La poblacion material

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La poblacion material de Isidoro de María


La población material, en los albores del planteamiento de la ciudad de San Felipe de Montevideo, fue en su mayor parte construida de piedra en bruto y techo de teja, piso bajo, como que todo tenía que ser relativo.

Poco a poco, con el andar del tiempo, fueron mejorándose las construcciones, en proporción al aumento de pobladores y a medida que se adquirían los elementos indispensables para edificar, como el ladrillo, la cal y las maderas, importándose éstas del Paraguay para tirantes, alfajías, marcos, puertas y ventanas. Alguna se traía de los montes de Santa Lucía y sus cercanías, para caballetes y tijeras de ranchos, que también se construían con pared de ladrillo, y aun algunos tirantes de sauce morado, que probaron ser de mucha duración en la Ciudadela.

Desde entonces empezó la construcción de una que otra casa de azotea, al capricho, como decían los antiguos, que aparecían como una excepción a la regla de construirlas de techado de teja, como eran la mayor parte de las casas de la población, incluso el primitivo Cabildo, la Iglesia vieja, San Francisco, el Fuerte o Casa de Gobierno, el Cuartel de Dragones, el Hospital y el Coliseo.

En las de azotea de piso bajo, era costumbre dar la corriente de las aguas para la calle, dotándolas de largos caños, que descargaban con fuerza el líquido elemento sobre los transeúntes. El mismo sistema se usaba en el piso de los balcones, por medio de una especie de canutos, de que todavía puede verse uno que otro ejemplar de aquel uso, trasmitido hasta casi mediados de este siglo, en la antigua casa de Correa y en la de Martínez, así como se encuentran vestigios de aquellas casuchas de piedra en bruto, con pared de una vara de espesor, frente al Portón de San Juan de entonces (hoy Camacuá No 2 a 6), y de las de tejado con su ventanilla en el techo, como la existente en la calle hoy de Ituzaingó al norte, inmediato al antiguo Café de Don Adrián, de que eran parroquianos en su tiempo, al buen chocolate, los hispanos tenderos de la inmediación.

Como había terreno de sobra, no faltaban a las casas ancho zaguán, sus dos patios y corral, pero en lo general carecían de ciertas oficinas indispensables, y especialmente de aljibes, supliendo a éstos las pipas con manga para recoger agua cuando el cielo abría sus cataratas. Se tenía la idea, de que participó el gobernador Bustamante y Guerra, de que disminuiría la superficie reducida de la ciudad con la fabricación de aljibes, y eso retraía a los vecinos de construirlos.

En cambio, las casas se edificaban con suma solidez, de gruesas paredes, con mezcla superior, de duración tan dilatada como lo demuestra hasta ahora la existencia de algunas de muy antigua data, que cuentan por lo menos 80 años de construidas. El pavimento era de ladrillo colorado, hasta el año 1790 en que empezó a fabricarse baldosa del país, y desde entonces se empleaba en los pisos de los edificios de más costo.

¡Qué balcones aquéllos, de las de dos pisos! — No tenían la elegancia de los modernos, ni la arquitectura de los edificios de aquel tiempo se parecía a los magníficos del día, pero en punto a solidez eran superiores los antiguos.

¿Y las puertas? especialmente las de calle y esquinas, eran hechas a macha martillo", como dice la expresión vulgar, con un herraje capaz de resistir años y años, como se ve aún en uno que otro ejemplar de casas viejas que se conservan, refaccionadas o no, pero con sus antiguas puertas y ventanas.

El ventanillo español, con su cruz de fierro, era de uso general en las puertas de calle y en las de las esquinas y trastiendas. Por medio de él podía ver el habitante con seguridad quién llamaba a su puerta, o despachar la casa de trato sin abrir la suya, a cualquier hora de la noche, lo que necesitase el vecino. Todavía hasta ahora cincuenta años tenía imitadores, aunque mejorado en su forma.

La gente antigua, del tiempo de las pajuelas, recordando el ventanillo, sonríe con cierto gusto, viéndolo sustituido por las rejillas en las puertas de calle de construcción moderna, porque a pesar de su bonitura y sus dibujos, las reputan hijas de aquella invención, y no falta quien diga que aunque corregido y aumentado lo antiguo es moderno, como verbigracia, las puertas y ventanas que tienen la configuración en la parte de arriba de las antiguas.

Las rejas de las ventanas exteriores, eran, por lo común, sumamente salientes del nivel de la pared, sin la elegancia de las modernas. Los cristales de las ventanas de dimensiones pequeñas. Las puertas interiores sin vidriera, salvo alguna excepción, y divididas horizontalmente por mitad, o bien una de sus hojas, en igual forma, especialmente en las puertas de viviendas a la calle.

En algunas casas-esquina, se usaba, en vez de pared, un gran madero para sostenerlas entre puerta y puerta, como da testimonio todavía la de la esquina de la Plaza Constitución, al sur, que es la única que se conserva.

Los sótanos eran muy comunes en las casas grandes, y las escaleras destinadas a dar acceso a los altos no se usaban a la calle, sino en el interior del zaguán del piso bajo, o del patio, hechas con bastante amplitud.

En aquellos tiempos las macetas de flores y las enredaderas brillaban por su ausencia en los patios. En cambio, el parral no faltaba en muchos, y alguna higuera en los corrales.

Al expirar el siglo pasado, o a principios del presente, se calculaban en la población unas 300 casas de azotea entre chicas y grandes de un piso, y unas 60 de alto. De tres pisos, no había sino una sola, que era la de Cipriano, frente al Fuerte de Gobierno, que subsiste. Todo lo demás de la población material era de techo de teja, y alguno de paja.

Entre los edificios de azotea, de uno o dos pisos, recordamos los de Cipriano de Mello, Zabala, Piedracueva, Viana, Gestal, Solsona, Pozo, Maciel, Quincoces, Chopitea, Vargas, Duran, Vidal, Pereira, García de Zúñiga, Toribio, Fernández, Seco, Pérez, García, Vilardebó, Navia, Balbín y Vallejo, Magariños, Molina, Sostoa, Bianque, Barreiro, Maza, Arraga, Díaz, Berbecet, Contuce, Giró, Sanco, Correa, Maturana, Masini, Diago, Errázquin, Juanicó, Camuso, Olave, Zamora, Vidal y Medina, Agell, Figueroa, Cordones, Sienra, Pugnó, Balbás, Lecocq, Araucho, Martinez, Zufriategui, Larrobla, Vázquez, Lombardini, Carabaca, Fajardo, Blanco, Ropanda, González, Otero, Villagrán, Ortíz, Achucarro, Méndez, Caldeira, Aldecoa, Montero, Baldivieso, Maldonado, Gutiérrez, Dobal, Cardoso, Ilia, Conde, Vizcaíno, Ocampo, Lagos, Roo, Domínguez, Lores, Noble, Baena, Aldana y otros.