La persecución

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Cuando se hubieron acostado en los lechos de la hospedería, durmiéronse Generoso y Basilio. Próspero quedó despierto. Ni se desnudó siquiera, aunque sentía grandísima fatiga, porque a bordo apenas durmió y las emociones del arriesgado viaje le mantuvieron en vigilancia.

Él sabia por las manifestaciones del Alcalde de Pareduelas-Albas, que su tío Roque Lanceote era riquísimo, pero había en las condiciones de la herencia algo perturbador. Hablábase de un codicilo secretísimo que estaba en poder del agente consular de Resistencia. ¿Qué diría ese documento?... Y el muchacho que no tenía noticia alguna del problema jurídico, temblaba, ante la expectativa de graves riesgos. Traía él en su cartera, ajustada sobre el pecho por un cinto de correa, todos los documentos probatorios del derecho de los Cerdera para esa herencia. Pero, ¿qué dificultades sobrevendrían?... Y, entonces, se le apareció de improviso en la mente el rostro caballuno de Presto Culcufura. ¿Quién era ese indio? ¿Cómo sabía él que los tres sorianitos venían de Pareduelas-Albas a aquel rincón de la República Argentina? Y la sospecha de amenazas, quebrantó la energía de Próspero.

Asomose tras la cortinilla de blanca tela, para ver la calle en que estaba la fondita, que era tenida por un italiano, y se titulaba Albergue de Nápoles.... Y vio que, en la acera de enfrente, se paseaba un hombre mirando, de cuando en cuando, a la cristalera del edificio. No tardó mucho en descubrir que ese hombre era el indio Culcufura. Y ese espectáculo aterró al mozo. ¿Qué hacía allí ese hombre? ¿Por qué se ocupaba en vigilarlos?...

Sólo la inmensa fatiga rindió a Próspero. Sin desnudarse, se arrojó en el camastro. Había cerrado la puerta de la cámara, con llave y cerrojo. Aplicó dos o tres sillas a la puerta. Comprendió que iba a comenzar una lucha. No sabía con quién ni por qué, pero la presencia del indio Presto Culcufura, que paseaba por la acera de enfrente de la fondita, le mantuvo enérgicamente en cruel zozobra.

Cuando, tras breve sueño, al darle la luz del día en los ojos, se incorporó Próspero, escuchó tres golpes dados en la puerta.

-¿Quién es?... ¿Qué quiere?

-Ábreme, niño, gritó una voz sorda. Soy el indio Presto, que viene a serviros. Déjame entrar y hablaremos.

Dudó el mayor de los Cerdera, sobre lo que debía hacer, pero la idea del miedo le pareció vergonzosa. Arma no tenía, sino era una navajita cachicuerna. Lo que hizo fue llamar a sus hermanos, que se despertaron atolondrados. Él los empujó. Pronto se hallaron con sus trajes sobre el cuerpo. Luego abrió Próspero.

Entró el indio Culcufura, sonriente. En aquella faz prolongada, amarillenta, la sonrisa era espantable.

-No sabéis, españolitos -dijo el indio -cuántos peligros os amenazan. Habéis venido de vuestra tierra sin saber lo que ibais a hacer. Yo estoy enterado de todo. Sé que sois herederos de Roque Lanceote. Yo conocía a vuestro pariente. Era un hombre valiente, andaba por todas partes, los indios le respetaban, los criollos le temían, los hombres italianos y españoles de la colonia del Quebracho, le temían también. Era un bravo. Quiso él guardar el secreto de sus riquezas, pero no pudo. Oro, caridad y amor, son cosas que transcienden... Y habéis de saber los que me desdeñasteis ayer tarde, que si yo no os amparo y os protejo, seréis víctimas. Pensadlo bien. Si no queréis que os acompañe y os sirva, seréis víctimas. No lo dudéis.

Generoso y Basilio se abrazaron, dominados por el estupor. Solo Próspero se dirigió hacia el indio, diciéndole:

-Le agradecemos mucho sus ofrecimientos, como le dije ayer, al desembarcar. Pero no podemos hacer nada, ni comprometernos a nada, mientras no veamos al Cónsul, que va a enviar dentro de poco a uno de sus empleados para que nos acompañe y nos guíe... Después de hablar con el Cónsul, veremos lo que nos conviene.

El indio se retiró lentamente, caminando de espaldas hacia la puerta.

-Reacios sois, niñacos, pero ya veréis como al fin, sin que yo os ayude, no habréis de conseguir nada.

Cuando desapareció Culcufura, Próspero cerró la puerta, se unió a sus hermanos, estrechándolos entre sus brazos, y les dijo:

-Estad tranquilos, no os asustéis... Somos chiquitos, pero Dios ha querido que hayamos de convertirnos rápidamente en hombres. Acordaos que nuestro padre Dióscoro y nuestra madre Aquilina nunca tuvieron miedo.

Basilio lloraba. Oprimiendo la mano de Próspero, le dijo:

-Este hombre me espanta... ¡Qué cara tan larga!... ¡Qué nariz tan larguísima!... ¡Si parece un caballo con cuerpo de hombre!...

Próspero sentía el mismo terror que sus hermanos, pero, disimulándolo, concluyó:

-Calma y valentía... Los hijos de Dióscoro no han nacido para que nadie les imponga su voluntad.