La mujer (Andrade)

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La mujer de Olegario Víctor Andrade

Solo, como la palma del desierto,
mudo, como la boca del abismo,
triste, como la noche del recuerdo,
vago, como la niebla del vacío ;
    árbol sin hojas,
    astro caído ;
tal era el hombre en la primer mañana,
sonámbulo del sueño del destino.

Efluvios de la luz fecundadora,
aromas de los gérmenes divinos,
estrofas de dulcísima salmodia,
rumores de los bosques y los ríos;
    coro inefable
    de inmensos himnos,
como un presentimiento de la gloria
brotaba alrededor de su camino.

La bruma vagorosa de los mares,
el hálito flotante del rocío,
el humo abrasador de los volcanes,
los reflejos del éter encendido,
    eran la mirra
    del regocijo,
que en el gran incensario del espacio
quemaba el universo agradecido!

Los mundos palpitaban de alborozo,
girando sin cesar en el vacío,
los cielos azulados sonreían
con la casta sonrisa de los niños ;
    ¡ hora suprema !
    ¡ santo delirio!
¡ La tierra era la virgen desposada
y el sol brillante su nupcial anillo!

Y solo, como el árbol del desierto,
mudo, como la boca del abismo,
triste, como el silencio que precede
a la hora suprema del martirio,
    roca gigante
    de un mar bravío,
el hombre se inclinaba silencioso
ante tanta grandeza confundido.

La semilla caída de la planta,
los metales que el fuego derretía,
las estrellas, eternas mariposas
volando en torno de la luz divina ;
    la luz fecunda
    de eterna vida,
inundaba los mundos virginales
en ondas de celeste melodía.

Los astros al girar en el espacio
ardiendo de amoroso desvarío,
se enviaban en sus ósculos de fuego,
de sus entrañas el caliente fluido ;
    y el hombre mudo
    como el vacío,
no entendía el lenguaje de las almas,
arropado en la sombra de sí mismo.

Dios estaba inclinado hacia la tierra,
oyendo las plegarias de los orbes,
contemplando en el vidrio de los mares
de su aureola de luz los resplandores.

Una lágrima ardiente, cristalina,
se desprendió de su pupila entonces:
gota fecunda, de fecunda vida,
que refracta la lumbre de los soles!

La tierra abrió los sudorientos labios,
entreabrieron sus pétalos las flores,
y aquella gota de la eterna aurora
fué un beso de celestes bendiciones.

Y el hombre, mudo, solitario y triste,
sintió el fuego de mágica fruición;
y vio que de su sombra se elevaba
una llama de tibio resplandor.

Era un soplo del genio de la vida,
un rayo de la eterna inspiración;
el perfume inmortal de la esperanza,
el ritmo de la luz y del amor.

Era Eva, la sonrisa de los cielos,
la nota musical de una oración,
la mujer, el compendio de lo bello,
la hija de una lágrima de Dios!

Y el hombre, mudo, solitario, triste,
balbuceó un himno de celeste amor;
y exhaló sus cadencias más sublimes,
el arpa colosal de la Creación !