La meseta castellana

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La meseta castellana
de Ramiro de Maeztu

Nota: «La meseta castellana» (16 de noviembre de 1898) El Noticiero de Soria, año décimo, nº 860, p. 1.


La meseta castellana
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 Voy á esbozar la causa íntima, profunda, verdadera de la actual agitación de España. Me entristece abordar el asunto, no ya solo porque el espacio de un artículo apenas me permite bosquejarlo, sino porque á ratos paréceme que surge con el propósito de avergonzarme, cuando columbro su grandeza y mido mi pequeñez. Yo quisiera que los Unamuno, los Alas, los Dorado, los Posada, los Iglesias, los Oliver, los Brossa, cuantos españoles sepan pensar en serio, me relevaran de un empeño que estimo tan importante como superior a mí capacidad.
 Solo á última hora se percatan los hombres públicos y la prensa de la gravedad que entrañan el movimiento regionalista y la marejada de las clases industriales. Pero así como nuestra crítica teatral suele limitarse á aplaudir ó censurar los estrenos, en lugar de explicar el génesis y desarrollo de las obrás, así la mayoría de los políticos y de los periódicos ensalzan ó combaten estos fenómenos sociales sin explicárnoslos, sin inquirir sus causas y sin calcular su transcendencia. A lo sumo, nos hablan de la excesiva centralización de los poderes públicos ó de la excesiva tolerancia gubernamental, de la influencia disolvente da las ideas nuevas ó del espiritu regionalista de la tradición, de la pérdida de los mercados coloniales, del fracaso de tal cual partido, de la dificultad de nivelar el presupuesto, de nuestra penuria intelectual; de la triste liquidación do las guerras. Se confunde los efectos con los pretestos, los pretestos con los motivos, los motivos con las causas secundarias, y las causas ocasionales se toman por genéricas. Pues bien; elevémonos por encima de todo eso. La causa única de la presente agitación está en la meseta castellana.
 Nadie se alarme ni se escandalice. Me explicaré. Es un hecho histórico que desde hace tres siglos la raza española ha dejado de evolucionar por propio impulso; no es ya una rueda que da vueltas sobre su eje, no es una espiral creadora de fuerza, es un aro que gira por ajeno empuje, una pelota que se encoge y se extiende en los botes, pero cuya tendencia invencible la lleva á recobrar su contextura interna, empleando sus inertes energías en conservarse semejante á sí misma. La renovación viene de fuera; interesa á la periferia pero no llega al centro; comunica su poder creador al litoral, pero se detiene ante los montes que cierran el paso á la meseta de Castilla.
 A la hora actual toda la costa se ha modernizado económicamente. Desde el golfo de Gascuya al de Lyón, en Vizcaya, en Santander, en Asturas, en Vigo, en Huelva, en Málaga; en Almería, en Cartagena, en Valencia y en Cataluña, se ha creado una industria y un comercio europeo, gracias á exóticas iniciativas. Ha sido vana la resistencia del viejo espíritu á las innovaciones en la producción. El proceso económico se cura en salud de escrúpulos monjiles. Cuando da en avanzar, es inútil colocarse entre las ruedas ó interponerse en su camino en actitud hostil: avanza indiferente al mismo paso, y arrolla á los que tratan de obligarle á detenerse. Así ha poblado de fábricas y vías férreas las provincias pastoriles de otros tiempos.
 Pero este industrialismo se encuentra seriamente amenazado. La pérdida de los mercados coloniales pone de manifiesto la periférica superficialidad de nuestra evolución económica, realizada más bien á pesar nuestro y por desmayada pasividad que no por íntima necesidad y ensueño de creación. De nada sirve que Vizcaya produzca hierros, tejidos Cataluña, azúcar y carbón Asturias, conservas Vigo y Málaga, mineral Almería, cobre Huelva, Valencia frutos y objetos de arte y Cádiz ricos vinos. Para que estas industrias se asentaran sobre sólidas bases, sería preciso que el núcleo nacional, el granero, la meseta de Castilla ofreciera un mercado de consumo suficiente. ¿Y cómo vá á ofrecerlo Castilla, despoblada por mil guerras, arruinada por la usura y por el fisco, atrasada porque en ella perviven las odiosas leyendas de los tiempos muertos?
 La industria del litoral necesitaría hoy una Castilla populosa, de intensa vida, de ríos canalizados, que ensayara en sus tierras propios inventos de químicos abonos, que derribara las chozas de barro para levantar chalets multicolores, que desterrara de sus comidas el tétrico garbanzo—cuya digestión nos encamina á meditar sobre las torturas del infierno—para reemplazarlo por la carne sangrienta y el vinillo ligero que pueblan la cabeza de imágenes sensuales, de formas soberanas y triunfantes. Necesitaría una Castilla alegre y rica, bien poblada por gentes que amaran la vida, que supieran sacar á la tierra lo que la tierra puede dar de sí, y que emplearan sus frutos en mejorar las condiciones de su existencia, en crearse comodidades y bienestar.
 ¿Y qué se encuentra en la inmensa meseta que se extiende desde Jaén hasta Vitoria, desde León hasta Albacete, desde Salamanca hasta Castellón, desde Badajoz hasta Teruel? Yo bién sé que Castilla, madre pródiga y poco calculadora, se ha quedado sin sangre por darla á un mundo nuevo, por regarla con soberbia grandeza en todos los confines del planeta. Pero vamos al hecho, dando de lado las causas y concausas que lo hayan producido. ¿Qué es hoy Castilla? Recórrase en cualquiera dirección. ¿Qué es hoy Castilla? Un páramo horrible poblado por gentes cuya cualidad característica aparente es el odio al agua y al árbol; ¡las dos fuentes de futura riqueza!
 El labriego castellano es pobre y cultiva sus tierras por el sistema del barbecho, cuando el barbecho solo se concibe en regiones ricas de ganado y ayunas de pastos. Se me dirá que faltan brazos. Cierto, pero Castilla los ha dado sin resistencias para todas las guerras.
 El labriego castellano carece de aguas... y en lugar de canalizar el Duero, el Guadiana y el Tajo, se talan los montes... y se organizan rogativas.
 El labriego castellano carece de abonos animales, y en lugar de fabricar abonos químicos, apena si los usa en contadas comarcas.
 El labriego castellano tiene una tierra llana como la palma de la mano, propia para el empleo de máquinas, y labra con el arado que le legaron los moros.
 El labriego castellano necesita asociarse para lograr introducir más prácticos procedimientos de cultivo. Lejos de hacerlo, malgasta su vida en pleitear por lo más nimio y en crear, dentro de cada pueblo, odios que se transmiten de padre á hijo y que le colocan bajo el dominio absoluto del usurero, del abogado ó del cacique.
 El labriego castellano, rico ó pobre, necesita aprender á cultivar su hacienda, y en lugar de educar á sus hijos en las granjas agrícolas extranjeras o españolas, consume sus ahorros en hacer de ellos abogados, médicos o sacerdotes, gentes que carecen del amor á la tierra y cuya educación les impulsa á abandonarla, dejándola en manos de arrendatarios sin entusiasmos y sin ambición; ¡larvas que se arrastran bajo el peso del tributo y de la renta y que han perdido toda esperanza de enderezar sus cuerpos miserables!..
 ¡Y esto no puede seguir así! Hubiera proseguido indefinidamente, á pesar de la derrota, á pesar de las declamaciones efectistas de los periódicos, á pesar de la pérdida de las colonias, á pesar de los programas redentoristas de los universitarios, hasta la muerte por consunción y por fatiga, de no haberse identificado las costas de España con el movimiento industrial del mundo moderno. Pero el litoral es rico, populoso, jóven y fuerte. No se resigna á demoler sus fábricas para reanudar los bucólicos idilios de los tiempos añejos, se opuso á la guerra con los Estados Unidos y precipitó su término porque comprendía que aquí dentro, en la casa solariega, había luengas tierras que colonizar, inmensas extensiones en las que encontrarían ocupación los capitales y talentos ociosos; porque advertía instintivamente que la patria no estaba en condiciones de sostener su ensanche territorial, mientras no se apurara el territorio nativo, estrujándole hasta que produzca lo que tenemos el deber de pedirle, si hemos de normalizar nuestra vida económica, obligando á la agricultura á que fuerce el paso para acoplarse á los adelantos del comercio y de la industria.
 Para acometer tamaña empresa, no son partidos políticos, ni sentimentalismos literarios, ni ideales democráticos, ni tradiciones de orden, ni estados constituyentes, ni épicas glorias, ni marchas de Cádiz, ni profusores de humanidades, ni varones ilustres y probos lo que necesita; sino bancos agrícolas, sindicatos capitalistas, ruda concurrencia, brutal lucha.
 Y para esta industrialización de la meseta de Castilla, requieren los hombres de negocios apoderarse de los poderes públicos, para acabar con la rémora del expediente y encauzar el presupuesto, á fin de que no pase exclusivamente sobre los hombros de las gentes activas, en beneficio de los ociosos tenedores de la deuda, cuando no sosteniendo á la inútil clase de empleados con carrera ó sin ella.
 Hay algo más que un viejo tópico en esta agitación de los industriales contra nuestros chinescos mandarines. Es que éstos ya han cumplido su misión histórica, y á las gentes se les dá muy poco de la libertad ó del despotismo, lo que importa es vivir, y la vida del litoral es imposible mientras el centro no se renueve y no progrese. El obstáculo real está en esa política maldita que hace á una serie de hombres intrigantes o románticos, obligando á loss otros á supeditarse ante ellos.
 Y hay algo más aún en esta agitación antipolítica. Hay un instinto poderoso que recuerda á las fuerzas vivas del país—jamás una frase hecha ha encerrado tan profunda verdad—el dilema italiano: Renovarsi o perire; renovarse ó morir.
 Por eso me he permitido llamar la atención de los pensadores acerca de este nuevo ideal colonizador, que encierra inconscientemente la agitación de las clases industriales. Es preciso que todos cooperemos á la magna empresa de industrializar la agricultura castellana. No se me diga que el ideal es prosáico y pobre. Las acciones y los dividendos tienen su epopeya. Es preciso que surjan poetas capaces de cantarla. Grande cosa sería transformar nuestro huero romanticismo en práctico entusiasmo.
 Es preciso que los españoles sepamos acoger alegremente el económico dinamismo que renueva y transforma el planeta. Si por impotencia de los unos, indiferencia de los otros y resistencia de los más, frustrárase el noble movimiento que se advierte en las clases industriales, la transformación de Castilla se obraría á pesar de todo.
 Sólo que entonces no serían manos españolas las que la realizáran.

     Ramiro de MAEZTU