La mujer que amé

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


LA MUJER QUE AMÉ.[editar]


¡AH! yo la vi, divina, encantadora,
En la mitad de mi árido camino,
Como la luz de la rosada aurora.
Como la playa el náufrago marino.

Hubo un tiempo en que solo recorría
El vasto erial del fementido mundo,
Rendido por letal melancolía,
Lleno mi pecho de dolor profundo.

Una funesta noche, ¡noche horrible,
Que nunca olvida la memoria mía!
Abrumado de tédio irresistible
En el festín alegre me perdía...

Mas la miré al pasar; ¡era tan bella,
Tan noble, tan gentil en la apostura,
Que al momento la amé! ¡Seguí su huella
Un porvenir soñando de ventura!

Pálida la color de su semblante,
Negro el cabello, la cabeza erguida,
Negro también el ojo destellante
Que revelaba inteligencia y vida.

¡Ay! yo la vi; la inspiración ferviente,
Al vivo rayo de sus dulces ojos.
Vino á alumbrar mi entristecida mente,
Vino á calmar mi pena y mis enojos.

Y la entoné canciones, y la vía
Trémula al escuchar mi blando acento;
Y era que apasionada comprendía
De mi cantar el amoroso intento...

Luengas horas pasaron de ventura
Y placenteros días de consuelo,
Gozando de su angélica ternura
Con amoroso afán, con casto anhelo.

¡Gratas horas de amor! ¡Caros instantes!
Pasaron ya, perdiéronse en la nada;
Las historias dulcísimas de antes
Dejaron ¡ay! el alma atribulada.

Todo pasó: y el desconsuelo, el llanto,
Quedaron en el pecho solamente,
Y llevo, ¡ay triste! por doquiera en tanto
La huella del dolor sobre mi frente.

Todo pasó: sucede de improviso
Á fértil primavera, crudo invierno;
Donde miraba ayer un paraíso
Hoy se levanta aterrador infierno!

¡La virtud! ¡el amor! cándidas flores
Que engalanaron la beldad perdida,
¿Dónde están su perfume y sus olores?
¿Dónde el fulgor de su lozana vida?

Las impresiones del amor dichosas
Quimeras son de la exaltada mente;
Mueren también cual las pintadas rosas
Al empuje del ábrego inclemente.

Esa mujer en cuya frente veo
El sello de la infamia ennegrecido
¿Es el angel que creara mi deseo?
¿Esa es la virgen que adoré rendido?

¡Ciego de mí! La contemplé tan pura,
Modelo de virtud y de inocencia,
Que forjando mil sueños de ventura
Era senda de flores mi existencia.

Mas el velo rasgué que la cubría;
Rodó su trono de fragantes flores,
Y era ¡ay de mí! la encantadora impía
Despojo de falaces amadores...

Artera me engaño: mil y mil veces
Me juró su constancia enamorada,
Por mirarme apurar hasta las heces
La copa del dolor emponzoñada.

Pasaron, sí, las horas de ventura,
Y triste llora mi enlutada lira...
Sus votos y su amor y su ternura
¡Fueron vana ilusión! ¡Fueron mentira!

Todo pasó: sucede de improviso
Á fértil primavera, crudo invierno;
¡Donde miraba ayer un paraíso
Hoy se levanta aterrador infierno!