La muerte en un beso

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I

A Luis Benjamin Cisneroe.


Oderay es la flor mas bella del vergel americano. Blanco lirio perfumado oon el hólito de los serafines. Su alma es una arpa eolica que el sentimiento del amor hace vibrar y los sonidos que exhala son tiernos como la queja de la alondra.

Oderay tiene quince años y su corazon no puede dejar de latir ante la imagen del amado de su alma.

¡Quince años y no amar es imposible ! A esa edad el amor es para el alma lo que el rayo de sol primaveral para los campos.

Sus labios tienen el rojo del coral y el aroma de la violeta. Son una linea encarnada sobre el terciopelo de una margarita.

Las leves tintas de la inocencia y el pudor colorean su rostro, como el crepusculo la nieve de nuestras cordilleras.

Las madejas de rubio pelo que caen en gracioso desorden sobre el armiño de su torneada espalda, imitan los hilos de oro que el padre de los Incas derrama por el espacio en una mañana de primavera.

Su acento es amoroso y sentido como el eco de la quena.

Su sonrisa tiene todo el encanto de la esposa del cantar de los cantares, toda la sencillez de una plegaria.

Esbelta como la cañia de nuestros valles, si puede conocerse el sitio por donde ha pasado, no es por la huella que su planta breve grava en la arena, sino por el perfume de angelical pureza que deja tras de si.

Todo en ella es castidad, todo grandeza — Mujeres hay que llevan en si la misma marca de pureza y espiritualismo que los querubes — Quiza Dios las hizo hermanas de ellos!

II

La America gime bajo las garras del leon de Gastilla.

Sus vestiduras de armiño se van manchando con la sangre de los hijos del Sol.

¡Conquistadores! Vosotros que proclamabais el cristianismo y con él la paz y la libertad, necesitabais cadáveres para erigir sobre ellos el lábaro de la redención.

Pero vuestra obra era maldita por el Eterno y se ha desmoronado como las torres de Pentapolis ante la ira de Dios. El Sol de la libertad debió radiar a través de las tinieblas de tres siglos v alli, como inmortales jeroglificos de diamante, están los nombres de Junin y Ayacucho.

¡La patria! Cuánta magia se encierra en esta palabra! Es la estrella que guia al peregrino y lo liberta de caer en el abismo: es el ombú que lo cobija y ampara cuando imponente se desata el asolador pampero.

¡La patria! En esta voz esta compendiada la historia del hombre. Su amor a la divinidad, a una madre, a la mujer de nuestros ensueños, al amigo que nos consoló en nuestros dolores.

III.

Es una tarde de abril de 1534.

La luz crepuscular vierte su indeciso resplandor sobre la llanura. El Sol, desciñéndose su corona de topacios, va a acostarse en el lecho de espumas que le brinda el océano.

La creacion es en ese instante una lira que lanza débiles sonidos. El lascivo céfiro que pasa dando un beso al jazminero, la hoja que cae movida por las alas del pintado colibrí, el turpial que en la copa de un álamo entona un canto tal vez de agonía, el sol, que se hunde inflamando como una hoguera el horizonte . . . Todo es bello en la última hora de la tarde y todo eleva la criatura hacia el Hacedor.


¡Cuan grato es en ese instante platicar de amores!

Y cuanta magia tienen para el corazon del hombre las palabras de la mujer querida! Oir en lontananza el murmurar blando del arroyuelo que se desliza, sentir que orea nuestras sienes el aura cargada del perfume que exhalan la flor de los limoneros y juncares; y, en medio de este concierto de la naturaleza, beber el amor del alma, en los labios, en las pupilas, en el seno de la hermosura idolatrada, es gozar la dicha del Paraiso...,¡ es vivir!

Toparca estrecha entre sus manos las de Oderay. El tiene fijos en los de ella sus ojos; porque de los ojos de Oderay recibe vida su espíritu.

Se aman con profunda ternura; como dos flores nacidas de un tallo: como dos cisnes que juntos aprendieron a rizar el cristal del lago.

Oderay y Toparca, sentados bajo la sombra de un palmero en el muelle asiento de grama que ofrece la campiña, hablan el lenguaje de la pasión. La naturaleza entera les sonríe y les habla de amor. El siempre hermoso cielo de la patria, cuanto su mirada alcanza, tiene para ellos una poesía indefinible. Sus pensamientos respiran una dulce vaguedad, como si sobre ellos batiera un querubín sus alas tornasoladas de zafiro y gualda.

No profanemos el sentimiento copiando las palabrasque br otan del fondo de esas dos almas virginales y enamoradas.


IV.


Toparca, a quien el padre Velazco historiador de Quito llama Hualpa-Capac, es un mancebo de veinte años, de apuesto talle y de gentil semblante.— Es hijo de la Sciri de Quito y hermano de Atabualpa.

Muerto éste, los españoles ciñieron A Toparca la borla imperial proclamándolo Inca; pero en realidad no era mas que un instrumento en sus manos para el logro de miras ambiciosas.

Hace nueve semanas que rije el imperio —

"Es un garzon", se dicen los conquistadores. Pero bajo la corteza del niño se encierra un corazón de hombre y Toparca prepara, con ese sigilo inherente a los indios de America, los medios necesarios para destruir a sus opresores.

Calcuchima, el mas valiente de los guerreros peruanos y Quizquiz, el mas sagaz y experimentado de los generales que tuvo Atahualpa en su guerra contra Huascar, ayudan a Toparca en sus planes de libertad.

Pero ay! que afanes tantos deben ser burlados por la fortuna que se encapricha en proteger a un puñado de castellanos.

Y de entonces el indio, con la conciencia de su debilidad, es sombrío como el último rayo de luz. Por eso fué que gran parte del pueblo indiano prefirió sepultarse en las cuevas con sus ídolos, sus tesoros y sus recuerdos.

Pero la esperanza no abandona jamás a los débiles y quién sabe si esa raza oprimida lee algo de grande en el porvenir y si los cantos del poeta bastan para expresar los sufrimientos de una generación, nada habla tanto al espíritu como un yaraví, trova del indio concebida de sentimental perfume, gemido que al salir desgarra el pecho el mismo que respira fe en el mañana. Todo esto es a la vez un yaravi, poesía que se desprende del alma con tan intima ternura acompañada por los acentos de la quena, como las hondas lamentaciones al compás del salterio del Profeta.

En el fondo del jardín aparece un anciano envuelto en una larga y blanca túnica de lino. Sus canosos cabellos caen sobre un rostro que respira bondad y sus miradas se detienen es los dos amantes con aire de cariñosa protección.

Bate anciano es el gran sacerdote de Caranquis.

— ¡Padre mio, venid! — le grita el joven Inca — Bendecidme como bendecistéis a Atahualpa el dia en que se ciño el llautu rojo, Bendecid tambien a la mujer que amo y dádmela por esposa.

Y los jóvenes se arrodillan ante el gran sacerdote por cuyas rugosas mejillas rueda una lágrima.

— Vosotroa lo quereis qua sea...,! Una misma estrella los alumbra y yo bendigo vuestro amor, hijos mios...¡Ojalá que el destino os sonría! Pero el Dios de Tumbalá me inspira a profetizarte, infeliz monarca,que serás el ultimo de tu sagrada estirpe. Tu reinado durará pocas lunas y acaso tus vestiduras se verán manchadas con tu propia sangre,

Y el anciano se aleja exclamando:

—Ay de ti, hijo del Sol y Ay de tu pueblo!

RepueSto de su turbación, Toparca se encuentra con la amorosa mirada de Oderay.

— Si tú me amas, tórtola mía, sabré conjurar el porvenir... E1 destino nos ofrecerá senda de flores y cuando haya devuelto un esplendor primero y nuestra patria ¿no es verdad, espíritu de amor, que estampando tus labios en mi frente dirías — yo te quiero, Toparca, porque eres grande y valiente!

Y Toparca escondió su semblante entre las manos; porque así como las flores tienen necesidad del roció, así el hombre tiene necesidad de verter lágrimas.

El llanto es el roció y la hiel que rebosa del corazón.


VI

Aunque don García de Peralta no formó parte de los trece arrojados aventureros que secundaron a Pizarro, cuando éste en la isla de Gallo despues de trazar una línea con su espada dijo: — síganme los que amen la gloria — merecía la confianza y el cariño del capitán conquistador, quien en los combates vió siempre a Peralta en los sitios donde mas recio se batía el cobre.

Con una alma de hierro incrustada en una corteza de acero, las pasiones del soldado debian ser indomables y frenéticas como el torrente que se desborda. Hombres organizados así, no comprenden esos sentimientos dulces a la par que pórticos que forman para los otros mortales la epopeya de la felicidad sobre la tierra.

Don Garcia vio a Oderay y la amo.

Diríamos mejor, ansió poseerla.

Porque el amor no es el deseo de ser dueños de todo lo que Dios ha formado bello, sino el anhelo de confundir nuestro ser en otro ser que aliente en la misma atmósfera de misteriosa vaguedad que nosotros. Es una hoguera respecto de la cual cada palabra, cada sonrisa, cada mirada, es como una arista o un esparto lanzado en ella.

El sentimiento de don Garcia por Oderay en nada participa del amor que hemos pretendido pintar. La belleza de la joven ha hablado en sus sentidos y ha jurado gozar de sus encantos.

Disfrutando de la confianza de Pizarro le arranco una orden de prisión contra Toparca, de quien habia motivos para recelar un alzamiento. Pizarro, esa figura colosal en la historia del Perú, se dejaba dominar muchas veces por los caprichos de sus compañeros y se presto a ser juguete de don Garcia.


VII.


El gran sacerdote acaba de bendecir el matrimonio de Oderay con el joven Inca. Van de ser felices. ¡Maldicion !

Por la cresta de un cerro aparecen Peralta y seis soldados. Oderay palidece al ver su amenazador aire de triunfo.

El monarca, separado violentamente de los brazos de su amada, es cargado de hierros y conducido por los españoles.

Don Garcia mira con sarcástica sonrisa a la americana;la toma bruscamente del brazo y, obligándola a seguirlo la dice: — Ahora. nadie puede salvarte...¡ De grado o fuerza serás mía !

VIII.

Toparca está reclinado sobre el banco de piedra de su oscuro calabozo. Sus párpados caen con suavidad y una lágrima, transparente como una gota de rocío, se detiene en sus largas pestañas.

¿Sueña o medita ?

Su espiritu está entregado a esa vaga absorcion que solemos experimentar en la vigilia. Sus labios se mueven como si quisieran abrir paso a las palabras. El recuerdo del trágico fin de Atahualpa viene a su memoria; más, en medio de tan sombrío pensamiento, la imagen de Oderay se presenta a su fantasía como el astro de luz que disipa las tinieblas.

Quizás la casta flor de sus amores ha sido profanada por las insolentes caricias del extranjero!

Y su, tierna Oderay, cuya belleza es copia de la de un serafín, sientes también que el lloro anubla la luz de tus pupilas.

Ay de la tórtola amorosa arrebatada del nido donde está su dueño! Ay de la delicada sensitiva cortada del tallo que la vio nacer !


IX.


De pronto se abre la puerta de la prisión y se precipita en ella una mujer

— Oderay! exclama el prisionero estrechándola contra su seno.

— Aparta... aparta tus labios porque mis besos dan la muerte... Yo he jurado morir digna de ti y... moriré...

— Y Por qué hablas de morir, tortolilla de ojos dulces? Háblame de amor, que anhelo oir tu acento mas delicado y rico en armonia que la cántiga del tomeguín.. - . Tus flotantes ropas vierten un perfume más voluptuoso que el tilo y el tamarindo de nuestras montañas... Tu aliento quema mis sentidos

— Oh mi bizarro rey!; Esposo mio! He conseguido venir respirar en tus brazos Desfallecida iba a sucumbir sin vengarme, estrechada por el extranjero... Pero me acordé que en un anillo llevaba el veneno con que inficionan sus armas los indios de Tumbalá y lo apliqué a mis 1abios..."Soy tuya, le dije al español; pero cuando hayas saciado tu brutal capricho, concédeme ir al calabozo de mi señor..." El infame firmó una orden para que los carceleros no me estorbasen la entrada y como un tigre famélico se abalanzó a mi...¡Insensato! ¿No es cierto? Creyó que mis besos de fuego eran un arrebato de placer Pensó que yo mordía sus labios porque el deleite me embriagaba... ¡Necio mil veces! Al separarse de mi seno ...era un cadaver...

— No puede ser verdad cuanto me dices... Tu razon se extravía...

—- Yo soy impura y tu me rechazas . . . Ya no puedo pertenecerte... La esclava debe morir. ¡Perdon, Toparca!

— Sin ti, azucena del valle, ya para que anhelo la vida.

— Eres grande y generoso como tu padre Huaina Capac... Vive, porque la patria reclama los esfuerzos de tu juventud.

— La patria! A su nombre me siento reanimado; pero todo ser inutil...¿Recuerdas la profecía del gran sacerdote de Caranquis? ¡Cuán presto se ha cumplido! Esclavo cargado de hierros, esposo ofendido... mira lo que soy ahora. En breve quizá seré el segundo de mi estirpe que muera en un cadalso...¿y no es mejor, luz de mis ojos, sentir la vida se desprende en la agonía de la pasión?... Oderay, Oderay mia...¡Dame un beso... La muerte será dulce si la recibo de tus labios...¿Qué importa que tu cuerpo haya sido profanado por el extranjero, si tu alma es tan pura como el mas limpio firmamento!? Oderay...¡ yo te adoro! ...

Y los labios de los dos amantes se oprimieron con frenético arrebato. La nube del amor velo sus pupilas, las fibras de sus pechos palpitaron con violencia y el eco sepulcral del calabozo repitió suave y fatigosamente estas palabras

— ¡Esposo!

— ¡Oderay! ¡Oderay mia!


Dos horas despues los carceleros participaban a Hernando de Soto que el rejio preso y su esposa habían sido encontrados muertos en su calabozo.

Es fama que Pedro de Gandia acusó a Callcuchima de haber dado yerbas a Toparca y a don Garcia y que,sin atender a sus protestas de inocencia, fue descuartizado este valiente general.

(1) Mas que una tradicion, es esta una novelita del genero romántico que tan en boga estaba alla en los albores de mi juventud.Escrita en los claustros del colegio, mereció de la la Prensa frases de aliento para el imberbe autor. Téngola gran cariño, porque fue ella como mi iniciación en la vida de letras , y pecaría de ingrato si la arrojara hoy al cesto de los papeles inútiles.