La penitencia de don Rodrigo

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar

La penitencia de don Rodrigo
de Anónimo


        Después que el rey don Rodrigo          
        a España perdido había,                 
        íbase desesperado               
        por donde más le placía.                
        Métese por las montañas,        
        las más espesas que vía,                
        porque no le hallen los moros           
        que en su seguimiento iban.             
        Topado ha con un pastor                 
        que su ganado traía,            
        díjole: -Dime, buen hombre,             
        lo que preguntarte quería:              
        si hay por aquí poblado                 
        o alguna casería                
        donde pueda descansar,          
        que gran fatiga traía.          
        El pastor respondió luego               
        que en balde la buscaría,               
        porque en todo aquel desierto           
        sola una ermita había,   
        donde estaba un ermitaño                
        que hacía muy santa vida.               
        El rey fue alegre de esto               
        por allí acabar su vida;                
        pidió al hombre que le diese            
        de comer, si algo tenía.                
        El pastor sacó un zurrón,               
        que siempre en él pan traía;            
        diole de él y de un tasajo              
        que acaso allí echado había;     
        el pan era muy moreno,          
        al rey muy mal le sabía,                
        las lágrimas se le salen,               
        detener no las podía,           
        acordándose en su tiempo                
        los manjares que comía.                 
        Después que hubo descansado             
        por la ermita le pedía;                 
        el pastor le enseñó luego               
        por donde no erraría;           
        el rey le dio una cadena                
        y un anillo que traía,          
        joyas son de gran valor,                
        que el rey en mucho tenía.              
        Comenzando a caminar,   
        ya cerca el sol se ponía,               
        llegado es a la ermita          
        que el pastor dicho le había.           
        Él, dando gracias a Dios,               
        luego a rezar se metía;         
        después que hubo rezado                 
        para el ermitaño se iba,                
        hombre es de autoridad          
        que bien se le parecía.                 
        Preguntóle el ermitaño          
        cómo allí fue su venida;                
        el rey, los ojos llorosos,              
        aquesto le respondía:           
        -El desdichado Rodrigo          
        yo soy, que rey ser solía;              
        véngome a hacer penitencia              
        contigo en tu compañía;                 
        no recibas pesadumbre,          
        por Dios y Santa María.                 
        El ermitaño se espanta,                 
        por consolarlo decía:           
        -Vos cierto habéis elegido              
        camino cual convenía            
        para vuestra salvación,                 
        que Dios os perdonaría.                 
        El ermitaño ruega a Dios                
        por si le revelaría             
        la penitencia que diese                 
        al rey, que le convenía.                
        Fuele luego revelado            
        de parte de Dios un día                 
        que le meta en una tumba                
        con una culebra viva;           
        y esto tome en penitencia               
        por el mal que hecho había.             
        El ermitaño al rey              
        muy alegre se volvía,           
        contóselo todo al rey           
        como pasado le había.           
        El rey, de esto muy gozoso,             
        luego en obra lo ponía:                 
        métese como Dios manda          
        para allí acabar su vida.               
        El ermitaño muy santo           
        mírale al tercero día,          
        dice: -¿Cómo os va, buen rey?           
        ¿Vaos bien con la compañía?             
        -Hasta ahora no me ha tocado,           
        porque Dios no lo quería;               
        ruega por mí, el ermitaño,              
        porque acabe bien mi vida.              
        El ermitaño lloraba,            
        gran compasión le tenía,                
        comenzóle a consolar            
        y esforzar cuanto podía.                
        Después vuelve el ermitaño              
        a ver si ya muerto había;               
        halló que estaba rezando                
        y que gemía y plañía;           
        preguntóle cómo estaba.          
        -Dios es en la ayuda mía,               
        respondió el buen rey Rodrigo,          
        la culebra me comía;            
        cómeme ya por la parte          
        que todo lo merecía,            
        por donde fue el principio              
        de la mi muy gran desdicha.             
        El ermitaño lo esfuerza,                
        el buen rey allí moría.                 
        Aquí acabó el rey Rodrigo,              
        al cielo derecho se iba.