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Un día, como si fuese cosa de magia, los hijos de Dióscoro Cerdera, se hallaban a muchas leguas de la costa española, en un gran vapor, en una villa que marchaba, como decía Basilio. Los tres huérfanos, estaban en la clase de tercera, en la más humilde. Pero tenían donde dormir tranquilamente. Gozaban de rancho admirable, tanto, que Próspero decía a sus hermanos: «Comed menos, no os atraquéis, porque puede haceros daño el exceso.» Y Generoso contestaba: «Es que es muy rico este potaje. Déjame que coma a saciedad.»

En ese tránsito que duró veinte días, los chicuelos de Pareduelas-Albas, experimentaron, primeramente, la impresión de la bienandanza. Vivían ellos harto míseramente, para que no les impresionaran la esplendidez de la comida. ¿Pan? Todo lo que se quería. Escudillas completas de carne, garbanzos y habichuelas. Otras escudillas con tocino y legumbres y berzas. Ración de vino... Las bodas de Camacho. Cierto que alguno de los emigrantes viejos, protestaban. Eran gentes de ida y vuelta, que no iban a trabajar a las nuevas tierras américas, sino ver si hallaban en ellas el prodigio de vivir sin labor. Pero no conseguían estos descontentadizos impresionar a los laboriosos querientes de un haber más pingüe que el de la tierra nativa.

En este viaje trasatlántico aprendieron los tres sorianitos más que en las escuelas a que asistieran. Fueron lecciones de experiencias, maravillosa pedagogía. Próspero, Generoso y Basilio, tenían siempre ante sus pupilas los rostros de Aquilina y Dióscoro, y esas imágenes les animaban.

Un día, cierto emigrante andaluz, que vivía en la embriaguez, dijo al ver pasar a los chicuelos:

-Sois españoles... Vais a enriquecer a los capitalistas de allá... Si yo pudiera, os arrojaría al mar ahora mismo.

Próspero contestó:

-En Dios y en su Santísima madre, creo que no habláis con nosotros, los tres hermanos Cerdera.

-Cerdera, o lo que fuere -continuó el borracho malagueño-, habéis de proclamar ahora mismo delante de mí, que huís de España, porque España es un país maldito.

Próspero avanzó, resuelto y enérgico.

-Eso no, eso no -profirió con valentía-. Somos unos niños sorianos, nacidos en la aldea de Pareduelas-Albas, hijos de padres honrados. Vamos donde nos acomoda, adoramos a nuestra patria, y nadie nos impondrá que la detestemos...

El borracho andaluz, cogió de una oreja a Próspero, y gritó enfurecido:

-¡De rodillas ante mí, canallita, chavea!...

Y empujando con violencia al muchacho, hízole doblegar.

Entonces, Generoso, avanzó como un león sobre el borracho, y le obligó a separar sus manos del hermano agredido.

-Usted es un canalla -vociferó Generoso-. Usted es un malvado... Porque se mete con niños que van en busca de su vida, sin tener quien nos defienda.

Un tanto sorprendido el malagueño, por la actitud de Generoso, quiso aún conservar su autoridad de cacique trasatlántico.

-Tú y tus hermanos, suponiendo que seáis hermanos... Si es que no sois una cuadrilla de ladronzuelos que van de España a la Argentina, haréis lo que quiera y lo que yo os mande.

Intervino Próspero, dando una bofetada al siniestro emigrante. Rodó por el suelo el hombre de la procacidad. Acudieron los marinos de guardia y sujetaron al agresor mientras levantaban al caído. Uno y otro fueron llevados a la barra, esperando que el capitán resolviera. Fue un juicio sumarísimo, como corresponde a la urgencia de los pleitos de a bordo. Sencillamente puedo resumir en unas palabras el diálogo de los acusados, y la sentencia.

-¿Por qué ha agredido usted, Próspero Cerdera, a este hombre?

-Porque él ha ofendido a mi patria.

-¿Cuál es tu patria, niño? -añadió el Presidente del Tribunal, olvidado el tratamiento reglamentario, al ver que hablaba un chicuelo.

-Mi patria es España. El lugar de mi nacimiento Pareduelas-Albas. Yo, y dos hermanos míos, vamos a la República Argentina, con todos los documentos necesarios, para asuntos que nos importan. Este hombre nos ha ofendido y le he dado la respuesta que merecía... Y la daré siempre al que haga lo mismo que este hombre ha hecho. Él debe ser muy malo porque ofende a niños viajeros.

Entonces, el oficial que ejercía de Presidente, interrogó al malagueño ebrio sobre la causa de su enojo. El malagueño contestó:

-Es que estos niños han pasado varios días delante de mí sin saludarme.

El oficial interrumpió:

-¿Y por qué habían de saludarle?

-Porque son niños, y yo soy viejo.

-En la calleja de una aldea, continuó el digno oficial de la compañía de Antonio López, eso podrá ser estimado como un signo de mala educación, pero nunca de ofensa. En un barco como éste, en el que navegan gentes de tantas naciones, eso no es sino una consecuencia natural de la multiplicidad de encuentros en el puente, en las cámaras y en los dormitorios... ¿No ha sido otra la causa de la agresión al pasajero Próspero Cerdera?

Había llegado el malagueño al máximo de su embriaguez. Y así profirió estas palabras:

-El Cerdera... Cervera... Cosas de cerdo y de ciervo... me hago la cuzca en estos niñitos y en usted, señor oficial.

El Presidente del tribunal de a bordo, ordenó a los marineros que le acompañaban que cogiesen al borracho y le llevasen al sitio que le correspondía, un recinto maravilloso que hay en los barcos de la compañía de Antonio López, donde penan sus audacias los miserables.

Después, ese oficial dignísimo, llamó a los hijos de Dióscoro, estrechó sus manos y les aseguró que, en lo futuro, hasta que llegasen a la tierra del Plata, no experimentarían agravios ni ofensas.

Próspero fue admirado y aplaudido por el pasaje de los pobres. Una mujer, de blancas guedejas, que iba a la Argentina en busca de los haberes de su hijo, muerto ya, propuso un homenaje para los tres sorianitos. Consistiría ese homenaje en una perra chica de todos los que navegaban, para aumentar el peculio, seguramente pobre, de los niños.

Pero, Próspero rechazó la oferta.

-Pobres somos todos -dijo- pero son más pobres los viejos que los jóvenes. Lo que hemos hecho es defendernos. Ya veis cómo el capitán nos ha favorecido con la justicia. Guardaos el dinero. No lo necesitamos. Nos sobra con la voluntad y con la protección de Dios, Nuestro Señor.

El malagueño ebrio seguía encerrado. Cuando el barco entró en el imponderable e indescriptible Río de la Plata, Próspero solicitó que el capitán le recibiese; y al hallarse ante la autoridad suprema del vapor, pronunció estas palabras.

-Señor capitán. Perdone que le moleste... Soy aquel muchacho a quien Su Merced otorgó un día justicia. Vamos a llegar pronto a la tierra. Y antes quisiera yo que Su Merced me concediera la libertad del desventurado que nos ofendió.

El capitán había olvidado el caso. En la muchedumbre de los incidentes de una navegación larga, el que ha de guiar la nave entre las dificultades marinas, y los peligros del río, no podía conservar la remembranza de un insignificante suceso. Pero cuando Próspero pronunció unas palabras categóricas, el capitán recobró la esencia de la historia.

-Recuerdo, por fin -dijo-. ¿Qué quieres?

-Señor capitán -siguió Próspero Cerdera-. Un hombre ofendió a mí y a mis hermanos, y a mi aldea y a mi patria, que es España. Su Merced quiso otorgarnos el reparo. Ese hombre está en el encierro, en la barra... Y yo vengo a rogar a su Merced que le liberte, que le deje volver a su vida de navegante... No sé si es un atrevimiento grande el mío.

El capitán, que era uno de esos viejos marinos que tiene la Compañía Trasatlántica en el régimen de sus alcáceres flotantes, sonrió dulcemente. Él sabía todo lo que hay que saber en los contrastes sociales y en las luchas de las pasiones. Él, adivinaba en el decir de Próspero cuánto había de dignidad en el muchachito.

Y contestó:

-Serás atendido. Ahora mismo va a venir aquí el lobo que te ofendió.

Dio las órdenes el capitán, y, minutos después llegaba el hombre viejo y triste, el que sin motivo, ni razón algunos, había ofendido a los hijos de Dióscoro Cerdera.

Fue un momento solemne. Una autoridad indiscutible regía la discordia. Un muchachuelo soriano, noble y puro, impetraba el perdón de una ofensa. Un viejo dislocado de los que van y vienen por las tierras, sin hallar nunca hogar digno, ventura posible, comparecía también. Y el juez dijo:

-Usted viene ante mí porque el niño a quien ofendió, solicita su disculpa y el perdón de las Pragmáticas de Mar... ¿Tiene usted algo que decir?...

El hombre de las barbas blancas contestó:

-Perdónenme todos, perdóneme el Sr. Presidente del tribunal de a bordo... Perdónenme estos muchachos... Soy un desgraciado... Busco la vida sin encontrarla.

El oficial Presidente, concluyó:

-Llévense a ese hombre, libre ya. Que ingrese en su clase, y que le acompañen todas las consideraciones que corresponden a los demás viajeros.

Próspero Cerdera, se adelantó al oficial que presidía y le dijo:

-¿Nada más que eso?

-Nada más -contestó el oficial.

-Yo quisiera algo más, si Su Merced me lo permite.

-¿Y qué querías tú?

-Quería que ese hombre me permitiese que le pidiera perdón.

-¿De qué perdón?

-De haberle molestado, de que por mis hermanos y por mí estuviese prisionero...

-No he de negarte esa bondad que de tu alma irradia.

Llamó el oficial Presidente a un marinero de los que hacían eficaz su mando, y le ordenó que compareciese el viejo malagueño.

Éste volvió en seguida, un tanto acobardado, temiendo algún castigo.

-Los niños a quien habéis ofendido -exclamó el oficial-, quieren que vengáis para saludaros.

Próspero adelantó hacia el malagueño, cogió las manos de éste. Y como si se hubiera verificado en este instante una fusión sublime de los ofendidos y de los ofensores, concluyó la escena en el amor de Dios... En el amor de la concordia.