La paloma blanca

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Nuevas fábulas : La paloma blanca
Apólogo escrito con motivo de los terremotos de Andalucía

de Felipe Jacinto Sala




Se rompieron las fuentes del abismo;
abrió el cielo sus anchas cataratas;
anegó el mundo universal diluvio
que cubría los montes con sus aguas;
y por olas y vientos combatida
flotaba triste el arca de alianza.
Y corrían los días y las noches,
y las iras de Dios no se aplacaban,
y el mensajero Cuervo no volvía,
y no volvía la Paloma blanca.
Cuando en todos cundía el desaliento,
y hondo terror los pechos embargaba,
dijo Noé: -«Calmaos, hijos míos,
»y abrid el corazón a la esperanza;
»el Señor ofreciome su clemencia,
»y Él pondrá a salvo nuestra frágil tabla.»-
Y la santa promesa fue cumplida.
Un día, en que la luz ya declinaba,
la Paloma tornó. Cuando en el éter
sobre las nubes, se agitaba rauda,
con grato asombro vieron que en su pico
verde ramo de oliva sustentaba.
Y era aquel ramo, signo de ventura,
nuncio de paz, presagio de bonanza;
y era aquella ave de nevada pluma,
de noble aliento y poderosas alas,
la Caridad de Dios, que, bienhechora,
venía a consolar la raza humana.


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Y se abrieron los senos de la tierra,
y las torres caían desplomadas,
y se hundían los muros y los templos
y cimbraron cual juncos las montañas,
y en los rotos escombros perecían
junto al hijo la madre desolada;
y era fosa del pobre su guardilla,
panteón del rico su dorado alcázar.
¡Qué espantosa hecatombe, Dios eterno!
¡Qué otro diluvio universal de lágrimas!!
¡Ay! pobres hijos del Genil y el Darro,
y los del Guadaljorce, ¿en dónde paran
vuestro lecho y hogar? Y ¿qué se hicieron
tanta flor, tanto jaspe y tantas galas?
En páramos desiertos se trocaron
vuestras hermosas vegas dilatadas;
y en tristes cementerios los jardines
que las brisas ayer embalsamaban.
Insepultos, tal vez, yacen los seres
que encendían de amor vuestras entrañas,
y al ir a orar por ellos ¡infelices!
ni halláis en pie las sacrosantas aras.
¡Qué de orfandad y luto en torno vuestro!
¡Ay, pobres hijos de mi dulce patria;
los que pisáis tan movediza tierra;
los que flotáis aún en frágil tabla;
los que, acosados de miseria y frío,
tanta pena lleváis dentro del alma:
razón tenéis en implorar clemencia,
y razón en llorar tantas desgracias!
Mas no desfallezcáis, hermanos míos;
abrid el corazón a la esperanza;
ya Dios sus iras aplacó benigno,
y se extingue el fragor de la borrasca.
¿Veis, entre nubes de zafir y oro,
alba visión, de estrellas coronada,
que desciende veloz del alto empíreo?
Es la avecilla que se acerca al arca;
es la divina Caridad, que viene
para daros calor bajo sus alas;
es el ángel que abriga al desvalido,
que cariñoso la orfandad ampara,
que la viudez protege, y que consuela
al cuerpo, al espíritu y al alma.
Saludadla, a su paso, moradores
de esas bellas regiones desdichadas;
ella gozosa os trae el verde ramo,
que es venturoso signo de bonanza;
ella en los anchos pliegues de su manto,
para vosotros, amorosa guarda
el socorro de Dios y de los hombres...
¡Bendita sea la Paloma blanca!


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Óbolo humilde, que besé piadoso,
vuele a vosotros esta tosca fábula;
la saturó de amor el pecho mío;
está escrita con lágrimas del alma.