en Kueva Zelanda (93); en Colorado (93); en Austria (93); en Utah (95).
 Según la ley Kingston de Diciembre de 1894 , se ha concedido el voto político á la mujer en Australia.
 En lo concerniente á la reforma de la condición civil, social y política de la mujer, hé aquí el programa más aceptable en mi concepto, del feminismo:
 1.° Borrar de la ley las palabras «la mujer debe obediencia al marido, » sin destruir por eso el princi-
pio de que el marido es el jefe de la familia, al menos mientras cumpla con sus deberes, y reconocer la plena capacidad civil de la mujer casada, derogando las disposiciones referentes á la licencia marital y demás instituciones que coartan la libertad de la mujer.
 2.° Igualdad civil y penal entre ambos sexos para reprimir el adulterio y regular la fidelidad conyugal.
 3.° Que se sustituya la expresión patria potestad por otra que exprese el poder de los padres, puesto que la potestad en la familia debe ser legalmente un poder de ambos esposos, y cuando la potestad familiar pase á la madre, viuda, separada, etc., pase íntegra, tal como el padre la ejerce, en su caso.
 4.° Separación de bienes ó mutua independencia entre los cónyuges, debiendo dejarse la más absoluta libertad en las capitulaciones matrimoniales.
 5.° Garantizar á la mujer la libre disposición de los productos de su trabajo.
 6.° Que el testimonio de la mujer tenga en el derecho instrumental, el mismo valor que el del hombre.
 7.° El divorcio hasta para la incompatibilidad de caracteres.
 8.° Admisión de las mujeres á toda clase de estudios y al cuerpo docente.
 9.° Todas las funciones públicas deben ser accesibles á todos sin otra condición que la del mérito personal, la moralidad y la capacidad necesaria.
 Y 10.° La mujer debe gozar del sufragio, tanto administrativa como políticamente.
 Con este programa de reformas hemos de adelantar mucho en lo relativo á la emancipación de la mujer, cosa tan exigida en la civilización moderna, porque sin que la mujer sea libre, no habremos hecho nada en pro de la santa causa de la libertad humana.

      Rafael Delorme