La primera incógnita

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La situación estalló al fin...

No se hagan ustedes ilusiones, porque me refiero a su primer embarazo.

Digo, pues, que estalló la situación por un costado: en el que germinaban los flamantes padres de la patria; y ésta ha respirado fuerte, después de estar algún tiempo tragando el resultado y la saliva.

También El Tío Cayetano salió del apuro en que se hallaba ocho días hace, y se encuentra en este instante lleno de alegría, porque hay una duda menos que le oscurezca el porvenir.

La primera figura que he visto a la luz de este descubrimiento, por más señas, bailando al son del himno de Riego y saltando la alegría por todos los ojales de la casaca, ha sido la del Gobierno provisional, o, como si dijéramos, el comadrón del parto venturoso.

Luego han sido de su gusto la operación y el recién nacido.

Es indudable. El Gobierno y yo tenemos sobrados motivos para regocijarnos hoy.

Uno y otro sabemos ya a qué atenernos.

Uno y otro ignoramos el paradero que aguarda a España más allá de las Constituyentes; pero conocemos el camino por donde hemos de marchar todos a la salvación o al abismo, y ese camino no le conocíamos ocho días hace.

El Gobierno lo sospechaba. Yo lo presumía.

Pero entre poseer y creer que se posee hay una diferencia enorme.

Que lo digan los imponentes de la Caja de Depósitos.

Mi alegría no tiene otro motivo que el indicado.

La del Gobierno, sí. Sus hombres dijeron en Cádiz:

«Queremos que una legalidad común, Por Todos Creada, tenga implícito y constante El Respeto A Todos... Contamos para realizar nuestro inquebrantable propósito... con los amantes del orden, si quieren verle establecido sobre las firmísimas bases. De La Moralidad Y Del Derecho; con los ardientes partidarios de las libertades individuales..., con el apoyo de Los Ministros Del Altar, etc.».

Y esta oferta ha debido de pesar como una losa sobre sus ánimos generosos tan combatidos por los enemigos de la libertad.

La mano oculta de la reacción que ametralló a Cádiz y bombardeó a Málaga y apaleó a Ferrer, a Toro y a Pego, y quiso revelar los guardias del ministerio de la Gobernación, era de temer como nunca en las circunstancias por que acababa de atravesar España.

Y los hechos confirman la razón de estos temores:

En Toledo, en Cuenca, en Valencia, en León, en Burgos, en Navarra, en Lérida, en Santander y en otras muchas provincias, la mano fatídica se cernió sobre las urnas electorales, amenazando llenarlas de candidaturas para invadir mañana los escaños del Congreso.

En una parte tomaba el color de la República; en otras, el de la monarquía católica; pero, afortunadamente, en todas ellas la vigilancia y el celo patriótico del Gobierno lograron sobreponerse a tanta calamidad.

Sangre han costado también estos alardes, y en algunos puntos, como Noja y Argoños, de esta provincia, hubo necesidad de que interviniera un piquete del Ejército, no, gracias a Dios, para contener ningún motín; sino para llevar a una fortaleza, como la de Santoña, a algunos individuos de las mesas, que olían a reaccionarios y estaban allí muy a gusto de sus convecinos, esperando pacíficamente la emisión de los sufragios de éstos.

Pero ¿qué valen estas aparentes infracciones de los principios proclamados en el manifiesto de Cádiz y en todas las circulares de Sagasta; estos simulados atropellos de la ley; estas artificiales burlas de la credulidad del país; estos escarnios hacia uno de los derechos más ponderados por los hombres de la situación, entre todos los que, según ellos, deben los españoles al pronunciamiento de septiembre?

El prestigio, la dignidad del Gobierno popular elegido por el sufragio nacional..., de la Junta Revolucionaria de Madrid, exigían estos y otros mayores sacrificios de la patria, que, si no es ingrata, tendrá que reconocer y remunerar con largueza.

Porque sus excelencias, a trueque de salvar los venerandos principios de la revolución, no han temido aparecer a los ojos de los hombres inexpertos como los más dignos émulos del gran elector, y muy por cima de González Bravo en punto a tropelías y arbitrariedades.

Merced a tan heroico sacrificio, tenemos ya unas Cortes ministeriales; más que ministeriales, progresistas, y, por añadidura, bien identificadas con el presupuesto; Cortes que no pondrán al Gobierno en un apuro en cada votación ni a España en un conflicto cada día.

Porque la discusión no será turbulenta, los acuerdos se vendrán ellos solos y el desenlace final será de más efecto.

Lo que causa verdadera lástima es la minoría vicalvarista que esta vez ha salido de las urnas. Decididamente, los años se siguen y no se parecen.

A los hombres y a los sucesos les pasa lo mismo.

Que lo digan, si no, mil ochocientos cincuenta y seis y mil ochocientos sesenta, y nueve: Madrid y Alcolea; O'Donnell y Serrano.

Este desastre ofrece, por otro lado, sus ventajas, porque dando por sí solo una incógnita eliminada, facilita el despejo de la principal, a cargo de los algebristas de la escuela del señor Sagasta.

Adelante, pues, Olózaga con sus principios. Ahora o nunca, señor diplomático.

Ínterin, entre tanto, días y mientras que aprovecho yo toda la alegría que debo a la campaña electoral para cantar otra de las virtudes que reconozco en el Gobierno que preside el general Serrano, y no es la que menos ha contribuido a inspirarme cierto ministerialismo que ustedes habrán notado en mí hace días.

El Gobierno provisional sabe que no tiene en España más amigos que los que comen del presupuesto. Se le acaba de presentar una ocasión en que pudo captarse algunas simpatías entre aquellos partidos que le son más hostiles y representan grandes intereses y no escasas fuerzas en el país. Sin embargo, ha preferido irritarlos más y más, hiriéndolos con inaudita saña en los puntos más sensibles de su dignidad y de su derecho.

Esta conducta me prueba que sus excelencias libertadoras han previsto el fin de sus triunfos y eligen esa senda para llegar a él más pronto.

A buen seguro que les cierra el paso quien de buen español se precie.



(De El Tío Cayetano, núm. 12.)

24 de enero de 1869.