La novela en el tranvía: 07

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Capítulo VII
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La novela en el tranvía Benito Pérez Galdós


Aún faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su señora: él quedó junto a mí. Era un hombre que parecía afectado de fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda corrían bajo el cristal verde oscuro de sus descomunales antiparras.

Al poco rato de estar allí, dijo en voz baja a la que parecía ser su mujer:

-Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir D. Mateo. ¡Desdichada mujer!

-¡Qué horror! Ya me lo he figurado también -contestó su consorte-. ¿De tales cafres qué se podía esperar?

-Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.

Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja:

-Sí señor; hubo envenenamiento. Me consta.

-¿Cómo, usted sabe? ¿Usted también la conocía? -dijo vivamente el de las antiparras verdes, volviéndose hacia mí.

-Sí señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que quieran hacernos creer que fue indigestión.

-Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...?

-Lo sé, lo sé -repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por loco.

-Luego, usted irá a declarar al juzgado; porque ya se está formando la sumaria.

-Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Iré a declarar, iré a declarar, sí señor.

A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de aquel suceso mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que es pluma esto con que escribo.

-Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a los autores del crimen. Yo declararé: fue envenenada con una taza de té, lo mismo que el joven.

-Oye, Petronilla -dijo a su esposa el de las antiparras- con una taza de té.

-Sí, estoy asombrada -contestó la señora-. ¡Cuidado con lo que fueron a inventar esos malditos!

-La Condesa tocaba el piano.

-¿Qué Condesa? -preguntó aquel hombre interrumpiéndome.

-La Condesa, la envenenada.

-Si no se trata de ninguna condesa, hombre de Dios.

-Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo.

-Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guarda-agujas del Norte.

-¿Lavandera, eh? -dije en tono de picardía-. ¡Si también me querrá usted hacer tragar que es lavandera!

El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la señora, comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé, contentándome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi zozobra; la Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas visiones y diálogos. En fin, para que se comprenda a qué extremo llegó mi locura, voy a referir el último incidente de aquel viaje; voy a decir con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi entendimiento empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras.

Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que frente a mí tenía miré a la calle, débilmente iluminada por la escasa luz de los faros, y vi pasar a un hombre. Di un grito de sorpresa, y exclamé desatinado:

-Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el autor principal de tantas infamias.

Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté a la puerta tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; bajé a la calle y corrí tras aquel hombre, gritando:

-¡A ése, a ése, al asesino!

Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico barrio.

Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la tarde, fue detenido. Yo no cesaba de gritar:

-¡Es el que preparó el veneno para la Condesa, el que asesinó a la Condesa!

Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba loco; pero quieras que no los dos fuimos conducidos a la prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance, fue el de haber despertado del profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral, producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura definitiva.

Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias porque el antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado a condesa alguna. Pero aún por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía exclamar: «Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días a manos de tu iracundo esposo...»

Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco, y torne la realidad a dominar en mi cabeza. Me río siempre que recuerdo aquel viaje, y toda la consideración que antes me inspiraba la soñada víctima la dedico ahora, ¿a quién creeréis? a mi compañera de viaje en aquella angustiosa expedición, a la irascible inglesa, a quien disloqué un pie en el momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto mayordomo.


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