La niña del antojo
LA NIÑA DEL ANTOJO
Generalizada creencia era entre nuestros abuelos que á las mujeres encintas debía complacerse aun en sus más extravagantes caprichos. Oponerse á ellos equivalía á malograr obra hecha. Y los discípulos de Galeno eran los que más contribuían á vigorizar esa opinión, si hemos de dar crédito á muchas tesis ó disertaciones médicas, que impresas en Lima, en diversos años, se encuentran reunidas en el tomo XXIX de Papeles varios de la Biblioteca Nacional.
Las mujeres de suyo son curiosas, y bastaba que les estuviese vedado entrar en claustros para que todas se desviviesen por pasear conventos. No había, pues, en el siglo pasado limeña que no los hubiese recorrido desde la celda del prior ó abadesa hasta la cocina.
Tan luego como en la familia se presentaba hija de Eva en estado interesante, las hermanitas amigas y hasta las criadas se echaban á arreglar programa para un mes de romería por los conventos. Y la mejor mañana se aparecían diez ó doce tapadas en la portería de San Francisco, por ejemplo, y la más vivaracha de ellas decía, dirigiéndose al lego portero:
—¡Ave María purísima!
—Sin pecado concebida. ¿Qué se ofrece, hermanitas?
—Que vaya usted donde el reverendo padre guardián y le diga que esta niña, como á la vista está, se encuentra abultadita, que se le ha antojado pasear el convento y que nosotras venimos acompañándola por sí le sucede un trabajo.
—¡Pero tantas!....—murmuraba el lego entre dientes.
—Todas somos de la familia; esta buena moza es su tía carnal; estas dos son sus hermanas, que en la cara se les conoce; estas tres gordinfloncitas son sus primas por parte de madre; yo y esta borradita sus sobrinas, aunque no lo parezcamos; la de más allá, esa negra chicharrona, es la mama que la crió; esta es su.....
—Basta, basta con la parentela, que es larguita—interrumpía el lego sonriendo.
Aquí la niña del antojo lanzaba un suspirito, y las que la acompañaban decían en coro:
—¡Jesús, hijita: ¿Sientes algo? Vaya usted prontito, hermano, á sacar la licencia. ¡No se embrome y tengamos aquí un trabajo! ¡Virgen de la Candelaria! ¡Corra usted, hombre, corra usted!
Y el portero se encaminaba paso entre paso á la celda del guardián; y cinco minutos después regresaba con la superior licencia, que su paternidad no tenía entrañas de ogro para contrariar deseo de embarazada.
—Puede pasar la niña del antojo con toda la sacra familia.
Y otro lego asumía las funciones de guía ó cicerone.
Por supuesto que en muchas ocasiones la barriga era de pega, es decir, rollo de trapos; pero ni guardián ni portero podían meterse á averiguarlo. Para ellos vientre abovedado era pasaporte en regla.
Y de los conventos de frailes pasaban á los monasteries de monjas; y de cada visita regresaba á casa la niña del antojo provista de ramos de flores, cerezas y albaricoques, escapularios y pastillas. Las camaradas participaban también del pan bendito.
Y la romería en Lima duraba un mes por lo menos.
Un arzobispo, para poner algún coto al abuso y sin atreverse á romper abiertamente con la costumbre, dispuso que las antojadizas limeñas recabasen la licencia, no de la autoridad conventual, sino de la curia; pero como había que gastar en una hoja de papel sellado y firmar solicitud y volver al siguiente día por el decreto, empezaron á disminuir los antojos.
Su sucesor, el Sr. La Reguera, cortó de raíz el mal, contestando un no rotundo á la primera prójima que le fué con el empeño.
—¿Y si malparo, ilustrísimo señor?—insistió la postulante.
—De eso no entiendo yo, hijita, que no soy comadrón, sino arzobispo.
Y lo positivo es que no hay tradición de que limeña alguna haya abortado por no pasear claustros.
Entre los manuscritos que en la Real Academia de la Historia, en Madrid, forman la colección de Matalinares, archivo de curiosos documentos relativos á la América, hay un (cuaderno 3.° del tomo LXXVII) códice que no es sino el extracto de un proceso á que en el Perú dió motivo la niña del antojo.
Guardián de la Recoleta de Cajamarca era por los años de 1806 fray Fernando Jesús de Arce, quien, contrariando la arzobispal y disciplinaria disposición, dió en permitir el paseíto por su claustro á las cristianas que lo solicitaban alegando el delicado achaque. La autoridad civil tuvo ó no tuvo sus razones para pretender hacerlo entrar en vereda, y se armó proceso, y gordo.
El padre comisario general apoyó al padre Arco, presentando, entre otros argumentos, el siguiente que á su juicio era capital y decisivo: «La conservación del feto es de derecho natural y el precepto de la clausura es de derecho positivo, y por consideración al último no sería caritativo exponer una mujer al aborto.»